Análisis: ‘Aliens’ (James Cameron, 1986)

*Comienzo con este largo ensayo una serie de análisis en profundidad sobre las que creo son las obras más importantes y esenciales de la historia del cine, tanto por su complejidad y profundidad, como por su influencia y alcance poéticos, que hacen del audiovisual otra cosa, mucho más alejada del cine de estudio o de formalismos académicos, y mucho más cercana a la literatura o la música. Serán análisis de la obra en su conjunto y en sus partes, renunciando tanto a cualquier atisbo de recalcitrante estructuralismo como a los sistemas de ideas más manoseados de la crítica cinematográfica al uso.

Podría decirse que sólo las más grandes obras, las obras maestras, las obras geniales, las obras verdaderamente gigantescas, pueden sostener, pueden tolerar, un estudio crítico en profundidad. En otras palabras: quizá no sea necesario ni siquiera demostrar que son estas obras las que permiten al intérprete (el crítico o analista) construir una lectura sobre ellas y clarificar y ahondar en sus aristas, en sus núcleos más importantes, como el astrónomo se dispone a investigar en las profundidades del espacio remoto. Pero esto, paradójicamente, también ocurre con algunas obras (no todas, seguramente unas pocas) realmente deleznables, que exigen del intérprete un esfuerzo bastante parecido en su análisis, como respuesta a aquello que ha visto, en una necesidad de demostrar sus abismales diferencias con una verdadera gran obra. Porque en realidad las grandes de verdad demandan de un crítico o investigador ir mucho más allá de una crítica al uso, de un comentario o reseña. Demandan un sistema de ideas, un basamento crítico, mucho mayor, si es que de verdad se les quiere hacer justicia o estar a la altura de las circunstancias, y penetrar con su mirada en los misterios de la pieza genial que se tiene ante sí.

Enclavada en la segunda mitad de los años ochenta, ‘Aliens’ (1986) es, como todo el mundo sabe, la continuación de la película de 1979 dirigida por Ridley Scott, la muy exitosa y también muy reverenciada ‘Alien’. Siete años después, parecía imposible que no tuviera lugar una continuación, que llegó de manos de un director con muy poca experiencia como era el caso de Cameron, quien sólo había estrenado en EEUU (y en muy pocos sitios más) su filme de debut (si excluimos la desastrosa experiencia de ‘Pirañas 2’…), una obra también genial que analizaremos aquí en su debido momento: ‘The Terminator’ (1984), cuando tomó las riendas de este complicado proyecto y lideró el equipo que iba a filmar la segunda parte en los estudios Pinewood, en Inglaterra. Scott, que ya era un director consagrado, renunció al proyecto y obligó a la Fox y a la Brandywine, la productora asociada, a buscar un reemplazo nada sencillo. Tenían, eso sí, un borrador que los ejecutivos consideraban tenía grandes posibilidades, escrito por un tal James Cameron, un desconocido que acababa de filmar una película de bajo presupuesto. ¿Por qué no darle a él la silla de director? Ya habían renunciado a hacer un filme “de autor”, como decían que era la primera película, por mucho que en realidad se hubiese tratado de una apuesta abiertamente comercial. ¿Por qué no producir un filme más de acción, de los que tanto se llevaban en esa década tan marcada por la administración Reagan, con la excusa de hacer una secuela de tan prestigioso filme de terror? Lo que no entraba en los cálculos de absolutamente nadie, y menos aún de muchos de los colaboradores del director, es que la segunda parte fuera ampliamente superior a la primera, que trascendiera con mucho los límites genéricos que se le presuponían, y que su influencia fuera tan enorme en el cine de género posterior.

Los rasgos de un filme excepcional

Se impone entrar en materia, y hacerlo sin más rodeos. ¿Qué hace de ‘Aliens’, un filme en principio pensado como divertimento de acción, como gran espectáculo de masas, una obra tan gigantesca, tan excepcional? En primer lugar el hecho de que se trata de la fusión perfecta (la más perfecta que conoce el que suscribe estas líneas) de tres marcos genéricos esenciales: el Bélico, la Sci-fi, y el Western. El Western no comprendido como el que habitualmente se conoce al género Histórico que transcurre en la colonización de los Estados Unidos, sino al relato de frontera y supervivencia. El bélico comprendido en su máxima expresión: la narración de hechos y estrategias de guerra. La Sci-Fi no como una space-opera tipo ‘Dune’ o ‘Star Wars’, sino como un relato de especulación científica. El instinto, el talento enorme que es necesario para fundir los tres marcos y volverlos uno solo, sería suficiente para elevar este filme a la estratosfera. Ahora bien, ‘Aliens’ consigue otra cosa: convertirse en una narración de poderosa consistencia lírica, casi onírica, algo impensable en un filme de estas características. Es un indicio que debe avisar a cualquiera que quiera encontrar los pasos de un verdadero artista, cuando ese supuesto artista coge un género y lo transforma para siempre. Y es un indicio del instinto de un gran artista cuando en realidad toda la tramoya, todo el aparato argumental, no es más que una excusa para indagar en razones plenamente poéticas y transgresoras, que sirven de base para una visión al mismo tiempo trágica y plena de la vida. Y todo esto lo consigue Cameron con creces en su segunda película, un filme nacido a lo que parece de puro instinto, narrado con imágenes torrenciales, con energía arrolladora, con una vehemencia absoluta por los personajes y la verdad que electrifica a esos personajes, los galvaniza hasta hacerlos más vivos, más verdaderos, que personas de carne y hueso en la vida real.

Por eso puede sorprender empezar este compendio de análisis cinematográficos con una película que a simple vista es de tiros, monstruos y naves espaciales, y no con ‘Gritos y susurros’ (‘Viskningar och rop’, Bergman, 1972), o con ‘Un condenado a muerte se ha escapado’ (‘Un condamné à mort s’est échappé ou Le vent souffle où il veut’, Bresson, 1956) o con ‘Nostalgia’ (Tarkovski, 1983). Al final, unas y otras, las obras maestras, conforman un universo que es a la vez único e intransferible, pero también relacionado, concurrente, con el de las otras obras maestras, viajando todas ellas en esa estratosfera aludida, compartiendo una misma vibrante, inefable energía, con la que se erigen como visiones perfectas, esféricas, del mundo, y como espejos insuperables de la naturaleza humana, dando lugar en sus imágenes, que se elevan por encima del suelo, a una vida más vívida (valga la redundancia) que la de la realidad operativa. Es ‘Aliens’ un espectáculo de acción y aventuras insuperable. No es posible encontrar un filme superior de su clase. Pero también es una experiencia única, que ha de verse una y otra vez como un sueño, o una pesadilla, cercana a lo febril (comienza con el personaje protagonista despertando de un sueño, y termina con esa misma persona, y con su nueva acompañante, entrando de nuevo en el mundo de los sueños…dando lugar a una terrible sospecha, que todo el filme sea nada más que un sueño terrible…), y toda su lógica narrativa puede verse desde esta óptica, y no es algo cerebral o impuesto, sino que parece, una vez más, instintivo, natural, como si no pudiese haberse filmado de otra manera.

Para un narrador de categoría resulta imposible contar una historia sin impregnarse del ambiente que le rodea. En este caso, la espantosa Guerra de Vietnam, que se había extendido durante veinte años, desde 1955 hasta 1975, y cuyos ecos han resonado en el cine estadounidense, y en la cultura popular, desde entonces, de manera inevitable. Siendo una masacre de proporciones casi apocalípticas (y por cierto, no lo suficientemente estudiada todavía), tiene en la sublime ‘Apocalypse Now’ (Coppola, 1979) su más certera radiografía, y en este ‘Aliens’ se filtra, de manera palpable, en todo el contexto bélico que rodea la película y en las verdaderas razones del viaje a tan inhóspito planeta (que ni siquiera tiene nombre, se refieren a él como LV-426). Resulta imposible no percibir en ese auto-indulgente, fanfarrón pelotón de soldados, el espíritu de Vietnam, con sus helicópteros de combate (aquí una nave que parece un caza, que cae al vacío desde la órbita, y al que el soldado Hudson –magnífico Bill Paxton– llama el “autobús hacia el infierno”), su chulería que roza continuamente la insubordinación, las pintadas en su uniforme y en el fuselaje, y en definitiva toda la iconografía de una guerra que no fue tal, sino una invasión, una colonización idéntica a la que tuvo lugar en la llamada “conquista del oeste”. Cameron se empapa de todo eso y lleva a cabo una feroz crítica social, una poderosa enmienda al belicismo de su país de acogida (recordemos que él es canadiense de nacimiento). Sorprende, por tanto, que sus más desatinados exégetas se refieran a este director, por el hecho de incluir a menudo a soldados y al ejército en sus filmes, como un cineasta de derechas, o belicista, cuando en todos sus trabajos, sin excepción, el ejército es enormemente cuestionado, y sus integrantes reciben los destrozos y las derrotas más absolutas…

He aludido a las verdaderas razones del viaje a ese inhóspito planeta. Ahí está el quid de la cuestión. Una vez más, una misión de salvamento (los colonos de LV-426 han dejado de responder al otro lado de la línea), que en realidad encubre una misión capitalista doble: proteger las carísimas infraestructuras de la colonia, que hacen respirable el aire del planeta, y tratar de traer, una vez más, a un especimen vivo de tan letal pero valiosa especie como la del xenomorfo. Lo interesante de esto es que con esta excusa (apasionante y muy crítica, pero excusa), el director construye su propio apocalipsis (el segundo, si contamos el de ‘The Terminator’…) de nuevo, como allí, desde la óptica de su personaje femenino, que además como única superviviente de la desgraciada Nostromo, ha perdido, por haberse extraviado su nave de salvamento en los confines del espacio profundo durante medio siglo, a su hija, que ya ha muerto cuando ella vuelve a la Tierra, y que a su vez es la testigo, víctima y asesora más fiable, aunque renuente, de esa especie tan peligrosa y tan deseada para los intereses armamentísticos de las grandes corporaciones. Ripley –una sensacional, impresionante Sigourney Weaver en el papel de su vida– es el gran personaje de la película, pero no el único, por que en esta ocasión no será como en el filme de Scott, en el que los personajes son meras sombras, bien interpretadas pero sin verdadera entidad, sino que aquí hasta el último de los secundarios posee una fortaleza muy difícil de describir. Es necesario, pues Cameron comprende que en primer lugar se trata de un filme de aventuras, con evidentes ecos del mito de Beowulf, en el que un grupo de personajes encerrado en una fortaleza contra su voluntad, ha de hacer frente a una amenaza exterior que pugna por entrar y destruirles, y sin caracteres bien definidos, bajo ningún concepto esto habría sido una experiencia tan definitiva.

Sigourney Weaver es una actriz extraordinaria y aquí lo demuestra quizá como nunca antes o después, pero sus colegas actores no desmerecen y sucede que hacen de ella mejor actriz aún, en un reparto no demasiado amplio pero sí perfecto, si es que tal palabra cabe en una obra narrativa. Esto es posible porque el director construye su estrategia alrededor de los personajes, y no al revés, como sucede mucho más a menudo de lo que parece. Son los personajes, muy especialmente Ripley, los que dictan las reglas, y los que deciden qué ha de narrar o no el director. El punto de vista casi siempre es el de Ripley, pero en absoluto es el único, y todos y cada uno de los personajes tendrán su espacio y su tiempo narrativo, para vivir en él como protagonistas de su propia historia. No es una película de un único punto de vista, sino de múltiples puntos de vista que confluyen en uno, el de los tres personajes femeninos: Ripley, la niña Newt y la combatiente Vazquez (interpretada con gran fuerza por Jenette Goldstein). En comparación con ellas los hombres (Hudson, Hicks, el teniente Gorman, incluso el androide Bishop) poseen mucha menor relevancia y fuerza en pantalla, a pesar de ser también contrapuntos de gran importancia, pero contrapuntos para los personajes femeninos. Y no es esta una película feminista, sino una película en la que las mujeres (las féminas, incluida la reina alien) son las que marcan el tono del argumento, y las que más sufren, más se exponen y más pierden en la película. Ripley ha perdido a su hija, Newt ha perdido a su familia, Vazquez ha perdido a su mejor amigo en combate. De esas pérdidas se deducen sus vínculos: Ripley y Newt se transforman paulatinamente, de un modo muy hermoso, en madre e hija, y Vazquez ha de contentarse primero con el fanfarrón y algo cobarde Hudson (que en la parte final demuestra una valentía y un arrojo que le redimen) y luego con el inepto teniente que fue el responsable directo de la pérdida de su amigo y que se sacrificará con ella en la imponente secuencia final de ambos.

Sin embargo, y a pesar del frenesí indescriptible de la segunda parte de la película, la primera parte (más de una hora) es sorprendentemente sosegada, una calma tensa que se irá estirando más y más hasta romperse en la memorable escena de la emboscada. Pero Cameron no tiene prisa. No es su intención epatar al espectador como un George Lucas o un Steven Spielberg, sino contar la historia de sus personajes. Y para ello dedica gran parte de su relato. Incluso en la segunda parte del filme, en el que ya los supervivientes del primer ataque han de refugiarse a la espera de un nuevo rescate, la calma tensa volverá a reiniciarse, la mecha de la incertidumbre volverá a encenderse, y sabemos que de nuevo, como la vez anterior, va a romperse en una explosión de violencia y muerte para la que de nuevo Cameron se toma su tiempo, presiona al espectador, casi pareciera que se regodea en el hecho de dejarle atrapado en compañía de sus personajes, dejándole tan agotado como ellos. Pero sus personajes están tan vivos, son tan convincentes, que nos sentimos reflejados en ellos y pasamos por los estados de ánimo que experimentan todos ellos, desde la ira, la frustración, la euforia, el terror, la angustia, el cansancio, el pesimismo… Todos estos estados de ánimo y alguno más gracias al hecho de encerrar a esos seis supervivientes en un complejo que en cualquier momento puede ser invadido por hordas de criaturas aterradoras. Cameron coge el mito del Beowulf y lo reinventa, lo trasciende para crear esta ópera de terror moderna.

Y eso que es imprescindible reconocer que Cameron no posee el talento de Scott para la atmósfera ni el horror. Cameron es mejor creando tensión, pero no es el genio de la atmósfera gótico y opresiva que fue Scott en la primera parte (con una fotografía, por cierto, muy superior a la de ‘Aliens’…). Se podría decir, además, que la planificación visual de ‘Aliens’ es bastante tosca, y que a veces peca de simpleza. Ahora bien existe en ella una energía vital, una vibración emocional, que no poseía la anterior película, y está exenta del gusto de Scott por la filigrana visual, por el lujo escenográfico. Antes que eso, Cameron construye una epopeya de sci-fi en la que pinta un posible futuro muy poco alentador, muy oscuro y terrible, en el que grandes corporaciones deciden el futuro de colonos espaciales, en la que los marines son casi soldados a sueldo del mejor postor para defender sus intereses, en el que las grandes maquinarias que procesan el aire y hacen respirable el oxígeno de planetas lejanos son más importantes que las vidas de los que las construyen. Este guion, que en un principio iba a llamarse ‘Madre’ (no en vano es la lucha entre dos madres rivales y furiosas), propone una aventura al límite, y su rodaje (lleno de problemas con el equipo técnico británico) y su montaje y sonorización, son la respuesta a ese guion.

Y es en la recta final donde el filme se vuelve como verdaderamente pugna por ser gran parte de la película: un sueño salvaje, una pesadilla alucinógena, en la que una madre que ha perdido a su hija baja al inframundo a recuperarla de las garras del monstruo (la reina alien) más escalofriante que ha dado la entera historia del cine. El alcance poético de esta parte final resulta estremecedor, con Ripley rastreando a la niña con su localizador, que llega a simular el sonido de un electrocardiograma, que poco a poco aumenta en su frecuencia hasta entrar en parada, con la alucinante imagen de la reina persiguiendo a madre e hija por los pasillos y hasta el ascensor, con la huida in extremis a la que sigue un nuevo combate sin tregua. Resulta imposible no hallar en toda esta zona final una parábola de otra cosa, de ese sueño febril de una madre que ha perdido para siempre a su hija y que al menos en su sueño, y hasta que despierte perdida una vez más en el espacio exterior, se la ha arrebatado a las garras de la muerte y la tiene de nuevo a su lado.

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