La tensión paralela en ‘Hell or High Water’

Aunque el título ‘Comanchería’ no está mal (si bien no sé del todo qué significa…) creo que estaremos de acuerdo en que es mucho mejor, más sugerente y mejor cerrado el título original de la película de 2016 de David Mackenzie, ‘Hell or High Water’. Se trata de una frase hecha que vendría a significar algo parecido a “contra viento y marea”, y que incluye en su construcción el cariz de duplicidad, de espejos (Hell/Water) que se haya explícito en la película, en algunos momentos de manera muy sutil, duplicidad que se convierte en el núcleo de su forma, de su argumento y de su estrategia narrativa. Y es que merece la pena detenerse a analizar, entre otras cosas, la persuasiva tensión paralela de esta magnífica película, y el modo en que con ella tanto guionista como director llegan a lugares muy sugerentes y emocionantes, casi catárticos, en este western modélico que algunos (erróneamente a mi parecer) han etiquetado como “western moderno” o “neo-western”.

Es esa tensión paralela y dual lo que quisiera destacar aquí como paradigma de toda la narración y como eje de la estrategia de guionista y director (en este caso, al contrario que la película recientemente comentada, dos personas diferentes). Pero aquí el cineasta de origen británico David Mackenzie, que no había brillado hasta entonces de esta manera, y de momento no lo ha vuelto a hacer, al mismo tiempo que demuestra ser un formidable lector de este guion (en lo que ello significa de entender cada línea de diálogo, cada silencio y cada motivación) y al mismo tiempo ser capaz de hacerlo suyo, como si en lugar de llevar un guion a imagen escribiera con las mismas imágenes, que es lo que debe hacer todo director de fuste (y que algunos con mucha más reputación que él no pueden ni saben hacer). De esta forma, este ‘Comanchería’/’Hell or High Water’, se convierte en una experiencia catártica, pues Mackenzie sabe llevar hasta sus últimas consecuencias, ayudado por su soberbio cuarteto de intérpretes principales, para golpear con toda la fuerza al espectador. Y lo hace contando, como en tantas “road movies” (desde la memorable y poco conocida ‘One False Movie’ de Carl Franklin hasta el magistral ‘Y tu mamá también’ de Alfonso Cuarón) una aventura de itinerario, pero esta vez doble.

Porque la historia cuenta no solo la desesperada historia de los dos hermanos Howard (Chris Pine y Ben Foster), sino la casi siempre tediosa y y muy poco épica persecución que llevan a cabo el ranger Marcus Hamilton (Jeff Bridges), un tipo de vuelta de todo y a punto de jubilarse, y su compañero mestizo, mitad comanche y mitad mexicano, Alberto Parker (Gil Birmingham), que tratan de darles caza. Ambas parejas se establecen no solamente como el reverso de la otra, sino que los dos miembros de cada una de ellas son el reverso el uno del otro. Es decir: ambos hermanos son muy distintos y su relación es bastante complicada, y ambos compañeros rangers exactamente lo mismo; de tal forma que el sereno y melancólico Toby (Pine) ha de soportar la impulsividad y falta de escrúpulos del salvaje Tanner (Foster), y así mismo el sufrido Alberto ha de sufrir las constantes burlas de Marcus. El relato se toma la molestia e insiste en darles a ambos segmentos el mismo peso, tiempo y densidad, y lo hace para prepararnos para la catarsis final, pues la violencia, la tensión de este relato en paralelo no es tanto física, que también, sino sobre todo psicológica, y el terrible desenlace jamás podría haber sido tan severo para el receptor como lo es al tomarse su tiempo en dotar a los cuatro personajes, a estas dos relaciones, de la riqueza dramática necesaria.

Porque en el fondo, pese a la diferencia enorme entre los dos hermanos, al rechazo latente que sienten el uno por el otro, existe un profundo amor (retorcido, básico, visceral, inexpresable, pero amor a fin de cuentas) entre ambos; y pese a las burlas y las mofas constantes de Marcus contra Alberto (sobre todo por su condición mestiza) existe un profundo respeto y admiración entre ambos agentes de la ley. Tal profundo amor y respeto el de ambas parejas es precisamente la clave de la violencia, de la tensión de la película, en su tercio final, y la razón de que a pesar de que el relato como tal concluye, la tensión permanezca en el aire tras la secuencia final. Sin querer contar nada del desenlace, el amor y el respeto nombrado quedan destrozados por las consecuencias dramáticas de los robos y la persecución que son el motor de la historia. Y poco le importa al espectador que la causa de los hermanos sea más que justa (en una de las críticas más feroces a los bancos y a los usureros de que hay noticia en el cine reciente), poco importa la hermosa frase de Toby (“dicen que la pobreza es como una enfermedad…”), y ni siquiera importa el hecho de que, una vez más en el fondo, se percibe admiración y respeto entre los dos personajes supervivientes, porque es imposible que el relato entre ambos haya terminado…aunque eso es otra película.

Es necesario este poderoso trasfondo emocional, que viaja en paralelo, para que la intensa violencia, la aspereza de la historia, sean verdaderas y no meros entretenimientos. Con ese trasfondo, los cuatro personajes, maravillosamente interpretados por sus actores, se convierten en seres de carne y hueso, con encarnadura real y dolorosa, y en espejos de una sociedad (la estadounidense, pero también la de gran parte de occidente) en ruina moral, despojada de esperanza pero no de una dignidad que mantienen hasta el final, pase lo que pase.

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