Infiernos y narrativas: Juguemos al ajedrez

Cuando eres un niño, el mundo es tuyo. Tú pones las reglas, y por ello esos años de la infancia pueden ser lo más importantes e inolvidables de tu vida. Cuando te haces un muchacho las reglas del juego cambian, pero seguramente aún prevalece en ti una idea de que el mundo es un lugar habitable, justo y en el que rige cierta armonía. Cuando te haces adulto depende de tu valentía, de tu capacidad de observación, y de tu espíritu crítico, para seguir siendo un niño, o un muchacho, o para ser de una vez una persona que sea capaz de enfrentarse a la realidad. ¿Y cuál es la realidad? ¿Que vivimos en un mundo, occidente, en el que pese al feroz sistema capitalista nos movemos dentro de las líneas de la democracia más avanzada? ¿O que precisamente por ser un sistema capitalista la democracia es de muy escasa calidad?

La verdadera realidad es que el mundo entero, desde el país más grande al más pequeño, es un inmenso tablero de ajedrez. Y en ese tablero, sólo los más poderosos (Estados Unidos, Reino Unido, China, Rusia… muy pocos más) mueven ficha. El resto somos meros espectadores de esa partida (complacientes o no), en el mejor de los casos, y piezas reemplazables, en el peor de ellos.

Hace pocos días Estados Unidos ha retirado sus últimas tropas de Afganistán después de veinte años de presencia en el país. Acto seguido, sin esperar ni siquiera una semana de cortesía, las hordas talibanes se han hecho con el control del país en una operación relámpago ante la que el gobierno títere no ha tenido ni la menor oportunidad de resistencia. Ahora, dos décadas después de que con la excusa del 11-S, los yanquis se presentaran en el país pegando tiros, los fundamentalistas vuelven al poder más envalentonados que nunca, lo que significa que ciudades que una vez fueron prósperas y modernas, como Kabul, regresan a un estado prácticamente medieval, en el que los señores de la guerra hacen y deshacen a su antojo, en el que no cabe ni la menor disidencia, en el que hay asesinatos selectivos en las calles, y en el que la mujer va a perder todos los derechos arduamente logrados durante muchos años.

Claro, estamos todos escandalizados de que algo así pueda suceder en pleno siglo XXI. Pero la única razón de que esto ocurra, o por mejor decir, las dos razones de que tal desastre humanitario tenga lugar, son las siguientes: que Afganistán es un país muy pobre, y que está situado en un enclave de gran importancia estratégica. Afganistán es como Palestina, Cuba, Haití, Panamá, Taiwán o Marruecos: una casilla clave en esta locura de mundo que las élites han construido para su beneficio. Y como tal casilla, va a ser utilizada por los países más poderosos, bien para ocuparla, bien para desocuparla, según sus propios intereses. Biden, que en lo único que se diferencia de Trump es que dice menos idioteces que él, lo ha dejado cristalino: “nunca fuimos a Afganistán a crear una democracia, o ayudar a los afganos, fuimos para luchar contra el terrorismo”. Más claro, agua. Bueno, en realidad no. Se agradece la sinceridad de Biden, pero incluso en esa sinceridad se esconde una mentira: no estás veinte años en un país luchando contra el terrorismo, sino aparentando que lo haces… mientras ocupas un enclave muy cercano a la esfera de influencia de Rusia. ¿Hace falta hacer un croquis? Si ahora se han ido es porque consideran, por la razón que sea, que les beneficia a ellos, y si los talibanes toman el control les importa una mierda.

¿Por qué iba a importarles? ¿Alguien cree que un imperio depredador como el estadounidense actúa por altruismo con los más desfavorecidos de los países? Sucede igual que con el rey de Marruecos, cuando envía a cientos de desesperados a través de la frontera para crear una crisis migratoria con España, o con los líderes sionistas, cuando asesinan a cientos de niños, o con Rusia o China, que seguramente serán los que apoyen a las milicias talibanes cuando se queden sin recursos… No lo hacen por odio, o porque estén de acuerdo con ellos. Sino porque les beneficia de alguna manera en su partida de ajedrez, y toda la pobre gente de Palestina, de Marruecos, de Afganistán, son peones de esa partida, y su sufrimiento, su desesperación o su muerte no tiene la menor importancia.

¿En qué clase de mundo se cree la gente que vivimos? Mientras la población es arrasada en países como Afganistán o Palestina, otros ríen y cantan y beben, en este país y en cualquier país. ¿Alguien va a hacer algo con las mujeres afganas? ¿Alguien va a declararle la guerra a los talibanes para ayudarlas? Sería, probablemente, la causa más justa para declarar una guerra. Pero las guerras no se declaran por eso, sino por intereses económicos, disfrazados de supremacía, de ofensas tribales, de excusas políticas. Este mundo, este en el que vivimos actualmente, en el que algunos países, como España, existe con tranquilidad, es el peor mundo imaginable. El peor. Si no importa que miles de niños y mujeres sufran y mueran en países cercanos (por no decir los animales, otro infierno aún peor), no podemos hablar de un mundo próspero, justo ni en el que merezca la pena vivir. Occidente vive en su burbuja, Eurasia vive en otra burbuja (menos mentirosa), y el resto del mundo, que es la mayor parte, no conoce más que guerras, masacres y pobreza. Y aún hay quienes piensan que si tal cosa sucede es porque algo harán mal, o porque se lo merecen, o porque les gusta vivir así.

Y si este mundo no cambia para hacerse más justo es precisamente por la voracidad insaciable, psicópata, de imperios como el estadounidense, y de estados autoritarios y despiadados como el ruso y el chino. Hasta que los tres bloques no empiecen a entenderse y a trabajar juntos, no se den cuenta de que están obligados, moralmente, a colaborar por el bien de la humanidad, no podremos decir que este mundo sea otra cosa que el peor imaginable. Y si no lo hacen pronto es posible que sea demasiado tarde para todos. Pero podemos seguir riendo y haciendo el memo y como que la cosa no va con nosotros, hasta que nos planten una bomba nuclear en las afueras de nuestra ciudad, o hasta que el desastre climático nos deje sin recursos. Será entonces, y sólo entonces, cuando nuestra maldita sonrisa de superioridad y cinismo se nos congele en los labios.

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