La ficción literaria se muere

Se muere, y lo hace con gran rapidez. Iba a decir que a nadie le interesa la ficción, pero empiezo a pensar igual que algunos paranoicos (por tanto empiezo a ser un paranoico…) que sostienen que existen intereses para que esto suceda. Y no, no estoy exagerando ni una coma. Sigan leyendo un poco más, a ver si soy capaz de explicarme con un poco de coherencia.

No puede existir ficción en un mundo en el que ni los profesores de literatura, ni los catedráticos de lengua y literatura, ni los filólogos, ni los escritores, ni editores, ni por supuesto los críticos, investigadores o intérpretes tienen claro lo que es la ficción, ni para qué sirve, ni cuál es su importancia o alcance, ni cuáles son sus materiales en la literatura, o en el cine o en la narración en general, porque tampoco tienen muy claro cuáles son los materiales narrativos, ni consiguen diferenciar lo que es la estética de la poética. Es imposible. Pero tampoco puede existir ficción en un mundo cada vez menos libre, más violentamente sectario, porque la ficción, la grande, es siempre revolucionaria, tóxica con el poder, es la que nos descubre un subsuelo plagado de minas que el lector valiente (no todos lo son…) debe aprender a sortear para acceder a cuestiones complejas que complementan a la vez que niegan el sistema de ideas de la realidad operatoria. La ficción es, pues, un elemento casi terrorista, una crítica social encerrada en una fábula más o menos fascinante. Y eso, me parece, ya sólo puede existir en ciertas series, no todas, en cada vez menos películas y en ninguna novela, por lo menos escrita en este país.

Soy un tipo bastante curioso, bastante impertinente y bastante preguntón, y me paso la vida dando la vara a todo el mundo, a veces incluso a gente que no conozco de nada. Y por supuesto pregunto qué leen y por qué lo leen. A mis compañeros y gente que me rodea, y a gente que acabo de conocer si les veo receptivos. Y si no pregunto, escucho lo que dicen que leen o miro los libros que cargan consigo y que hojean en el metro, en las horas muertas del trabajo, en las vacaciones, etcétera. Y lo que se percibe es que la gran mayoría de la gente lee dos cosas: novelas (o algo así) con una fuerte base histórica, o libros de autoayuda de los que te cuentan cómo ser feliz en veinte días o cómo ser tú mismo en dos semanas, o cosas por el estilo. Si a una persona del montón le preguntas qué libro escrito en español se leería te contesta con total sinceridad que le interesa algo que le enseñe algo de historia, o algo que le cuente una historia real, pero nada especialmente complejo. Con esos libros pueden pensar que aprenden algo y pueden, quizá, sentirse más listos durante los cinco o diez minutos que leen al día. Y yo no sé si esto siempre ha sido así, pero desde luego ahora es así. A los libros extranjeros, especialmente los estadounidenses, se les concede algo más de capacidad fabuladora, son libros “para pasárselo bien”, pero a los nuestros ninguna.

¿Cómo no va a morirse la ficción, y especialmente la narrativa escrita, si además exigimos a los libros que “se lean bien”? Es decir, que su lectura sea ágil, amena y fácil. ¿Desde cuándo una lectura ha de ser sencilla para que el libro sea considerado superior a otros? Un lector inteligente, y aún más un lector exigente, va a querer encontrar novelas y relatos que supongan un reto a su inteligencia y a su capacidad lectora. Tampoco es cuestión de escribir en sánscrito, pero una prosa poética, sugestiva y formalmente arriesgada siempre, absolutamente siempre, ha de valer más que una prosa de oficinista que es la habitual de todos los grandes best-sellerados, sin excepción, que ganan dinero en este país a costa de hundir la reputación de las editoriales hasta niveles nunca vistos y de darle al lector más acomodado exactamente aquello que quiere. Y no contentos con eso, tenemos a una miríada de booktubers veinteañeros, recién salidos de la universidad o aún estudiando la carrera de filología, que se lanzan a dejar vídeos de reseñas literarias, como si a esa edad, y con los libros que ellos reseñan, pudiera ser uno capaz de hacer críticas literarias, por mucha filología que se haya estudiado. Aunque, claro, luego ves las películas que reseñan, y los libros que defienden, y ya lo entiendes todo. Desde luego no se van a poner a reseñar a Thomas Mann… pero sí que son lo bastante osados como para hablar de teoría literaria, o de Shakespeare (nunca de Cervantes… qué casualidad), copiando y modificando las entradas de wikipedia. Niños que no saben lo que es ficción explicando la ficción y la narrativa a otros niños que van a ser tan ignorantes como ellos.

Cuando nadie quiere mirarse al espejo para enterarse de su mortalidad, de su identidad, para percatarse de su lugar en el mundo, de sus miserias, de sus carencias, de sus pérdidas, de sus errores, cuando nadie quiere usar ese espejo para reflejar su búsqueda, su sistema de ideas, su visión del mundo, la ficción se muere, porque ese espejo es, precisamente, la ficción. Y cuando la ficcionalidad deja de tener relevancia no es porque estemos en un mundo mejor, sino en uno mucho peor. Es la concepción de ficción la que nos purga de nuestros demonios y la que nos muestra tal cual somos, en nuestra terrible dualidad, y si no la empleamos, estamos permitiendo que nos devuelvan a una sociedad medieval, en la que los libros eran sagrados y no ficcionales, en la que los dioses eran algo palpable, y no el personaje de una novela, y en la que los mitos y la magia ocupaban el lugar de la racionalidad y el materialismo filosófico. Y la vuelta a ese mundo oscuro y sin salida no es algo que suceda de manera casual, sino que es intencionada, es interesada. Ni la libertad absoluta, ni el amor ni la moral más profundos, existen más allá de la ficción literaria. Sólo pueden existir en ella. Y si nos cierran esa ventana es porque ya nos tienen amarrados, aherrojados y definitivamente controlados. Es porque ya no hay escapatoria.

Pero por lo menos tenemos parques de atracciones y series y videojuegos muy adictivos…

2 comentarios sobre “La ficción literaria se muere

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