Largo viaje a la oscuridad

Los primeros recuerdos son demasiado confusos, demasiado lejanos, por mucho que su existencia es innegable, imposible de acallar. Son las imágenes del ‘Robin Hood’ de Disney (1973), las del ‘Lawrence de Arabia’ de Lean (1962), las de ‘El imperio contraataca’ de Kershner (1980), todas ellas en cine, en reestrenos. Nada de entender el argumento, por supuesto, ni siquiera en el caso de ‘Robin Hood’. Al principio del todo no sabemos ni siquiera lo que es un argumento y no tenemos interés en él. Sólo tenemos conciencia de las imágenes, de los personajes, de la peripecia que parecen experimentar y que tú experimentas con ellos. Algún tiempo después de eso las imágenes en televisión de ‘Doctor Zhivago’ (1965), también de Lean, y un poco después las de ‘El retorno del Jedi’ (1983), de Marquand… la conciencia de una continuación de argumento y la muy leve sospecha de una continuación de estilo. Pero yo era un niño muy pequeño y ni una cosa ni la otra me interesaban realmente.

Lo que me interesaba era leer. No comprendía de qué manera aquella combinación de palabras, presentes en un libro de cuentos, o en un cómic, o en un libro de texto, incluso en hojas sueltas, podía conseguir esos efectos en mi cabeza y sobre todo en mi ánimo. Con las imágenes era un poco más difícil, y luego entendí que bastante más tendencioso, el hecho de armar un argumento o una causalidad unívoca, pero con las palabras, las frases y los párrafos era diferente. Me parecía más natural, más convincente. Por eso leía cualquier cosa, lo que encontraba, o me daban o podía conseguir. Robaba libros de la biblioteca o de la escuela, pequeños libros en mal estado o cómics cuyas páginas olían a papel en descomposición, de esos que había leído una y otra vez, porque creía, en mi mente infantil, que me pertenecían a mí más que a cualquier otro… y los escondía en mi habitación, o en algún lugar secreto del barrio al que poder acudir para poder volver a leerlos sin que mi madre se preguntara de dónde había sacado yo aquellos volúmenes en mal estado. Y si eran cómics tenían que ser de aventuras, claro. No podía concebir otra cosa. Mi primer contacto con el western americano (que muchas veces no es más que folklore y costumbrismo) fue a través de los cómics, y la mayoría de ellos europeos: es decir por supuesto ‘Lucky Luke’, pero después ‘Mac Coy’ y el aún más famoso ‘Blueberry’. En comparación, la mayoría de los westerns que veía en el cine eran bastante insustanciales. Incluidos los de Leone, de los que sobre todo me fascinaba su música.

En algún momento de los años ochenta mi padre tuvo la mala idea de dejarme ver ‘Alien’ (1979), la que probablemente aún sea la mejor película de Ridley Scott. Yo tendría, cuando la vi, siete u ocho años, y me dejó traumatizado. Nunca hubiera imaginado que una película podía ser tan aterradora… o más que la película, que también lo era, sobre todo el puto bicho. Años más tarde me enteré de que en realidad era creación de un artista suizo, tanto el bicho, como los huevos y algunos elementos de la película. Creo que estuve varios días con problemas para dormir, imaginándome que, al igual que sucedía en la película, por la esquina de la habitación que daba al pasillo se asomaba lentamente la cabeza de aquel espeluznante ser. Menuda bronca que le echó mi madre a mi padre por permitirme ver esa película. Pero algún tiempo después la cosa fue peor, porque pude ver por fin dos películas que la crítica había dicho que eran muy malas (según me decía mi padre) o muy comerciales, o muy poco recomendables para los grandes cinéfilos, pero que yo tenía que ver y no recuerdo bien cómo conseguí verlas. Fueron ‘Terminator’ (1984) y ‘Robocop’ (1987). Yo no había cumplido ni diez años y recuerdo bien cómo la violencia insoportable de la segunda, y cómo el pesimismo de la primera dejaron una huella imborrable en mí. Yo no sabía que el cine podía mostrar cosas tan terribles. En comparación a la negrura de ‘Terminator’ o al salvajismo de ‘Robocop’, la criatura de ‘Alien’ me parecía un juego de niños.

Pero volvamos a los cómics, porque desde los diez años, poco más o menos, empecé a leer el cómic que a mí más me gustó siempre: ‘La espada salvaje de Conan’, que era otra colección del fornido aventurero y espadachín, al lado de ‘Conan Rey’ y otras que también se publicaban. Pero la más impresionante era esa, que además era en blanco y negro y estaba a veces dibujada por el mismísimo John Buscema, y entintado por multitud de grandes artistas. Cuando volví a ver, pues no recordaba haberla visto, ‘Conan el bárbaro’ (1982), de John Milius, supe que aquel Conan interpretado por un austríaco cachas y de mandíbula cuadrada no era Conan ni lo sería nunca. Y cuando poco después leí el relato ‘Clavos rojos’ lo supe todavía con mayor certeza. Conan es la esencia de la aventura, amoral, vividor, básico, violento, áspero y terrenal, y aquellas películas con un personaje llamado Conan yo no sabía lo que eran. Me pasó lo mismo cuando vi las películas de Drácula, cualquiera de ellas, con una única salvedad, el ‘Drácula’ (1958) de Terence Fisher. Yo había leído la novela en uno de esos veranos interminables en mi pueblo sin nada que hacer, y tuvo que llegar el filme de Coppola (1992), algunos años después, para volver a capturar ese espíritu y para volver a enfrentarme a ese argumento, porque los argumentos empezaban a importarme algo más. Pero 1992 puede ser seguramente el año más importante en ese viaje a la oscuridad de la sala de cine o de la cámara oscura en el momento de la lectura…

Había visto aquel año ‘El silencio de los corderos’ (1991), una película que no me correspondía por edad (12 años). Por fin se estrenó el ‘Bram Stoker’s Drácula’ de Coppola. También llegó el extraordinario ‘Unforgiven’ (1992) de Eastwood que tanto me conmovió. Y por supuesto el ‘Malcolm X’ (1992) de Spike Lee que tanto me enardeció. Y las lecturas ya empezaban a ser centenares, inabarcables. Leía lo que la gente escribía de cine y de literatura y me pregunta si yo un día podría expresarme así, como esos críticos literarios o cinematográficos a los que yo veía más allá del bien y del mal, dejando por escrito sus ideas en revistas y periódicos, explicándonos a los pobres espectadores por qué aquella película era una “obra maestra” (aquella extraña expresión que oí por primera vez), y por qué aquella otra era floja, o era un bodrio, o era fallida… ¿Qué sabían ellos que yo no supiera? ¿Dónde habían aprendido las reglas de la escritura crítica? ¿Qué tenía que hacer yo para llegar a eso? Eso es lo que yo quería hacer, leer y ser leído. Escribir sobre las cosas que escribía esa gente, expresar mi propio punto de vista, que cada vez se hacía más divergente de todos los demás, que cada vez me exigía más a mí mismo, indagar más allá, investigar aún más, ver en la imagen algunas cosas que quizá los demás no habían visto, encontrar en el estilo de un novelista, de un cuentista o de un cineasta aquello que los demás no acababan de hallar. Eso fue hace casi treinta años.

Y los que me quedan… Hace algún tiempo renuncié a todo. Incluso a mí mismo. Recuerdo que ni siquiera veía películas. No me interesaban. Cuando tenía algo de tiempo libre y energías cogía la PS3 y pasaba un buen rato. Mis ajados montones de libros, algunos de los cuales no recordaba haber leído ni disfrutado con ellos, estaban relegados a una esquina de la casa. Pero poco a poco regresé a la lectura, que fue la manera de empezar con todo, a los viejos amigos que ya había leído, y a otros nuevos que pude por fin leer. Volví al cine, a ver películas en casa, a indagar en ellas, a desentrañarlas, a demostrarme a mí mismo que sabía lo que hacía, que podía volver a escribir. La cima de aquella fase de recuperación fue comenzar a escribir también ficción. La vieja novela que llevaba muchos años queriendo componer y a la que nunca había dado forma. Pero esa es otra historia, otro viaje que acaba de comenzar. En cuanto al primero, al viaje de leer libros y de ver películas, no se terminará nunca. Y es posible que se interrumpa de nuevo, que se me agoten las ganas de leer y de ver las novedades, de volver a creer que un cineasta o que un escritor pueden atraparme. Pero volveré. Siempre vuelvo. Y pondré todo eso por escrito, una vez más, con energías renovadas, cogiendo todo aquello que me ha hecho daño, que estuvo a punto de destruirme, como gasolina para empezar por quinta o por décima vez. Los escritores nos nutrimos precisamente de ello, de nuestras propias vicisitudes, para encontrar la extraña energía que nos hace escribir de nuevo.

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