El callejón sin salida de la posmodernidad

La posmodernidad es como el reggeaton, una plaga que ha llegado para quedarse, y algunos, creo que muchos, lo lamentamos profundamente mientras otros, no pocos, celebran estar escuchando en la radio o en cualquier bar canciones (si canciones se les puede llamar) de ese tipo a todas horas y todos los días, y la mayoría son posmodernos sin ni siquiera saberlo, y en esa ignorancia viven felices y más que satisfechos.

Dicen que los movimientos culturales, como la posmodernidad, el romanticismo, el idealismo y otros, surgen de épocas socioeconómicas de cuyo pensamiento derivan esos movimientos. Pero es más bien al revés. Son los movimientos culturales los que propician épocas socioeconómicas, ambientes concretos de pensamiento. No es una época la que incuba movimientos, sino que son los movimientos los que gestan épocas. Y lo que parecía que iba a ser algo pasajero, el posmodernismo, ha calado en todos los estamentos sociales, en todas las estructuras de nuestra vida cotidiana, y ha transformado por completo la forma de relacionarnos con el mundo. Nada sucede por azar, aunque tengamos la sensación de que así sea. El posmodernismo, una nueva forma vaciada de idealismo, es la vía directa, sin paradas, a un fracaso artístico, filosófico y tecnológico de gran envergadura, y la rampa perfecta para ideologías totalitarias, fascistas y deshumanizadas.

En el mundo posmoderno, para empezar, todo es ficción. Nada es real. La misma realidad es una ficción mucho más elaborada. Semejante desatino conceptual, semejante majadería intelectual, no se ha conocido en la desgraciada historia del hombre. Tal como le decía Morfeo a Neo en esa pobre película (pero que comparada con sus secuelas era hasta interesante) llamada ‘Matrix’ (1999): «¿Qué es real? ¿Cómo definirías lo real?». No es de extrañar que haya sido precisamente ‘Matrix’, y otras películas por el estilo, las que hayan abanderado este movimiento y este nuevo mundo posmoderno, en el que la posverdad es la norma, en el que nadie dice la verdad sino que todos mienten, en el que cada uno interpreta las cosas a su manera, sin un rumbo o un guía. Es un mejunje ciclotímico de ideas en el que sus practicantes se entregan, sin saberlo, a un consumo desaforado, a una negación del pasado, a una sobreabundancia de información, a un constante y adictivo empleo de las redes sociales. Si de verdad es necesario explicar qué es lo real, tenemos un problema muy grande. No vivimos en una ficción. La ficción es otra cosa, lo que existe al otro lado de la pantalla, al otro lado de la página. La vida y la muerte son dos cuestiones muy reales, pero inmersos en un mundo en el que vemos cuatrocientas películas y treinta series al año, en el que jugamos a videojuegos como si nos pagaran por ello (y a algunos les pagan por ello cantidades indecentes de dinero), no somos capaces de capturar ni la vida ni la muerte en nuestro sistema de ideas.

Insisto, esto no es casual. La posmodernidad es la más grande de todas las mentiras, la más enorme de todas las oquedades. Es la nada disfrazada de «movimiento cultural». Exento de ideales, de perspectivas, el posmoderno sólo está dispuesto a vivir el presente, rinde culto al cuerpo y a misticismos de baratillo. Todo es subjetivo, nada es real. Quién se va a extrañar por tanto de que tengamos ahora literatura sin ficción, entrevistas sin preguntas, películas sin drama (videojuegos)…que la filosofía se haya extinguido, que las universidades hayan quedado obsoletas, que la narrativa consista en los niveles de jugabilidad de una interacción por ordenador. Ahora proliferan autores de libros de todo tipo, pero la literatura escasea. Proliferan creadores de contenidos audiovisuales, pero el cine vuelve a ser una barraca de feria. Todo el mundo comenta libros y películas en páginas y blogs, pero la crítica literaria y cinematográfica nunca estuvo tan poco a la altura de las circunstancias. Y el ciudadano corriente, inmerso en esta ola de posmodernidad, nunca tuvo al alcance de la mano tantos contenidos narrativos, y nunca fue tan analfabeto.

La posmodernidad no es otra cosa que una pataleta: la de los listos y los holgazanes que, sabiéndose embebidos en la época tecnológicamente más puntera de la historia, no tienen que hacer los deberes para parecer que son alguien y que tienen algo. No tienen que conquistar nada, no tienen que esforzarse por nada. Ni siquiera por vivir en la realidad. Todo es subjetivo, todo es relativo, nada es real. Es decir que todo es nada, y todo es la nada. Y los listos de verdad, los que manejan los hilos, los que nos tienen bien cogidos por los genitales, encantados de que esto sea así, de que la gente se crea muy inteligente pero que ande persiguiendo zanahorias y comulgando con ruedas de molino. Hasta que tengamos una cita con la realidad, y nos veamos todos en bancarrota. Así de claro.

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