El superpoder de la Inteligencia

El diccionario define la “inteligencia” como una facultad de la mente, “que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad”. Pero yo creo que es un superpoder, a tenor del escaso número de personas que hacen uso de ella y observando lo que esas pocas personas son capaces de hacer. Porque hablamos de una capacidad, no de una habilidad o de una potencia. El genio es una potencia, que se usa cuando se puede, pero la inteligencia es una capacidad que se elige emplear, potenciar, desarrollar y hacer un hábito de ella. Debo decir, por muy duro que suene, que la mayoría de las personas que he conocido en mi vida no son inteligentes, o por lo menos no poseen una inteligencia pura, ni han intentado desarrollarla jamás. Listos sí son muchos, astutos, espabilados, sagaces, hábiles, calculadores, arteros, pícaros… e incluso pérfidos y maquiavélicos, pero no verdaderamente inteligentes.

Tampoco la mayoría de cineastas o novelistas a los que he leído o cuyas películas he revisado. Lo de la inteligencia parece vetado a mentes más preclaras, más auténticamente audaces, más poderosas, que se niegan a no usar la inteligencia, o que simplemente no pueden no hacer uso de ella. Ni por supuesto la mayoría de los políticos o de personas que toman decisiones importantes en el mundo parecen muy inteligentes. Arteros sí, astutos también. Pero no inteligentes. Si lo fueran dejarían que las personas más inteligentes tomaran las decisiones importantes. Las personas por lo general no son inteligentes con sus hijos, ni con sus parejas, ni con sus amigos, ni con sus compañeros de trabajo. No lo son ni siquiera pidiendo un café en el bar o caminando por la calle. La inteligencia ha quedado relegada a un segundo plano en favor de la “listeza”, que es esa mezcla de astucia y de arrogancia que tantos sí emplean en su día a día, esa soberbia cercana a la necedad. Pero si el mundo se ha desarrollado durante milenios (y por el mundo hablo de la civilización humana, lógicamente), ha sido gracias a la inteligencia, y si se ha estancado y ha llegado a un callejón sin salida ha sido debido a lo listos que somos.

Además, tendemos a confundir términos. El fulano este que se ha llevado el bote millonario de ‘Pasapalabra’ no es más inteligente que la mayoría. Es más listo, tiene más retentiva, posee la capacidad de almacenar una gran capacidad de información. Pero nada de eso le hace más inteligente. No es más inteligente una persona más culta (muchas veces lo contrario…), ni un ingeniero que un camarero, ni un perpetrador de best-sellers que una ama de casa. Tampoco es más inteligente una persona capaz de hacer mucho dinero, ya sea invirtiendo en bolsa o robando un casino de Las Vegas. Sheldon Cooper, el personaje de ‘Big Bang Theory’ magníficamente interpretado por Jim Parsons, es un buen paradigma de esto que estoy diciendo. Puede llegar a ser un genio de la física teórica (y a la hora de volver tarumbas a sus compañeros y amigos) porque esas paradojas a veces se dan, pero no es una personaje inteligente. Posee la mente de un niño, y esa es por cierto la contradicción que da fuerza a la serie. Inteligentes son el doctor House, el Swearengen de ‘Deadwood’, el Ragnar de ‘Vikings’. Y no lo son siempre. Lo son cuando quieren serlo. Y a veces cometen equivocaciones garrafales. Pero son capaces de razonar como ningún otro y de hacer de la realidad una idea global. Y algo más muy importante: van contra la mayoría porque sus ideas, su forma de razonar, se opone a la de los que les rodean.

La mayoría de la gente que conocemos está programada para hacer aquello que tiene que hacer, da igual el trabajo que sea. Se puede tratar de un administrativo, o de un novelista o de un ingeniero aeroespacial. Cumplen con esa tarea, se van a casa, hacen lo que todos los demás, se van a dormir. Pasan los años. Envejecen y mueren. Punto final. Pero hay otros con una vida interior mucho más rica, que son capaces de ver las conexiones ocultas de los hechos factuales de lo cotidiano para tejer una realidad propia. Y debido a ello son capaces de ver lo que les rodea antes y con más profundidad que los demás. Y además suelen ser lo bastante valientes como para oponerse a la forma habitual de hacer las cosas. ¿Cuál suele ser el resultado? La indiferencia de esa mayoría, la hostilidad, el ostracismo. En épocas concretas incluso la muerte. Pero son esos individuos e individuas las que hacen avanzar las cosas. Miguel de Cervantes fue el gran perdedor de la historia de la literatura, pero fue gracias a él que tenemos la narrativa moderna, a pesar de que durante muchas décadas la intelectualidad prefiriera el quijote de Avellaneda. Hoy casi nadie se acuerda ni lee a William Faulkner (el otro día, para mi sorpresa, un individuo estaba leyendo un libro suyo en el metro… mejor me lo guardo para el cañón del revólver), pero es el gran novelista del siglo XX. Ante la inteligencia de ambos, el resto de escritores con lo que te topas no son nada, son como niños. Se les ve venir de lejos. No tienen ingenio ni mente capaz de competir con ello.

Y en el cine estadounidense, ¿quién ha demostrado más inteligencia y audacia que Francis Ford Coppola en las tres partes de ‘El padrino’, ‘La conversación’ o ‘Apocalypse Now’? Tan solo Orson Welles antes que él y muy pocos después que se le han podido acercar. Los Ford, Hitchcock, Lubitsch, Wilder y demás directores tan venerados son aprendices de brujo a su lado. Junto a la inteligencia y la audacia demostrada en esas obras maestras, prácticamente todo lo anterior es como un juego de niños. Todos esos directores y otros muchos más son muy inocentes y evidentes, sólo aptos para espectadores tan poco inteligentes como ellos. Y ante eso los comentaristas y analistas de cine y de literatura harían muy bien en emplear de una vez la inteligencia. En dejar de repetir lo aprendido como si eso fuera idea suya. En tener ideas propias, y no repetir lo que les explicaron en la escuela de cine sus profesores y gurús, como si fuera un mantra que pudiera repetirse ad eternum

Porque la inteligencia posee tres grandes cualidades: el razonamiento, la ironía y la lucha. No es inteligente (y por tanto no es revolucionario ni genial) aquel que repite esquemas previos, o el que aprende las ideas de otros. Sí lo es el que se forma su propio sistema de ideas a pesar de aquello que le han enseñado, no precisamente debido a. Sólo puede ser inteligente el que domine la ironía en todas sus formas (¿pues no es la existencia misma, e incluso el universo por entero, de una ironía monstruosa?). No lo es aquel al que se le ve venir a kilómetros, y sí al que no sabes muy bien cómo calificar, o por donde coger, o qué hacer con él. Lo es que el lucha por sus propias ideas, y no el que se deja arrastrar por la mayoría. Y finalmente lo es el que es capaz de razonar y de aprehender así la realidad. Es el razonamiento humano la herramienta más importante que nos da este superpoder, porque sólo con él podemos sobrevivir a largo plazo, en lugar de vivir al día como hacen los listos. Y sólo con él, me temo, podemos trascender la cruda, la triste realidad, para perdurar más allá de la piadosa, la hermana muerte que nos aguarda a todos.

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