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La ficción literaria se muere

Se muere, y lo hace con gran rapidez. Iba a decir que a nadie le interesa la ficción, pero empiezo a pensar igual que algunos paranoicos (por tanto empiezo a ser un paranoico…) que sostienen que existen intereses para que esto suceda. Y no, no estoy exagerando ni una coma. Sigan leyendo un poco más, a ver si soy capaz de explicarme con un poco de coherencia.

No puede existir ficción en un mundo en el que ni los profesores de literatura, ni los catedráticos de lengua y literatura, ni los filólogos, ni los escritores, ni editores, ni por supuesto los críticos, investigadores o intérpretes tienen claro lo que es la ficción, ni para qué sirve, ni cuál es su importancia o alcance, ni cuáles son sus materiales en la literatura, o en el cine o en la narración en general, porque tampoco tienen muy claro cuáles son los materiales narrativos, ni consiguen diferenciar lo que es la estética de la poética. Es imposible. Pero tampoco puede existir ficción en un mundo cada vez menos libre, más violentamente sectario, porque la ficción, la grande, es siempre revolucionaria, tóxica con el poder, es la que nos descubre un subsuelo plagado de minas que el lector valiente (no todos lo son…) debe aprender a sortear para acceder a cuestiones complejas que complementan a la vez que niegan el sistema de ideas de la realidad operatoria. La ficción es, pues, un elemento casi terrorista, una crítica social encerrada en una fábula más o menos fascinante. Y eso, me parece, ya sólo puede existir en ciertas series, no todas, en cada vez menos películas y en ninguna novela, por lo menos escrita en este país.

Soy un tipo bastante curioso, bastante impertinente y bastante preguntón, y me paso la vida dando la vara a todo el mundo, a veces incluso a gente que no conozco de nada. Y por supuesto pregunto qué leen y por qué lo leen. A mis compañeros y gente que me rodea, y a gente que acabo de conocer si les veo receptivos. Y si no pregunto, escucho lo que dicen que leen o miro los libros que cargan consigo y que hojean en el metro, en las horas muertas del trabajo, en las vacaciones, etcétera. Y lo que se percibe es que la gran mayoría de la gente lee dos cosas: novelas (o algo así) con una fuerte base histórica, o libros de autoayuda de los que te cuentan cómo ser feliz en veinte días o cómo ser tú mismo en dos semanas, o cosas por el estilo. Si a una persona del montón le preguntas qué libro escrito en español se leería te contesta con total sinceridad que le interesa algo que le enseñe algo de historia, o algo que le cuente una historia real, pero nada especialmente complejo. Con esos libros pueden pensar que aprenden algo y pueden, quizá, sentirse más listos durante los cinco o diez minutos que leen al día. Y yo no sé si esto siempre ha sido así, pero desde luego ahora es así. A los libros extranjeros, especialmente los estadounidenses, se les concede algo más de capacidad fabuladora, son libros «para pasárselo bien», pero a los nuestros ninguna.

¿Cómo no va a morirse la ficción, y especialmente la narrativa escrita, si además exigimos a los libros que «se lean bien»? Es decir, que su lectura sea ágil, amena y fácil. ¿Desde cuándo una lectura ha de ser sencilla para que el libro sea considerado superior a otros? Un lector inteligente, y aún más un lector exigente, va a querer encontrar novelas y relatos que supongan un reto a su inteligencia y a su capacidad lectora. Tampoco es cuestión de escribir en sánscrito, pero una prosa poética, sugestiva y formalmente arriesgada siempre, absolutamente siempre, ha de valer más que una prosa de oficinista que es la habitual de todos los grandes best-sellerados, sin excepción, que ganan dinero en este país a costa de hundir la reputación de las editoriales hasta niveles nunca vistos y de darle al lector más acomodado exactamente aquello que quiere. Y no contentos con eso, tenemos a una miríada de booktubers veinteañeros, recién salidos de la universidad o aún estudiando la carrera de filología, que se lanzan a dejar vídeos de reseñas literarias, como si a esa edad, y con los libros que ellos reseñan, pudiera ser uno capaz de hacer críticas literarias, por mucha filología que se haya estudiado. Aunque, claro, luego ves las películas que reseñan, y los libros que defienden, y ya lo entiendes todo. Desde luego no se van a poner a reseñar a Thomas Mann… pero sí que son lo bastante osados como para hablar de teoría literaria, o de Shakespeare (nunca de Cervantes… qué casualidad), copiando y modificando las entradas de wikipedia. Niños que no saben lo que es ficción explicando la ficción y la narrativa a otros niños que van a ser tan ignorantes como ellos.

Cuando nadie quiere mirarse al espejo para enterarse de su mortalidad, de su identidad, para percatarse de su lugar en el mundo, de sus miserias, de sus carencias, de sus pérdidas, de sus errores, cuando nadie quiere usar ese espejo para reflejar su búsqueda, su sistema de ideas, su visión del mundo, la ficción se muere, porque ese espejo es, precisamente, la ficción. Y cuando la ficcionalidad deja de tener relevancia no es porque estemos en un mundo mejor, sino en uno mucho peor. Es la concepción de ficción la que nos purga de nuestros demonios y la que nos muestra tal cual somos, en nuestra terrible dualidad, y si no la empleamos, estamos permitiendo que nos devuelvan a una sociedad medieval, en la que los libros eran sagrados y no ficcionales, en la que los dioses eran algo palpable, y no el personaje de una novela, y en la que los mitos y la magia ocupaban el lugar de la racionalidad y el materialismo filosófico. Y la vuelta a ese mundo oscuro y sin salida no es algo que suceda de manera casual, sino que es intencionada, es interesada. Ni la libertad absoluta, ni el amor ni la moral más profundos, existen más allá de la ficción literaria. Sólo pueden existir en ella. Y si nos cierran esa ventana es porque ya nos tienen amarrados, aherrojados y definitivamente controlados. Es porque ya no hay escapatoria.

Pero por lo menos tenemos parques de atracciones y series y videojuegos muy adictivos…

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El Persiles, o el asombro insuperable de un genio

Persiles como nombre suena a algo proveniente del mundo clásico, ¿no es cierto? No lo es. Probablemente venga de una bastarda, lúdica (como todo lo suyo), ingeniosa mezcla de Perseo y Aquiles, dos semidioses bien conocidos de la mitología griega. Pero desde hace cuatrocientos años es como se llama de manera coloquial, informal, a la última obra narrativa de Miguel de Cervantes, publicada de manera póstuma en Madrid en 1617, y tan desconocida como todas las suyas salvo la célebre ‘Don Quijote’. ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional’ es la cuarta (si consideramos al Quijote como un dúo) novela de Cervantes y en su propia opinión su obra maestra, pero esa opinión no cuenta para nadie. Muy pocas personas han leído este volumen cervantino, y cuando lo leen, críticos incluidos, no terminan de valorarla como se merece. Yo no sé por qué sucede esto, pero lo que sí sé, leyendo el Persiles, es que estamos ante una cumbre de la literatura muy similar en estatura al Quijote, por lo que si los críticos literarios de cualquier parte del mundo no son capaces de verlo entonces es que no son críticos, y mucho menos literarios. Son otra cosa… no sé muy bien yo el qué.

Leyendo esta obra monumental, página tras página, capítulo tras capítulo, me da vergüenza ajena haber considerado como grandes obras ciertas novelas o poemas narrativos en un pasado, y me siento incluso insultado, como lector, como hispanohablante, cuando se nombran muchas otras antes que esta, sobre todo obras teatrales de Shakespeare y otros parecidos, porque como se suele decir no hay color. La belleza, la fuerza, la emoción, la grandeza en los caracteres, la complejidad de la estructura, el torrente de imaginación de esta obra maestra de todos los tiempos deja en pañales no solamente a todos sus contemporáneos, sino también a todos los que vinieron después en una gran mayoría. Yo le diría a cualquier que me defienda (es un decir) a capa y espada títulos como ‘Les misérables’ de Víctor Hugo, o el ‘Faust’ (cualquiera de sus dos pétreas, insufribles partes) de Goethe, o ‘La Fille aux yeux d’or’ de Balzac, y tantas y tantas otras, que se leyeran el Persiles. Que simplemente se lo leyeran, sin más, y no les añadiría nada. Y con un poco de suerte y de intención se darían cuenta ellos de lo que estoy diciendo y de que Cervantes no solamente es el mayor perdedor de la historia de la literatura, sino que lo es precisamente porque es el más incomprendido. Pero ni siquiera eso es totalmente cierto: los grandes perdedores somos nosotros, los lectores.

Decir «los trabajos» en el contexto de la novela y de su realidad histórica es decir «los viajes» o «las peregrinaciones». Es la peregrinación de dos amantes, Persiles y Sigismunda (llamados durante gran parte de la novela Periandro y Auristela), desde países muy lejanos (la novela empieza en tierras nórdicas) hasta Roma. Una peregrinación que en el panorama contrarreformista de la época a los lectores les sonaba como muy cristiana y muy trágica, pero que en realidad es una broma más, una trampa más de las miles que sembró Cervantes en su obra y en su vida. Ambos amantes, que se fingen hermanos ante los demás, viajan a Roma con el único objetivo de casarse y de gozarse mutuamente, es decir, de tener relaciones sexuales. Todo lo demás les importa muy poco, y mucho menos formar parte de un mundo cristiano y sacro en el que ni el propio autor creía. Es, por tanto, novela bizantina o de aventuras, y de las primeras y probablemente la más completa y perfecta que se ha escrito (teniendo en cuenta que El Quijote no es novela bizantina, sino que son casi todos los géneros de novelas juntos en un libro de libros), hasta el punto de que muchos reescriben el Persiles sin haberlo leído. En su viaje interminable conocerán a decenas de personajes con los que se cruzarán y compartirán parte de su peripecia, y todos ellos contarán su propia peripecia, en una suerte de retablo inmenso en el que te preguntas hasta donde puede llegar el genio cervantino en la representación de realidades alternativas, tiempos y espacios narrativos, voces y puntos de vista, un mosaico insuperable de tonos, réplicas y contrarréplicas que te apabulla y te pasa por encima hasta dejarte para el arrastre…

Después de leer el Persiles te lees por ejemplo ‘Nuestra señora de París’ de Hugo, y tienes la sensación de haber bajado no varios peldaños, sino un tobogán gigante hasta la medianía más absoluta. No exagero ni por un segundo. La persuasión, la belleza inefable de los diálogos y las situaciones y las soluciones narrativas cervantinas, quedan sustituidas por la habilidad de los escritores más renombrados del dieciocho o diecinueve, que a su lado parecen meros malabaristas comparados con el prestidigitador más grande de todos los tiempos. Incluso leyendo las tan alabadas obras shakesperianas, en las que el llamado bardo de Avón hace gala de toda su superchería y de toda su engolada palabrería, percibes que nos han engañado, que la crítica histórica no ha estado (casi nunca está) a la altura de las circunstancias, porque para verborrea y diálogos y monólogos insuperables los de Cervantes, para pasión literaria la de este hombre que aún olvidado e ignorado por sus pares, aún en la sombra de la muerte próxima, se entregó a la creación de esta novela genial que todo el mundo ha leído aunque no quiera ni le interese leerla, porque en ella se encuentra el ADN de todas las novelas de aventuras, de todas las grandes sagas que estuvieron por venir, y es que este hombre irrepetible, incluso en su lecho de muerte, o por mejor decir, incluso ya en la tumba, dio las lecciones literarias definitivas a las letras occidentales, y cuatrocientos años después todavía nos estamos enterando de lo que hizo.

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¿Quién le ha dado voz a Pérez-Reverte?

Que alguien me lo explique. ¿Quién ha decidido que este individuo sea la voz «literaria» más respetada de España? ¿Por qué en ciertos sectores, y no pocos, se le considera el novelista por antonomasia de este país, y por extensión, como uno de los intelectuales o una de las voces culturales (signifique eso lo que signifique) de referencia en español? Tal cosa cabría preguntarse también de gente como Mario Vargas Llosa o Javier Marías, pero en su caso es mucho más sangrante, muchísimo más paradigmático del tiempo en que vivimos, porque además él es, con gran diferencia, y hasta que sus «jóvenes pistoleros» le hagan un bonito «sorpasso editorial», el tipo que más libros consigue vender en este país, verdadera superestrella de la editorial Alfaguara. Lo diré sin cansarme jamás: nada en contra de que él, o quien sea, venda muchos libros, haga ganar mucho dinero a su sello, y se forre en el proceso. Que le aproveche. ¿Pero cuándo se ha decidido que sea precisamente este hombre el que deba sentar cátedra sobre conceptos tan importantes, complejos y singulares como el Siglo de Oro o la Guerra Civil Española? Según creo, Ken Follett vende aún más libros que él y no se le considera un intelectual o una voz de referencia en el mundo angloparlante, tan solo un escritor best-seller de libros de historia. ¿Por qué en el caso de Pérez-Reverte se le hace académico de la lengua y un gran sector de la población y de la crítica le tiene a él como a alguien importante?

Pérez-Reverte es muchas cosas, la mayoría muy discutibles, pero ante todo es un tipo muy listo. Y basta con rascar un poco en sus declaraciones y entrevistas para darse cuenta de lo listo y lo astuto que es, como basta con rascar un poco en sus ficciones para revelar el trampantojo que hay detrás. Ha repetido hasta la saciedad que en España se lee poco, que somos un país atrasado e inculto (haciendo suya la Leyenda Negra que han vertido sobre este país durante más de tres siglos), y que aquí lo que hace falta es educación y buenos libros. Que aquí no se lee, vaya. Y bien que lo ha aprovechado, porque él se ha convertido en el escritor paradigma de los que no leen. Tal cual. ¿Quién es el lector medio de este señor, además de los pseudo-críticos y pseudo-intelectuales que se han dejado arrastrar por la corriente? Pues lectores que no están interesados en la literatura, simple y llanamente, que lo que quieren es leer libros que les enseñen cosas de historia, como la historia de España, o las guerras napoleónicas, que posean muchísima documentación histórica, y que estén basados en hechos reales. Nada de ficciones complejas, nada de elitismos de ninguna clase. Aventuras sencillas, enmarcadas en contextos conocidos: la Guerra Civil, la Guerra de la Independencia, la batalla de Trafalgar, o las desventuras del Cid Campeador. Eso es lo que renueva la literatura y lo que atrae a los lectores, lectores que en la mayoría de los casos sólo leen sus libros o libros de gente muy parecida a él. ¿Es listo o no, este señor? Ha llegado, sin la menor formación ni vocación para ello (y no me lo invento yo, lo ha dicho él bastantes veces), ha obtenido lectores no interesados en la literatura a base de chulería y de escribir novelas históricas, y se ha hecho multimillonario. Es para levantarse y aplaudir.

Y además lo ha hecho como reacción a lo que había, arrogándose además la hazaña de salvar la novela «de quienes la tenían secuestrada». Puede que a veces le de un antojo de falsa modestia y diga que a fin de cuentas él no es más que un periodista convertido en escritor, pero en su mente él es un autor a la altura de Joseph Conrad, fuertemente inspirado además por Alejandro Dumas, un defensor de la cultura europea (sea eso lo que sea), un guardián de las letras españolas y de la esencia de la cultura española, y el único o de los pocos autorizados a escribir sobre la historia de España y sobre la Guerra Civil. ¿Y cómo es eso? Pues nadie lo sabe, pero es así y punto. Escribió ‘Alatriste’ (además de porque había leído muchas veces ‘Los tres mosqueteros’) porque en los libros de historia de secundaria no se hablaba del Siglo de Oro, así que allá que fue él a arreglar el entuerto. Y escribió ‘Línea de fuego’ porque en este país la gente no dice más que memeces partidistas y tendenciosas sobre la Guerra Civil, y porque además él fue durante muchos años reportero de guerra, de modo que está más autorizado para escribir una novela sobre una contienda bélica que el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los plumillas que circulan por ahí. ¿O no? ¿Quién va a decirle que no? ¿Los periodistas que en lugar de entrevistas le hacen masajes por donde quiera que va o que las pocas veces que le ponen un pero obtienen lindezas como un «no me toque los cojones»? Él es un escritor que vende millones de ejemplares en todo el mundo, en decenas de lenguas, un académico de la lengua y un erudito a la altura de Samuel Johnson o Michel de Montaigne. ¿Quién puede cuestionarle? Vive en su mundo construido ladrillo a ladrillo, millón a millón (de euros y de seguidores en twitter), chulería a chulería.

Pero las cosas nunca (o casi nunca) son lo que parecen. Pérez-Reverte no es un fenómeno literario, como a él le gustaría pensar, sino editorial, sociológico, mucho más influido por las películas que ha visto que por los libros que ha leído (veinte mil dice que tiene en su biblioteca particular… ¿para qué?, es imposible leerse veinte mil volúmenes), tal como les sucede a Antonio Muñoz Molina, Juan Gómez-Jurado, Almudena Grandes, Ildefonso Falcones y muchos otros «grandes nombres» españoles; en su caso muy especialmente por los westerns que ha visto, sobre todo de los antiguos, los llamados clásicos, con John Wayne o Burt Lancaster, o de los posmodernos, con Clint Eastwood. De hecho, el propio Pérez-Reverte parece el Eastwood o el sheriff de las letras o de la cultura española. Incluso su forma de escribir (tanto en sus columnas como en sus ficciones, en ambos mundos no hay diferencia de tono) es la de un perdonavidas altivo, pétreo y malhumorado, el icónico pistolero de los westerns, el hombre sin nombre… o incluso el paleto de la barra de bar que después de mirarte de arriba a bajo con desprecio escupe con fuerza contra el suelo. Y no creo exagerar, porque este tipo sabe manejarse como pocos en la barra de bar más grande del mundo: Twitter. Allí se codea con sus compadres, deja que le doren bien la píldora, suelta sus soflamas, prepara sus polémicas de salón aptas para escandalizar/encandilar a los más impresionables, retuitea algunas noticias de perros abandonados y sigue construyéndose ese personaje pétreo, inalcanzable, casi cómico, que él se empeña en ser.

Yo quizá no estaré ahí para verlo, pero dentro de veinte o treinta años creo que la gente se preguntará cómo es que este señor era tan influyente, y sus libros tan leídos. Quizá se planteen que a veces seguimos a personajes bastante rancios y ruines, y que eso constituye todo un enigma sociológico, todo un rompecabezas imposible de desentrañar… o puede que no. Puede que dentro de veinte o treinta años la crítica literaria y la historiografía sigan considerando a Pérez-Reverte como un gran hombre de letras y una personalidad profundamente valiosa. Tal como está el panorama, no me sorprendería en absoluto.

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El cañón del revólver (XIII)

Volviendo a releer esta maravilla totalmente (tristemente, paradójicamente) desconocida que es ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda’, del inigualable Miguel de Cervantes, me doy cuenta de una vez, o por mejor decir, me convenzo a mí mismo de que no siempre los de Cátedra aciertan, y es que esta que tengo en mis manos más que una edición crítica de esta obra maestra, parece una edición «pedante e inoperante», pues su responsable, Carlos Romero Muñoz, que seguro que es un tipo cien mil veces más culto y entendido que yo, en lugar de interpretar la obra en las numerosas anotaciones a pie de página, pareciera que está más interesado en demostrar cuántas obras clásicas conoce y han podido servir de referencia al autor, y en reiterar una y otra vez los errores o lapsus o imprecisiones de Cervantes antes que en desentrañar y mostrar las razones por las que es una obra monumental. ¿Qué mas me da a mí en qué obra clásica (muchas veces, cogida por los pelos) podemos encontrar una alusión previa a esa frase o a esa solución cervantina, o si lo que quiere decir tal personaje es algo que sugiere un desatino de su autor? Sin embargo, en lugar de demostrar torpezas o errores, lo que hace el tal Romero Muñoz, las más de las veces, es señalar involuntariamente las numerosas trampas y los vericuetos por los que el muy hábil Cervantes nos lleva sin que nos demos cuenta, y es que este hombre era demasiado inteligente incluso para los críticos de hoy en día.

Queda ya demostrado que el tiempo es una cosa cíclica, no lineal, y que los eventos se repiten y se superponen unos sobre otros, como capas de una cebolla: resulta que el impresentable de Teodoro García Egea ha afirmado que tanto él como Pablo Casado se van a remojar en el Mar Menor para demostrar que está «mejor que nunca», y claro, todo el mundo se ha acordado, como no podía ser de otra manera, de la famosa foto de Manuel Fraga bañándose en la playa de Palomares en 1966 tras la caída de cuatro bombas termonucleares en aguas cercanas a ese punto. Lo del Mar Menor, que de pronto todo el mundo parece escandalizado con ello, pasa todos los putos años, absolutamente todos, porque eso es una catástrofe medioambiental de proporciones desconocidas incluso para los que están en el ajo. Y seguirá pasando porque nadie quiere hacer lo que se debería haber hecho: limpiar toda la zona y cumplir con una ley de 1987 que nadie ha querido cumplir. «Mares menores» en el mundo hay muchos, y demuestran que el ser humano, sobre todo en su faceta turística, es una plaga, y que poco nos pasa para los despropósitos que somos capaces de perpetrar… Y lo del PP no es una plaga, es directamente el club de la comedia.

Escuchando mi propia voz en el primer episodio de ‘Cíclopes & Minotauros’ me doy cuenta no solo de que no me gusta nada mi propia voz (como al parecer no le gusta prácticamente a nadie) sino que además, muchas veces, doy una intención tonal a la frase muy distinta de la que pretendo. En otras palabras, que en mis oídos parece que estoy muy serio cuando digo algo y al oírlo en el programa parece que estoy como irónico, y a veces juraría que he imprimido el tono más neutro o más seco o menos soberbio de todos los tiempos, y luego resulta que no, que sueno de manera totalmente diferente a como pretendía o a como creía que sonaban mis palabras. Qué curioso. Y me pregunto si eso pasará también con mi forma de escribir: a mí me parece mucho más sosegada y argumentada que la del 90% de la gente que leo por ahí, pero quizá a los que me lean, a algunos, o a muchos, les parezca soberbia o pedante o fuera de lugar. Imposible saberlo.

Descubro, no sé si asombrado pero desde luego sí bastante sorprendido, que se ha hecho un videojuego de la película de Alfred Hitchcock de 1958 ‘Vértigo’, que se titula ‘Alfred Hitchcock Vertigo’ y se subtitula «Can You Trust Your Own Mind?». Eso sí, con personajes completamente diferentes al Scottie de James Stewart o a la Madeleine de Kim Novak, y con una trama también diferente. Entonces… ¿Por qué se llama ‘Alfred Hitchcock Vertigo’? Hay muchas cosas que no entiendo de los videojuegos, y supongo que al final eso de los videojuegos y el cine dará para el debate más encarnizado de todos los tiempos en el podcast (JJ está esperando ansioso tal evento), pero hay una cosa que tengo bien clara: si en el cine muchos directores son bastante menos inteligentes de lo que parecen, en los videojuegos los creadores adolecen de una ingenuidad y de un candor casi desarmantes. Y eso que la película de Hitchcock me parece enormemente sobrevalorada y por momentos ridícula y sin pies ni cabeza, pero eso no tiene nada que ver. Con videojuegos como ese uno pierde la esperanza en un soporte que casi nunca da alegrías narrativas.

Viendo por fin el segundo capítulo de ‘It’, la adaptación al cine de la novela de Stephen King, me reafirmo: algunas adaptaciones no deberían llamarse así, sino que deberían dejar claro que son muy libres traslaciones a la pantalla de originales literarios. No solamente que la película es muy mediocre (que lo es), sino que gran parte de lo que sucede en ella no sucedía en la novela de King. He leído a veces la fórmula «guión inspirado en» o cosas parecidas, que son más justas para casos como este. Las adaptaciones, vaya por delante, no deben ser nunca literales… pero otra cosa muy diferente es que deban ser casi otra historia distinta. Es como si en ‘El Padrino’ en lugar de que sea Michael el que coge las riendas de la familia lo hiciera Fredo, o como si en ‘El sur’ la niña tuviera una relación incestuosa con su padre. Un sinsentido total. Pero King parece encantado con estas adaptaciones tan chuscas y tan torpes, incluso de sus mejores novelas. Veremos algún día lo que han hecho con la serie sobre ‘Apocalipsis’, sin duda su mejor trabajo, esperando que Randall Flagg no sea un bufón sin la menor gracia, y que el virus «Capitán Trotamundos» en lugar de ser una supergripe no sea… yo qué sé… una variante genética lanzada al espacio por alienígenas venidos de Marte.

Último disparo de este revólver: parece que sigue candente lo del tema Ibai y se están multiplicando los debates (si debates se les puede llamar) que discuten sobre si tiene más vigencia internet que los medios de información «tradicionales». Yo hablé aquí sobre el tema Ibai (que me parece una tomadura de pelo), pero sobre ese debate diría que no hay tal debate. Las radios y las televisiones van a seguir existiendo, y es más, se van a seguir sirviendo de internet para llegar a más oyentes y más televidentes, y los chavales sin la menor preparación como Ibai pero con doscientos millones de seguidores se van a seguir aprovechando de este medio para seguir medrando y para que perdamos el tiempo con discusiones estériles que no llevan a ninguna parte. Es lo que pasa cuando el grueso de películas se hacen para chavales, y cuando el grueso de novelas se escriben para chavales, en lugar de para espectadores o lectores exigentes. Y es lo que pasa cuando la comunicación se deja en manos de chavales para chavales: que todo es una tomadura de pelo y una broma y un meme. ¿A alguien le sorprende?

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La cultura es un callejón sin salida

Creo que es la primera vez que incluyo la palabra cultura en el título de uno de mis textos, y desde luego es la primera vez que hago una etiqueta con ella. Pero a pesar de haber escrito sobre muchas cosas referentes a la narrativa y a las artes durante mucho tiempo, tampoco tengo muy claro lo que significa cultura. Si acudimos a la RAE, la primera acepción de cultura es «cultivo» (f.), la segunda es «Conjunto de conocimientos que permite desarrollar a alguien su juicio crítico» (f.), la tercera es «Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.» (f.) y la cuarta es «Culto religioso». Vaya, muy interesante… Si además consultamos a la Wikipedia, dice lo siguiente: «En el uso cotidiano, la palabra cultura se emplea para dos conceptos diferentes:

1: Excelencia en el gusto por las bellas artes y las humanidades, también conocida como alta cultura.
2: Los conjuntos de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluidos los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver necesidades de todo tipo.
En el primer caso se trata de un conocimiento contemplativo, aparentemente sin aplicaciones directas.
En el segundo caso nos referimos a las ciencias o técnicas aplicadas con una finalidad práctica o utilitaria: evidentemente en este último sentido también se incluye una especie de solapamiento, porque la contemplación de la naturaleza está necesariamente unida a una explicación de la misma».

Al parecer la palabra cultura es el comodín perfecto del mundo moderno. Todo es cultura, desde un cuadro de Van Gogh a un reality show de la tele, y todo debe ser considerado como tal. Si leemos la prensa, cualquier periódico tendrá una sección de cultura, en el que por supuesto incluirá los apartados de libros, arte, cine, música, escena, historia, arquitectura, cómic, videojuegos… y toros. No se sabe (desde luego yo no lo sé) desde cuando la cosa es así, pero resulta que es así, y va a seguir siendo así durante mucho tiempo. Y empiezo a creer que tal clasificación de conceptos es lo que nos ha llevado a esta situación delirante en la que la literatura ha dejado de ser ficción, en la que las películas se han convertido en videojuegos, y en la que resulta que los videojuegos son el arte del futuro. Un mundo en el que todo es lo mismo, en el que tanto vale ser director de cine o novelista como youtuber o cocinero, porque todo es arte, todo es cultura, y todas las culturas son iguales y todas las obras culturales tienen la misma importancia.

Y no. Lo siento pero no.

Así las cosas, resulta que cualquier persona que tenga ciertas inclinaciones artísticas o cierta sensibilidad, o cierta inteligencia no primaria, va a desear, va a necesitar ser culto, y si dispone de algo de tiempo libre o de ingresos más o menos decentes, va a tener que hacer acopio de gran cantidad de cosas para serlo: va a tener que leer cientos de libros, de películas, de series… va a tener que ir al teatro y a museos todas las semanas, incluso va a jugar a videojuegos (alguno que otro hay que no toma a la gente por imbécil), va a tener que estar al día de todo para ser «culto». En otras palabras va a sacrificar sus inclinaciones, su sensibilidad y su inteligencia por pertenecer a ese gremio llamado «los cultos», que suena casi a sacristía, o peor aún a secta… el culto cultural a la cultura de lo culto… parece un trabalenguas, pero no lo es. Y sin embargo, tal como algunas personas han dicho antes que yo, todo eso de la cultura casi nunca tiene nada que ver con el arte, no con la literatura ni la música ni el cine, desde luego, y es mejor ser inteligente, mucho mejor, que ser culto.

Porque por definición, además, la persona inteligente nunca va a dejarse arrastrar por cuestiones gremiales, ni por lo que se supone que hay que leer, ni por conceptos culturales. La persona inteligente, si de verdad lo es, sabe muy bien lo que necesita y lo que vale la pena, no digamos ya la persona con inclinaciones artísticas y sensibilidad. Todo eso de cultura huele a clan, a facción, y no hay nada más opuesto al arte que eso. El artista (o el intérprete) no crea (o interpreta) en grupo desde la nada, que es lo que parece que se hace ahora, sino que crea en irrestricta soledad desde la compañía de otros como él, compañía mental o espiritual si se quiere llamar así, de lo que son como él pero no pueden compartir su mismo espacio. Y la literatura y el cine son más poderosos cuanto más van contra la cultura operante y oficial, nunca a favor de ella. Las grandes obras maestras siempre son muy críticas con la sociedad y la cultura y no pueden verse constreñidas por ninguna de las dos.

Por eso nos sorprenden y nos fascinan, por eso nos impactan y nos conmueven, porque están más allá de la cultura y de la sociedad que la sostiene, porque son irreductibles, invulnerables a ideologías o localismos. Las obras de arte, si de verdad lo son, derriban mitos, iconos e ideas preconcebidas… es decir a la cultura. No nacen de ella sino a pesar de ella. Por eso decir que la literatura es cultura, o abrir un periódico en la sección de cultura para leer un artículo cinematográfico, es un disparate como una catedral. La cultura es el tentáculo omnímodo que todo lo atrapa, que todo lo fagocita y lo transforma para hacerlo más asequible al vulgo, a los espectadores sin espíritu crítico, que adquiriéndola creen conseguir uno, pero que está aguado, normalizado, codificado para sus intereses, y que sirve a las grandes compañías y corporaciones para seguir fabricando más de esa droga, de esa adicción. Pero la única droga que merece la pena es la de la narrativa y la poética basada en la inteligencia y la verdadera sabiduría, y para alcanzar eso hace falta mucho más que ver muchas películas y leer muchos libros. Para degustar el más extraordinario de todos los narcóticos hace falta emprender un viaje mucho más arduo que coger el metro e ir al museo o al teatro todos los fines de semana. Y muy pocos están dispuestos a hacerlo.

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En el estreno de la última temporada de ‘The Walking Dead’

Estoy convencido de que la gran mayoría de la gente ve series (como ve películas o lee libros) con la extravagante idea de que eso que están «consumiendo» debe ser lo más parecido a una montaña rusa de emociones, un torbellino que les deje extasiados, en el que no deban pensar demasiado, se les de todo hecho y terminen ahítos. También estoy convencido de que los espectadores, en general, no quieren que una serie (o una película o una novela) les impacte de modo anímico y psicológico, sino que lo que quieren es volverse adictos a esa visión o a esa lectura, y como cualquier adicto simplemente seguir consumiendo sin el menor espíritu crítico. Por último estoy convencido de que a la gente le gustan cosas estrafalarias como salir por la tele haciendo el bobo, pero lo que más le gusta a la gente es opinar. De cualquier cosa, repitiendo lo mismo que dicen los demás, con el estilo y las ideas más chabacanas posibles, como para reafirmarse. En el estreno de la última temporada de ‘The Walking Dead’, muchas de esas voces volverán a querer hacerse oír y volverán a decir las mismas cosas de siempre con los argumentos peregrinos y ese estilo tan refinado a los que nos tienen acostumbrados.

Echemos un vistazo a esa página llamada Filmaffinity (en la que por cierto mi querido Bracero igual le pone un 10 a casi cualquier película de Hitchcock que se lo pone a ‘Blade Runner’) que básicamente es el foro donde todos los espectadores del mundo que desean dar su opinión pueden hacerlo, y donde se pueden dejar críticas (siempre no profesionales, es decir comentarios de barra de bar) de cualquier título. Si vamos a ‘The Walking Dead’ encontramos lo siguiente, de un tal YonkiKong: «El problema empieza cuando tenemos que tirar del guión, diálogos, desarrollo de los personajes… un niño de nueve años… espera, ¿que no lo hizo un niño de nueve años?», esto, de un tal Herr Jasper «demasiado relleno para tan poco zombi…», esto otro, de un tal random_play: «en la segunda temporada hablamos. Hablamos mucho. Hablamos un montón. Hablamos de lo mal que está la cosa, de lo chungo que está el futuro, de lo mal que lo estamos pasando, de embarazos, de muerte, de destrucción…». La cosa empieza a ponerse seria con gente como thefrang que escribe: «La historia se centra demasiado en las historias personales, por momentos parece una telenovela venezolana, siendo la única diferencia que mientras en las primeras tenemos despampanantes latinas de pechos grandes, aquí tenemos una vieja marimacho maltratada por su marido», o con otros como paupaipai que sentencia: «definiré bodrío infumable: cuando se dedican a rellenar minutos de serie apelando a los sentimientos, crisis absurdas y flaixbacks (???) vacíos. Cuando estancan a los personajes en un mismo escenario durante temporadas enteras para recortar gastos…» En general lo que veo son dos cosas: que muchos espectadores tenían muy claro lo que esperaban de una serie de zombis, y que no han visto la misma serie que otros como yo.

Luego se supone que la narrativa está hecha por y para la gente… Pero cuando nos adentramos en páginas dedicadas a desgranar películas y series de televisión, la cosa cambia: en lugar de apreciar la obra en su conjunto, y de conectar los detalles entre sí, el escritor de turno se dedica a comentar sus gustos personales y en el caso de TWD a comparar cada nuevo episodio, recién visto, con todo lo anterior o con lo que él esperaría que fuera la serie (es decir, casi lo mismo que los comentaristas de barra de bar de Filmaffinity, pero sin su estilo barriobajero). Unos y otros, cada vez que les leo, me convencen finalmente de una cosa: que casi nadie sabe muy bien qué hacer con esta serie. Los que han leído el cómic la comparan con el cómic, los que se han visto tres o cuatro temporadas la abandonan porque no es lo que esperaban, los que quieren un «apocalipsis zombi» la critican porque tiene poco zombi (y lo dicen en serio…), los que quieren un drama con más enjundia la critican porque tiene mucho zombi, y los que son adictos de otras series la ponen en un ránking muy bajo porque a fin de cuentas cómo de importante puede ser una serie sobre un «apocalipsis zombi».

Sería de agradecer que la gente comentara las obras que ha visto, y no las que no ha visto en su totalidad. En este punto lamento decir que si quieres opinar sobre TWD, en el supuesto caso en que tu opinión le importe a alguien, deberías haber visto las diez temporadas que hasta ahora se han emitido, y estar esperando a ver la última para tener una visión global. De lo contrario no tienes autoridad para comentarla, como no tienen autoridad los que hablan mal de ‘Juego de tronos’ sin haber visto ni un solo episodio (doy fe de que los hay). Aún así puedo entender que personas que se hayan visto las tres primeras temporadas, por ejemplo, puedan decir lo que ha sido para ellas ese visionado, pero no es posible, sencillamente, que hayan visto otra serie distinta a la que le están ofreciendo en la pantalla. Porque lo que están comentando estas personas es, sencillamente, otra serie. El gran problema de TWD es que todo el mundo, desde el que se ha leído los cómics hasta el que tiene debilidad por los «apocalipsis zombis», tiene muy claro lo que quiere y espera ver en la serie, y cuando la serie le ofrece otra cosa ni siquiera se toma la molestia de averiguar qué es esa otra cosa.

Supongo que ya habrá más intérpretes, críticos e investigadores de cine y del audiovisual que lo hayan dicho, pero ‘The Walking Dead’ es una de las series más importantes de la historia de la televisión, y como creación cinematográfica es una de las más excelsas. Es, le pese a quien le pese, historia de la televisión con mayúsculas, pero además, a falta de esta última temporada que va a constar de veinticuatro episodios que concluirán esta larga historia, es una obra extraordinaria a la que si uno accede sin los prejuicios de rigor, es muy complicado sacarle defectos. Ni siquiera el sobado argumento de que han estirado el chicle durante demasiadas temporadas es aquí válido, porque TWD es una gran saga cuya verdadera naturaleza es, precisamente, su carácter de saga, el concepto del paso del tiempo. Y pocas series, por no decir ninguna, ha llegado a la temporada 10 (sin duda una de las mejores) en tan buen estado de forma. La impresión inequívoca que se tiene viendo esta serie con los ojos bien abiertos, es que toda ella está concebida desde un principio como una estructura cerrada, sin improvisaciones (mientras que otras series de cuatro o cinco temporadas dan la impresión de todo lo contrario), que es un mundo, casi un universo, autosuficiente y cerrado en sí mismo, y que sus once temporadas han sido necesarias para contar la historia debidamente. Tanto es así que mucho tienen que haberse equivocado en esta temporada 11 para que finalmente esta obra monumental no sea en su globalidad el hito que ya se advierte que es.

Por suerte para la fantasía y el terror, ‘The Walking Dead’ va a situarse, si la temporada 11 no es un fracaso absoluto (y yo creo que aunque lo fuera), al lado de ‘The Sopranos’, ‘The Wire’ y muy pocas más como lo más memorable y perfecto que se ha hecho en televisión. No puede ser de otra manera cuando temporada extraordinaria tras temporada extraordinaria (con mención especial para la 2, la 5 y la 10, que alcanzan cotas de narrativa y de poética muy difíciles de igualar), su formidable equipo de guionistas son capaces de llevar la experiencia apocalíptica hacia extremos nunca trillados y siempre creativos y sorprendentes, su equipo de directores (con Greg Nicotero a la cabeza) nunca se entrega a un divismo ni a una grandilocuencia vacua, sino que cuenta la historia del modo más austero y doloroso posible, y su enorme equipo de actores es un reparto sin la menor fisura en el que todos y cada uno de ellos jamás interpreta teatralmente sino que viven la secuencia con enorme intensidad y sobre todo verdad… eso sin mencionar el superlativo trabajo de escenografía y la soberbia fotografía (un aspecto casi nunca comentado) que nos dan secuencias de una belleza y de una precisión técnica apabullantes. ¿Se puede pedir más?

Han sido hasta ahora doce años de pérdidas (el verdadero tema de la serie) y de episodios memorables (de los que es inexplicable que la gente pueda decir que es aburrido, o que no sucede nada, cuando no dejan de suceder cosas en cada secuencia), y ahora queda el último año y medio para despedirla y empezar a valorarla en su justa medida… si es que los espectadores más recalcitrantes son capaces de quitarse la venda de los ojos, y los intérpretes más superficiales son capaces de estar a la altura de las circunstancias.

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Reescrituras (1) – A impresentables sin argumentos

La mejor crítica, muchas veces, es una reescritura, y hace mucho tiempo que no hago ninguna. Literalmente casi una década. Y no veo mejor modo de volver a hacerlo que con la herrumbrosa carta abierta que la Fundación del Toro de Lidia le ha dedicado a la alcaldesa de Gijón con motivo de la prohibición de cualquier evento taurino en esa ciudad:

Estimada alcaldesa (subtexto: maldita política progre del demonio),

Me dirijo a usted en mi condición de presidente de la Fundación del Toro de Lidia, entidad que agrupa a los profesionales y aficionados taurinos con el objetivo de fomentar, conservar, mejorar, defender, promover y divulgar el toro de lidia y la tauromaquia, como cultura y disciplina artística, en todos los ámbitos, facilitando y velando por el derecho de todos a su conocimiento acceso y libre ejercicio en todas sus manifestaciones. Por esta labor, el Ministerio de Cultura y Deportes ha concedido a esta Fundación el Premio Nacional de Tauromaquia correspondiente a 2020 reconociendo su capacidad para aglutinar a los distintos sectores profesionales taurinos en la defensa y promoción de la Tauromaquia (que sepa usted que Ministerio de Cultura y Deportes nos ha concedido un premio muy importante de la tauromaquia por defender la tauromaquia).

Sirva esta breve presentación para poner de manifiesto que el Gobierno de España y, en concreto, su Ministerio de Cultura, es consciente de la relevancia cultural de la tauromaquia y la necesidad de su protección y promoción. Y desde esta Fundación estamos tremendamente orgullosos de que se haya reconocido nuestra labor en este ámbito, más allá de que, como cualquier otro sector cultural, nos gustaría contar con un mayor esfuerzo de promoción y ayuda de todas las Administraciones Públicas (a pesar de contar con el apoyo del gobierno nos gustaría que nos apoyasen y nos promocionasen y nos subvencionasen con aún más pasta, que nos nos llega, vaya esto por delante).

Es en este contexto en el que hemos asistido atónitos en los últimos días a sus declaraciones sobre el nombre de dos toros lidiados en la última Feria de Gijón y su clara determinación de que en Gijón no vuelvan a celebrarse festejos taurinos. Le habrán llegado, estamos seguros, las reacciones de organizaciones y profesionales taurinos de todo tipo a estas declaraciones. Y las aclaraciones al modo y el momento en el cual se da nombre a los toros (en particular, las de la Unión de Criadores de Toros de Lidia) y cómo estos se sortean entre los diestros antes del inicio de la corrida (nos hemos quedado con el culo torcido cuando nos hemos enterado de que nos ha cortado el grifo en su ciudad, y todo por un quítame allá esas pajas de dos toros, uno llamado Feminista y otro Nigeriano).

Estamos seguros que todo ello le habrá hecho reflexionar. Pero queremos ahora, pasadas las primeras horas de ruido mediático, ponerle de manifiesto nuestra profunda preocupación por los tintes totalitarios que muestran sus palabras y nos gustaría hacerle ver los perversos efectos a los que conducen los planteamientos que se derivan de las mismas. Permítame para ello dividir esta carta en tres bloques de contenido: sobre los hechos, sobre lo que significa lo que se pretende hacer y sobre lo que supondría jurídicamente (prohibiendo los toros en Gijón se convierten ustedes, de facto, en un partido nazi, y aunque esto le parezca un disparate digno de un borracho voy a explicarle por qué).

Sobre los hechos

No pretendo extenderme mucho sobre los hechos en sí, aprovechar que los nombres de unos toros lidiados en la última feria de Gijón tenían connotaciones ofensivas para tratar de prohibir los toros en la ciudad, ya que resulta obvio que ha aprovechado una excusa peregrina para propiciar un deseo largamente perseguido: prohibir los toros en Gijón (qué excusa más mala lo de los nombres de los toros… sub-subtexto: al final habéis conseguido jodernos pero bien…).

Quizás no tenga usted por qué conocer el significado legal y simbólico de los nombres que les damos a los toros. Pero un mínimo de curiosidad intelectual o del debido asesoramiento antes de opinar de manera tan frívola, le habría ahorrado el ridículo de hablar sin conocimiento y no habría quedado tan a las claras su motivación real y su totalitarismo ideológico (de saber leer y de tener asesores competentes se habría usted salvado de quedar como una dictadora a la altura de Mao o de Stalin).

En todo caso, las consecuencias que propone (prohibir la tauromaquia) por la supuesta ofensa provocada por los nombres de unos toros es tan burda, que llevada a todos los ámbitos culturales supondría por ejemplo prohibir la Semana Negra de Gijón (o la misma lectura, ya puestos) si alguna de las novelas presentadas en el festival tuviera un contenido que le pudiera resultar ofensivo a alguien. O que decidiera prohibir los conciertos en la ciudad, o la música en su conjunto, si un año C. Tangana aparece por Gijón cantando sus Demasiadas mujeres (pongo entre paréntesis lo de «prohibir la tauromaquia» por si alguno aún no se ha enterado de qué estamos hablando… sub-subtexto: prohibir los toros es como prohibir leer libros, escuchar música, y ya ni yo me creo lo que estoy diciendo).

Como quiero pensar que incluso a usted misma esto le parece absurdo, podemos tranquilamente concluir que usted lo que quería era prohibir los toros, sin más. Porque a usted no le gustan (y ahora le dejo esta doble sentencia solemne, como para demostrarle que esto es por un tema personal de usted, un gusto suyo, y no otra cosa).

Sobre lo que significa

Usted dice que quiere prohibir los toros porque “cada vez hay más voces contrarias en la ciudad”. Los totalitarios del mundo y de la historia siempre se escudan en el manto protector de una supuesta voluntad popular que les ilumina y legitima para cualquier cosa (voy a empezar a desbarrar con lo de los totalitarismos porque empiezo a quedarme sin argumentos…si es que alguna vez los tuve).

En estos días estamos viendo en diversas partes del mundo cómo en nombre de supuestas mayorías o de una moralidad superior, hay quienes arrasan con los derechos que no pueden depender de mayorías, como son los derechos humanos, derechos inalienables y comunes a toda la familia humana (redoble de tambor que aunque nadie se lo pueda creer estoy a punto de soltarlo…).

Usted seguramente se escandalice con la comparación, pero eso es porque ningún espíritu totalitario se mira en el espejo y se reconoce como tal, sino que se ve como alguien que trabaja por un mundo más virtuoso. Los talibanes destruyeron los budas de Bamiyan por lo mismo que la alcaldesa de Gijón pretende derribar la tauromaquia, porque según ellos ambas manifestaciones de la cultura son inmorales (¡ya lo he dicho! ¡Es usted como los putos talibanes, o peor, porque ellos tienen la excusa de ser moros! ¿cuál es la suya?).

Tanto a los talibanes como a la alcaldesa de Gijón se les olvida que ni los budas de Bamiyan ni los toros son suyos, sino que son patrimonio común de toda la humanidad (¡ahí queda eso, y al que no le gusta que se vaya de España: torturar animales hasta la muerte es patrimonio de la humanidad!).

Y es precisamente por esto, señora alcaldesa, para protegernos a toda la familia humana de los ataques contra la cultura de los totalitarios de toda índole, que la UNESCO estableció “el reconocimiento de la igual dignidad de todas las culturas y el respeto de ellas, comprendiendo las culturas pertenecientes a minorías y las de los pueblos autóctonos”, con el único límite del respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales (lo de la «familia humana» me ha quedado super emotivo…y el límite de los derechos humanos super certero… sub-subtexto: lo de los derechos de los animales sí que es una fantasía).

¿Qué significa esto? que incluso si fuera verdad (que no lo es) lo de esas mayorías que usted percibe contra los toros, sería irrelevante, las expresiones culturales no se pueden prohibir, son exquisitos bienes de toda la humanidad que es preciso proteger, tal y como recogen los tratados internacionales, nuestra constitución y nuestras leyes (matar bichos es un bien exquisito, ¿es que no se da cuenta, maldita comunista del demonio?).

La cultura no se puede prohibir, es un derecho humano que toda persona tiene derecho a disfrutar de la vida cultural de la comunidad, lo mismo que son derechos humanos la igualdad de derechos y libertades de todos sin distinción alguna (aunque lo parezca no estoy borracho ni me he pasado con la medicación robada a mi abuela).

Y es el mismo espíritu represor el que anima a los totalitarios de todas partes del mundo a cercenar los derechos que son inalienables a todos los seres humanos (lo dicho: hoy es jueves y los jueves no ando yo muy fino con mi propia medicación).

Y si va a comenzar la represión cultural en Gijón, le aconsejamos que lo haga bien, con un buen tribunal inquisitorial que revise minuciosamente todos los contenidos culturales en búsqueda de las ofensas al dogma y unos buenos autos de fe de mes en mes, eso servirá de lección para que ningún gijonés se atreva a tener gustos culturales alejados de la ortodoxia de su celosa alcaldesa (ida de olla completa: no se quede aquí, alcaldesa, quememos a unos cuantos herejes en la plaza del pueblo… empezando por usted misma).

Sobre las consecuencias jurídicas (ahora voy a demostrarle que yo sí tengo buenos asesores legales…)

Pero además de estas razones éticas, políticas y filosóficas que harían completamente inadmisible una prohibición como la que usted pretende, existen poderosas razones jurídicas que impiden esta prohibición, como han puesto de manifiesto reiteradamente nuestro Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo y otros muchos órganos jurisdiccionales.

La Ley 18/2013 para la regulación de la Tauromaquia, configura a ésta como un patrimonio cultural “digno de protección en todo el territorio nacional”, estableciendo que todas las Administraciones Públicas tienen un “deber de protección y conservación, así como promover su enriquecimiento”. Y la Ley 10/2015, para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial establece que los poderes públicos deben ejercer en sus respectivos ámbitos de competencia una acción de salvaguardia sobre los bienes que integran el patrimonio cultural inmaterial, entre los cuales se encuentra la tauromaquia.

De este modo, en lo que respecta a normativas autonómicas, el Tribunal Constitucional ha declarado inconstitucional tanto la prohibición expresa de la tauromaquia que se aprobó en su día en Cataluña, como la prohibición encubierta que pretendió adoptar el Parlamento balear con una legislación que sólo autorizaba los festejos taurinos cumpliendo ciertos requisitos que lo desnaturalizaban (tres párrafos seguidos sobre leyes (que por supuesto me están dictando…) con los que quiero dejarle claro que no vamos a admitir unos festejos taurinos ligt… no aceptaremos otra cosa que varios toros muertos cada jornada, con su correspondiente dosis de sangre, vísceras, sufrimiento y sadismo, todo bien sazonado de cosas que son así como muy tradicionales).

En lo que respecta a decisiones municipales, el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana anuló la decisión del Ayuntamiento de Villena de no ceder la plaza de toros para la celebración de un espectáculo taurino por su oposición a la tauromaquia, considerándola arbitraria y carente de motivación legalmente admisible al ser una obligación municipal la protección y defensa de la tauromaquia. Esta misma razón es la que lleva al Tribunal Supremo a prohibir las consultas populares que habían previsto los Ayuntamientos de San Sebastián y Cenicientos para plantear a sus vecinos si debían destinarse edificios municipales o recursos públicos para la celebración de eventos taurinos.

El propio Tribunal Supremo explica cómo «la Ley no da libertad a las Administraciones Públicas para promover o no la conservación de la tauromaquia o promover o no su enriquecimiento, sino que impone una obligación positiva en tal sentido». Por tanto, una consulta popular o cualquier actuación que ponga en riesgo, siquiera de forma indirecta, ignorar la voluntad de la Ley, en cuanto esté encaminada a tomar una decisión que no sea favorecedora de la actividad de fomento la tauromaquia, resulta contraria a lo dispuesto en la Ley y en la doctrina del Tribunal Constitucional.

En definitiva, una corporación municipal no puede, basándose en un argumento tan tosco y peregrino como el nombre de dos toros de lidia, pero tampoco en ninguna otra razón, adoptar medidas tendentes a impedir la celebración de festejos taurinos en su municipio, ya sea denegando la prórroga de la concesión de la plaza de toros o no sacándola a concurso nuevamente cuando la actual concesión llegue a su término. Hacerlo vulneraría de forma manifiesta la Ley y la abundante jurisprudencia que exige de las administraciones, en el ámbito competencial que le es propio, actividades de fomento de la tauromaquia y que, en todo caso, prohíbe cualquier medida contraria este fomento (ea, tres párrafos más para que le quede bien clarito, señora progre, que no vamos a irnos jamás, que los toros son como el sol y la luna, eternos o casi, y que no cejaremos en nuestro empeño de cargarnos animales).

En consecuencia, adoptar una decisión de esta naturaleza sería adoptar una decisión arbitraria y contraria a la ley “a sabiendas” (este conocimiento quizá usted no lo tenía cuando hizo públicas sus manifestaciones, pero sí lo tiene ahora, desde el momento en que se le han recordado sus obligaciones legales). Y esto tendría muy graves consecuencias en el ámbito administrativo, pero también en el penal, tanto para quien adoptara estos acuerdos como para quien los apoyara, informara o colaborara en hacerlos efectivos (a ver si con un poco de suerte termina con sus putos huesos en la cárcel, aunque será una pena que no comparta celda con un bonito toro de lidia que le meta un cuerno por donde no luce el sol).

Queremos creer que después de todo lo ocurrido estos días, no se adoptarán ninguna de las medidas anunciadas ni ninguna otra que ponga en riesgo o impida la celebración de festejos taurinos los próximos años. En caso contrario, la Fundación del Toro de Lidia iniciará actuaciones legales en todos los órdenes para garantizar la celebración de estos festejos y para que sobre quienes hubieran adoptado las decisiones ilegales a sabiendas recayeran todas las consecuencias administrativas y penales que el ordenamiento jurídico prevé en estos casos (y con esta parrafa sin el menor sentido creemos, en nuestra invencible soberbia, que no tendrá ovarios de cerrar finalmente los festejos taurinos, porque sabemos que ahora mismo se está meando en las bragas de miedo).

Reciba un saludo muy cordial, (quedas advertida, comunista bolivariana, es el último aviso)

Poco más o menos quiere decir este impresentable. Y como no tengo muchos deseos de seguir insistiendo con lo que yo tengo que decir, mejor que lo diga Ricky Gervais:

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Infiernos y narrativas: Juguemos al ajedrez

Cuando eres un niño, el mundo es tuyo. Tú pones las reglas, y por ello esos años de la infancia pueden ser lo más importantes e inolvidables de tu vida. Cuando te haces un muchacho las reglas del juego cambian, pero seguramente aún prevalece en ti una idea de que el mundo es un lugar habitable, justo y en el que rige cierta armonía. Cuando te haces adulto depende de tu valentía, de tu capacidad de observación, y de tu espíritu crítico, para seguir siendo un niño, o un muchacho, o para ser de una vez una persona que sea capaz de enfrentarse a la realidad. ¿Y cuál es la realidad? ¿Que vivimos en un mundo, occidente, en el que pese al feroz sistema capitalista nos movemos dentro de las líneas de la democracia más avanzada? ¿O que precisamente por ser un sistema capitalista la democracia es de muy escasa calidad?

La verdadera realidad es que el mundo entero, desde el país más grande al más pequeño, es un inmenso tablero de ajedrez. Y en ese tablero, sólo los más poderosos (Estados Unidos, Reino Unido, China, Rusia… muy pocos más) mueven ficha. El resto somos meros espectadores de esa partida (complacientes o no), en el mejor de los casos, y piezas reemplazables, en el peor de ellos.

Hace pocos días Estados Unidos ha retirado sus últimas tropas de Afganistán después de veinte años de presencia en el país. Acto seguido, sin esperar ni siquiera una semana de cortesía, las hordas talibanes se han hecho con el control del país en una operación relámpago ante la que el gobierno títere no ha tenido ni la menor oportunidad de resistencia. Ahora, dos décadas después de que con la excusa del 11-S, los yanquis se presentaran en el país pegando tiros, los fundamentalistas vuelven al poder más envalentonados que nunca, lo que significa que ciudades que una vez fueron prósperas y modernas, como Kabul, regresan a un estado prácticamente medieval, en el que los señores de la guerra hacen y deshacen a su antojo, en el que no cabe ni la menor disidencia, en el que hay asesinatos selectivos en las calles, y en el que la mujer va a perder todos los derechos arduamente logrados durante muchos años.

Claro, estamos todos escandalizados de que algo así pueda suceder en pleno siglo XXI. Pero la única razón de que esto ocurra, o por mejor decir, las dos razones de que tal desastre humanitario tenga lugar, son las siguientes: que Afganistán es un país muy pobre, y que está situado en un enclave de gran importancia estratégica. Afganistán es como Palestina, Cuba, Haití, Panamá, Taiwán o Marruecos: una casilla clave en esta locura de mundo que las élites han construido para su beneficio. Y como tal casilla, va a ser utilizada por los países más poderosos, bien para ocuparla, bien para desocuparla, según sus propios intereses. Biden, que en lo único que se diferencia de Trump es que dice menos idioteces que él, lo ha dejado cristalino: «nunca fuimos a Afganistán a crear una democracia, o ayudar a los afganos, fuimos para luchar contra el terrorismo». Más claro, agua. Bueno, en realidad no. Se agradece la sinceridad de Biden, pero incluso en esa sinceridad se esconde una mentira: no estás veinte años en un país luchando contra el terrorismo, sino aparentando que lo haces… mientras ocupas un enclave muy cercano a la esfera de influencia de Rusia. ¿Hace falta hacer un croquis? Si ahora se han ido es porque consideran, por la razón que sea, que les beneficia a ellos, y si los talibanes toman el control les importa una mierda.

¿Por qué iba a importarles? ¿Alguien cree que un imperio depredador como el estadounidense actúa por altruismo con los más desfavorecidos de los países? Sucede igual que con el rey de Marruecos, cuando envía a cientos de desesperados a través de la frontera para crear una crisis migratoria con España, o con los líderes sionistas, cuando asesinan a cientos de niños, o con Rusia o China, que seguramente serán los que apoyen a las milicias talibanes cuando se queden sin recursos… No lo hacen por odio, o porque estén de acuerdo con ellos. Sino porque les beneficia de alguna manera en su partida de ajedrez, y toda la pobre gente de Palestina, de Marruecos, de Afganistán, son peones de esa partida, y su sufrimiento, su desesperación o su muerte no tiene la menor importancia.

¿En qué clase de mundo se cree la gente que vivimos? Mientras la población es arrasada en países como Afganistán o Palestina, otros ríen y cantan y beben, en este país y en cualquier país. ¿Alguien va a hacer algo con las mujeres afganas? ¿Alguien va a declararle la guerra a los talibanes para ayudarlas? Sería, probablemente, la causa más justa para declarar una guerra. Pero las guerras no se declaran por eso, sino por intereses económicos, disfrazados de supremacía, de ofensas tribales, de excusas políticas. Este mundo, este en el que vivimos actualmente, en el que algunos países, como España, existe con tranquilidad, es el peor mundo imaginable. El peor. Si no importa que miles de niños y mujeres sufran y mueran en países cercanos (por no decir los animales, otro infierno aún peor), no podemos hablar de un mundo próspero, justo ni en el que merezca la pena vivir. Occidente vive en su burbuja, Eurasia vive en otra burbuja (menos mentirosa), y el resto del mundo, que es la mayor parte, no conoce más que guerras, masacres y pobreza. Y aún hay quienes piensan que si tal cosa sucede es porque algo harán mal, o porque se lo merecen, o porque les gusta vivir así.

Y si este mundo no cambia para hacerse más justo es precisamente por la voracidad insaciable, psicópata, de imperios como el estadounidense, y de estados autoritarios y despiadados como el ruso y el chino. Hasta que los tres bloques no empiecen a entenderse y a trabajar juntos, no se den cuenta de que están obligados, moralmente, a colaborar por el bien de la humanidad, no podremos decir que este mundo sea otra cosa que el peor imaginable. Y si no lo hacen pronto es posible que sea demasiado tarde para todos. Pero podemos seguir riendo y haciendo el memo y como que la cosa no va con nosotros, hasta que nos planten una bomba nuclear en las afueras de nuestra ciudad, o hasta que el desastre climático nos deje sin recursos. Será entonces, y sólo entonces, cuando nuestra maldita sonrisa de superioridad y cinismo se nos congele en los labios.

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Es para volverse loco

Si lo pensamos bien, lo es. Lo que sucede es que creo que no lo pensamos bien.

Vivimos en una roca que se formó hace algunos miles de millones de años, y que de tanto dar vueltas sobre sí misma y alrededor de otros objetos y a través de la galaxia, se ha hecho prácticamente esférica. En realidad es como una especie de peonza que flota en un espacio vacío: somos tan diminutos que no nos damos cuenta, pero es un objeto que no deja de girar sobre su propio eje a una gran velocidad (más de mil kilómetros por hora), y alrededor del Sol, además de otros movimientos (como el clásico cabeceo de una peonza equilibrando su giro…) que hace mucho tiempo que tienen lugar y que son esenciales para que en su superficie se haya desarrollado vida compleja… aunque otros planetas tienen exactamente las mismas características y esa vida compleja no se ha desarrollado.

Sería mucho más fácil quedarnos con eso de que la Tierra es plana y estática… seguiríamos con nuestros quehaceres y nuestras rutinas un poco más tranquilos. Pero no, vamos a bordo de una nave espacial de 12.742 kilómetros de diámetro que viaja a través de la galaxia (porque el Sol se mueve, dando una vuelta a la galaxia cada varios cientos de millones de años, arrastrando consigo a los planetas) a gran velocidad, a través de un espacio desconocido. Y eso no estaría del todo mal y a lo mejor tampoco tendría mayor importancia, si nuestra atmósfera y nuestro campo electromagnético fueran virtualmente indestructibles… pero no lo son. En este viaje, en este periplo por el espacio infinito, podemos toparnos con cualquier cosa, con cualquier evento lumínico, energético o gravitacional que destruya el planeta, o por lo menos los seres que viven en él, en un abrir y cerrar de ojos, sin que nuestra tecnología actual, ni la que tendremos en un millar de años, pueda hacer nada para imperdirlo.

En este momento puede haber entrado un planeta gigante, del tamaño de Júpiter por ejemplo, en el sistema solar. Nuestros sistemas no lo verían hasta que estuviese bastante cerca… pero empezaríamos a notar eventos que sugieren que un gran campo de atracción (como el de la Estrella de la Muerte en Star Wars) empieza a hacer de las suyas en nuestro entorno… Existen planetas errantes, no anclados a una estrella, en nuestra galaxia. Miríadas de ellos. En nuestro errar continuo podemos toparnos perfectamente con uno de ellos. A lo mejor ni siquiera pasa demasiado cerca (si pasara demasiado cerca el final sería incluso más rápido), pero con el hecho de que pase a unos ciento de millones de kilómetros ya sería suficiente para desestabilizar el cinturón de asteroides, y mandarnos unos cuantos hacia nuestra órbita, los suficientes como para provocar un «divertido» y aterrador final a nuestra civilización.

Claro, nosotros no pensamos nada de eso. Miramos por la ventana, y vemos nuestro mundo tranquilo (toda la tranquilidad a la que puede aspirar…), estable, ajeno a todo eso. Vamos por la vida pensando en el dinero que tenemos en el banco, en las cosas que nos gustaría hacer, en quien nos gustaría ver y a quién no nos gustaría volver a encontrarnos, en lo que vamos a hacernos de comer y en que la jornada de trabajo no sea demasiado pesada, en si esta ropa que llevo puesta me favorece o me queda regular, en que tengo que llamar a ese amigo al que hace tiempo que no llamo y en que tengo que cuidar mi dentadura, mi piel, mi pelo… Nada de una nave espacial que viaja por el espacio, nada de cataclismos espaciales ni sorpresas desagradables que nos borrarían de la faz de la tierra en pocos segundos. Nuestra mente ya nos ocupa el día a día con cuestiones mundanas, con aspiraciones prosaicas, con problemas de perfil bajo, y lo que tenga que pasar, pasará… ¿No?

Pero a mí me gusta dormirme pensando que en ese momento la Tierra sigue girando con calma alrededor del Sol, y que el Sol sigue girando alrededor de la galaxia, y que la misma galaxia sigue moviéndose, llevándonos a nadie sabe dónde. Que todo sigue en movimiento, le pese a quien le pese o aunque no se le quiera dar importancia. Porque por alguna razón todo es movimiento, incluso cuando estamos quietos, aunque tengamos la sensación de que vivimos en un bucle, en un mismo día interminable en el que nada cambia y la humanidad sigue cometiendo las mismas insensateces. Ya nos hemos movido, pese a todo, unos cuantos millones de kilómetros más, hacia donde sea que nos dirijamos, y eso tiene que ser algo positivo.

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Influencers sin fronteras

Venga, ahora toca ser un poco carca. Un poco momia, un poco señoro. Un poco retrógrado, un poco rancio. Valga este texto, y otros que pueden ser parecidos, para establecer el hecho de que por mucho que pretenda otra cosa, soy un reaccionario de mente cuadrada que rechaza cosas nuevas y que huele a cadáver. Es decir, algo más con lo que poder meterme caña.

No sé si el lector de estas líneas se ha enterado, pero Leo Messi ha dejado de ser jugador del FC Barcelona. En una operación relámpago, se ha convertido en miembro de la plantilla del parisino PSG. Como no podía ser de otra manera la prensa deportiva mundial se ha volcado en la cobertura de todo este culebrón mediático, y entre Barcelona y París hemos tenido cientos de horas de televisión y radio, cientos o miles de líneas escritas en prensa, sobre el hecho de que el mejor jugador del mundo se haya ido de la supuesta mejor liga del mundo a probar suerte en otro equipo. Pero en mitad de todo este cisco, ¿quién le ha hecho una entrevista, o supuesta entrevista, al astro del fútbol mundial? ¿Algún periodista importante de este país o del otro lado del charco? ¿Algún cronista que lleve veinte años currándoselo delante de un micrófono? Pues no, resulta que el que se ha reunido con él es un tal Ibai Llanos, que para muchos (no para mí, que hasta hace poco no tenía ni pajolera idea de quién era), es casi tan famoso como Messi: una especie de influencer (streamer lo llaman ahora, youtuber o tiktoker, pero influencer creo que engloba a todo este fenómeno). ¿Y qué han dicho los periodistas que llevan currándoselo veinte años? Pues lógicamente: ¿quién es el tal Ibai y qué coño pinta aquí?

Hace pocas fechas Jordi Évole le dedicó un programa al tal Ibai, para luego decir que es un «comunicador brutal». Yo creo que Évole, que es un tipo muy listo aunque un periodista un tanto sobrevalorado, simplemente se ha dejado llevar por este fenómeno que ha venido para quedarse, y no tengo muy claro que significa eso de «comunicador brutal». Sea como fuere, Ibai Llanos es otro Rubius, otro de estos influencers que no han hecho otra cosa en su vida que jugar a videojuegos, comentarlos en las redes sociales y en sus canales, conseguir millones de seguidores que quisieran hacer exactamente lo mismo que hacen ellos (jugar a videojuegos y hacer bromas), hacer amigos por todas partes (amigos… contactos, para entendernos) para conseguir patrocinadores, comenzar a ganar indecentes cantidades de dinero por no hacer nada, y como todo esto de la fama es una bola de nieve que se retroalimenta a sí misma, llega el día en que Messi se larga del FC Barcelona y en lugar de conceder una entrevista a la Cope o a una cadena argentina, decide reunirse cinco minutos con Ibai. Y lo hace, simple y llanamente, porque a Ibai le siguen 6,5 millones de personas en Youtube y 7,1 millones en Twitch, y porque así sus palabras pueden llegar a más gente. Y el que se piense que es porque ha llegado un «nuevo periodismo» que reflexione un poco.

Y en cuanto a la susodicha entrevista… ¿de verdad fue una entrevista? Algunos que se han hecho profesionales de dar el coñazo en las redes las 24 horas del día los 365 días del año, entre ellos no pocos periodistas que se han cansado o no consiguen su hueco en los medios tradicionales, dicen que esto demuestra un cambio de paradigma. Pero el único cambio de paradigma es que las entrevistas ahora no sean entrevistas. El tal Ibai le hizo un par de preguntas a Messi de las que nadie se enteró porque no había micrófonos, y fueron del estilo de ¿hola, qué tal?, ¿cómo te va? Nada más. Si en el siglo XXI se ha inventado la narrativa sin ficción, no podía faltar la entrevista que no es entrevista, sino colegueo. ¿Pero qué se podía esperar de un tipo que se ha hecho famoso y multimillonario por comentar partidas de videojuegos (con mucha verborrea, no digo que no, pero escaso ingenio, las cosas como son) como el que comenta un partido de fútbol? ¡No te enteras, Massanet, esto es el futuro, esa actividad tiene millones de seguidores! … Pues muy bien, también tiene millones de seguidores el toreo, el terraplanismo y el reggeaton, y sigo pensando lo mismo.

Fenómenos como el Ibai, o el Rubius, y muchos otros de este país o de otros países, existen porque el internet los ha hecho posibles y al internet acuden cientos de millones de chavales semianalfabetos que no tienen otra cosa que hacer en todo el día que jugar a videojuegos, ver vídeos absurdos y comentar estupideces. Eso es lo que ha conseguido este gran invento del internet: hacer multimillonarios a chavales menores de veinticinco años que se han convertido en las estrellas mediáticas de una generación por estar sentados en su butaca, con un mando y unos cascos. Así se quieren ganar la vida muchísimos niñatos de quince o dieciséis años… ¡y es normal! ¿Por qué iban a querer hacer otra cosa? ¿Jugar a videojuegos y ganar pasta? El paraíso. Pero esto no es de ahora. Ya era yo un chaval y conocía a alguno que otro, con mucha labia y mucha jeta, que ya apuntaba maneras y que podía haber sido otro Ibai u otro Rubius, pero quizá no tuvo la suerte de poder serlo… ¿Quiere el lector saber de qué van los videos de este individuo en su canal de youtube?: de preguntas picantes, de regalos de cajas misteriosas, de invitados sorpresa (gente famosa, obviamente), de probar dulces, de regalar 500€ al que le haga reír… es decir de cuestiones verdaderamente fascinantes que por lo visto embelesan a la tropa y que tienen cada uno varios millones de visitas. Bravo.

Y dirá el lector: ¿y a ti esto por qué te molesta? No me molesta que la gente se haga millonaria haciendo el imbécil, ahí tenemos a presentadores, escritores y futbolistas haciéndolo desde hace mucho tiempo y supongo que estarán haciéndolo mucho tiempo más. Lo que me molesta son dos cosas: que no se llame a las cosas por su nombre y que se claven todavía más clavos en el ataúd del periodismo y de la comunicación. Cuando no se llaman a las cosas por su nombre no tenemos más que un mundo lleno de mentiras y falsas verdades, y cuando el periodismo y la comunicación están viciados, controlados por personas que ni saben lo que hacen, ni les importa, ni poseen la menor preparación para ello, y a las que sólo les importa el dinero, resulta imposible romper esa red de mentiras y falsas verdades, y muchas personas no pueden desarrollar un espíritu crítico. He trabajado durante años en sitios webs en los que compañeros y jefes no sabían escribir un párrafo de manera decente ni tenían la menor idea de lo que estaban haciendo, he ido a festivales de cine en los que cronistas de medios importantes preguntaban verdaderas subnormalidades a gente como Zhang Yimou o Robert Duvall. Ahora lo que la gente sigue (y cuando digo gente me refiero a los que tienen tiempo de estar dieciséis horas diarias viendo streaming… es decir gente que no trabaja, es decir adolescentes sin oficio ni beneficio) es a niños grandes que tienen su casa llena de juguetitos de películas y de ordenadores y sillas muy molonas, personas que no tienen la menor preparación en nada pero que son muy simpáticos.

Son a estos, al parecer, a los que se publican libros, porque las editoriales, como es lógico, saben que tienen mucho tirón, y les editan cómics, les hacen documentales (que dan vergüenza ajena), dicen de ellos que son los nuevos creadores, que son creativos-artísticos (juro que eso dicen del Rubius en el sonrojante documental que hicieron sobre su figura). Dicen ellos de sí mismos que son los nuevos creadores, los creadores del presente. Pues muy bien, creadores a los que sólo importa la cantidad de lecturas o descargas que tengan vuestros vídeos. ¿Qué importa el criterio de autoridad, los conocimientos, la exigencia? Todo eso son cosas del pasado. De carcas como yo. Los libros, que los critiquen los booktubers. Las películas, los blogueros sin nada mejor que hacer. Los deportes y la opinión, los influencers de cualesquiera red social. Y ya está. Eso es lo que tenemos. Supongo que cuando se muera F.F. Coppola (ojalá que eso pase dentro de veinte años o más, y que para entonces tengamos una nueva película suya, al menos) tendremos que leer o que ver lo que diga uno de estos influencers, y cuando Cormac McCarthy pase a mejor vida que nos informe un booktuber de esos. Unos y otros se siente más autorizados a hablar de cosas importantes que los que verdaderamente son conocedores del tema, de modo que nos hablarán de sus carreras y de su arte mucho mejor que un rancio crítico de cine o que una de esas momias que saben algo de literatura ¿No se supone que van a sustituir al viejo periodismo y a los que salen por ahí hablando de lo que saben? Pero antes de eso convendría que hicieran otra cosa: que sacaran de alguna parte un poco de sentido del ridículo. Aunque eso no lo encontrarán ni invirtiendo en ello todos los millones que han conseguido gracias a los seguidores menos exigentes del mundo.

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