El Persiles, o el asombro insuperable de un genio

Persiles como nombre suena a algo proveniente del mundo clásico, ¿no es cierto? No lo es. Probablemente venga de una bastarda, lúdica (como todo lo suyo), ingeniosa mezcla de Perseo y Aquiles, dos semidioses bien conocidos de la mitología griega. Pero desde hace cuatrocientos años es como se llama de manera coloquial, informal, a la última obra narrativa de Miguel de Cervantes, publicada de manera póstuma en Madrid en 1617, y tan desconocida como todas las suyas salvo la célebre ‘Don Quijote’. ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional’ es la cuarta (si consideramos al Quijote como un dúo) novela de Cervantes y en su propia opinión su obra maestra, pero esa opinión no cuenta para nadie. Muy pocas personas han leído este volumen cervantino, y cuando lo leen, críticos incluidos, no terminan de valorarla como se merece. Yo no sé por qué sucede esto, pero lo que sí sé, leyendo el Persiles, es que estamos ante una cumbre de la literatura muy similar en estatura al Quijote, por lo que si los críticos literarios de cualquier parte del mundo no son capaces de verlo entonces es que no son críticos, y ni muchos literarios. Son otra cosa… no sé muy bien yo el qué.

Leyendo esta obra monumental, página tras página, capítulo tras capítulo, me da vergüenza ajena haber considerado como grandes obras ciertas novelas o poemas narrativos en un pasado, y me siento incluso insultado, como lector, como hispanohablante, cuando se nombran muchas otras antes que esta, sobre todo obras teatrales de Shakespeare y otros parecidos, porque como se suele decir no hay color. La belleza, la fuerza, la emoción, la grandeza en los caracteres, la complejidad de la estructura, el torrente de imaginación de esta obra maestra de todos los tiempos deja en pañales no solamente a todos sus contemporáneos, sino también a todos los que vinieron después en una gran mayoría. Yo le diría a cualquier que me defienda (es un decir) a capa y espada títulos como ‘Les misérables’ de Víctor Hugo, o el ‘Faust’ (cualquiera de sus dos pétreas, insufribles partes) de Goethe, o ‘La Fille aux yeux d’or’ de Balzac, y tantas y tantas otras, que se leyeran el Persiles. Que simplemente se lo leyeran, sin más, y no les añadiría nada. Y con un poco de suerte y de intención se darían cuenta ellos de lo que estoy diciendo y de que Cervantes no solamente es el mayor perdedor de la historia de la literatura, sino que lo es precisamente porque es el más incomprendido. Pero ni siquiera eso es totalmente cierto: los grandes perdedores somos nosotros, los lectores.

Decir “los trabajos” en el contexto de la novela y de su realidad histórica es decir “los viajes” o “las peregrinaciones”. Es la peregrinación de dos amantes, Persiles y Sigismunda (llamados durante gran parte de la novela Periandro y Auristela), desde países muy lejanos (la novela empieza en tierras nórdicas) hasta Roma. Una peregrinación que en el panorama contrarreformista de la época a los lectores les sonaba como muy cristiana y muy trágica, pero que en realidad es una broma más, una trampa más de las miles que sembró Cervantes en su obra y en su vida. Ambos amantes, que se fingen hermanos ante los demás, viajan a Roma con el único objetivo de casarse y de gozarse mutuamente, es decir, de tener relaciones sexuales. Todo lo demás les importa muy poco, y mucho menos formar parte de un mundo cristiano y sacro en el que ni el propio autor creía. Es, por tanto, novela bizantina o de aventuras, y de las primeras y probablemente la más completa y perfecta que se ha escrito (teniendo en cuenta que El Quijote no es novela bizantina, sino que son casi todos los géneros de novelas juntos en un libro de libros), hasta el punto de que muchos reescriben el Persiles sin haberlo leído. En su viaje interminable conocerán a decenas de personajes con los que se cruzarán y compartirán parte de su peripecia, y todos ellos contarán su propia peripecia, en una suerte de retablo inmenso en el que te preguntas hasta donde puede llegar el genio cervantino en la representación de realidades alternativas, tiempos y espacios narrativos, voces y puntos de vista, un mosaico insuperable de tonos, réplicas y contrarréplicas que te apabulla y te pasa por encima hasta dejarte para el arrastre…

Después de leer el Persiles te lees por ejemplo ‘Nuestra señora de París’ de Hugo, y tienes la sensación de haber bajado no varios peldaños, sino un tobogán gigante hasta la medianía más absoluta. No exagero ni por un segundo. La persuasión, la belleza inefable de los diálogos y las situaciones y las soluciones narrativas cervantinas, quedan sustituidas por la habilidad de los escritores más renombrados del dieciocho o diecinueve, que a su lado parecen meros malabaristas comparados con el prestidigitador más grande de todos los tiempos. Incluso leyendo las tan alabadas obras shakesperianas, en las que el llamado baro de Avón hace gala de toda su superchería y de toda su engolada palabrería, percibes que nos han engañado, que la crítica histórica no ha estado (casi nunca está) a la altura de las circunstancias, porque para verborrea y diálogos y monólogos insuperables los de Cervantes, para pasión literaria la de este hombre que aún olvidado e ignorado por sus pares, aún en la sombra de la muerte próxima, se entregó a la creación de esta novela genial que todo el mundo ha leído aunque no quiera ni le interese leerla, porque en ella se encuentra el ADN de todas las novelas de aventuras, de todas las grandes sagas que estuvieron por venir, y es que este hombre irrepetible, incluso en su lecho de muerte, o por mejor decir, incluso ya en la tumba, dio las lecciones literarias definitivas a las letras occidentales, y cuatrocientos años después todavía nos estamos enterando de lo que hizo.

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