La construcción del personaje en ‘Mud’

Uno de los aspectos más complejos a la hora de formalizar una obra cinematográfica de altura (para crear una obra mediocre o paupérrima sobran los ejemplos y no es necesaria la menor complejidad) es la creación y posterior construcción de los personajes, cuestión que en una obra literaria parece (sólo parece…) más apta de llevar a buen término, y que de hecho sobre el papel de un guion puede ofrecer posibilidades o poseer potencial, pero que a la hora de verter en imágenes pone en aprieto incluso a los cineastas mejor dotados, que de pronto se dan de bruces con personajes poco interesantes, demasiado parecidos a sus modelos previos, sin vida, sin gracia, sin ingenio, en suma malos personajes a los que no son capaces de dotar de una vida lo bastante eléctrica como para merecer llamarse así. Por eso, cuando obtenemos una lección de cómo hacer las cosas bien, hemos de estudiarla a fondo, y tal cosa sucede con ‘Mud’ (2012).

El cineasta estadounidense Jeff Nichols ya había demostrado su talento e inteligencia en sus dos largometrajes previos, pero es en ‘Mud’ donde consigue llegar aún más lejos hasta situarse entre los más destacados cineastas de su generación, pues este trabajo es un paradigma de cómo construir personajes y de cómo narrar una historia en imágenes y sonidos, en este caso además escribiendo él mismo el guion (como siempre hace), es decir creando esos personajes desde el papel y luego en colaboración con los actores durante el rodaje. Un relato que es al mismo tiempo de amistad-filial y de descubrimiento, una narración que se zambulle con valentía en el aprendizaje de la violencia y del sexo (es decir, de la realidad) de un caracter que todavía es un niño y que está experimentando demasiadas intensas sensaciones por primera vez, algo que hemos visto no pocas veces en cine, y por supuesto leído en literatura, pero a lo que Nichols otorga un cariz muy personal, siendo capaz de trascender este marco genérico por la fuerza de sus imágenes y de sus personajes, precisamente…

Porque el verdadero protagonista, el núcleo de la historia, es el chaval, Ellis (Tye Sheridan), ya que prácticamente todo se cuenta a partir de él y se ve a través de sus ojos. No todo, ciertamente, pero sí lo más importante. El otro protagonista, que por momentos hace las veces de antagonista suyo, es Mud (Matthew McConaughey), por supuesto. Pero a Mud casi siempre le vemos desde fuera. Es decir, desde los ojos del niño. Hacia el final del relato Mud (que muy probablemente no será su verdadero nombre) poseerá secuencias para él solo, y llegaremos a ver a otros personajes desde su punto de vista, incluido el niño. Y eso va a ser fundamental para entender el modo en que ha trabajado Nichols con ellos. La compleja, a ratos tortuosa, irregular, siempre teñida de fatalismo, amistad entre el niño y el vagabundo transita por diferentes estadios, y las emociones del niño hacia Mud tiñen esos estadios: miedo-admiración, amigo-enemigo, padre-extraño. Para empezar, la intrincada partitura desde el guion y la dirección de actores manejada por Nichols, se muestra férrea. Pero sobre todo se construye a base de detalles que engarzan unos con otros con admirable destreza y sensibilidad.

Como un Huckleberry Finn moderno acompañado del esclavo Jim, Ellis y su amigo Neckbone huyen a menudo de una realidad gris y deprimente en la que son poco más que basura blanca, recorriendo arriba y abajo el Mississippi hasta que un día dan con un extraño individuo que aparece como un fantasma en una pequeña isla en la que también descubren una pequeña embarcación colgada de los árboles. La forma en que se presenta a Mud es esencial: primero una huella de barro (mud es barro o lodo en inglés, por si hacía falta decirlo) de una bota cuya suela tiene forma de cruz, que Ellis encuentra en la pared de la embarcación abandonada. Luego más huellas: en las inmediaciones de la barca en la que han llegado hasta allí. De pronto, le ven. Como si se hubiera corporeizado allí por arte de magia, está Mud pescando con una burda caña. Les saluda con una sonrisa. Comienza un diálogo formidable en el que muchas cosas se sugieren pero nada se dice. Descubren que Mud va armado, y que en efecto en la suela de sus botas tiene clavos en forma de cruz: «para ahuyentar a los malos espíritus, se las compré a un supuesto indio, que luego era mexicano», dice él. Dice también que es de la zona. Los muchachos se van con la promesa de traerle comida. Ya en el bote, de regreso, Ellis se vuelve para ver si ve al tal Mud en la orilla, pero ha desaparecido.

Con esta primera secuencia, se establece el caracter casi fantasmal, onírico, de Mud, así como la inevitable admiración de Ellis por él. Ellis quisiera ser él, y cuanto más le va contando, quiere serlo más aún. Desea ser adulto, atractivo, peligroso, con una bella y misteriosa novia que le esté esperando en alguna parte. Desea ese romanticismo para sí. Durante la primera parte de la película vemos al Mud que Ellis cree que es, y poco a poco vamos viendo al Mud que de verdad es, con sus limitaciones, sus mezquindades, sus contradicciones, su fragilidad… pero aún posee algo, incluso al final, hacia lo que Ellis pueda sentir admiración. Para hacer a Mud Nichols se vale de elementos externos, para construir a Ellis Nichols se vale de elementos internos: a Mud le conocemos por sus detalles físicos (botas, tatuajes, arma) y por lo que ellos pueden significar; a Ellis le conocemos por sus detalles internos, al empezar con él nos identificamos con él, y al continuar el relato bajo su punto de vista más que por elementos externos lo conocemos por su reacción a lo que le rodea, tanto Mud, como sus padres, como la chica que le gusta. Obviamente, tanto uno como otro son más que esos elementos externos o internos, pero es en la confrontación de ambos donde Nichols triunfa como narrador, pues ya desde que se encuentran los tiene a los dos perfectamente dibujados.

Y en los dos siguientes encuentros con Mud reincidirá en ese carácter fantasmal de Mud, apareciendo entre las sombras o descendiendo de los árboles, y poco a poco irá introduciendo el punto de vista del rol de Matthew McConaughey, sobre todo en su relación con Juniper (Reese Witherspoon), igualándoles mucho más ambos, convocando de manera sutil la predestinación de que uno y otro se encuentren y sean los que rijan las líneas maestras de esta magnífica película. Por eso el viaje de descubrimiento de descubrimiento de la violencia y el sexo por parte del chaval será además un viaje hacia la cruda realidad, en la que por lo demás también habitan monstruos, y alguna mujer hermosa, y locos idealistas que un día se rinden y deciden averiguar a dónde les lleva la vida.

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