El montaje y la dirección de actores, esa es la clave

Durante mucho tiempo me he ganado cierta fama, en algunos círculos, de radical, de polémico, de intransigente, de discutible. Pero es que sucede que suelo estar bastante en desacuerdo con casi todo lo que leo, sobre todo en internet, y con el paso de los años estoy todavía más en desacuerdo. Resulta que yo esto de la narrativa me lo tomo muy en serio. En otras palabras, la conozco bastante a fondo, y me pregunto qué han leído, quién les ha enseñado, de donde han sacado ciertas ideas los militantes de la cinefilia más obsoleta, esa que dicta que lo que se hizo en los años treinta y cuarenta y cincuenta en EEUU es lo más grande que se ha hecho y que se hará jamás, y el espejo en el que han de mirarse todos los cineastas. Y cuando veo a gente joven, es decir de cuarenta años o menos, que no pudieron ver estrenos anteriores a 1985, sino que han visto todas esas películas en vídeo o dvd, y que por lo tanto no han experimentado el impacto de verlas en cine, y les veo repetir las mismas ideas que los críticos y cinéfilos de setenta u ochenta años, me quedo bastante asombrado.

En general, la gente no tiene ni pajolera idea de cuáles son las funciones de un director de cine. Es decir, saben que es el que manda y al que hay que pedirle cuentas, por decirlo de alguna manera, y poco más. Tampoco es que muchos críticos tengan mucha idea de lo que hace un director: poner la cámara aquí o allí y poco más. Como no lo saben, tampoco es posible que sepan valorar si lo que ha hecho tiene valor y altura o carece de ella. ¿Cómo vas a saber valorar algo que no sabes lo que es? Muchos espectadores a los que les entusiasma el cine valoran sobre todo el hecho de que la historia les atraiga, y de que esté contada de una manera atractiva para ellos. Punto final. Muchos críticos son parecidos a ellos, es decir que no hay diferencia… Claro luego están los que sí tienen algo más de bagaje, los que podríamos llamar Espectadores Cualificados. Los EC saben bien lo que hace un director de cine, y cómo debería valorarse. Y aún así, muchos EC siguen valorando ciertas películas o ciertas cinematografías que no hay por donde cogerlas. Y lo hacen influidos por sus profesores, por sus padres, por los deleznables libros de cine (los estadounidenses, los peores de todos) que leen, y seguramente porque no tienen el coraje de decir las cosas como son, ni nada original que aportar a esto del cine.

La mayor parte del cine, incluso el más venerado, de los años treinta, cuarenta y cincuenta no se sostiene hoy día, especialmente el estadounidense. Claro, si amas a Alfred Hitchcock poco hay que añadir al respecto: todo lo que ha hecho te parece de una genialidad abrumadora. Pero afortunadamente el cine ha seguido su camino, ha presionado sobre los límites de su expresividad y gracias a violentas revoluciones estéticas, se ha convertido en otra cosa bastante más interesante… Y si estamos de acuerdo en eso, veremos que gran parte de la carrera de Hitchcock (como la de Ford, la de Hawks, la de Wilder y tantos otras vacas sagradas) hoy día no tiene el menor sentido. En otras palabras, se ha quedado terriblemente anticuado. Eso no significa que no sean grandes cineastas. Lo fueron, en su momento. Pero ya no. Aún se pueden aprender muchas cosas de ellos, tanto lo que hay que hacer como lo que no hay que hacer. Pero es imposible considerar grandes a muchas de sus películas.

Estaremos también de acuerdo en que un cineasta ha de tener un gran sentido visual. Eso es innegable. Un gran sentido del sonido va unido a ello desde hace algunas décadas. Por otra parte ha de tener un sistema de ideas. Si eres un artista, tu obra va destinada a mostrar algo, está hecha para algo. ¿Cómo se articula todo eso? ¿Cómo se adhiere a la pantalla tu concepción del mundo, tu universo, tu forma de entender la vida, el amor, la muerte, la pérdida, la euforia, la melancolía, el arte, el mismo cine, el sexo, la violencia? Con dos herramientas fundamentales: la dirección de actores y el montaje. Si el lector quiere convertirse en un verdadero detector de buenos o mediocres cineastas, ahí tiene los dos conceptos clave. Y pronto descubrirá que muchos directores, incluso los considerados grandes maestros o genios, no lo eran tanto. Quizá en su época, para determinados círculos, en determinado tipo de cine, y ya. Porque por ejemplo la dirección de actores, y la misma interpretación de cine, ha evolucionado de manera bestial en las últimas décadas. Ya no se pueden hacer las cosas como antes. Volvamos al cine de Hitchcock: hoy día muchas de sus películas parecen parodias, incluso la muy alabada ‘Vertigo’ (1958). Sencillamente no te la crees. Por no hablar de esa nefasta trilogía conformada por ‘Marnie’ (1964), ‘Cortina rasgada’ (‘Torn Curtain’, 1966) y ‘Topaz’ (1969). Lo más terrible de todo es que él se las tomaba en serio, pero no tienen el menor sentido.

Por lo menos Hitchcock tiene dos grandes logros, ‘La ventana indiscreta’ (‘Rear Window’, 1954) y ‘La sombra de una duda’ (‘Shadow of a Doubt’, 1943), pero ni siquiera esas se salvan de resultar forzadas, de que sus actores a veces no te los puedas creer hoy día, de que su montaje sea bastante torpe en ocasiones. Y lo mismo puede decirse de John Ford. La crítica de su momento tenía toda la razón en que a partir de 1952, con su última gran película, ‘El hombre tranquilo’ (‘The Quiet Man’), su cine conoció un declive absoluto. Ni siquiera se salva ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, 1956), que posee momentos memorables, y otros directamente ridículos. Y así con todos: Billy Wilder, Howard Hawks, Ernst Lubitsch, Fritz Lang, el que tú quieras. Claro, se me argumentará (a parte de que «no tengo ni puta idea») que era un cine de otra época, con otros medios, otras técnicas. Ya, pero luego ves ‘Campanadas a medianoche’ (‘Chimes at Midnight/Falstaff’, de 1965), o ves ‘Touch of Evil’ (1958), y parece que se hicieron ayer. En ellas el montaje y la dirección de actores son sencillamente perfectos, porque ahí sí hay un grandísimo director detrás. Te ves ‘Viridiana’ (1961) o ‘El ángel exterminador’ (1962), y sucede tres cuartas partes de lo mismo. Ves, ‘La noche’ (‘La Notte’, 1961) y ves una perfección en cada corte de montaje, en cada detalle de los actores, a la que no pueden aspirar otros «grandes» directores.

Lo que quiero decir es que esas pirámides (‘Vertigo’, ‘Centauros del desierto’, ‘Rio Bravo’, ‘Con faldas y a lo loco’… y tantas otras) se derrumbaron hace tiempo. Su montaje es descuidado en muchas ocasiones y su dirección de actores es inexistente y a ojos de hoy parece ridícula. ¿Quién en su sano juicio sigue viéndolas salvo para aprender lo que se hacía entonces y no volver a repetirlo, salvo para llevar a cabo una muy honrosa labor de arqueología cinéfila? Sin embargo hay otras pirámides, de entonces y contemporáneas, que se sostienen a lo largo del tiempo con rocosidad indestructible. Ya no se pueden tolerar actores tan increíblemente teatrales como los de John Ford, ya a ojos de un conocedor profundo del cine no sirven según qué cortes, según qué montaje capaz de destruir el ritmo interno de una secuencia. El cine evoluciona a toda velocidad. Evolucionemos con él. No nos quedemos en el hábil cuenta cuentos que era en los años cuarenta y cincuenta. Conozcamos bien qué diferencia a un gran director de un director astuto y hábil pero en ningún modo grande. Esto no va de contar cuentos, esto va de personas y de formas. Y el que no sea capaz de verlo puede pasarse los próximos cien años viendo las películas de Ford y de Hitchcock. Que cada cual haga lo que le parezca mejor, por supuesto. Ahora bien, si disfrutan con esas parodias no sé hasta qué punto habrá merecido la pena seguir haciendo películas.

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