Las afinidades inevitables: Kubrick, Scott, Nolan

Volviendo a ver algunas secuencias de ‘Seven’ (1995), sin necesidad de ver la película entera, vuelvo a reafirmarme en lo que llevo un tiempo pensando de ella: que es un filme magnífico en muchos sentidos, pero artificioso. Es decir, que hay en ella verdadero cine, y que en el núcleo de sus imágenes se agazapa un auténtico cineasta pugnando por salir, pero que es un filme construido más que dirigido, elaborado más que narrado, espero se me entienda. Fincher está en ella muy influido visualmente por ‘Blade Runner’, que es el ejemplo máximo de cine artificioso, y venía de hacer la tercera parte de ‘Alien’ (1992), regresando en ciertos momentos a lo que hizo Scott en 1979. Por suerte para Fincher, empero, abandonó rápido esa vía y se adentró por caminos mucho más estimulantes y personales, y ha podido construir una carrera alejada de esas influencias bajo mi punto de vista perniciosas. Porque Ridley Scott no es un verdadero cineasta, y a su vez, en ‘Alien’, estaba muy influido por el Stanley Kubrick de ‘2001: una odisea del espacio’ (1968), y es que ya he dicho muchas veces que las afinidades electivas sólo existen en la imaginación de Goethe.

El que sí ha sido un digno heredero de Scott es su compatriota Christopher Nolan, que a todas luces le ha superado en cuanto a impacto comercial y a control de una carrera que ya se adivina de las más sobredimensionadas y sobrevaloradas de lo que llevamos de siglo. Un director que empezó bastante bien pero que se ha dejado llevar por una fama planetaria inmerecida y que actualmente es el rey del cine artificioso, de laboratorio, de cálculo con regla y cartabón. No es de extrañar que Nolan sea el preferido de tantos espectadores poco exigentes, que se piensan que ante cada nueva película suya asisten poco menos que la segunda venida de Jesucristo resucitado. Fincher es algunos años mayor que él y además es, me temo, bastante más inteligente que él, pues en una carrera no demasiado prolífica en títulos ha logrado tres o cuatro obras muy notables, dos de ellas obras maestras rotundas, mientras que Nolan parece que tocó su techo en la estupenda ‘The Dark Knight’ (2008), y a partir de entonces, autoconvencido de su propia genialidad, se ha propuesto convertirse en un segundo Scott, tocando muchos géneros dispares, tratando de dejar una importante huella en todos ellos, pero demostrando sus enormes carencias en ese autoindulgente viaje.

Las afinidades no son electivas, son inevitables. Existe un sutil pero insoslayable hilo que une, por ejemplo, a Orson Welles con Polanski, y a Polanski con los Coen. Y existe otro hilo, mucho menos sutil y mucho menos insoslayable, que une a Kubrick con Scott, y a Scott con Nolan. Existen muchos tipos de películas, afortunadamente, del mismo modo que existen muchos tipos de directores, y resulta muchas veces irresistible encontrar esos hilos, juntar a varios nombres importantes por estilo, influencias, ambiciones y hasta personalidad. Kubrick no era un verdadero cineasta. Era un fotógrafo portentoso que derivó en cineasta. Sin embargo tenía más cine que Scott, que tampoco es un verdadero cineasta: es un realizador de anuncios de televisión. Y lo ha seguido siendo hasta la fecha, aunque haya tenido la suerte de tropezarse con dos o tres proyectos maravillosos a los que ha sabido otorgar una buena factura visual. Finalmente Nolan pudo haber sido un cineasta interesante, y así lo anunció con la estimulante ‘Memento’ (2000), con la primera media hora de ‘Batman Begins’ (2005), y con bastante momentos de ‘The Dark Knight’. Pero ya no lo es. Ahora es una estrella. Y ya se sabe lo que les pasa a la estrellas tarde o temprano.

Pero ahí está Fincher, que rompió con todo, incluso consigo mismo, para hacer ‘Fight Club’ (1999), un filme mucho más importante de lo que todavía se ha dicho de él, y que tras el «run for cover» de ‘Panic Room’ (2002) se tomó su tiempo para cerrar la magnífica ‘Zodiac’ (2007). Y que no contento con eso quiso demostrar su versatilidad con ‘The Curious Case of Benjamin Button’ (2008) y ‘The Social Network’ (2010), pero no por motivos comerciales, como Scott o Nolan, sino para crecer como director, contando historias bastante pesimistas e intrincadas. Ya estaba preparado para dirigir su primera obra maestra rotunda, ‘The Girl with the Dragon Tattoo’ (2011), y tres años después la segunda, ‘Gone Girl’ (2014). Eso es lo que tiene que hacer un director de verdad, o cualquier otro narrador del soporte que sea: presionar sobre sus límites, ensanchar su mirada, arriesgar, crear en definitiva, que es precisamente lo que no ha hecho Nolan aunque sus admiradores digan lo contrario. Y por eso Fincher está muchos cuerpos por encima de Nolan y de Scott, por mucho que la interesante y por momentos muy brillante ‘Mank’ (2020) no sea una de sus mejores películas. Y esto que yo ahora afirmo se verá como un hecho incontestable dentro de algunas décadas, si es que seguimos estando aquí y siguen existiendo críticos de cine.