¿Quién le ha dado voz a Pérez-Reverte?

Que alguien me lo explique. ¿Quién ha decidido que este individuo sea la voz “literaria” más respetada de España? ¿Por qué en ciertos sectores, y no pocos, se le considera el novelista por antonomasia de este país, y por extensión, como uno de los intelectuales o una de las voces culturales (signifique eso lo que signifique) de referencia en español? Tal cosa cabría preguntarse también de gente como Mario Vargas Llosa o Javier Marías, pero en su caso es mucho más sangrante, muchísimo más paradigmático del tiempo en que vivimos, porque además él es, con gran diferencia, y hasta que sus “jóvenes pistoleros” le hagan un bonito “sorpasso editorial”, el tipo que más libros consigue vender en este país, verdadera superestrella de la editorial Alfaguara. Lo diré sin cansarme jamás: nada en contra de que él, o quien sea, venda muchos libros, haga ganar mucho dinero a su sello, y se forre en el proceso. Que le aproveche. ¿Pero cuándo se ha decidido que sea precisamente este hombre el que deba sentar cátedra sobre conceptos tan importantes, complejos y singulares como el Siglo de Oro o la Guerra Civil Española? Según creo, Ken Follett vende aún más libros que él y no se le considera un intelectual o una voz de referencia en el mundo angloparlante, tan solo un escritor best-seller de libros de historia. ¿Por qué en el caso de Pérez-Reverte se le hace académico de la lengua y un gran sector de la población y de la crítica le tiene a él como a alguien importante?

Pérez-Reverte es muchas cosas, la mayoría muy discutibles, pero ante todo es un tipo muy listo. Y basta con rascar un poco en sus declaraciones y entrevistas para darse cuenta de lo listo y lo astuto que es, como basta con rascar un poco en sus ficciones para revelar el trampantojo que hay detrás. Ha repetido hasta la saciedad que en España se lee poco, que somos un país atrasado e inculto (haciendo suya la Leyenda Negra que han vertido sobre este país durante más de tres siglos), y que aquí lo que hace falta es educación y buenos libros. Que aquí no se lee, vaya. Y bien que lo ha aprovechado, porque él se ha convertido en el escritor paradigma de los que no leen. Tal cual. ¿Quién es el lector medio de este señor, además de los pseudo-críticos y pseudo-intelectuales que se han dejado arrastrar por la corriente? Pues lectores que no están interesados en la literatura, simple y llanamente, que lo que quieren es leer libros que les enseñen cosas de historia, como la historia de España, o las guerras napoleónicas, que posean muchísima documentación histórica, y que estén basados en hechos reales. Nada de ficciones complejas, nada de elitismos de ninguna clase. Aventuras sencillas, enmarcadas en contextos conocidos: la Guerra Civil, la Guerra de la Independencia, la batalla de Trafalgar, o las desventuras del Cid Campeador. Eso es lo que renueva la literatura y lo que atrae a los lectores, lectores que en la mayoría de los casos sólo leen sus libros o libros de gente muy parecida a él. ¿Es listo o no, este señor? Ha llegado, sin la menor formación ni vocación para ello (y no me lo invento yo, lo ha dicho él bastantes veces), ha obtenido lectores no interesados en la literatura a base de chulería y de escribir novelas históricas, y se ha hecho multimillonario. Es para levantarse y aplaudir.

Y además lo ha hecho como reacción a lo que había, arrogándose además la hazaña de salvar la novela “de quienes la tenían secuestrada”. Puede que a veces le de un antojo de falsa modestia y diga que a fin de cuentas él no es más que un periodista convertido en escritor, pero en su mente él es un autor a la altura de Joseph Conrad, fuertemente inspirado además por Alejandro Dumas, un defensor de la cultura europea (sea eso lo que sea), un guardián de las letras españolas y de la esencia de la cultura española, y el único o de los pocos autorizados a escribir sobre la historia de España y sobre la Guerra Civil. ¿Y cómo es eso? Pues nadie lo sabe, pero es así y punto. Escribió ‘Alatriste’ (además de porque había leído muchas veces ‘Los tres mosqueteros’) porque en los libros de historia de secundaria no se hablaba del Siglo de Oro, así que allá que fue él a arreglar el entuerto. Y escribió ‘Línea de fuego’ porque en este país la gente no dice más que memeces partidistas y tendenciosas sobre la Guerra Civil, y porque además él fue durante muchos años reportero de guerra, de modo que está más autorizado para escribir una novela sobre una contienda bélica que el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los plumillas que circulan por ahí. ¿O no? ¿Quién va a decirle que no? ¿Los periodistas que en lugar de entrevistas le hacen masajes por donde quiera que va o que las pocas veces que le ponen un pero obtienen lindezas como un “no me toque los cojones”? Él es un escritor que vende millones de ejemplares en todo el mundo, en decenas de lenguas, un académico de la lengua y un erudito a la altura de Samuel Johnson o Michel de Montaigne. ¿Quién puede cuestionarle? Vive en su mundo construido ladrillo a ladrillo, millón a millón (de euros y de seguidores en twitter), chulería a chulería.

Pero las cosas nunca (o casi nunca) son lo que parecen. Pérez-Reverte no es un fenómeno literario, como a él le gustaría pensar, sino editorial, sociológico, mucho más influido por las películas que ha visto que por los libros que ha leído (veinte mil dice que tiene en su biblioteca particular… ¿para qué?, es imposible leerse veinte mil volúmenes), tal como les sucede a Antonio Muñoz Molina, Juan Gómez-Jurado, Almudena Grandes, Ildefonso Falcones y muchos otros “grandes nombres” españoles; en su caso muy especialmente por los westerns que ha visto, sobre todo de los antiguos, los llamados clásicos, con John Wayne o Burt Lancaster, o de los posmodernos, con Clint Eastwood. De hecho, el propio Pérez-Reverte parece el Eastwood o el sheriff de las letras o de la cultura española. Incluso su forma de escribir (tanto en sus columnas como en sus ficciones, en ambos mundos no hay diferencia de tono) es la de un perdonavidas altivo, pétreo y malhumorado, el icónico pistolero de los westerns, el hombre sin nombre… o incluso el paleto de la barra de bar que después de mirarte de arriba a bajo con desprecio escupe con fuerza contra el suelo. Y no creo exagerar, porque este tipo sabe manejarse como pocos en la barra de bar más grande del mundo: Twitter. Allí se codea con sus compadres, deja que le doren bien la píldora, suelta sus soflamas, prepara sus polémicas de salón aptas para escandalizar/encandilar a los más impresionables, retuitea algunas noticias de perros abandonados y sigue construyéndose ese personaje pétreo, inalcanzable, casi cómico, que él se empeña en ser.

Yo quizá no estaré ahí para verlo, pero dentro de veinte o treinta años creo que la gente se preguntará cómo es que este señor era tan influyente, y sus libros tan leídos. Quizá se planteen que a veces seguimos a personajes bastante rancios y ruines, y que eso constituye todo un enigma sociológico, todo un rompecabezas imposible de desentrañar… o puede que no. Puede que dentro de veinte o treinta años la crítica literaria y la historiografía sigan considerando a Pérez-Reverte como un gran hombre de letras y una personalidad profundamente valiosa. Tal como está el panorama, no me sorprendería en absoluto.

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