ARTÍCULOS, CINE

Grandes obras maestras del cine de todos los tiempos

Que sí, que ya lo sé, que soy un puto pesado. Lo sé de sobra, no hace falta que me lo digan, pero es que a mí me gusta esto de hacer listas, me ha gustado toda la vida. Me sirve para aclarar ideas, para profundizar en otras, para situarme, para reescribirme, para corregirme y ampliarme. Y la otra lista, la que ha estado ahí arriba durante tanto tiempo, era un tanto deslavazada, con algunas cabeceras que tenían poco sentido, de modo que vamos a darle una vuelta.

Otras listas que he hecho, además de la nombrada, tenían un carácter más cerrado, como si yo no pudiese admitir que existiesen otras obras superlativas fuera de esa selección. Y claro que lo admito. Yo no lo sé todo, ni lo he visto todo (ni ganas que tengo…). Lo único que sé es que si me proponen títulos fuera de la selección que hago, tienen que ser realmente algo grande que yo no haya visto o que no haya sabido valorar, que también puede ser. Pero ya son muchos años de cribas, de filtros, de evolución en mi criterio, de visiones y revisiones y más revisiones, de lecturas, de comparaciones, de investigaciones. Voy a hacer una larga lista (en realidad tres) con las que yo estoy seguro que son las más grandes obras maestras que yo he visto de Europa, de América y de Asia. Las que yo siempre recomendaría que hay que ver antes de morir, o para saber un poco de qué va esto.

Y hay, una vez más, de todo. Yo no soy un purista. Arriba del todo las obras de los más grandes directores de cada continente. Y con un asterisco las que yo considero las más grandes de entre todas, y con un link a su respectivo texto de mi blog de críticas (y las que no estén, ya las iré escribiendo). Con los años, y con más cribas, supongo que alguna cosa cambiaré. Pero a estas alturas no creo que haga muchos más cambios. Ahí van:

EUROPEO

Como en un espejo (1961), de Ingmar Bergman
El silencio (1963), de Ingmar Bergman
Los comulgantes (1963), de Ingmar Bergman
Persona (1966), de Ingmar Bergman
Gritos y susurros (1972), de Ingmar Bergman
Secretos de un matrimonio (1973), de Ingmar Bergman
Sonata de otoño (1978), de Ingmar Bergman
Fanny y Alexander (1982), de Ingmar Bergman *
El espejo (1975), de Andrei Tarkovski
Stalker (1979), de Andrei Tarkovski
Nostalghia (1983), de Andrei Tarkovski *
Sacrificio (1986), de Andrei Tarkovski
Ordet (1955), de Carl Theodor Dreyer
Diario de un cura rural (1951), de Robert Bresson
Un condenado a muerte se ha escapado (1956), de Robert Bresson
Pickpocket (1959), de Robert Bresson
La noche (1961), de Michelangelo Antonioni
Alemania, año cero (1948), de Roberto Rossellini
Viridiana (1961), de Luis Buñuel
Chimes at Midnight (1965), de Orson Welles
Amarcord (1973), de Federico Fellini

Viaje a la luna (1902), de Georges Méliès
Nosferatu (1922), de F.W. Murnau
Doctor Mabuse (1922), de Fritz Lang
Los Nibelungos (1924), de Fritz Lang
El último (1924), de F.W. Murnau
Fausto (1926), de F.W. Murnau
Sunrise: A Song of Two Humans(1927), de F.W. Murnau *de producción estadounidense, pero netamente europea
Metrópolis (1927), de Fritz Lang
La pasión de Juana de Arco (1928), de Carl Theodor Dreyer
Napoleon (1927), de Abel Gance
Tierra (1930), de Aleksandr Dovzhenko
M, el vampiro de Dusseldorf (1931), de Fritz Lang
El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl
Alexander Nevsky (1938), de Serguéi Eisenstein
Olimpiada (1938), de Leni Riefenstahl
Dies Irae (1943), de Carl Theodor Dreyer
Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini
Narciso negro (1947), de Michael Powell y Emeric Pressburger
Las zapatillas rojas (1948), de Michael Powell y Emeric Pressburger
Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio De Sica
Madame de… (1953), de Max Ophüls
The Ladykillers (1955), de Alexander Mackendrick
La aventura (1960), de Michelangelo Antonioni
La evasión (1960), de Jacques Becker
El año pasado en Marienbad (1961), de Alain Resnais
Plácido (1961), de Luis García Berlanga
El proceso (1962), de Orson Welles
Lawrence de Arabia (1962), de David Lean
El eclipse (1962), de Michelangelo Antonioni
El verdugo (1963), de Luis García Berlanga
El evangelio según San Mateo (1964), de Pier Paolo Passolini
Aguirre, la cólera de Dios (1972), de Werner Herzog
El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice
El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi
Tess (1979), de Roman Polanski
Monty Phyton’s Life of Brian (1979), de los Monty Pytohn
Atlantic City (1980), de Louis Malle
Fitzcarraldo (1982), de Werner Herzog
Shoah (1985), de Claude Lanzmann
Brazil (1985), de Terry Gilliam
Paisaje en la niebla (1988), de Theo Angelopoulos
Dekalog (1989-1990), de Krzysztof Kieślowski
The Remains of the Day (1993), de James Ivory
Rojo (1994), de Krzysztof Kieślowski
Underground (1995), de Emir Kusturica
El día de la bestia (1995), de Álex de la Iglesia
Breaking the Waves (1996), de Lars Von Trier
Festen (1998), de Thomas Vinterberg
Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier
Dancer in the Dark (2000), de Lars Von Trier
Ser y tener (2002), de Nicolas Philibert
The Pianist (2002), de Roman Polanski
Bienvenidos a Belleville (2003), de Sylvain Chomet
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban (2004), de Alfonso Cuarón
Children of Men (2006), de Alfonso Cuarón
El libro negro (2006), de Paul Verhoeven
In Bruges (2008), de Martin McDonagh
Antichrist (2009), de Lars Von Trier
El ilusionista (2010), de Sylvain Chomet
Melancolía (2011), de Lars Von Trier
Amor (2012), de Michael Haneke
La vida de Adele (2013), de Abdelatiff Kechiche
El hijo de Saúl (2015), de László Nemes
Carol (2015), de Todd Haynes

AMERICANO

The Godfather (1972), de Francis Ford Coppola
The Conversation (1974), de Francis Ford Coppola
The Godfather, Part II (1974), de Francis Ford Coppola *
Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola
*
The Godfather, Part III/The Death of Michael Corleone (1990), de Francis Ford Coppola
The Thin Red Line (1998), de Terrence Malick *
The New World (2005), de Terrence Malick
Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese
Raging Bull (1980), de Martin Scorsese
Goodfellas (1990), de Martin Scorsese *
Casino (1995), de Martin Scorsese
Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese
Citizen Kane (1941), de Orson Welles
The Magnificent Ambersons (1942), de Orson Welles
Touch of Evil (1957), de Orson Welles *
Blue Velvet (1986), de David Lynch *
The Straight Story (1999), de David Lynch
There Will Be Blood (2007), de Paul Thomas Anderson
The Master (2012), de Paul Thomas Anderson *
Rosemary’s Baby (1968), de Roman Polanski
Chinatown (1974), de Roman Polanski
JFK (1991), de Oliver Stone
Titanic (1997), de James Cameron

Avaricia (1924), de Eric Von Stroheim
The General (1926), de Buster Keaton
El séptimo cielo (1927), de Frank Borzage
Y el mundo marcha (1928), de King Vidor
City Lights (1931), de Charles Chaplin
King Kong (1933), de Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack
Bride of Frankenstein (1935), de James Whale
Gone With the Wind (1939), de Victor Fleming
The Grapes of Wrath (1940), de John Ford
Ser o no ser (1942), de Ernst Lubitsch
Qué verde era mi valle (1941), de John Ford
It’s a Wonderful Life (1946), de Frank Capra
Rear Window (1954), de Alfred Hitchcock
West Side Story (1961), de Robert Wise y Jerome Robbins
The Wild Bunch (1968), de Sam Peckinpah
The Man Who Would Be King (1975), de John Huston
The Elephant Man (1980), de David Lynch
The Empire Strikes Back (1980), de Irvin Kershner
The Thing (1982), de John Carpenter
The Terminator (1984), de James Cameron
Aliens (1986), de James Cameron
Prince of Darkness (1987), de John Carpenter
Robocop (1987), de Paul Verhoeven
Die Hard (1988), de John McTiernan
They Live (1988), de John Carpenter
The Silence of the Lambs (1991), de Jonathan Demme
Terminator 2: Judgment Day (1991), de James Cameron
Unforgiven (1992), de Clint Eastwood
Baraka (1992), de Ron Fricke
Carlito’s Way (1993), de Brian De Palma
The Nightmare Before Christmas (1993), de Henry Selick
The Shawshank Redemption (1994), de Frank Darabont
Dead Man Walking (1995), de Tim Robbins
12 Monkeys (1995), de Terry Gilliam
Lost Highway (1997), de David Lynch
Boogie Nights (1997), de Paul Thomas Anderson
Magnolia (1999), de Paul Thomas Anderson
Y tu mamá también (2001), de Alfonso Cuarón
As I Was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty (2001), de Jonas Mekas
Elephant (2003), de Gus Van Sant
Eternal Sunshine of the Spotless mind (2004), de Michel Gondry
The Aviator (2005), de Martin Scorsese
Brokeback Mountain (2005), de Ang Lee
I’m not There (2007), de Todd Haynes
The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (2007), de Andrew Dominik
Zodiac (2007), de David Fincher
Up (2009), de Pete Docter
The Girl With the Dragon Tatoo (2011), de David Fincher
Wolf of Wall Street (2014), de Martin Scorsese
Gone Girl (2014), de David Fincher
Boyhood (2014), de Richard Linklater
Inherent Vice (2014), de Paul Thomas Anderson
Silence (2016), de Martin Scorsese
Spider-Man: Into the Spider-Verse (2018), de Peter Ramsey, Rodney Rothman, Bob Persichetti

ASIÁTICO

Los siete samuráis (1954), de Akira Kurosawa
Dersu Uzala (1975), de Akira Kurosawa
Ran (1985), de Akira Kurosawa *
Vida de O-Haru, mujer galante (1952), de Kenji Mizoguchi
Cuentos de la luna pálida (1953), de Kenji Mizoguchi
El intendente Sansho (1954), de Kenji Mizoguchi *
Cuentos de Tokyo (1953), de Yasujirō Ozu
La balada de Narayama (1983), de Shōhei Imamura
Porco Rosso (1992), de Hayao Miyazaki
La princesa Mononoke (1997), de Hayao Miyazaki *
El viaje de Chihiro (2001), de Hayao Miyazaki
El camino a casa (1999), de Zhang Yimou *
La casa de las dagas voladoras (2004), de Zhang Yimou
Las flores de la guerra (2011), de Zhang Yimou
Nader y Simin, una separación (2011), de Asghar Farhadi
El viajante (2016), de Asghar Farhadi

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ARTÍCULOS, Novelas

¿Qué pretendo yo al escribir?

Yo creo que tarde o temprano todos tenemos que hacernos esa pregunta. Y no solamente qué pretendemos, sino qué tipo de escritor queremos ser, que viene a ser idéntica cosa. Por eso este artículo en concreto lo escribo sobre todo para mí mismo…

Mucha, muchísima gente escribe en el mundo, en todo tipo de formato, sobre gran cantidad de cosas, practicando muchos géneros, dentro de la ficción o fuera de ella. Algunos con más talento que otros, con más cosas que decir que otros, con mejor verbo, con más capacidad expresiva, con una pluma más afilada que otros. Y ahora que internet nos da la posibilidad de dejar por escrito nuestras ideas, muchísima gente más se lanza a juntar letras y palabras en blogs y redes sociales y libros electrónicos (mucho más baratos), y publicaciones en Amazon y en donde haga falta. Todos queremos escribir, todos queremos que nos lean, todos queremos dejar una impronta, aunque quizá algunos saben que lo de escribir no es algo que se les de particularmente bien. Hoy día quieren ser escritores de ficción incluso personas que no leen y que además no están interesados en la literatura, pues eso de ser escritor parece que otorga un aura de superioridad o de pertenecer a un club exclusivo y elitista, y en algunos casos, por lo visto, puede llegar a dar mucho dinero. Pero además de poder conseguir grandes cantidades de dinero, o de ganarse la vida con ello, algo muy respetable, yo creo que es muy importante querer saber qué tipo de escritor es uno, o qué tipo de escritor quiere ser uno, antes que cualquier otra cosa.

En el caso de la no ficción, suele ser más sencillo. Los periodistas o analistas o estudiosos de cualquier tema, que escriben en medios consagrados o en revistas o periódicos digitales, lo que quieren es hablar de aquello que a ellos les interesa, y de paso demostrar todo lo que saben. Es infrecuente, sin embargo, encontrar personas que escriban sobre cine, literatura, música, filosofía, historia o política con un marcado carácter divulgativo, con una vocación didáctica. En general, tanto en periódicos como en blogs, incluso en podcast, lo que muchos despliegan únicamente es un ego desmedido, que en muchos casos nadie sabe de dónde lo han sacado. El narcisismo entre los escritores de no ficción no es menor que entre los escritores de ficción. Pocas veces se demuestran las ideas con argumentos, con imperativos de conocimiento. La mayoría es a base de exabruptos y de ocurrencias. Y yo en este caso sólo puedo hablar por mí, pues estoy escribiendo desde una página personal que algunos podrían llamar blog (aunque yo no creo que sea exactamente un blog).

Lo que pretendo escribiendo esta página

Dos cosas fundamentales: aprender (a escribir mejor sobre aquello que me interesa y a conocer mejor aquello que me interesa), y aportarle algo al lector más allá de mi propio ego. Porque yo reconozco que tengo mis vanidades (¿para qué voy a decir lo contrario?) pero ocurre que leyendo a otras personas que escriben por internet, o que hacen podcast, o que dejan artículos en medios especializados en papel, resulta que soy el más humilde de los escritores sobre narrativa, y que a pesar de que puedo parecer cabezón, duro e inflexible, soy blando, me dejo convencer y acabo resultado bastante transigente con las ideas ajenas. Al menos en comparación a otros/otras. Y al contrario que otros/otras yo he estudiado y he investigado en profundidad y durante décadas sobre aquello que escribo (cine y literatura sobre todo), mientras que otros repiten lo que les ha dictado su gurú o profesor de turno, o se limitan a poner en un papel sus acríticas ocurrencias.

Sé que me he ganado cierta fama de radical o de ogro (de hecho algunos comentaristas me dicen que tienen miedo de dejarme alguna petición o idea no vaya a ser que muerda…), en medios como blogdecine (que era la mayor cloaca de trolls y de incompetentes a la hora de escribir que jamás he conocido) y supongo que algo de eso hay. Además, no se me ha ocurrido otra cosa que poner una foto mía en el perfil de esta página en la que parece que le voy a soltar una hostia a alguien. Pero ¿qué querían? ¿que saliese con una sonrisita happy flower, mirando a cámara, con los pulgares hacia arriba? Un poco de por favor. Pero yo no muerdo. De hecho, publico los comentarios hasta de los que me insultan o me atacan, sin cambiar una coma. Pero sí tengo las ideas muy claras, y soy capaz de rebatir a cualquiera, porque al menos en esto (cine y literatura) sí puedo hacerlo. Y si puedes hacer algo desde luego lo haces.

¿Qué pretendo, finalmente, con esta página mía? Influir al lector, ser un crítico cinematográfico y literario, un analista e investigador, de altura. Puede que no esté trabajando en una revista especializada, pero puedo demostrar que estoy a la misma altura que ellos, o más aún muchas veces. Quiero hablar sobre cosas que me obsesionan como ciertas películas, ciertos libros, cierto estilo de narrativa, desde una posición de investigador y de conocedor de aquello que está hablando. Quiero provocar polémica si es necesario, quiero luchar verbalmente contra todo aquello que no me parece bien, que no creo que sea justo o necesario. Quiero, a fin de cuentas, dar rienda suelta a mis ideas más viscerales, expresadas desde un racionalismo y un materialismo absoluto. Y espero estar consiguiéndolo. Otra cosa es la ficción.

Lo que pretendo cuando escribo ficción

Todo escritor escribe algo parecido a aquello que le ha obsesionado después de haberlo leído. Eso es ley, y yo no me libro de ello. En mi caso me obsesiona el Western y la Aventura, pero no el western americano, que no es más que folklore y constumbrismo, ni la Aventura juvenil o bienintencionada. A mí me obsesiona las características del western universal, que ya expliqué en las características esenciales del género: la aventura al límite, en un territorio fronterizo que es la vez físico, geográfico y mental, psicológico. Es decir, yo siempre escribo historias de supervivencia.

Lo que pretendo, claro, es vivir de lo que escribo, aunque publicar, que te contrate una editorial, es cada día más complejo y más arduo. Pero seguiré intentándolo. ¿Tengo algo que perder? Pretendo vivir y no enriquecerme con ello (aunque a todo el mundo le gusta el dinero), porque probablemente, por el tipo de relatos y novelas que escribo, no sea yo exageradamente comercial. Y al contrario que muchos escritores de hoy día, si tengo que elegir entre vender con un libro un millón de ejemplares, o que venda cincuenta mil pero sea una gran novela o libro de relatos, elijo lo segundo, y es por ello que escribo la literatura que escribo: áspera, sin finales felices ni lugares comunes, de aventura al límite, de supervivencia, en la que la muerte es un factor determinante, con personajes que luchan por sobrevivir en un ambiente hostil que puede ser pasado, presente o futuro.

Porque para eso vivo, para eso y para cualquier gran episodio de ‘The Walking Dead’ (los hay a decenas), en el que los personajes vivan una situación al límite, para cualquier película en la que los personajes lidien cara a cara con la muerte, para cualquier novela que suponga un paroxismo de emoción física y psicológica. Todo lo demás no me interesa. De hecho no me parece que sea literatura o cine. Y a ello me dedico, ya con seis novelas largas terminadas (una de ellas publicada en Amazon), además de dos cortas y una veintena de relatos. Y a ello me voy a seguir dedicando, contra viento y marea, y supongo que algún día un editor verá que lo que estoy haciendo merece la pena y me dará un voto de confianza.

He dejado más o menos claro de qué palo voy, ¿no?

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Seamos lectores, no consumidores

Resulta que soy aún más ignorante de lo que yo pensaba y no tenía ni idea de la existencia de Ignacio Echevarría, ni de lo que le sucedió en El País… aunque no todo va a ser tirar piedras sobre mi propio tejado: sí que recuerdo algunas críticas firmadas por un tal Echevarría, hace muchos años, y sí que he visto su cara en la cabecera de algunos textos de El Cultural, aunque no había prestado atención. Tanto tiempo quejándome amargamente de la inexistencia de la crítica literaria y resulta que algunos críticos literarios interesantes siguen escribiendo, aunque sea en una cierta marginalidad y no obtengan ni de lejos la atención de los que se dicen críticos pero no son más que agentes de prensa de las estrellas editoriales. Me he encontrado a Echevarría diciendo sobre el premio de la crítica a Pérez-Reverte más o menos las mísmas cosas que dije yo hace unos días, lo cual me congratula, no tanto porque alguien opine de manera parecida a la mía, sino porque este Echevarría parece un tipo inteligente.

E indagando un poco en sus críticas de El País y en otros textos y entrevistas suyas, me encuentro con un concepto sobre el que yo también he escrito en cierta ocasión y sobre el que ahora me gustaría regresar: el de la necesidad de aprender, de crecer como lectores, para leer algo más que meros productos editoriales de los que no van a trascender, para evitar ser simples consumidores de libros de esos que van en el metro leyendo la última novedad sin sustancia ni verdadera literatura en ella…. porque si en lo referente a escribir y crear novelas hay claramente dos caminos muy diferenciados, el que consiste en tratar de escribir obras artístico-literarias y el que consiste en tratar de ganar mucho dinero y muchos lectores con libros bastante deleznables, en lo referente a leerlas hay también por fuerza dos caminos, y no es nada fácil acceder a las obras maestras del canon, tener la cabeza preparada para ello, después de leer ‘Harry Potter’ o ’50 sombras de Grey’, por poner dos ejemplos extremos. Y aunque en el seno de la narrativa comercial existen honrosas excepciones de buenos escritores y buenas novelas que además saben enganchar con un sector amplio del público (pienso por ejemplo en Stephen King en esta época, o en Arthur Conan Doyle en épocas pasadas) convendremos en que son eso, la excepción, y que la regla es más bien una narrativa muy blanda, muy poco interesante, de nulo riesgo formal y vuelo poético, de ingenio más bien burdo, apto para el consumo de masas sin excesiva exigencia.

Pero eso ya depende de cada uno. Lo dice Echevarría y es una verdad como un piano de grande: el camino de cada lector es profundamente personal y a menudo farragoso y complicado, lo suficiente como para que resulte imposible, o casi, dar recomendaciones o tratar de imponer una hoja de ruta. Lo mejor es que cada lector se busque las castañas, como se suele decir, y se entrene por su cuenta para leer las obras verdaderamente valiosas, en detrimento de otras que a lo mejor son más atractivas, a priori más divertidas o excitantes, pero a la larga mucho menos nutritivas desde un punto de vista estético-narrativo. Podemos saber leer, y gracias a la alfabetización universal todos sabemos hacerlo, pero no por ello estamos preparados para enfrentarnos a un texto de Kafka, de Mann, de Torrente Ballester o de William Faulkner. Y ahora que estamos en una época de obvia crisis literaria, a la gran mayoría nos han intoxicado con libros poco o nada literarios, que además poseen la característica de que tras su lectura se vuelve más difícil apreciar los valores literarios de una gran obra como ‘La muerte de Virgilio’, ‘Meridiano de sangre’, ‘Moby Dick’, o incluso ‘El Quijote’.

Y eso no significa que la literatura de género, como la Sci-fi o la aventura o el thriller o el terror, no pueda poseer, en muchos casos, verdaderos valores literarios. No toda la literatura con altura estética es un tocho filosófico de prosa delicada y sublime. Pero corresponde al lector bucear y formar su criterio para separar el grano de la paja, y eso es un camino largo e intrincado, en el que a menudo va a darse de bruces con autores poco o nada fiables, va a transitar por desiertos escasamente recomendables, y va a aprender a base de frustraciones… un poco lo que pasa cuando escribes una novela, por lo que tampoco vamos ahora a hacer un drama por el pobre y desamparado lector, pero sí al menos reconocer que no basta con tener unos cuantos libros en casa, y con conocer un par de obras maestras, para tener alguna noción de lo que estamos hablando. Cuando el lector de turno comenta severamente una obra maestra (con epítetos tan poco originales y escasamente respetables como «bazofia» o «porquería») en realidad habla siempre más de sí mismo, de sus carencias como lector, que de la obra en sí, y cuando un lector comienza a usar la inteligencia y a saber de lo que está hablando, y por el momento no puede con ‘La montaña mágica’ o con ‘Meridiano de sangre’, y simplemente dice que no es capaz de entrar en ellas, o que las apreciará mejor en un futuro, quizá (sólo quizá), habrá empezado a tener dos cosas: un poco más de respeto por el autor y un poco más de respeto por sí mismo como lector.

Por lo demás, en ese camino no estaría mal tener a mano la figura de un crítico fiable, riguroso y valiente, por mucho que a veces no se esté de acuerdo con él. No existen ya tales críticos en las cabeceras de los grandes periódicos, por lo que el lector no debería buscar en ellas. Tampoco existen entre los llamados booktubers. Los críticos cinematográficos (algunos, tampoco nos volvamos locos) todavía se lo toman un poco en serio y aún tienen algunos espacios de libertad. Los críticos literarios no la tienen, y cuando se la quitan o la amenazan, suelen recoger velas y pasar a otra cosa. Pero su existencia es importantísima, como intermediarios e intérpretes del texto literario, e incluso las editoriales deberían darse cuenta de ello, porque sin ellos el mundo editorial se parece demasiado a una mercadería, y por supuesto que las editoriales quieren mantener su negocio y sus beneficios, pero estoy seguro de que muchas de ellas también quieren ofrecer algo más, en ese negocio, que una narrativa que se venda mucho hoy y que dentro de cinco años no recuerde nadie.

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ARTÍCULOS

El cañón del revólver (X)

Me hacen mucha gracia esos sujetos a los que te encuentras con la mascarilla mal puesta… El otro día, en el metro, otra vez: un tío bastante joven, bien vestido, con aire arrogante, llevaba la mascarilla tapando solamente la boca, dejando la nariz perfectamente descubierta. Es decir, se la había puesto así a propósito. Todo el mundo le miraba pensando exactamente lo mismo: «a ver, imbécil, si eres capaz de poner bien la puta mascarilla». Y él lo sabía, y se la sudaba entre bastante y mucho. Claro, uno siempre tiene la tentación de decírselo, de ir a por el tipo en cuestión y decirle lo que estás pensando, aunque probablemente eso inicie un altercado. Pero en realidad sabes que todos los del vagón piensan igual que tú y que te apoyarán. Por tanto, ¿por qué no se lo dices? Yo creo que no es por cobardía, sino por desidia. Sabes que el muy subnormal, en el muy improbable caso en que haga lo que le dices, volverá a bajársela en cuanto salga del vagón. Porque sí, porque algunos tienen derecho a contagiar y ser contagiados, como esa clase de fumadores que van esparciendo por la calle llena de gente todo lo que contienen sus pulmones. La mascarilla ha sido, paradójicamente, la que ha marcado la diferencia entre la gente con sentido común y los payasos de toda la vida que andaban por ahí de tapadillo.

Ha sido muy comentada la reunión que Biden y Putin (Pili y Mili) han mantenido hace unos días, con motivo (eso decían) de deshelar la relación entre ambos mastodónticos países, que son algo así como los chulitos, los cachas de la clase, que hacen un poco lo que les sale de los huevos mientras los demás, los países normalitos, cívicos, hacen lo que les dicen. Al final la reunión ha sido para las mismas estupideces de siempre: acuerdos de chichinabo para encubrir el hecho de que se han visto las caras para ver quién la tiene más larga. Bien, estando las cosas como están en el mundo entero, con los mismos problemas sociales, económicos, energéticos, fronterizos, bélicos, todo ello agravado por la peor pandemia en cien años, que ambos países (que junto con China podríamos decir que son los más poderosos del mundo con diferencia) se vean para hacer el paripé es otra oportunidad perdida más. Iba a decir que la historia les juzgará, a ellos y a los que les precedieron las últimas décadas, pero a lo mejor no llega a haber historia que juzgue a nadie. Si los países más poderosos del mundo se reúnen es obligatorio que lo hagan para afrontar cuestiones trascendentales del planeta, tales como el cambio climático, la destrucción del entorno natural, la crisis energética, la lucha contra enfermedades, el futuro sostenible, el desmantelamiento de armas nucleares… De lo contrario pondrán una piedra más en el camino hacia la autodestrucción del terrible ser humano.

Siempre me ha llamado la atención esa gente «de derechas» que te cuentan que ahora sostienen esas ideas (aunque hay que decir que la gente de derechas, muy de derechas, nunca cree serlo… creen ser gente de izquierdas moderada) porque cierta vez un partido de izquierdas, o un político de izquierdas, les decepcionó… Y digo yo: ¡¿qué tendrá que ver?!. O sea, que tú sostienes unas ideas de izquierdas o progresistas (habría que ver también qué ideas dices que defendías, pero esa es otra cuestión), pero como el Pablo Iglesias de turno, o el Felipe González de turno, te decepcionan enormemente, te sientes justificado del todo para ponerte a pensar como VOX… Eso es un disparate sin pies ni cabeza. Si eres de izquierdas (es decir, si tienes sentido común y responsabilidad), puedes sentirte decepcionado por tu partido o por un partido de izquierdas, y seguir pensando lo mismo de antes, incluso con mayor ahínco que antes. Si por el contrario te pones a pensar barbaridades en cuestiones como el aborto o la inmigración, es que siempre fuiste de derechas, de extrema derecha, y nunca te diste cuenta de ello.

Llama la atención la cantidad de gente que escribe en twitter sobre las cosas más variopintas. No es que la gente opine de todo, que lo hace, sino que la gente va de sabia por la vida, lanzando consejos a diestro y siniestro, seguidores y no seguidores, te cuenta su vida con pelos y señales como si le interesara al primero que pasara por allí (algunos con fotos «muy íntimas», enseñando lo buenos y lo buenas que están…), se las dan de activistas porque siguen una corriente de opinión y están muy pero que muy enfadados… Creo que alguna vez califiqué Twitter como un basurero… algunos lo llaman la barra del bar más larga del mundo… En realidad es un pandemónium, en el que el personal demuestra su estulticia, su infantilidad y su narcisismo a cada teclazo que dan. El Twitter es la anti-literatura. Pero lo que más me gusta de todo es cuando los machos-alfa que tienen miles (o cientos de miles) de lectores se ponen a hacer crítica literaria. Lo de la crítica cinematográfica ya lo he comentado en alguna ocasión, pero lo de la crítica literaria, encumbrando libros infumables muy de moda que nadie debería leer e ignorando todo acerca de la auténtica literatura, es para sacarse los ojos. Pero no podía ser de otra manera, ¿cómo iban a valorar la literatura personas imbuidas de la anti-literatura que es el twitter?

Yo soy de esas personas extrañas que nunca ven fútbol, porque me interesa entre cero y nada, pero que cuando juega la selección española sí que lo ve, y además me entusiasmo o lo paso mal con la selección, como ahora en la Eurocopa. Para mí, es como ver las Olimpiadas, y animo a los nuestros a que ganen medallas o a que hagan alguna gesta deportiva. Así es uno de contradictorio. Me acuerdo perfectamente del codazo a Luis Enrique, de la rabia y frustración que sentí con quince años… pero luego me acuerdo de cuando ganamos a Italia dos veces en Eurocopa y nos alzamos con el título, de lo bien que me sentí, de lo vengado que me sentí, cuando les fulminamos a goles. Porque yo creo que eso de la rabia y la venganza está infravalorado. Es una catarsis que te libera de un pasado doloroso. Todo eso del perdón y de demostrar que eres mejor persona que el otro son idioteces, y si no que se lo digan a los palestinos, o a los saharauis. Sólo perdona el que se puede permitir ese lujo, y es un lujo que pocos nos podemos permitir. Por eso cuando ganan los tuyos, cuando ganas tú mismo, después de estar toda la vida perdiendo, el orgasmo de esa venganza es indescriptible. Es un placer que a nadie con sentido común y con razones justas para ello debería negársele.

Último disparo: han sido muy comentadas las imágenes de Harrison Ford con mascarilla en el set de rodaje del quinto Indiana Jones, que no dirigirá Spielberg, y a la que no pondrá música John Williams, que a estas alturas se está pensando ya mucho si hacer más música o no. Y yo me pregunto, ¿de verdad hace falta un quinto Indiana Jones? Y eso que soy de los pocos a los que gustó la cuarta, pese a todo eso de las lianas y alguna que otra chorrada marca de la casa. Comprendo que a Harrison Ford lo que le mueve son los treinta o cuarenta millones de dólares que puede ganar (como si le hiciera falta el dinero…), pero es doloroso ver franquicias como esta, o la de ‘Die Hard’, o la de ‘Terminator’, incapaces de remontar el vuelo. Son como muertos vivientes, y es que hay muy pocas trilogías, o sagas, por no decir ninguna, que realmente se sostengan a partir de la tercera película, que en muchos casos ya es nefasta. Tanto que se queja la gente del pastizal que cuestan las misiones espaciales en tiempos de penuria…¿saben el dinero, no ya que cuestan, sino que mueven estas megaproducciones sin pies ni cabeza, que además no aportan nada al espectador ni al cine? Pero de esto nadie se queja. Qué curiosa es la vida.

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ARTÍCULOS, CINE

Los estratos narrativos de una película (2)

Tomemos como punto de partida el inicio de ‘Rosemary’s Baby’ (Polanski, 1968). Si convenimos en que todos los elementos materiales de una película, incluso los títulos de crédito, son susceptibles de participar de un diálogo de la obra con el espectador/receptor y consigo misma, empleando para ello los materiales conceptuales de que dispone, tenemos lo siguiente…

…con los créditos que todo el mundo conoce, pero también tenemos esto…

…sonando en nuestros oídos. En aquella época, años sesenta, estaban de moda las comedias románticas tipo ‘Descalzos por el parque’ (‘Barefoot in the Park’, Gene Saks, 1967), en la que una pareja de recién casados busca piso donde vivir, ambos guapos, encantadores y divertidos. En el inicio del filme de Polanski es lo mismo: pareja de recién casados guapos y encantadores acuden a echar un vistazo al apartamento en el que quizá entren a vivir. En consonancia con ello, los títulos de los créditos son de un rosa tirando a pastelazo, escritos además en elegante cursiva, como dicta el canon, pero son quizá demasiado empalagosos. La música de Komeda se instala en otro nivel, en otro estrato: parece ser una nana, anticipando quizá el futuro embarazo de la chica protagonista, pero algo no está bien en esa nana, como algo no está bien en la planificación… Resueltos con un único plano, que realiza una panorámica de derecha a izquierda para luego empezar a bajar de izquierda a derecha y terminar ofreciendo una perspectiva forzada del imponente edificio Dakota, que visto desde arriba y en ese ángulo aún parece más ominoso. De manera magistral, Polanski nos ha introducido en la incertidumbre y en la inquietud usando para ello varios planos, o estratos, narrativos. Toda la película está plagada de esta sutilidad expresiva, porque en ella existe un verdadero narrador capaz de utilizar los elementos factuales que tiene a su disposición.

Inteligencia e ingenio para trascender

Si lo pensamos bien, tanto el cine como la literatura, la mayor parte de las veces, son planos, sin fuerza expresiva. Si solamente contamos historias de gente que camina por la calle, o de personajes que hablan entre sí, o de viajes, o de búsquedas, o de aventuras, o de lo que sea, y todos los elementos de los que dispone el cine y la literatura se escriben en una única dirección tonal, dramática, narrativa, podemos tener un relato bien contado, incluso emocionante, pero en ningún caso sus imágenes o palabras trascienden del plano meramente material. Son lo que parece que son, sin profundidad. A lo que habría que aspirar es a construir una sinfonía, no una melodía, una novela, no un relato, y eso es algo a lo que pueden aspirar solamente los más inteligentes e ingeniosos de los narradores, los que han comprendido las enormes posibilidades poéticas y artísticas del medio en el que trabajan.

Pero no se trata de ver cosas que no hay en el plano, o de crear metáforas o simbologías, o de emplear lugares comunes tales como un espejo roto en el que se reflejan los dos amantes que van a separarse… Se trata de narrar con inteligencia, de emplear la figura del narrador, de los personajes, del espacio-tiempo narrativo, los diálogos, la música, la fotografía, el montaje, la escenografía, el sonido, la dirección de actores, todo ello entrelazado para obtener otra cosa. Una película no obvia debajo de la película obvia que tenemos ante nuestros ojos. Y en esto uno de los más grandes es el estadounidense David Lynch:

En ‘Lost Highway’ (1997), Lynch plantea un artefacto narrativo de extrema complejidad, lleno de trampas y de equívocos, que obliga al espectador a replantearse una y otra vez no solamente qué le están contando si no qué tipo de película está viendo. Estilizada hasta la abstracción, pareciera, a simple vista, dos películas en lugar de una, unidas la una a la otra con un giro irracional: la primera parte un filme de terror, la segunda parte un filme de cine negro, con el personaje central convirtiéndose de adulto en adolescente, cambiando el actor que lo interpreta. He leído críticas que hablaban de un nuevo género híbrido o de una relectura de ambos géneros por parte de Lynch. En realidad, toda la historia gira en torno a una idea: los celos masculinos, y en este caso los del personaje protagonista hacia su mujer, y con los giros irracionales, propios del cine fantástico, totalmente justificados ya que vemos toda la película desde la distorsionada y patológica perspectiva de ese hombre

El empleo por parte de Lynch de los diversos estratos narrativos le sitúa, una vez más, entre los grandes de su tiempo, que es el nuestro, y configura un cine mucho más elaborado, mucho más sofisticado que el que se hacía treinta o cuarenta años antes, porque en él todos los estratos antes nombrados (montaje, fotografía, música… ) dialogan entre sí y con el espectador, creando marcos genéricos, construyendo estructuras narrativas que se superponen, se niegan y se retroalimentan.

Quizá esa sea la diferencia fundamental entre un cine pobre o básico de uno mucho más valioso e importante: que en él convivan lo aparente y lo referido o sugerido mediante los aspectos puramente literarios, narrativos, temporales, cinéticos. Hitchcock hablaba mucho del diálogo a tres bandas entre el espectador, la obra y el director, pero en realidad su ingenio, que lo tenía y no era precisamente pequeño, lo dedicaba a abordar únicamente una cuestión: el suspense. Y en esa cuestión basaba todo su juego, sin trascender. Otros, como Ford, eran mucho más sugerentes, y conseguían que su imagen fuera aquello que lo que su materialidad mostraba, y algo más subrepticio, escondido en esas imágenes. Pero sólo lo lograba de manera muy tangencial y muy poco sutil, como las secuencias de Martha y Ethan en ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, 1956). El cine aún tenía que hacerse mayor, especialmente en dos asuntos: la música y el sonido. Y para eso, primero, tenemos que irnos a Europa:

En ‘La noche’ (‘La notte’,1961), el genio de Antonioni se despliega en toda su grandeza contando, como nadie ha contado de nuevo, una crisis de pareja. En esta película tanto los diálogos como el silencio, tanto la música diegética (la que oyen los personajes), como la extradiegética (la que no oyen), están elaborados con una sofisticación extrema, que no va en consonancia (tonal o dramática), muchas veces, con la planificación visual, pero que al unirse forman otra cosa: un discurso cinematográfico en el que el tiempo se hace «visible» en la imagen, y en el que el naturalismo aparente es sustituido por un racionalismo extremo. Cada movimiento de cámara, cada gesto de los actores, cada palabra que dicen o que callan forman parte de una sinfonía de dos horas de una precisión y una hondura que es verla para creerla. Ningún Ford o ningún Hitchcock pudieron aspirar jamás a esta profundidad y a esta elegancia en la construcción cinematográfica. Y se podría poner alguna escena de ejemplo, pero toda la película es un ejemplo de aparente descoordinación entre lo aparente y lo sugerido, que en realidad es una coordinación poética de los materiales literarios y cinematográficos.

Y son estas las verdaderas obras maestras, las grandes películas en cuyo interior laten varias películas, varios relatos, tonos y puntos de vista, propiciados por los distintos estratos narrativos que en ellos anidan..

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ENSAYO, LITERATURA

Miguel de Cervantes es el gran perdedor de la historia de la literatura

Tú, que imitaste la llorosa vida
que tuve, ausente y desdeñado, sobre
el gran ribazo de la Peña Pobre,
de alegre a penitencia reducida;
tú, a quien los ojos dieron la bebida
de abundante licor, aunque salobre,
y alzándote la plata, estaño y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida,
vive seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
sus caballos aguije el rubio Apolo,
tendrás claro renombre de valiente;
tu patria será en todas la primera;
tu sabio autor, al mundo, único y solo.

AMADÍS DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA (preliminares de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’)

No sé a otros, pero a mí me llama poderosamente la atención la idea que se tiene de Miguel de Cervantes en su país de nacimiento. Y, para empezar, la idea que tenía yo mismo de él en mi infancia, inculcada por nuestros profesores de historia y de literatura. El tal Miguel de Cervantes Saavedra fue, según nos contaron a todos, un pobre desgraciado, que no pudo vivir de lo que escribía, que murió casi en la pobreza y olvidado por todos, que además era manco, pero que tuvo la inmensa suerte de escribir la que casi con toda certeza es la novela más famosa de todos los tiempos: la archiconocida ‘Don Quijote de la Mancha’, que por lo visto nadie ha leído ni tiene intención de leer. Nos insistieron mucho a todos en que el hombre había intentado hacer otras cosas que no le salieron bien, con la idea subrepticia de que ‘El Quijote’ le salió un poco por casualidad. Tanto es así que mucha gente que a lo mejor se ha leído ‘El Quijote’ o una parte del famoso libro cree que es lo único que escribió hasta su muerte. Como además se pasan la vida (tanto en la escuela, como en el instituto y en la universidad, por no nombrar los medios de comunicación) hablándonos de ilustres escritores anglosajones o franceses, principalmente de William Shakespeare, que a diferencia de Cervantes, con «su única obra», escribió varias decenas de obras de teatro, muchas de ellas obras maestras, pues te acaban convenciendo de que vale, que sí, que ‘El Quijote’ estará muy bien, y que te ríes mucho con él, y que marcó una época, pero que no será para tanto, que podemos glosarle, pero que también hay muchos otros, y tampoco hay necesidad de ponerse excesivamente patrioteros o hispanistas, teniendo en cuenta, insisto, que solamente escribió «una única gran obra».

Es más, no sé en cuantos sitios he llegado leer que ‘El Quijote’ es mucho más importante que el propio Cervantes, o que Cervantes es el simple ejecutante de una idea genial, o incluso que es casi imposible que él pudiera hacer algo de esta magnitud, por lo que tuvo que disfrutar de una inspiración inefable, y otras cosas por el estilo. Es decir, desgajando al autor de su obra, cuando yo estoy bastante seguro de que Cervantes es un autor más conocido que por ejemplo Arthur Conan Doyle respecto a su Sherlock Holmes o que Bram Stoker respecto a su Drácula, por citar dos personajes fundamentales y finiseculares que tanto han marcado las ficciones de las últimas décadas. Pero el autor literario por antonomasia es Shakespeare, de quienes algunos dicen temerariamente cosas como que «escribió la mejor prosa de siempre» (no sé cómo, cuando escribió únicamente teatro y un centenar de sonetos), que fue «el inventor de lo humano» (signifique eso lo que signifique), y que «inventó la lengua inglesa». También se ha dicho que el español es la lengua de Cervantes (y que Alighieri con su Commedia inventó el italiano, algo que ahí puede tener más razón de ser…), pero esto no son más que bagatelas, porque tanto el español como el inglés eran lenguas en formación, y citar a los dos autores más preeminentes de sus respectivas naciones como creadores de ese idioma es, cuanto menos, tendencioso. Lo que es importante señalar es que los angloparlantes lo consiguieron: oponer a la supuesta grandeza de Cervantes (autor de «una única» novela) la incuestionable grandeza de Shakespeare, y reducir al primero a un simple pobre hombre que escribió algo grande, aupando al segundo a una gloria universal que no merece.

Pero lo cierto es que el hecho de que tal cosa haya sucedido, es decir, que parezca que aceptamos a regañadientes la pequeña genialidad de Cervantes frente a la gran genialidad de Shakespeare y de otros muchos renombrados autores angloparlantes o francófonos, que su obra y su verdadera altura artística hayan quedado ninguneadas con la excusa del «accidental» fenómeno del Quijote, no es más que el último aguijonazo de mala suerte a una vida plagada de una suerte increíblemente adversa, de las que a otros les hubiera parecido que el universo se pone en contra de cualquier cosa que haga. Porque Cervantes es el gran perdedor de la historia de la literatura.

Con verdadera vocación de dramaturgo, más incluso que de novelista o poeta, Cervantes vio varias obras suyas representadas en los corrales madrileños, y pudo gozar de gran éxito si no hubiera sido porque sus obras fueron desdeñadas en favor de las de Lope de Vega y otros delfines suyos. Antes de eso, a su vuelta a España tras la batalla de Lepanto (que no le dejó manco, como tantas veces se ha dicho, sino que le dejó la mano izquierda casi inmóvil por un arcabuzazo), a punto de llegar a nuestras costas, Cervantes fue preso por una flotilla turca y conducido junto a su hermano Rodrigo a Argel, donde permaneció nada menos que cinco años (1575-1580), y en donde protagonizó varios intentos frustrados de fuga, a la vez que asumía siempre la culpa de los planes de fuga para que no torturaran a sus compañeros. La razón de que estuviera allí tanto tiempo fue que tenía en su poder, en el momento de su captura, unos papeles firmados por don Juan de Austria y del duque de Sessa hizo creer a sus captores que se trataba de alguien muy importante y pidieron por su rescate una suma enorme de dinero que sus familiares tardaron mucho tiempo en reunir. Tales sacrificios le valieron de poco cuando solicitó un puesto en la corte para algún empleo. Después de algunos años de penurias consiguió el oficio de recaudador (que desempeñaría durante trece años) y que concluyó con sus huesos en la cárcel, pues el banquero sevillano Simón Freire se fugó con el dinero recaudado y la culpa recayó sobre el propio Cervantes, que fue condenado a tres meses en la peor cárcel del siglo XVII, la de Sevilla, con más de cincuenta años de edad.

Es en esos años difíciles, en los que además el mundo de Cervantes se desvanece (pues muere Felipe II) y España empieza a cambiar en todos los estamentos, se fragua la época más fructífera y más importante de Cervantes, que comienza precisamente con ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, su segunda novela en veinte años después de la muy poco conocida y sin embargo formidable ‘La Galatea’. Llegan también las extraordinarias Novelas Ejemplares, su recopilación de Comedias y Entremeses, la segunda parte del Quijote, el poderoso y singularísimo poema narrativo ‘Viaje del Parnaso’ y su última novela terminada justo antes de morir, ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda’. Y aunque parece que algunos quieren oscurecer el pasado, resulta que ‘El Quijote’ fue un gran éxito en la época, que apenas dio dinero a su autor porque había vendido los derechos a su editor. Pero desde luego nada puede ocultar que en su época a Cervantes se le consideraba un cero a la izquierda, y que en el mundillo literario era un don nadie.

Pero hay varias cuestiones que los críticos literarios, si quieren no caer en el ridículo y quedar como unos ignorantes absolutos, deben saber y repetir siempre que les sea posible. Cervantes fue el escritor más innovador y original, en casi todos los ámbitos, del Barroco español, y sus innovaciones técnicas en la novela, en el relato corto y en la narrativa en general no han sido superadas desde entonces. Sólo grandes monstruos como Dostoeivski y Tolstoi en el XIX, o Faulkner en el XX, han recogido el testigo de su ingenio y su inteligencia en la novela y la han llevado a territorios cercanos, aunque nunca similares a los suyos. En el teatro, para que el que escribió una treintena de obras, destaca su obra maestra ‘La Numancia’, que es una tragedia muy superior a cualquiera de Shakespeare, pero además demostró su insuperable audacia con los Entremeses, piezas cortas que dan fe del genio cervantino. Y en novela y cuento sencillamente no tiene rival. ‘Don Quijote de la Mancha’ es el libro de libros. En él cabe toda la tradición novelesca de su tiempo (novela morisca, bizantina, autobiográfica, italiana, picaresca… absolutamente todo), y con ella ensaya, sin perder jamás la ironía y sin traicionar las reglas del juego por él marcadas, la novela polifónica que se seguirá desarrollando en siglos posteriores, en su ironía, en sus contrapuntos narrativos, en su perspectivismo. ‘El Quijote’ es, ella sola, el inicio de la narrativa moderna, escrita por un fracasado de más de cincuenta años, al que todo el mundo tomó por un escritor de parodias de novelas de caballerías.

Pero yendo mucho más allá de los postulados de un crítico como Maestro, tomaré las palabras de Viñó cuando dijo que ‘El Quijote’ es, junto con el resto de la obra cervantina, una vasta creación intelectual propia de un genio de una inteligencia incomparable. Porque es la inteligencia, el racionalismo supremo, la gran victoria del desastrado Cervantes, al que no vencieron ni batallas sangrientas ni cautiverios terribles o injustos. ‘El Quijote’, como las ‘Novelas ejemplares’, pertenece a la estirpe de ‘La divina comedia’ de Dante en su profunda, desaforada crítica de la sociedad, en una mirada libre y cáustica de una España (que además era un imperio gigantesco) llena de aristas y de contradicciones que él retrató como nadie ha vuelto a hacer jamás, y un estudio de caracteres (doscientos cincuenta según algunos cronistas) abrumador que convierte a Cervantes en un antropólogo insuperable, si además tomamos los personajes de una obra portentosa como ‘La Numancia’. Pero ante todo ‘El Quijote’ como el resto de la obra de Cervantes, es el triunfo del ingenio a la hora de crear la vida misma en las páginas de un libro, con una fuerza, una vitalidad, una luminosidad, que convierten a los Molière, a los Flaubert, a los Stendhal, a los Conrad, a los William Blake y a todos los Shakespeares del mundo en meros aprendices, en bisoños prosélitos.

En teatro nadie puede competir con la genialidad compositiva de Lope y Calderón, y en poesía muy pocos con Quevedo. Pero en teatro y poesía Cervantes escribió obras magníficas, y en narrativa lo cambió todo para siempre por la fuerza de su pavorosa inteligencia, que no ha encontrado apenas pares en los siguientes cuatrocientos años. Pero podemos seguir ninguneando al pobre Cervantes y leyendo estupideces, que nada cambiará el hecho objetivo de que Cevantes es, junto a Dante Aligheri, el más grande creador de letras de occidente, que es como decir del mundo entero. Así de claro.

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ARTÍCULOS, CINE

Los estratos narrativos de una película (1)

Siguiendo un poco con lo que decía el otro día acerca de los reduccionismos que críticos y comentaristas de literatura o de cine llevan a cabo probablemente sin darse cuenta o sin que les importe incurrir a ellos, creo que puede ser interesante desarrollar en este nuevo artículo la idea de hasta qué punto una obra narrativa está compuesta de niveles conceptuales y narrativos, que se superponen entre sí de manera mucho más compleja y elaborada de lo que por lo visto se pueden permitir los que se quedan en la superficie de las cosas, en ciertas exquisiteces formales que si bien pueden llegar a ser valiosas en sí mismas no son más que una fruslería en comparación con las verdaderas capacidades, con las auténticas profundidades, de una obra narrativa contemporánea. Y aquí me propongo demostrarlo.

Tanto en literatura como en cine, aunque aquí vamos a centrarnos en los estratos narrativos de una película, sucede como en la música, y de manera diferente a la pintura o la fotografía, porque al ser materiales en las que el tiempo forma parte de su sustrato, de su esencia material, han de formalizarse, han de objetivarse, ya desde el principio en diversos estratos que se superponen los otros de manera orgánica (dentro de una creación ideal, en el seno de una supuesta obra de gran calado). La literatura es mucho más apta para explorar a fondo las posibilidades del narrador y de los personajes, pero el cine posee, por su propia naturaleza, más elementos conceptuales, artísticos (vamos a llamarlos así…) con los que construir la obra final y el discurso de los cineastas: escritura, escenografía, dramaturgia, fotografía, montaje, música, sonido… Lo notable del caso es que muy pocos cineastas de cada época, contados a veces con los dedos de una mano, realmente aprovechan a fondo todas las posibilidades que les ofrece este abanico de elementos artísticos, quedándose en esa exploración visual, en esa caligrafía de planos, que tanto extasía a algunos estudiosos, y eso en el mejor de los casos, porque en el peor se queda en un mero cuenta cuentos.

A grandes rasgos, los estratos narrativos serían los siguientes:

Escritura
Filmación (y dentro de la filmación, la dirección de actores, los diálogos, la escenografía, la planificación y la fotografía)
Montaje
Sonido y música

James Cameron dijo hace unos cuantos años que la escritura es la primera versión, el rodaje la segunda y el montaje la tercera y definitiva versión de la película, y tenía mucha razón. A mí ahora lo que me interesa es añadir más estratos a esa excelente definición, y además establecer el imperativo de que todos ellos han de tener una relación orgánica entre sí, inapelable, esférica. Y no solamente eso: cada uno de esos estratos puede dialogar con los otros y con la obra en su totalidad de muy diferente forma, no necesariamente como un viaje de un sentido, sino aprovechando todas las maravillosas capacidades de un arte tan poético como el cine.

Pongo un ejemplo: en ‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, 1998), la primera de las dos obras maestras de Terrence Malick, tiene lugar un momento extraordinario cuando los soldados desembarcan en Guadalcanal y se ven obligados a avanzar tierra adentro en busca de los enemigos japoneses. Llega un momento en que es muy difícil añadir más estratos que dialoguen entre sí de una forma más intensa, bella y poderosa. Por una parte, tenemos una planificación visual y sonora que se mueve en dos direcciones: mostrar la belleza y la extrañeza de una naturaleza salvaje y crear una tensión creciente en los soldados (y ambas direcciones están incrustadas en un montaje, a falta de otra palabra mejor, perfecto). Por otra tenemos la voz en off del soldado Train (John Dee Smith) impregnando las imágenes de una inefable espiritualidad. Por fin, la hipnótica música de Hans Zimmer, que amplifica los elementos ya comentados, pero propone algo más: un diálogo entre ellos, o una relación sinfónica, que les permite coexistir en la imagen de manera armónica. El espectador tiene la sensación de flotar en la imagen.

En comparación, tenemos un filme formidable pero mucho más básico, mucho más elemental, como es ‘Salvar al soldado Ryan’ (‘Saving Private Ryan’, 1998), que Spielberg filmó en el mismo año, y que goza de una realización portentosa en la que sólo se viaja en una dirección y las imágenes representan exactamente lo que son. La caligrafía de Spielberg es sencillamente soberbia, pero en ningún momento de la película (y casi nunca en su carrera) tenemos la sensación de asistir a una sinfonía de elementos cinematográficos tan extraordinaria como en el filme de Malick, sino como mucho a una melodía muy bien orquestada. Espero se me entienda. ‘The Thin Red Line’ posee una enorme influencia de ‘Apocalypse Now’ (Coppola, 1979) y al mismo tiempo una gran singularidad propia, una innegable y rotunda personalidad, hasta el punto de erigirse en uno de los filmes de los últimos años que más y mejor han aprovechado las calidades poéticas del cine, precisamente porque en ella el narrador, los personajes, la voz en off, la fotografía, el sonido, etcétera, son explorados hasta límites que incluso grandes cineastas no pueden alcanzar.

Por supuesto que una película puede carecer de música, como puede carecer de diálogos e incluso de sonido (pero no porque sea muda, sino porque el director así lo ha decidido en su particular estrategia narrativa), pero una obra maestra, si de verdad lo es, establecerá una relación entre sus estratos narrativos, entre el guion y su ejecución, entre su ejecución y su montaje. Por eso el guion no puede ser una mera plantilla, ni la filmación puede ser una ilustración del guion. Cada elemento debe poseer su propio sistema inmunológico, o de lo contrario será una mera representación mecánica de lo anterior. Lo que caracteriza al cine es que su rodaje y su montaje pueden y deben mejorar lo que está escrito y filmado con anterioridad. Y por mejorar quiero decir definirlo, no simplemente unirlo o ensamblarlo. El montaje, y más aún el sonido y la música, son el acabado final de la película, su puesta a punto. Más que un enfoque nuevo, la verdadera razón de ser de la película, más allá incluso que los planos o las funciones conceptuales que ellos alberguen.

Y quizá sea por eso que no hay tantos directores realmente geniales, como tantos quieren ver, y en el cine estadounidense tuvo que llegar Orson Welles para empezar a construir esto que estoy diciendo.. de todas formas seguiré indagando en este asunto en sucesivas partes de este largo artículo.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Estética y belleza en la literatura

Leyendo y escuchando a Jesús G. Maestro, un tipo al que cada vez lee y escucha más gente (a través de su canal de youtube, aunque dudo que todos ellos se hayan leído entero ‘La crítica de razón literaria’… y no les culpo porque es bastante denso), que no despierta las siempre sospechosas y temibles unanimidades pero que tampoco deja indiferente a nadie, se llega rápidamente a la conclusión de que algunos se quedan en literatura, igual que otros se quedan en el cine, con algunos aspectos del fenómeno narrativo o artístico en cuestión, y desdeñan otros, ya sea por elección, o por afinidad, o por filias y fobias, o por incapacidad o manía. Y de igual manera que otros, como el tal Bracero de Twitter (que no es el único, ni mucho menos, de su muy nutrida especie), ya dicen que una película es una «obra maestra» (o una de las mejores de todos los tiempos) por las ideas conceptuales de un plano, o de una serie de planos, que prueban de manera fehaciente las intenciones lógico-narrativas del director en cuestión, en el caso de G. Maestro pertenece a ese estirpe de críticos para los que lo más importante parece ser el discurso o la filosofía del autor, objetivada en los materiales literarios, desdeñando la palabra escrita como vehículo o motor de cierta idea de estética, o a los formalismos como meros compendios técnicos que no contribuyen necesariamente a la grandeza de una obra determinada.

Interesante es, desde luego, porque yo creo que tanto Bracero como Jesús G. Maestro (con sus grandes y obvias diferencias de todo tipo) son personas muy inteligentes y en algunos aspectos muy preparadas, pero ambos funcionan como paradigmas de lo que significa quedarse con una parte muy tangencial de aquello que tratan de comentar con mayor o menor fortuna. Uno es profesor en la universidad de Vigo, y da su nombre a todo lo que escribe… otro es un tuitero que escribe con seudónimo y que vete a saber a qué se dedica. Ambos, aunque quizá («quizá» por decir algo suave…) el segundo lo niegue más que el primero, tratan de dejar huella en aquello que comentan, tratan de sentar cátedra, de establecer verdades objetivas, irrefutables o por lo menos lo más inexpugnables que se pueda. En otras palabras, se esfuerzan en cada comentario, en cada idea, en cada vídeo o en cada tuit, en demostrar lo mucho que saben y que aquello que dicen tiene mucho de verdad. Pero sobre todo en el caso de Maestro, que a fin de cuentas escribe y habla mucho más que todos los Braceros del mundo juntos, más que vérsele las costuras, que también, sorprende que algunos conceptos los tenga tan trabajados, y otros, como por ejemplo la misma noción de literatura, sean ideas tan poco desarrolladas y tan endebles.

Para Maestro la literatura es «una construcción humana y racional que se abre camino hacia la libertad a través de la lucha y el enfrentamiento dialéctico, que utiliza signos del sistema lingüístico a los que confiere un valor estético y otorga un estatuto de ficción, y que se desarrolla a través de un proceso comunicativo de dimensiones históricas, geográficas y políticas cuyas figuras fundamentales son el autor, la obra, el lector y el intérprete o transductor». Una frase, y una definición, demasiado rebuscada, y al mismo tiempo poco robusta, que parece que dice muchas cosas pero que en realidad no dice nada. También afirma Maestro que la literatura en particular, y el arte en general, es ante todo un desafío a la inteligencia humana. Y por cierto que sorprende que en su atildada definición aluda a la estética cuando es un concepto que a él, tal como ha afirmado en muchas ocasiones, no le agrada del todo, proviniendo de donde proviene. Sea como fuere, para Maestro, y para otros, la literatura no tiene que ver, necesariamente, con la palabra escrita sino con las ideas y la materialidad real del conocimiento. Y sobre todo opina que la literatura, y el arte en general, no tiene nada que ver con las emociones. Y aunque entiendo por qué lo dice (en su caso, para despreciar la crítica de la experiencia personal, o para desechar la tiranía del gusto personal de cada cual, cuestiones con las que estoy bastante de acuerdo) lo que acaba haciendo es proponer que la literatura es, en exclusiva, un desafío intelectual, y eso no es cierto. Esto no es más que otro reduccionismo, otro «bracerismo» si se me permite la expresión, que no conduce a un conocimiento profundo de la literatura.

Porque la literatura es un triple desafío: intelectual, emocional y psicológico. Es una experiencia estética que depende de manera íntegra de la belleza, una belleza (que nada tiene que ver con una superficial hermosura, espero se me entienda…) que mana de manera exclusiva de la palabra escrita, que es la verdadera esencia, la sangre, el núcleo, la materia de la literatura. Con esa palabra escrita, claro, se objetivan ideas, discursos y filosofías, pero se objetivan de una forma concreta, con una estrategia narrativa que algunos podrían llamar estilo, o por lo menos mirada, o búsqueda formal. Quedarse únicamente con lo intelectual, es parecido a quedarse sólo con las ideas conceptuales que emergen de los planos de una película, cuando el cine es interpertación, escritura, sonidos, música… Es un TODO, y eso es la literatura, aún más que el cine, es un TODO conformado por un abanico de conceptos intelectuales, emocionales y psicológicos, que proponen una catarsis ficcional en el lector/receptor de la obra. Es un viaje de múltiples aristas, no solamente sapienciales, porque a eso aspiran las bellas artes: a comunicar una cualidad trascendental de la emoción. Quieren, entre otras cosas, conmovernos, pero no con imágenes o historias tristes, sino con la ficción que se nutre de narrador, personajes y espacios y tiempos narrativos. Quieren perturbarnos y crearnos un serio problema personal que hemos de resolver con nosotros mismos. No son solamente un pedazo de filosofía, sino que son un pedazo de vida creado tan solo con palabras y papel.

Y es responsabilidad del crítico ser, además de un científico de la literatura, como se arroga Maestro, ante todo una persona como cualquier otro lector, e identificar el modo en que esa obra en concreto ha conseguido trascender la materialidad de las páginas para convertirse en un pedazo de vida, en una experiencia tan redonda y persuasiva en todos los sentidos, con qué elementos, técnicas y formas, con qué estilo y con qué concepción de la narrativa, más allá de lo que ese autor en concreto quiera transmitir de su filosofía y concepción del mundo. Y eso Maestro, y otros muchos como él, parece incapaz de hacerlo, o al menos no tiene el menor interés, y por eso quizá su trabajo como teórico literario adolece de un reduccionismo fatal, sólo interrumpido cuando habla de cuestiones tales como la amistad de Sancho por Don Quijote. Pero es que supongo que Cervantes es irreductible a los reduccionismos.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Mentiras y bobadas sobre la literatura

Muchas, muchísimas, especialmente proferidas por escritores, sobre todo escritores contemporáneos, aunque chorradas se han dicho y escrito por todo tipo de personalidades a lo largo de los tiempos, y han sido repetidas y asimiladas por los lectores más acríticos. Empecemos:

Dice Arturo Pérez-Reverte que él puede hacer una novela sobre la Guerra Civil porque él ha estado en muchas guerras (algo que repite machaconamente en cada entrevista que le hacen) como reportero. Es, en otras palabras, el viejo lema de «escribe sobre aquello que conozcas». Esto es una tontería como un piano de grande y además es radicalmente falso. Si así fuera, la literatura sería simplemente una colección de memorias, o de reportajes, o de hitos personales, y podríamos borrar la literatura de fantasía, de terror y de ciencia ficción. Existen muchos escritores que no han estado en una guerra y han escrito novelas muy superiores a las del autor nombrado, algo que por otra parte tampoco era muy difícil. Consiste en usar la imaginación para fabular…

Que el novelista «no nace sino que se hace», lo he oído, quizá no con esas palabras aunque sí parecidas y con el mismo mensaje, a multitud de escritores y de lectores, y en realidad es algo que se intenta demostrar cada vez que un incauto/a acude a un taller de escritura o a alguna escuela en la que aprender a convertirse en novelista, narrador o poeta. No hay escuelas ni talleres en el mundo capaces de convertirte en ello: o lo eres o no lo eres. Otra cosa es que en efecto necesitas de un bagaje intelectual, necesitas leer muchísimo (y asimilarlo bien…) y leer bueno, y necesitas trabajar muchísimo, escribir miles de páginas antes de llegar a algo bueno. Pero ni Cervantes fue a la escuela a aprender a escribir ‘El Quijote’, ni Melville para escribir ‘Moby Dick’, ni Mann para escribir ‘La montaña mágica’.

Otra falacia especialmente brillante es esa que dice que leyendo aprendemos, crecemos y nos convertimos en mejores personas. Bien: nadie aprende nada leyendo literatura. Leyendo quizá libros de autoayuda podría ser, pero los libros de autoayuda (entre ellos, un gran porcentaje de las novelas que se publican hoy día) no son literatura sensu stricto. La literatura ha de suponer un problema (psicológico, emocional, intelectual) para el lector, de gran calado, no un aprendizaje como si leyera un libro de texto. Y desde luego nadie es mejor persona por leer gran literatura: eres, como mucho, mejor lector… y eso en el caso en que sepas aprovechar lo leído.

Más mentiras: que haya que documentarse para escribir una novela o un relato como si fuéramos a hacer un tratado del tema en cuestión. ¿Que es de la II Guerra Mundial? Tienes que leerte por lo menos veinte volúmenes bien gruesos y tragarte un centenar de documentales, y si de paso hablas con expertos del tema, mejor que mejor. ¿Que tiene que ver con pescadores gallegos? Pues más te vale saberte su forma de vida y sus vocablos, y todos los aspectos técnicos de lo que rodea su oficio para que así nadie pueda echártelo en cara cuando lean la novela, como si el lector fuese un profesor que te pasara la lección, cuando en realidad lo que espera, si es medianamente inteligente, es que le des algo de literatura. Documentarse no hace daño a nadie, pero novelar no es acumular una pila de datos, sino partir de lo general para ir a lo concreto.

Es una mentira como una ballena azul de grande que el escritor dependa de su inspiración para escribir. Eso de la inspiración yo no sé quién se lo inventó, pero la cosa ha dejado mella, porque vaya forma de dar la vara… Un escritor puede darse con un canto en los dientes si en el transcurso de las veinte o treinta o cuarenta semanas de intenso trabajo, está inspirado de verdad durante dos o tres. Eso es un lujo que casi nunca se tiene y no se puede depender de él. De lo único que puedes depender es de tu voluntad y tu confianza en ti mismo, elementos ambos que pueden tambalearse muy a menudo y que es tu deber encontrar la forma de mantenerlos a flote. Eso de inspirar va muy bien para la épica de los escritores, pero no vale para nada más que para seguir respirando.

Es mentira que los escritores sepan lo que están haciendo y tengan muy presentes sus influencias o sus deudas literarias. Generalmente un escritor, por muy bueno que sea, no tiene claro de donde sale todo eso que pone en el papel. También es mentira que lo tenga todo claro desde el principio, o por lo menos no debería. Hacer una escaleta de absolutamente todo y luego seguirla como si fuera el sancta sanctorum resta frescura al texto y lo convierte en una plantilla sin verdadera fuerza expresiva, algo que les sucede a más escritores de los que la gente se cree.

Una última mentira para no hacer esto demasiado largo: los escritores no son más inteligentes que los lectores, jamás, salvo casos muy extraordinarios, que también los hay. Por lo general, aunque se lo tengan muy creído, suelen ser bastante menos inteligentes que ellos, y las trampas se las pillas muy fácilmente, si es que sabes razonar y encontrarle los tres pies al gato, que puedo asegurar que sucede con el 99% de lo que hoy día se publica. De modo que no tengamos a los escritores, a casi todos ellos, en tan alta estima, y seamos un poquito más exigentes, que no tenemos nada que perder y todo por ganar.

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ARTÍCULOS, CINE

‘Avengers: Endgame’ o ‘The Lord of the Rings: The Return of The King’, no sé cuál es peor

Todos tenemos nuestras líneas rojas. Supongo que para algunos una de esas líneas rojas pudo consistir en la concesión del premio Nobel de literatura a Bob Dylan. Para otros, que periodistas o presentadores de televisión sea considerados novelistas de altura. Y para otros que le den el premio Goya a un actor con el síndrome de Down por el mero hecho de hacer de él mismo. En mi caso, cada vez que abro IMDb (como bien sabrá el lector, la mayor web de cine del mundo) y por alguna razón termino en la ficha de ‘Avengers: Endgame’ o de ‘The Lord of the Rings: The Return of the King’ (a partir de ahora AE o TRK, para abreviar…) y vuelvo a quedarme estupefacto cuando las votaciones de los usuarios le otorgan a la primera un 8,4 nada menos, y a la segunda un estratosférico 8,9. Es decir que la de Peter Jackson tiene más nota que ‘Apocalypse Now’ a la que conceden una media de 8,4, y la enésima de superhéroes tiene más nota que ‘Gritos y susurros’, con un 8,1. Y por ahí sí que no paso.

Que sí, que ya sé que son votaciones de todo el mundo, y que la gente por lo general tiene un criterio bastante escaso en casi cualquier cosa, mucho más en temas narrativos. En realidad no es como si fuera una web escrita por críticos cinematográficos. Eso lo sé. Pero también sé que esas notas, esas valoraciones, significan algo, y algo bastante profundo y preocupante: la tendencia global hacia un cine muy pobre en recursos narrativos y estilísticos, hacia una forma de entender la narrativa como un pasatiempos lujoso y lleno de colorines. Hace veinte o treinta años la cosa habría sido diferente, seguramente porque todos esos incautos capaces de ponerle un 10 a AE o a TRK se habrían sentido un poco avergonzados de hacerlo. Desde luego, prefiero que se sientan avergonzados a que digan lo que realmente piensan, porque quizá tienen razones para sentirse avergonzados.

Hace ya algunos meses escribí la crítica de AE, y llevo un tiempo queriendo escribir la de TRK (aunque el deseo de hablar de verdaderas grandes obras, y el escaso tiempo que me dejan mis proyectos literarios, me ha impedido hacerlo de momento… esperemos remediar eso pronto), entre otras cosas porque las considero películas hermanas, y en muchos aspectos. Ambas suponen, con dieciséis años de diferencia, la glorificación de un cierto estilo de fantasía, ambas son el culmen de cine diseñado y fabricado para frikis de la generación ‘Big Bang Theory’, ambas son una megaproducción de cientos de millones de dólares con ingentes cantidades de CGI (imágenes generadas por computadora) y con muchas estrellas y una apabullante mercadotecnia, y ambas han sido clamorosos éxitos de taquilla encumbradas temerariamente por sectores de la crítica (no todos, afortunadamente) incapaces de percibir, por lo visto, sus enormes debilidades y oquedades. Porque sus semejanzas no terminan en lo ya expuesto: tanto AE como TRK son filmes muy largos (más de tres horas de duración) y muy mal construidos, que ven su estrategia narrativa (si estrategia se le puede llamar a ese batiburrillo de escenas sin gracia) muy dañada por un montaje pésimo, digno de un videojuego o de un videoclip estiradísimo, ajeno a los delicadísimos, complejísimos resortes de puesta en escena, de construcción dramática, de dirección de actores, de punto de vista y de tiempos y espacios narrativos que hacen de otras películas de tres horas o más de duración (como ‘The Godfather’, o ‘Titanic’ o ‘Gone With the Wind’) verdaderos prodigios dramáticos muy por encima de estas producciones para niños.

Mi intención no es la de dar simplemente mi opinión. Mi intención, arrogante y por tanto insolente (como la de todo crítico cinematográfico, por otro lado), es la de influir en el lector de estas líneas, especialmente el lector amante de esas dos lamentables películas… es decir, con mucha, con muchísima suerte, hacerle cambiar de opinión respecto a ellas, o por lo menos hacerle pensar de manera un poco diferente. Porque creo que en mi caso, y me consta que en el de otros muchos, tenemos razones de sobra para considerar a AE y a TRK filmes pésimos, en los que por mucho dinero que se invierta y por muchas grandes estrellas que pueda haber ahí, no estamos tan lejos de ‘Conan, el destructor’ (‘Conan the Destroyer’, Fleischer, 1984) o cosas parecidas en lo tocante a enjundia narrativa, a valor meramente conceptual, a construcción y a montaje. Y vuelvo a hablar de montaje porque es el concepto más determinante a la hora de valorar tanto una como otra de manera rotunda y definitiva. Pues el montaje no solamente es la habilidad para unir dos planos diferentes con precisión técnica, musicalidad interna o pertinencia visual, también tiene que ver con la elección de tomas, con la intensidad argumental, con ayudar a los actores para que su trabajo luzca más, con un sentido global de la película pero también con el detalle de las pequeñas secuencias o pequeños bloques internos que hacen el todo. El montaje es la versión definitiva del filme, su acabado final, y ahí es donde AE y TRK hacen aguas por todos lados… porque ya en sus cimientos, en el guion y en el rodaje, están heridas de muerte.

Y esta apreciación no nace de un desprecio sistemático por esta clase de películas. En mi opinión, los dos primeros filmes de los Vengadores, sobre todo el segundo, eran bastante dignos. En el caso de la trilogía de Jackson, la anterior a esta, ‘Las dos torres’, fue mucho más afortunada. La primera, ‘La comunidad del anillo’, tenía sus momentos, aislados, pero bastante destacables. La segunda aprovechó el material filmado por Jackson para caer en las expertas manos de Michael Horton, que hizo un trabajo portentoso de construcción y de edición de ese material, hasta el punto de lograr muchos momentos muy hermosos y de aupar a la película entre los grandes filmes de fantasía de nuestro tiempo, sobre todo por un primer tercio sencillamente magistral. El lector debe saber (y si no lo sabe se lo cuento yo) que el ingente metraje de esa trilogía se filmó totalmente desordenado. Es decir, no se filmó primero todo lo relativo al primer volumen, luego lo del segundo y finalmente lo del tercero, sino que en un rodaje larguísimo se fueron sucediendo bloques de secuencias de las tres películas. En suma: el director es el mismo siempre, pero el montaje no. Ahí está la clave. Jackson no contó con la mente de Horton para la tercera película, y de ahí el batiburrillo indigesto que le quedó.

En el caso de AE, se trata de algo parecido a una parodia… La historia ya estaba contada, con todo lo relativo a las gemas del infinito y el enfrentamiento final con Thanos… pero en lugar de quedarse en eso, la continuaron. ¿Para qué vas a tener una gran superproducción que haga miles de millones de recaudación, si puedes tener dos? Dividieron el capítulo final en dos partes y se sacaron de la manga tres horas inoperantes en las que nada sucede, presididas por la más aplastante desgana, por una indescriptible abulia narrativa, en la que los personajes más importantes (Hulk, Viuda Negra, Ojo de Halcón, Capitán América, Iron Man, Thor), parecen hartos de sí mismos, y en la que no existen secundarios, pues son todos puros fantoches. Pero al igual que sucedió con ‘El señor de los anillos’ había que convencer a todo el mundo de que ese era el acontecimiento cinematográfico de la década, y la gente encantada con volver a pagar el precio de la entrada y los críticos entusiasmados con esta nadería.

Imposible decidir cuál de ellas es peor, porque ambas logran el increíble triunfo de no aportar absolutamente nada al espectador. ¿Qué secuencia, qué diálogo, qué plano puede citar el amante de estas películas como algo realmente memorable? Son colorines, son el éxito de lo frívolo, de lo comiquero y lo grandilocuente, lo aparatoso y vacío, la falta de ingenio y de inteligencia narrativas, literarias, dramáticas. Y probablemente esto no quedará aquí. Dentro de no mucho tiempo llegará una nueva saga que arrastrará a millones a las salas, y que propondrá el final más épico jamás visto, y muchísimas estrellas, colorines, luces de efectos especiales y monstruos por ordenador. Es decir, la misma bagatela que Hollywood ha perpetrado desde que comenzó. AE y TRK son narraciones de una torpeza y de una desgana apabullantes. Pero para muchos esto es gran cine. Que lo disfruten. Otros tenemos cosas más importantes que ver.

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