Lo que no es narrativa

Cuando empecé a investigar qué demonios es el cine, no tenía ni idea de nada. Fui a dos escuelas de cine, y tampoco aprendí mucho más. Pero algunas clases y profesores de la segunda de esas escuelas me incitaron a continuar aprendiendo e investigando. Y con la literatura ha sucedido algo parecido, pese a que no he ido a ninguna escuela. No hay escuelas para aprender literatura, pero sí hay un camino para aprehender qué es la literatura. Luego empecé a escribir en varios medios y ya han pasado casi veinte años de eso… veinte años en los que creo que he logrado establecer una suerte de sistema de ideas en torno a la narrativa, que es lo que a mí me interesa, lo único que realmente me interesa. Y ahora que tengo más o menos claras las cosas, me pregunto qué es lo que los críticos (la mayoría de ellos erróneamente, a mi parecer) considera que es la narrativa y el modo de valorarla, jerarquizarla y criticarla.

Digamos las cosas como son: el noventa y nueve por ciento de las novelas y películas que vemos no son narrativa, son otra cosa. Esto no significa que sean algo necesariamente “malo”, pero desde luego no son arte narrativo, y es misión principal del crítico literario o cinematográfico dejar clara la diferencia y establecer lo que es y lo que no es verdadera narrativa, verdadero cine o literatura. A menudo se habla de ese concepto bastante engañoso y falso de la “alta cultura”, o de ese otro de “alta literatura”. Son conceptos elitistas que inducen a error y que no tienen nada que ver con lo que intentamos desentrañar. No hay alta literatura (como tampoco hay literatura infantil), sólo hay literatura. Y por cierto que aunque se engloben en ese término (en la prensa y los medios) ni la literatura ni el cine tienen mucho que ver con la cultura. La literatura y el cine son superiores e irreductibles a la cultura (Maestro dixit). Es trabajo de la crítica analizar cuánta literatura hay en un libro (mucha, poca o ninguna), y cuánto cine hay en una película, y me parece que la mayoría de la crítica no hace nada de eso.

Insisto, la mayoría de las películas y novelas que se estrenan y que se publican no son cine ni literatura. Son otra cosa que podríamos llamar “artesanía del entretenimiento” y que en ciertas ocasiones puede ser muy defendible, porque a menudo está muy bien hecha. Es más, en bastantes ocasiones está mejor hecha (superficialmente hablando) que algunas obras de arte narrativo, desde un punto de vista técnico o tecnológico, pero no es arte narrativo. Dos ejemplos que creo que son buenos en este sentido son la película ‘Schindler’s List’, de Steven Spielberg, y la novela ‘Los pilares de la Tierra’, de Ken Follett. Película y novela muy famosos e incluso prestigiosos, que técnicamente están muy bien hechos, pero que no son ni gran cine ni desde luego gran literatura. De hecho, en el caso de la novela de Follett no es literatura en absoluto, sino un habilidoso mecanismo que parece narrativo sin serlo. Ambos ejemplos son paradigmáticos de una concepción de lo narrativo basado en entretener al público, en tenerlo de buen humor, en proveerle de un relato histórico que parece verdadero, en regalarle una montaña rusa o un manual de autoayuda con el que sentirse mejor consigo mismo.

Nada de eso es narrativa. La narrativa no es entretenimiento sin más, aunque puede y debe ser muy entretenida… o por mejor decir debe ser interesante, atrayente. Pero su fin no es el entretenimiento de la gente. Si lo es entonces estamos en los terrenos de la “artesanía del entretenimiento”, que tiene como objetivo simplemente ganar dinero divirtiendo a los lectores/espectadores. Pero la narrativa es otra cosa, mucho más importante. Se trata de un artefacto altamente sofisticado que levanta otro mundo, un segundo mundo, ante nuestros ojos (ya sean los ojos físicos, o el ojo de la mente), con la suficiente solidez y expresividad, hasta el punto de que para nosotros, una vez aceptamos entrar en lo que se nos propone, ese segundo mundo no tiene nada que envidiar a este. En ese segundo no hay interpretaciones de los actores, ni hay una estructura detrás, ni una intención… al menos aparente, pues su lógica interna es absoluta, y en el caso de las grandes obras maestras, se configuran con unas reglas del juego únicas y exclusivas para sí mismas. Este artefacto nos proporciona una experiencia absoluta y totalizante de una intensidad que no conocemos, salvo en casos muy extremos, en la realidad operatoria, que es la nuestra. Ese espejo que es la ficción no es nuestra realidad reflejada o deformada, sino una puerta a otra realidad tan rica y atractiva como la nuestra… o incluso más. Eso es la narrativa, es otra narrativa que debemos implementar a la nuestra.

Las narrativas lo son todo, aunque no lo sepamos. Todos llevamos dentro una narrativa: me voy a morir solo y olvidado, tengo que trabajar, he de encontrar la felicidad, ha de existir alguien que me ame tal cual soy, la Tierra es plana, la Tierra es el centro del Universo, Dios me ama, soy la persona menos interesante del mundo, nadie me comprende, el universo confabula contra mí, el mundo es un paráiso, el mundo es un infierno, y un larguísimo etcétera de narrativas que los demás no pueden conocer, ni siquiera vislumbrar en una pequeña parte. Pero al confrontarnos con otra narrativa, esta vez de ficción absoluta, nuestra narrativa queda temporalmente destruida, y vivimos otra, ya sea en un libro o una película… entramos como en una especie de sueño o de catarsis, y al regresar de ese viaje nos damos cuenta, incluso el más tarugo de los espectadores, de que esto de aquí, por mucho que sea una realidad operativa, no es más que otra narrativa… y al ver esa otra y confrontarla con la nuestra sabemos, en algunos casos, que no estamos tan solos como creíamos pues otras personas, incluso de ficción, experimentan cosas parecidas a las que hemos experimentado nosotros, porque podemos por fin acceder a la narrativa (el tiempo y espacio narrativos) de otros caracteres, tan vivos como nosotros, ¡por mucho que sean de ficción! Ya no estamos solos, nunca lo estuvimos, y ya la muerte o el sufrimiento no parecen tan importantes… ¿Puede hacer algo de eso la industria del entretenimiento? En absoluto. ¿Puede proporcionarnos otros puntos de vista, imbuirnos del espíritu de otra persona, hacernos comprender el dolor y la búsqueda de los demás, que es el nuestro, elevarnos a otro territorio muy alejado de nuestro ombligo? Imposible.

La mayoría de las novelas y de las películas están hechas, fabricadas y vendidas para ganar dinero. Esto es así, y es normal. Una película requiere una gran inversión, pero una novela también. Un dinero que pueden no recuperar. Ellos también se juegan mucho y suelen ir sobre seguro. Por eso la mayoría de las veces no van a querer producir o publicar narrativa. La narrativa es tóxica, dañina para el status quo. Despierta a la gente, le proporciona de una mente crítica. Se contentan con entretener a la gente y quizá ganar mucho dinero con ello, y bastante tienen con eso. Pero hay ciertas películas y ciertas novelas que nacen, que surgen, casi pareciera que ex-nihilo, que vuelan por encima de las otras, más pedestres, como si las segundas se arrastraran por la tierra y las primeras volaran por la estratosfera… Volvamos a ‘Schindler’s List’ de Spielberg y a ‘The Pillars of the Earth’ de Follett. Existen directores y novelistas tan listos, tan hábiles, que pareciera que hacen un arte exquisito, cuando en realidad lo que hacen no tiene nada que ver con arte narrativo o con literatura. Hay que reconocerles sus méritos. Consiguen epatar, incluso emocionar brevemente. Algunos dirían que dan gato por liebre, pero en realidad dan aquello que prometen: una montaña rusa emocional, una literatura llena de detalles con los que el lector puede sentirse más inteligente por un rato. Y no todas son alegres o con finales felices, pues algunas tienen una considerable dosis de dolor o de oscuridad en su interior, y pueden acabar incluso bastante mal, como ‘American History X’, pero no son narrativa. No hay en ellas verdadero dolor… no hay en ellas verdad.

Ken Follett es uno de los novelistas más ricos del mundo, y Spielberg uno de los directores más famosos y poderosos (además de rico, claro). Lo que Follett hace en ‘The Pillars of the Earth’ es digno de encomio: una laboriosa estructura pseudo-narrativa con la que cuenta la construcción de una catedral en el siglo XII, escrita con prosa funcional, con decenas de personajes y situaciones muy bien engarzadas entre sí. La obra de un profesional consumado. ¿Y qué decir de ‘Schindler’s List’? Con ella Spielberg quiso quitarse de encima la etiqueta de director comercial y fácil y hacer una película importante, y lo consiguió: la crítica a sus pies, siete óscares de la academia de su país, la aceptación casi universal del público… y está magníficamente hecha. Liam Neeson está estupendo y Ralph Fiennes está enorme. La fotografía y el montaje son excelsos: ni un corte fuera de lugar o menos estudiado que el resto, ni un solo plano que no sea una obra de arte en un blanco y negro primoroso… pero ni ‘The Pillars of the Earth’ es literatura per se, ni ‘Schindler’s List’ es la obra maestra que quiere ser (tiene buenos momentos pero tiene otros lamentables…). ¿Cómo es posible?

Prácticamente cualquier obra que sea fácil de ver o leer para el espectador/lector no puede ser narrativa de altura, y esto no tiene nada que ver con el elitismo, sino con la misma naturaleza de la narrativa. Sin extrañamiento, sin dificultad, sin aspereza, no hay narrativa. Se trata de entrar por una puerta ante la que no hay marcha atrás, no de un paseo por el campo. Existe narrativa con finales luminosos (‘Spider-Man: into the Spider-Verse’, ‘It’) pero al final lo que nos espera a todos es la muerte y el olvido, o como mucho vagar eternamente entre sombras… Y lo sabemos ¿por qué iba a ser diferente la narrativa, que es un artefacto que trata de crear (no recrear) la vida? ¿Cómo va a ser un paseo agradable escalar los himalayas de la narrativa? Ha de ser arduo, duro, incluso terrible y desesperante. Es parte del proceso. Sin lucha, no hay conquista (Buñuel dixit). Lucha por parte del creador (para encontrar su voz, para tener visibilidad en un mundo en que la narrativa, como es lógico, tiene pocos espacios de libertad) y por parte del receptor. Y cuando por fin esas obras especiales, en las que la narrativa es la médula de su construcción, ven la luz, es imposible no percatarse de ellas, precisamente porque a muchas personas no les gusta, no las entienden, las detestan, les hacen sentir mal consigo mismo, remueven los mismos cimientos de la realidad. Esa es la capacidad de lo poético, entendido no como versos (que también), sino como una realidad que no se rige por las leyes de la causalidad sino por las de la una mezcla entre mística y racionalidad pura.

Sólo así pueden entenderse cosas como ‘Mientras agonizo’, ‘La montaña mágica’, ‘Moby Dick’, ‘Don Quijote de la Mancha’, ‘The New World’, ‘The Godfather’, ‘Gritos y susurros’, ‘Nostalghia’, ‘Blue Velvet’, ‘Ran’… Literatura y cine en estado superlativo, arrollador, irrefrenable que vuela muy por encima de la estratosfera, y que convierte a casi todo lo demás en entretenimiento para lectores/espectadores poco exigentes.

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