El fuego que late en ‘La vie d’Adèle’

La cosa narrativa ha de dejar cicatriz, y cuanto más profunda y terrible mejor. De lo contrario es un juego, una bagatela, una chuchería. Existen novelas y películas cuyo único objetivo es hacer que el espectador se sienta mejor consigo mismo, o se sienta más inteligente, cuando en realidad sale con el mismo nivel que tenía al entrar. Esas piezas no son en realidad narrativa per se, porque o bien son grandes mecanos, montañas rusas, parques de atracciones, videojuegos… o bien son manuales de autoayuda. Este es el caso de la mayoría de las películas y de las novelas…

…pero existen otras. Películas o novelas que no quieren ser ni chucherías ni manuales de autoayuda, sino que se toman en serio a sí mismas y sobre todo al espectador. Que no tienen miedo de resultar una experiencia dolorosa, incluso catártica. Esas son las más valiosas, lógicamente, incluso en aquellos casos en que tal experiencia resulta fallida, total o parcialmente. La narrativa no es más (ni menos…) que un sofisticado artefacto cuya razón de ser consiste en levantar una segunda realidad ante los ojos (o en la mente, que viene a ser lo mismo) del lector/espectador, con expresividad y verdad irrefutables en su lógica interna. Viene a ser una segunda vida, una vida paralela, la vida que late en la ficción, que paradójicamente, en las obras maestras late con una fuerza que en la vida real, la nuestra, no se da, o no somos capaces de percibir casi nunca. Para eso existe la ficción: para darnos una experiencia absoluta de la que carecemos en nuestra experiencia operatoria. Y pocas películas existen con una energía, con un fuego, comparable al de ‘La vida de Adèle’, del realizador franco-tunecino Abdellatif Kechiche.

No es de extrañar que en lugar del título de la novela gráfica en que está basada, ‘Le bleu est une couleur chaude’ (El azul es un color cálido), haya sido renombrada con ‘La vida…, porque es de vida de lo que estamos hablando, de lo que siempre hablamos, aún sin saberlo muchas veces, cuando nos referimos a grandes obras literarias o cinematográficas. Y la vida de Adèle es no solamente una que merece la pena ser contada, sino una que merece la pena ser experimentada. Tres horas del cine más luminoso y terrible que hemos visto en mucho tiempo en los que absolutamente siempre la tenemos a ella en pantalla, compartiendo plano con Emma, con otros personajes, o en soledad la mayoría de las veces. La cámara se entrega al rostro hermoso, al principio simplemente atractivo y luego sensual, de la protagonista, y se detiene en cómo mira y en lo que ella mira. Y lo que más mira, y con mayor incandescencia, es a Emma. Juntas forman un dúo trágico como no se ha visto en el cine, y no es de extrañar que la Palma de Oro otorgada a la película fuera a las manos de Kechiche pero también a las de las actrices Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, co-creadoras absolutas de esta obra maestra.

Pero la película comienza y concluye con la voraz, vehemente, poderosa Adèle. Casi da la impresión de que desea a Emma, tras unos insatisfactorios escarceos heterosexuales, por ser lo prohibido, por tratarse de algo que escapa a su comprensión, del mismo modo que la engaña, años después, por no verse satisfecha de nuevo, más que por una necesidad o un impulso suicida de volver a estar con un hombre. Adèle ama con fiereza y actúa de manera impulsiva, sin entenderse del todo a sí misma ni aquello que está experimentando. Tiene relaciones sexuales del mismo modo que come y bebe, de la misma manera que baila y mira, observando todo lo que rodea con la inocencia de un niño (termina siendo maestra infantil) y con la gula y el apetito de quien posee en su interior un agujero negro que todo lo traga sin que en ello medie el sentido común o una inteligencia abstracta. Adèle es un animal, una fuerza de la naturaleza, y esa es su tragedia. Kechiche se sirve de ella para reflexionar sobre el sentido de la predestinación, un tema del que les habla el profesor de literatura en una de las primeras secuencias de la película.

Es por eso que gran parte de las tres horas que dura la película (que se hacen cortas) están dedicadas a observarla a ella: comiendo, durmiendo, teniendo sueños eróticos, hablando, mirando (sobre todo observando aquello que le interesa… que está conformado por una gran variedad de cosas), caminando, trabajando, estudiando, pensando corriendo para no perder el autobús, besando, follando. Se diría que Kechiche, consciente de la gran belleza física de Exarchopoulos, se ha quedado tan fascinado por su personaje como quiere que nos quedemos nosotros al ver sus imágenes. El fuego que late en la película tiene que ver por supuesto con la cámara y el montaje de Kechiche, pero sobre todo con la intensidad y belleza (esta vez interior) de su personaje, que está tan vivo como cualquier persona de la realidad operatoria, y que gracias al cine podemos conocer en sus intimidades más escabrosas y terribles. En ese proceso de fascinación queda excluida, por suerte, cualquier clase de idealización, y finalmente nos quedamos con una Adèle rota, extraviada, desahuciada de sí misma… patética. Sin entender del todo qué es lo que ha pasado en su vida, pero nosotros sí podemos entenderlo…

Se equivocan del todo quienes ven en esta película una especie de oda al colectivo LGTIBQ, y también aquellos que encontraron en las crudas y explícitas imágenes sexuales de la película un supuesto empleo de lo morboso para conseguir comercialidad. ‘La vie d’Adèle’ no es ni una cosa ni la otra, sino una tragedia en imágenes y sonidos que por lo visto los estructuralistas para los que el cine no es otra cosa que una colección de técnicas narrativas no han sabido ni querido (que viene a ser lo mismo) valorar en lo que se merece. Pero pocas veces el cine contemporáneo ha golpeado al espectador más avezado con esta intensidad emocional, y con esta luminosidad compositiva, con esta capacidad de sugerencia y con un montaje más perfecto. Es cine que deja cicatriz, y de las más lacerantes que se recuerdan.

4 comentarios en “El fuego que late en ‘La vie d’Adèle’

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