Lo que evoca

Sigo con algunas obviedades que luego no lo son tanto. Porque tengo la sensación, la he tenido siempre en realidad, de que el grueso de los lectores o los espectadores, de que la mayoría de los receptores de novelas, cuentos, películas y series, incluso muchos críticos, se quedan simplemente con la peripecia de lo narrado, con el esqueleto del argumento, con lo obvio en resumidas cuentas, como si eso fuera lo importante y lo único necesario de valorar. Y así, construyen sus apreciaciones, en general y en particular, sobre esa peripecia. A saber: la dureza de los combates en ‘Salvar al soldado Ryan’ (‘Saving Private Ryan’, Spielberg, 1998), el miedo que pasas en algunos momentos de ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, Shyamalan, 1999), la intensidad adrenalítica de ‘Predator’ (McTiernan, 1987) o las peleas de Neo en ‘The Matrix’ (hermanas Wachowski, 1999). Y en las novelas sólo con los hechos históricos de cualquier novela del género, con la trama detectivesca de algún relato negro o con la búsqueda de los personajes de alguna novela de aventuras. Es decir, la hojarasca, la decoración, lo de por encima. Y con tales elementos se quedan incluso sesudos analistas que quizá tuvieran que replantearse su oficio…

Porque en el arte, el grande, el verdadero, casi nada es lo que parece. O mejor dicho: nada es lo que parece. E independientemente de cual sea el soporte, con sus características, sus puntos fuertes o sus limitaciones, su peripecia exterior (en el caso de tratarse de un arte narrativo) o su aspecto externo (en cualquiera de las bellas artes plásticas), es solamente una excusa, un vehículo, que puede ser muy hermoso en sí mismo y también susceptible de requerir una interpretación y una mirada por parte del lector/espectador/receptor, pero que está en vínculo directo (o debería estarlo), con lo que evoca en su interior, en su significado profundo, interno, verdadero. En caso contrario, esto debe quedar claro, no es arte sino artesanía, pues la diferencia entre ambas manifestaciones se basa precisamente en eso: en que las bellas artes son una construcción mucho más sofisticada que no deja ver las trazas, las mañas de su construcción, mientras que en la artesanía son precisamente esas trazas, esas partes de su composición, las que conforman su razón de ser.

Ni ‘El Quijote’ es una parodia de los libros de caballerías, ni ‘El padrino’ una trilogía sobre la familia, ni ‘Moby Dick’ la historia de la caza de una ballena, ni ‘La vida de Adele’ la película sobre una chica que un día descubre su sexualidad, ni ‘Mientras agonizo’ la historia de una familia que decide cumplir el último deseo de la moribunda matriarca… Es decir son eso… pero sólo hasta cierto punto. Todo eso no es más que una excusa, un punto de partida que les sirve a sus autores para valerse de él a la hora de hablar de lo que verdaderamente quieren hablar, de explorar aquello que a ellos en verdad les interesa. Y de hecho la elección de esa excusa, de ese material aparente, es esencial a la hora de desplegar la estrategia narrativa con la que van a mostrar aquello que desean. Espero se me entienda. Quedarse en la hojarasca es propio de mentes perezosas, que se satisfacen con aquello que han leído, o que han creído que deben pensar, en lugar de adentrarse en el espeso bosque que demanda una obra de arte. Bosque del que saldrían más inteligentes si se atrevieran a entrar en él.

La obra de un artista se sustenta en un sistema de ideas, y existe, previamente, más que por un porqué, por un para qué. Y después, una vez finalizada, si de verdad es una obra de arte, evocará algo más allá de ella misma. Sus imágenes, sonidos y palabras se elevarán por encima del suelo, por encima de la conciencia del propio artista, porque estará viva. Esto es, habrá convocado ideas, emociones, valores estético-narrativos por encima de la simple peripecia que propone. En el caso de ‘El Quijote’ erigirse en una vasta creación intelectual que atente contra todos y contra todo mientras se repliega sobre sí misma en un falso acriticismo; en el caso de ‘El padrino’ en una obra sobre el destino y la predestinación, sobre el poder y la mentira de América, sobre las decisiones y la identidad; en el de ‘Moby Dick’ en un diálogo con Dios y con la naturaleza, y así sucesivamente. El relato que nos cuentan ha de ser interesante, ha de proponer cosas, pero el artista ha de ser también lo bastante sugerente como para construir en el interior y en el exterior de ese relato y así llegar a sitios a los que el simple relato es incapaz de llegar. Y esta cosa tan obvia muchos supuestos «expertos» o «lectores pata negra» o «cinélifos» ni siquiera se la plantean.

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