William Faulkner fue el sucesor de Cervantes en el siglo XX

Como Jesús G. Maestro, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la universidad de Vigo, dispara a todo lo que se mueve, debido a su vehemencia y a la fecundidad con la que cuelga vídeos en su canal de Youtube, es lógico estar de acuerdo, incluso muy de acuerdo con él, respecto a algunos temas, y estar bastante en desacuerdo con él en otros muchos. Maestro pugna por dejar huella como teórico de la literatura en estos tiempos tan anti-literarios, y conocimientos, pasión y trabajo no le faltan. Pero ya he dicho alguna que otra vez que a gente tan preparada como él le pierde el reduccionismo, y en su caso la veneración desaforada hacia la literatura española y el español y el desprecio casi sistemático a otras literaturas, como por ejemplo la anglosajona en general y la estadounidense en particular. Creo que es en el primer vídeo dedicado a esa obra maestra que es ‘Pedro Páramo’ que niega la influencia de Faulkner sobre Rulfo (en contra de lo que tantas veces se ha dicho), pese a ser Rulfo bastante posterior a él, y basa su argumentación en la evidente influencia de ‘El Quijote’ y de la literatura cervantina en aquella novela, como si solamente a un escritor en español pudiera realmente aprovecharle la obra magna de Cervantes…

La realidad es muy otra, se ponga Maestro como se ponga, por mucho que se quiera tapar el sol con un dedo: por extraño que resulte a un hispanista exaltado como Maestro y muchos otros, es la figura de Faulkner la única que, en la cuarta década de la pasada centuria recogió los avances técnicos y narrativos de Cervantes en toda su luminosidad, y los tradujo a las necesidades de la novelística de su tiempo, en oposición y como respuesta a las formas literarias del siglo XIX, que en gran parte quisieron a su vez oponerse a las conquistas cervantinas. Por mucho que le duela a Maestro, no es necesario saber español, y hablar español como lengua materna, para aprovechar la ciclópea sabiduría del genio del Siglo de Oro. Sí es verdad, y ahí no cabe discusión, que ‘El Quijote’ sólo pudo haberse escrito en español, y que sólo un lector que tenga el español como lengua materna (español, mejicano o de cualquier otro lugar del mundo) puede realmente entender en su totalidad lo que se propone en las casi trescientas ochenta mil palabras de aquella novela en dos partes. Pero Faulkner declaró muchas veces que leía ‘El Quijote’ todos los años, y que lo hacía “como otros leen La Biblia”. Es decir, que para él ‘El Quijote’ era su Biblia.

Y esto se percibe desde la primera obra maestra absoluta de Faulkner, la temprana ‘El ruido y la furia’ (‘The Sound and the Fury’, 1929), cuarta novela del autor sureño, hasta la última, la soberbia ‘El villorrio’ (‘The Hamlet’, 1939), así como en otros muchos trabajos de este novelista inigualable, que al igual que Cervantes tuvo que luchar muchos años para encontrar el reconocimiento debido hasta poder vivir de la literatura (algo que en el caso del español no pudo ser finalmente posible), compaginó como él la escritura con los más variados y poco cualificados trabajos con los que poder subsistir, y al igual que Cervantes vio su mundo desplomarse muy rápidamente con la llegada del mundo moderno al muy anticuado sur de Estados Unidos, con las heridas de la Guerra de Secesión todavía demasiado recientes, algo que puede ponerse en paralelo con la experiencia bélica de Cervantes en Lepanto y en Argel, pero sobre todo con el inefable impulso interior de darle a la novela un nuevo ímpetu, una nueva forma acorde a los tiempos, capaz de resumir las búsquedas narrativas previas y de cristalizarlas en una literatura mucho más rica y pertinente, mucho más profunda y conscientes de sí misma. Porque las artes no se desarrollan en línea recta, sino muchas veces en círculos, y es necesario regresar a lo que otros hicieron antes para volver a ponerlo en su sitio, con fuerzas renovadas y con una mirada contemporánea.

Y poco importa que Faulkner no hablara español, aunque es muy posible que lo dominara bastante bien. La literatura es el idioma universal, no la lengua de cada cual, y con ella se pueden extraer las lecciones eternas de Cervantes acerca del punto de vista, el perspectivismo, el monólogo interior, la narración dentro de la narración y toda la nutrida gama de revoluciones narrativas que el mal llamado manco de Lepanto (porque no era manco) dejó para la posteridad, testigo que después de él muy pocos han recogido para llevar a cabo su literatura, al menos de forma consciente, y aún siendo todos ellos (todos nosotros) deudores de Cervantes aunque no lo sepamos. Sólo Faulkner, más incluso que Joyce o que Melville, fue un digno sucesor. ¿Tan difícil es percibir las enseñanzas del discurso de Marcela en esa joya que es el segundo libro de ‘El Villorrio’ (titulado Eula), en el que se demuestra que una mujer hermosa también puede ser libre sin que nadie tenga el derecho a juzgarla? ¿Es que no salta a la vista que la predilección de Faulkner por los desfavorecidos y los marginados de la sociedad le nació, precisamente, de leer ‘El Quijote’, que es la primera novela de la historia que no cuenta la historia de grandes o principales señores sino la de personas de condición baja o miserable? ¿Es necesaria una lupa de grandes dimensiones para que los más efusivos de los hispanistas distingan que la forma esencial de narrar de Faulkner, pese a disponer de un estilo y una prosa muy diferentes, sea la de contar una historia dentro de una historia y la de hacer un hilo con todas ellas que conforme un todo, tal como sucede en ‘El Quijote’ y que él repetirá en ‘Mientras agonizo’, ‘El Villorrio’ o en su larga y apasionante colección de relatos?

El que quiera ver que vea, pero no hace falta ser otro catedrático de literatura para desmontar fácilmente algunos de los presupuestos de Maestro y de muchos otros cervantistas que queriendo desterrar la ideología de la literatura, la impregnan de ella mediante el lenguaje, olvidando que el único lenguaje es de la literatura misma.

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