ANÁLISIS LITERARIO, ENSAYO, LITERATURA

La genialidad insuperable de ‘Don Quijote’

De todas las obras literarias míticas que han aparecido a lo largo de los siglos, hay una (con el permiso de ‘La Divina Comedia’ de Dante) que es la que probablemente más páginas, monográficos, estudios e investigaciones, tanto en España como en muchos otros países, ha suscitado. Pero esta ingente bibliografía en torno a su creación, su narrativa y su grandeza no se ha traducido, ni de lejos, en una mayor comprensión del público acerca del porqué de su grandeza, ni en una aprehensión absoluta por parte de la crítica de sus más rotundas e insuperables victorias poéticas. Ni Cervantes ni ‘El Quijote’ son fáciles de aprehender, ni siquiera por los más fervorosos cervantistas. Ese es el primer indicio al que hay que prestar atención cuando te acercas a un mito de esta categoría. Pero lo segundo en lo que habría que fijarse es que a pesar de que Cervantes lleva cuatro siglos jugando al ratón y al gato con todos nosotros, a pesar de esa falta de comprensión y aprehensión absoluta acerca de su genialidad, ‘El ingenioso hidalgo’ y el ‘Ingenioso caballero’ sigan estando hoy más vivas que nunca, y sigan leyéndose (al menos por críticos y académicos), sigan reimprimiéndose y sigan siendo, en su globalidad, uno de los libros más vendidos en todo el mundo.

Lo primero, quizá lo más importante que habría que empezar diciendo es que ‘Don Quijote’ no es una parodia de los libros de caballerías. Esto se ha dicho por tierra, mar y aire, durante muchas décadas, y se ha repetido por personas que o bien no se lo han leído o bien carecen de la menor formación literaria y artística para decir nada relevante en torno a ello, pero no tienen problema en afirmarlo. Por otra parte se tiende a comparar dos momentos históricos del todo incomparables: no tiene nada que ver el mundo editorial de las dos primeras décadas del siglo XXI con el Siglo de Oro español. Absolutamente nada, por desgracia. Si todos aquellos que llevan tanto tiempo diciendo que ‘El Quijote’ es una parodia de las novelas de caballerías se hubieran tomado la molestia de averiguarlo, sabrían que los modelos de Alonso Quijano, los personajes que a él le inspiran para convertirse en Don Quijote (Amadís de Gaula, el caballero del Febo, Belianís de Grecia, el Caballero de la Ardiente Espada, Reinaldos de Montalbán…) estaban de moda varias décadas antes (entre 1520 y 1550 como mucho) que cuando llegó el primer volumen (1605), pero es mucho más fácil repetir lugares comunes, aunque empequeñezcan las obras más sublimes, que intentar saber de lo que se está hablando.

La razón de ser de ‘El Quijote’

No es ‘El Quijote’ una parodia, sino una tragicomedia, por hablar en términos contemporáneos. Las novelas de caballerías no son el objeto de la parodia de Cervantes, sino las reglas del juego a partir de las cuales el autor va a desarrollar una muy compleja y original voz literaria. Son una excusa de la que se va a servir para contextualizar una feroz crítica a todos y cada uno de los estamentos sociales, morales y religiosos de su época. Esas reglas del juego, las de las novelas de caballería, su hipercodificación, le van a resultar de perlas a Cervantes para establecer una dualidad clave entre idealismo y racionalismo, una dialéctica entre los hechos y sus apariencias, y un discurso esencial para los siguientes cuatro siglos sobre la ficción y su alcance en la vida real, en otra palabras, entre la literatura y su reflejo en la realidad. Rebajar esta originalidad literaria a una mera «parodia» no solamente es hacerle un muy flaco favor a Cervantes y a su obra cumbre (aunque en absoluto su única obra genial…), sino que devalúa enormemente las trazas más excelsas del barroco español, pues solamente desde el barroco se puede entender una obra de estas características.

Lo que sí cabe dentro de esta tragicomedia es la sátira y la ironía. Pero si Cervantes ironiza con ella, o satiriza, las novelas de caballerías, hace lo mismo con cada cosa, género, idea o concepto que toca y que comenta, siquiera de pasada. Todo lo que Cervantes maneja en su literatura, queda trastocado por él. Y así quedaron inservibles las novelas pastoriles después de su ‘Galatea’ (1585), y quedan trastocada y heridas de muerte todas las novelas de caballerías, las de picaresca, las bizantinas, las italianas, las moriscas… ‘El Quijote’ es el libro de libros no solamente porque dentro de este libro existan muchos libros, muchas pequeñas novelas, cada una de un estilo diferente, sino porque su autor se vale de todos los géneros conocidos para dejarlos irreconocibles y para construir uno nuevo: la novela moderna, la novela polifónica, la novela intelectual-realista, que va a ser a partir de entonces la novela paradigma de la que van a surgir muchas otras y de la que todavía siguen surgiendo. Decía Viñó, que «más que novela, ‘El Quijote’ es una vasta creación intelectual». En efecto, pero es que desde el Quijote esa es la definición de la novela total, la novela obra de arte: una vasta creación intelectual y poética. Por su parte, el cervantino irredento Jesus G. Maestro comenta sobre todo la fuerza del narrador en ‘El Quijote’ y sus adelantos técnico-narrativos, pero esta obra maestra es mucho más que eso.

El narrador (los narradores) de ‘El Quijote’

Es fundamental referirse al narrador de esta novela como la pieza catedralicia, la columna esencial de su genialidad. A este respecto, es importante recordar que el narrador es, casi siempre, en la verdadera literatura, un personaje más. Pocos narradores-personajes, o ninguno, como el narrador de la novela de Cervantes, a los que los comentaristas más hueros suelen confundir con el propio Cervantes, del mismo modo que harían con cualquier otra novela. Pero el narrador del Quijote no es el propio Cervantes, y él ha procurado que esto quede bien claro salvo para los que no se interesan en absoluto por la obra. Lo ha dejado bien claro desde la primera línea: «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». El narrador es un personaje extraordinario, increíblemente astuto (en palabras del propio Maestro) y resbaladizo, que nunca va a mostrar su verdadero rostro aunque él mismo aparece como personaje de la novela cuando encuentra, en el capítulo nuevo, los cartapacios escritos (¡en árabe!), por ese tal Cide Hamete Benengeli al que podemos referirnos como un segundo narrador. Esos cartapacios en árabe serán traducidos para el primer narrador (que según sus propias palabras ejercerá a partir de entonces como glosador y editor de los textos restantes ya traducidos) por un morisco aljamiado al que él mismo pagará para que lo traduzca todo «sin salirse una coma de la verdad»… a pesar de lo cual en sucesivos capítulos se ve en la necesidad de corregir a ese mismo traductor porque según él las cosas no pasaron así ni así constan en los «anales de La Mancha» o en los «archivos de La Mancha» (cuartos, quintos, sextos narradores anónimos…), y aunque algunos capítulos (22 de la primera parte, 1, 8, 24, 27, 40, 44, 50, 52, 53, 60, 73 de la segunda parte) incluso nombra a Cide Hamete Benengeli queriendo elogiarle como primer glosador de esa historia, las más de las veces lo hace para dudar de él, para cuesitonarle, humillarle y dejarle muy mal parado.

¿Por qué este muy sofisticado artefacto de autores ficticios, este entramado laberíntico de narradores, traductores, glosadores de la historia de Don Quijote? Pues no solamente para protegerse él, Cervantes, de una novela que aunque se vendía (¡y se sigue vendiendo en todo el mundo!) como una novelita de aventuras, como una comedia intranscendente, se trata en realidad de una obra de muchas y muy sutiles y subversivas cargas de profundidad que atacan y destruyen con su lógica todos los conceptos sociales, políticos, monárquicos, religiosos y morales de la época. No era mala idea hacerlo así, además, a causa de la proverbial mala suerte de Cervantes (que estuvo cinco años prisionero en Argel, que fue encarcelado varias veces por azares de una vida convulsa), quien podía pagar muy caro los atrevimientos de su obra magna. Sus precauciones fueron innecesarias, porque cuatrocientos años después muchos siguen sin enterarse de por dónde vienen los tiros, pero este mecanismo de narradores sirvió además para establecer en primer lugar al narrador más poderoso de la novelística de todos los tiempos, ese que manipula al lector cuando y como quiere, que maltrata a sus personajes con una ironía y una mala uva inéditas en literatura, pues desde un principio describe al Quijote como loco rematado y a Sancho como tonto perdido, cuando los hechos nos demuestran que ni uno está tan loco ni el otro es ni mucho menos tonto. Y en segundo lugar para establecer un juego meta-literario en el que el narrador y el autor de la novela, que son dos entidades diferentes, jueguen al ratón y al gato con el lector, incluso con el más inteligente de los lectores, sin que sepan capaces de ganarle por la mano.

Los personajes del Quijote

Los personajes del Quijote, además de ser extraordinarios en sí mismos por la enorme complejidad interna que de ellos Cervantes y su narrador disponen en el tablero de juego, lo son porque son personajes que engendran otros personajes. El Quijote es el libro de libros porque además es un libro en el que la literatura, como mero ente de creación, es no un personaje más, sino el concepto que se maneja en toda la extensa novela como el juego a jugar por el espectador y los propios personajes.

Así, Cervantes engendra a su narrador (nivel 1), el narrador engendra a Alonso Quijano y su locura y a Sancho Panza y su simpleza (nivel 2), Alonso Quijano engendra a Don Quijote (nivel 3), Don Quijote engendra a Dulcinea del Toboso (nivel 4), y mucho más adelante los duques intentan reconfigurar esa jerarquía de mundos narrativos enfrentándose dialécticamente al Ingenioso Caballero y saliendo derrotados de ese nuevo juego en el que el protagonista, aún siendo el objeto de las burlas de los duques, no puede ser burlado ni superado en su propio juego. Pero la cosa se complica todavía más con la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda (la falsa segunda parte de la novela), y la necesidad de Don Quijote de separarse de ese fantasma de ficción que podría ser otro nivel más, en otra jerarquía. El ingenio deslumbrante de Cervantes no solamente crea personajes icónicos de una fuerza imperecedera, sino que les hace vivos, tan vivos o más, con una encarnadura tal, que pueden rivalizar con un personaje de carne y hueso. No es de literatura de lo que hablamos aquí, sino de un universo narrativo de una enorme complejidad, que como un un puzzle o un laberinto posee una complejidad de la que tantas otras supuestas obras maestras carecen, y todo porque en el fondo El Quijote es una novela sobre la literatura, y la más original de todas ellas.

LOS DIÁLOGOS DEL QUIJOTE

En el mundo actual, se consideran grandes diálogos, los más brillantes diálogos, a los que vemos sobre todo en la ficción anglosajona audiovisual: parlamentos veloces, ingeniosos, llenos de ritmo, de musicalidad y de ingenio. Son sin duda diálogos muy bien escritos los que vemos en las películas de Lubitsch, de Wilder, de Hawks… también los de Berlanga, los de tantas series brillantes (y yo creo que los mejores diálogos que he visto en una pantalla son los de House M.D.). Pero estoy en disposición de afirmar que los más grandiosos y geniales diálogos que se han escrito son los de ‘El Quijote’ y los de otras obras cervantinas como el ‘Persiles’ o las novelas ejemplares, sin olvidarnos de sus obras teatrales. Pero estamos hablando de ‘El Quijote’. En comparación con sus diálogos, los de las obras shakesperianas me parecen engolados, falsos, grandilocuentes y vacuos. No conozco ningún monólogo, de los tantos y tan venerados del escritor inglés, que pueda compararse con el de la pastora Marcela en profundidad de ideas, en belleza filosófica, en emoción pura. Pero para monólogos, los del mismo caballero o los de su acompañante Sancho, que los hay a decenas a lo largo de la obra, y que deberían ser estudiados en todas las escuelas de literatura del mundo.

Son los diálogos del Quijote la gloria final de esta obra maestra de todos los tiempos, pues si el narrador es poderoso, si la creación de personajes es sublime y su estructura de narradores y personajes es de una complejidad inédita en literatura, sus diálogos son de una belleza, musicalidad, amplitud de registros, profundidad psicológica de los distintos personajes que los declaman, verosimilitud y persuasión en cada una de las palabras, que quita el aliento. El Quijote, que es una novela extraordinariamente divertida y amena, alcanza en sus diálogos la belleza última de las palabras como sostén de los sistemas de pensamiento de sus personajes y del propio Cervantes. Y no ha sido superado desde entonces porque el don maravilloso de Cervantes, apoyado en la lengua española, se vale de ello para construir la novela definitiva, de la que beben las obras maestras de Mann, Dostoyevski, Faulkner, Rulfo, McCarthy y tantos otros, que aunque no son españoles se ven en la necesidad de rendir pleitesía al primero de todos, al más grande escritor de todos los tiempos, al llamado Príncipe de los Ingenios, que camina junto a Dante en la eternidad.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

La crítica y los premios son publicidad

Es muy interesante cuando tienes HBO o NETFLIX (o cuando te han dejado alguna cuenta para poder entrar en sus archivos…) y te pones a buscar títulos y obras dentro de su casi inabarcable catálogo (sobre todo en el caso del segundo), y entre los diversos grupos de películas o series, entre las etiquetas que sus responsables emplean para que te sea un poco más fácil navegar, y en las que no faltan las de siempre (comedia romántica, terror, aventuras, etc…), hay una que no falla: la de «aclamadas por la crítica». Claro, ahí te paras siempre un momento porque dices, ingenuamente, que ahí va a estar lo mejor, lo más valioso de todo. Y no. Luego descubres que es un revoltijo de títulos parecido a todos los demás, en el que no existe el menor criterio. Claro…aclamadas por qué crítica, por qué grupo de críticos o qué critico en particular. ¿De verdad alguien se piensa que se han puesto a leer o a hacer un compendio de las películas mejor puntuadas en festivales, o en revistas especializadas? Como mucho, en el improbable caso de que se pongan a hacerlo, habrán mirado las puntuaciones de IMDb o en FilmAffinity, y para de contar. La crítica, ese estamento al que todo el mundo se refiere alguna vez, siempre denostado y sin embargo, mira tú, un referente de cuando en cuando incluso para ordenar las películas…

He escrito mucho sobre la crítica, tanto española como de fuera de nuestro país, en estas páginas mías. Yo mismo escribo críticas desde hace mucho tiempo (y sin el menor atisbo de falsa humildad, me considero mi crítico favorito, cosa que creo que debería ser todo el mundo que escribiera con un poco de asiduidad y que tuviera un mínimo de criterio formado), y sigo pensando que la más deleznable crítica literaria y cinematográfica nos viene del otro lado del Atlántico, concretamente de Estados Unidos. Pero eso no significa que aquí no estemos bien servidos. En nuestro país no cabe un crítico pésimo e ignorante más. Los hay solventes, muy pocos, y los hay insufribles, la mayoría. Peor aún: la crítica literaria se ha borrado, o la han borrado, o la han suicidado, en los últimos veinte años, y la crítica cinematográfica, casi toda, se haya en un callejón sin salida, presa de la posmodernidad, los estructuralistas y la desidia de los que no tienen que hacer y se ponen a escribir y opinar sobre películas cuando está claro que ni saben escribir ni el hecho de haber visto cinco mil películas significa que nadie les haya preguntado qué es lo que opinan o le pudiera importar a nadie o tener un mínimo de coherencia. Ahora bien, sigo pensando que la crítica es esencial, es el dique de contención que pone, con mucho esfuerzo y mucho tiempo y sacrificio y de la manera más ingrata y siempre tormentosa, las cosas en su sitio. Y esto pese a que la gente utiliza la crítica como utiliza los premios: para vender más.

¿Por qué las películas de prestigio, sean o no valiosas, ponen en las carteles de las películas, y en las portadas de sus blu-rays, una ristra de estrellitas, fruto de las valoraciones de críticos internacionales? Es como la etiqueta de «aclamadas por la crítica», algo que nunca falla. Nombres de personas que nadie conoce diciendo dos o tres elogios, y sobre sus palabras cuatro o, aún mejor, cinco estrellitas. Lo hacen para vender un poco más, no porque sea algo importante, o siquiera porque la productora o la distribuidora realmente lo crean o no y se vanaglorien de ello. Lo hacen porque el eventual comprador de ese blu-ray, o el eventual espectador de la sala, se dirá que bueno, que algunos señores muy listos han dicho que esto está muy bien. luego habrá que verlo. Como cuando ven que tal película ha ganado un Óscar, a mejor actor, o a mejor actriz. Habrá que verla. Como cuando ven que una serie ha ganado no se cuantos Emmys, o tiene la Palma de Oro, o cosas así, anunciadas bien grande, de manera bien visible, en sus imágenes. Lo mismo pasa con los libros: este libro ha ganado el premio nacional de narrativa, esta otra el de la crítica, aquella otra, además de tener treinta y seis ediciones, ha tenido algún comentario elogioso en la revista de no sé donde… y entonces la labor de los críticos, que son intermediarios imprescindibles, espectador y lectores privilegiados, a los que se supone una extensa formación, una probada sensibilidad artística, una experiencia y veteranía intensas en estas lides, se convierten en herramientas de marketing.

Yo mismo he sido citado en el cartel de alguna película (ahora mismo no recuerdo cuál o cuáles, no soy tan vanidoso), y se han impreso allí unas pocas de mis palabras, colocadas sobre mi nombre. Y creo que deberíamos negarnos a ello. Los críticos no son voceros o vendedores de libros o películas, por mucho que a la mayoría de cineastas o novelistas les encantara que así fuera, incluso en los casos en los que simplemente se les entrevista sobre temas serios más allá de su fantasía personal. Los premios no son indicativo de nada realmente relevante, o pocas veces lo son, pero los críticos deberían marcar la diferencia, por muy mal que caigan en tantas ocasiones, porque ellos son realmente el dique de contención, el racionalismo frente a tanto fanatismo, a tanto papanatismo, a tanto proselitismo. Si para algo sirven los premios, quizá, es para medir un poco la temperatura del año cinematográfico, o literario. Pero los críticos no sirven a nada ni a nadie salvo a la excelencia, a los artistas verdaderos, al arte narrativo con mayúsculas, para propugnarlo, para respaldarlo cuando nadie más lo hace, cuando los premios y la atención mediática va a parar a otros, cuando los espectadores y lectores olvidan tan rápido, cuando los mequetrefes vuelven a inventar la rueda… es ahí donde los críticos entran y avisan de que ya está inventada, de que no hay que olvidar ciertos títulos y ciertos artistas esenciales.

No todo es propaganda y publicidad y marketing en este mundo de mierda. Al menos no todavía.

Estándar
ANÁLISIS CINEMATOGRÁFICO, CINE, ENSAYO

Análisis: ‘Ran’ (Akira Kurosawa, 1985)

Existen algunas películas míticas que además sucede que son excepcionales obras maestras del arte narrativo de todos los tiempos. No todas las películas míticas comparten esta atribución, ni mucho menos, pues la gran mayoría son poco más que globos hinchados por un pensamiento crítico de poco alcance y nula argumentación. Y sucede algo más: cuando de verdad tiene lugar una obra maestra del cine (como en la literatura, como en la música) comprendemos que mucho de lo que antes considerábamos superlativo o formidable no lo era tanto, porque ahora hemos visto hasta donde puede llegar un artista en la consecución de su visión creativa. ‘Ran’ (1985) es muchas cosas: la última gran obra épica de Akira Kurosawa, un fabuloso compendio de sus obsesiones y sus pulsiones narrativas, un elogio y una declaración de intereses sobre un tipo de cine y de representación visual que sólo unos pocos autores parecen dispuestos a llevar a cabo… Pero antes que nada es una sola cosa: una radiografía despiadada de la naturaleza humana como pocas veces se ha visto en una pantalla, un relato de una negrura y un pesimismo tan atroces que dejan al espectador absolutamente aniquilado tras el extático visionado de sus imágenes y sonidos. Una experiencia inolvidable para cualquier amante del cine y del arte en general.

Concebida en muchos aspectos como el proyecto más importante de su carrera, Kurosawa nunca se lo planteó como su última película (de hecho, afortunadamente, no lo fue, y aún pudo regalarnos varios filmes realmente estupendos), sino como el inicio de una nueva etapa. Aquella historia le había obsesionado durante tantos años y había costado tanto esfuerzo levantarla y conseguir la financiación y pulir todos los detalles, que filmarla fue algo parecido a una liberación. Adaptación muy libre, en parte, del muy sobrevalorado texto shakesperiano ‘El rey Lear’, contiene también elementos argumentales de ‘Motonari Mori’, aunque en todo momento debe considerarse un guion original, y no un palimpsesto japonés de motivos shakesperianos, lo cierto es que ‘Ran’ es la consecución lógica de una carrera sin parangón en la historia del cine, uno de los últimos peldaños cuya escalera estaría conformada, justo antes, por la sensacional ‘Kagemusha’ (1980), que en algunos aspectos puede considerarse como un borrador de esta, y por la sublime ‘Dersu Uzala’ (1975), en la que el maestro ya anticipaba una madurez absoluta en el empleo de espacios y entornos naturales como parte insoslayable del relato que nos estaba contando, y como herramienta insuperable a la hora de establecer los estados emocionales de los personajes y su relación con el mundo que les rodea. Viendo ‘Ran’ por enésima vez resulta difícil lanzarse a un análisis profundo de sus imágenes, porque te arrollan con tal fuerza que no te permiten una valoración sosegada y pormenorizada de los elementos que las conforman.

Un antaño orgulloso guerrero y jefe de su propio clan (Hidetora, patriarca del clan Ichimonji), en realidad un señor de la guerra con un gran feudo bajo su dominio, decide dejar de lado sus responsabilidades como líder y pasar su poder a sus tres hijos varones (Tarō, el mayor, que se convertirá en jefe, Jirō, el mediano, y Saburō, el menor). Al primero le lega su mejor castillo, y a los otros dos les cede otros dos castillos de menor importancia, instándoles a jurar fidelidad a su hermano mayor y a estar los tres juntos. Hasta aquí recuerda bastante al Lear de Shakespeare (que a su vez era una adaptación bastante poco afortunada del muy superior ‘King Leir’…), con el anciano padre legando sus enormes posesiones a Gonerilda, Regania y Cordelia, pero ya el propio texto de Kurosawa se revela muy superior y mucho más coherente que el shakesperiano cuando el hermano menor, Saburō, duda de la lógica de su padre y aunque es el más leal queda desterrado por él, mientras que en la obra de teatro Cordelia es repudiada simplemente por criticar la excesiva adulación de sus hermanas. Y no acaba aquí la superioridad argumental y en la coherencia dramática de Kurosawa, sino que en todo el desarrollo es mucho más creíble, mucho más robusta y mucho más conmovedora, y eso aunque es inevitable, para ojos occidentales, sentirse extrañado ante la dirección de actores y ante algunos diálogos y situaciones que son muy diferentes a los nuestros. ‘Ran’ se erige como una obra universal que rompe esa y otras barreras culturales porque su discurso y su filosofía se pueden aplicar a cualquier parte del mundo, y esto Kurosawa lo sabía bien.

El comienzo del filme ya es magistral, como en toda gran obra de arte narrativa, con las áridas y tensas imágenes de la familia Ichimonji cazando unida por última vez, en compañía de los jefes de otros clanes amigos, con algunos planos que sorprenden no tanto por su pericia técnica y su belleza estética como por su sugerencia narrativa: planos estáticos de los hermanos a caballo, mirando cada uno en una dirección cardinal distinta, a corte brusco con imágenes en frenético movimiento de los arqueros (con el propio Hidetora a la cabeza). A estas imágenes, de un colorido (el color como elemento primordial de la puesta en escena) apabullante, le sigue la reunión con los hijos, el magnífico momento en que el anciano padre se queda dormido y el hijo menor corta un helecho para que le de sombra y no se queme al sol de la tarde, y la posterior división del reino en tres pedazos que los hijos tendrán que mantener unidos. Con magníficos planos grupales, aquí los tres colores básicos para los hijos (rojo para el mayor, amarillo para el mediano, azul para el menor) se muestran no solamente simbólicos (la violencia, la cobardía, la dulzura y compasión) sino también plenamente narrativos, pues son los tres colores que si no permanecen unidos (como de hecho no lo van a estar a partir de ese momento) propiciaran el caos, el «ran» al que hace alusión el título (que también se puede traducir por miseria o desolación). La cámara de Kurosawa se muestra en todo momento gélida y precisa, sabiendo que no tardará mucho en llegar el fragor de la batalla y los grandes momentos épicos de multitudes y de masacres.

El hijo menor tiene toda la razón: el padre no puede esperar que un reino que ha conquistado a fuego y sangre sea ahora mantenido por la paz y la armonía. Sus hijos, sobre todo los mayores, son como el padre: no consentirán que nada quede fuera de su dominio y de su poder, y guerrearán entre ellos a la menor oportunidad. Esto ofende al padre, pero pronto se revela como una gran verdad, cuando el patriarca se vea rechazado en el primer castillo y luego en el segundo, para acabar refugiado en un tercero que será destruido por la unión de las fuerzas militares de los dos hijos mayores. Es ‘Ran’ uno de los relatos antibelicistas más desoladores de la entera historia del cine. Pocas veces hemos visto como aquí los efectos devastadores e inhumanos de las guerras. Ya en el segundo tercio del filme, con la batalla por el poder por fin desatada, asistiremos a algunas de las secuencias de batalla mejor filmadas de la historia, pero no serán batallas en las que se ponga por delante el deleite visual y el placer por la adrenalina, sino en las que se muestre el horror del que es capaz el ser humano. En ese sentido, es ‘Ran’ un filme apocalíptico, en cuya fotografía (sublime el momento en que Hidetora suplica a la hija de su adversario que le muestre su desprecio, con el dorado crepúsculo del cielo, anticipando los momentos de violencia que están por venir) se va derivando de los colores claros y la luminosidad del inicio al rojo saturado de la sangre y de un cielo casi coagulado. No hay esperanza en ‘Ran’, ni se va a proporcionar respiro al espectador. Las luchas por el poder sólo propician una montaña de muertos. Y esto es lo que veremos en ‘Ran’ a través de los ojos alucinados del padre, que serán los nuestros.

Se ha comentado mucho la relación de la composición de Tatsuya Nakadai (Hidetora) con el arcaico teatro del No. Tal como explicó el propio Kurosawa, esto es una equivocación: ‘Ran’ no aspira a ser teatro, sino abstracción lírica, música hecha imágenes. La máscara del rostro de Hidetora, que progresivamente va perdiendo la razón ante la traición de sus hijos, es un reflejo de la propia máscara del verdadero personaje antagonista, la fascinante Lady Kaede (Mieko Harada), que convierte a Lady Macbeth en una sombra. Es Lady Kaede la verdadera responsable de la destrucción del clan Ichimonji, cumpliendo una terrible y justa venganza contra Hidetora. Son ambos caracteres, y sus correspondientes espacios narrativos, las fuerzas subterráneas que hacen latir el filme y con él al espectador, que asiste horrorizado a esta ópera sangrienta en la que abundan escenas increíbles, inefables, como el doble suicidio de las acompañantes femeninas del patriarca, o el momento en que el chico cegado en el pasado por Hidetora toca su flauta ante el silencio de todos… No olvidamos nunca, no nos lo hace olvidar Kurosawa, que quizá este terrible padre merece absolutamente todo lo que le sucede, por haber sido un señor de la guerra cruel y despiadado, pero aún así nos es imposible no sentir una enorme compasión hacia él, ahora que va a pagar una por una todas sus iniquidades y actos deleznables cometidos en su vida.

Todo el filme está construido como un aborrecimiento a la locura de la guerra, con el que el maestro obliga a cualquier espectador del mundo a plantearse si sería capaz de perpetrar semejantes atrocidades en pos del poder, o siquiera de llevar a cabo una venganza tan sanguinaria como la de Lady Kaede. Por eso posteriores pastiches como ‘El último samurái’ (Zwick, 2004) no acaban de entender nada. No fue aquello un mundo idílico de guerreros y de reinos fundidos en la naturaleza, sino un crisol de violencia y de machismo, de enfrentamientos y de barbarie, que sin duda atrae por su hipnótica belleza, pero que en su corazón se hallaba tan corrompido como cualquier otra sociedad pasada, presente o futura. Tan solo queda al final el flautista ciego como irónico testigo de tanta locura y tanto odio, de tantas vidas destruidas y de tantas pasiones consumadas.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

Las hermanas pequeñas

Se suelen calificar así, de «hermanas pequeñas», y dejando a un lado todo lo que ese calificativo tiene que ver con una mentalidad paternal y un poco machista, es la forma habitual de referirse a las «pequeñas» obras de los grandes gigantes, las que ni por asomo brillan con la fuerza de las más grandes, las que se han quedado rezagadas, las que pueden albergar algún atributo hermoso pero no pueden competir en belleza bajo ningún concepto con sus «hermanas mayores». Y en cierta forma hay que rendirse a la evidencia: esto es totalmente cierto.

Pienso en el novelista más grande del siglo XX y en el director de cine estadounidense más gigantesco del mismo periodo. Ellos no son otros que el también estadounidense William Faulkner y el italoamericano Francis Ford Coppola. Suelo estudiarles sin descanso (no solamente viendo sus películas o leyendo sus cuentos y novelas, también sus personalidades, su impacto, su influencia, sus biografías, sus declaraciones, sus seguidores y detractores… en fin todo lo que puedo reunir sobre el tremendo impacto, a veces más invisible del que sería deseable, de ambas figuras), y he llegado a conocer muy a fondo su obra. Estamos hablando de dos genios universales, cada uno en su campo. Ahora bien, esa genialidad, esa grandeza, no se manifestó en toda su trayectoria, ni mucho menos. De hecho ni siquiera se manifestó en gran parte de sus respectivos corpus. El que está más cerca de Coppola, Scorsese, posee una carrera mucho más regular y mucho más abundante en grandes títulos, y Faulkner tiene serios problemas a la hora de situarse al lado de monstruos como Thomas Mann o Fiódor Dostoyevski, porque la obra del ruso y del alemán es mucho más rocosa y sólida a lo largo de sus respectivas décadas.

Sin embargo ni Scorsese tiene un ‘The Godfather, Part II’ (1974) o un ‘Apocalypse Now’ (1979) (…y no parece probable que llegue a haberlas), ni Mann ni Dostoyevski llevaron la novela hasta unos límites expresivos, o gozaron de una década tan fructífera como los años treinta en el caso de Faulkner. Uno no es un genio cuando quiere, sino cuando puede, y lo genial en Faulkner o en Coppola no se ha manifestado a lo largo de todos sus años en activo, sino solamente en una década concreta. En el caso de Coppola los años setenta, en el de Faulkner desde 1929 hasta 1940. Y eso no significa que el resto de sus trabajos sean mediocres o pésimos, pues en ocasiones han vuelto a brillar muy alto, pero no con ese genio. De tal forma que haciendo dos grupos que rozan la estratosfera de lo excelso tenemos esto:

‘The Sound and the Fury’ (1929)
‘As I Lay Dying’ (1930)
‘Sanctuary’ (1931)
‘Light in August’ (1932)
‘Absalom, Absalom!’ (1936)
‘The Wild Palms’ (1939)
‘The Hamlet’ (1940)

‘The Godfather’ (1972)
‘The Conversation’ (1974)
‘The Godfather, Part II’ (1974)
‘Apocalypse Now’ (1979)

Faulkner tiene en la trilogía de los Snopes (la que se inicia con ‘The Hamlet’ y concluye magistralmente con ‘The Mansion’ (1959), además de con ‘Intruder in the Dust’ (1948), y con su extraordinaria colección de relatos (quizá uno de los dos o tres ciclos de relatos más importantes del siglo XX), más razones para ser considerado el más grande novelista del siglo. Pero si hubiera continuado, en los años cuarenta y cincuenta, con la vena genial de la década de los treinta, sería quizá el más grande de todos los tiempos junto a Cervantes. Y algo parecido le sucede a Coppola, que tiene en filmes magistrales como ‘Rumble Fish’ (1983) o ‘Bram Stoker’s Dracula’ (1992) argumentos para defenderse más allá de su década prodigiosa. No le era posible seguir a ese nivel, y sólo pudo recuperarlo para el superlativo cierre de su famosa trilogía.

Sin embargo ambos tienen en sus trayectorias obras indiscutiblemente menores. ‘Pylon’ (1935), ‘Sartoris’ (1929), ‘A Fable’ (1954) en el caso de Faulkner; ‘Peggy Sue’ (1986), ‘Gardens of Stone’ (1987), ‘Jack’ (1996) en el de Coppola. Pero sucede muchas veces que las obras menores, las hermanas más frágiles, son mucho más sinceras y de alguna forma mucho más dolorosas que sus hermanas mayores. En otras palabras: ayudan mucho mejor a definir la personalidad artística de sus responsables. Con las obras gigantescas, dado su carácter poliédrico, casi inefable, esto resulta mucho más difícil. Pero con las obras pequeñas podemos intuir las búsquedas, las dudas, el camino personal de grandes inseguridades y pequeños gestos de coraje de estos grandes artistas y de algunos otros. Es por eso que son también necesarias, y que volver a verlas o leerlas resulta todo un placer. Ahí encontramos al Coppola o al Faulkner menos depurado, más en bruto, más tosco, más auténtico de alguna manera. Las hermanas pequeñas hacen a os dioses humanos, y por ello mucho más grandes aún, mucho más inspiradores y dignos de elogio. Tan sencillo como eso.

Estándar
ARTÍCULOS, MÚSICA

Qué asco de música

Lo sé, soy muy cañero a veces. Así mismo, soy incapaz de reprimirme cuando algo me da mucho asco. Y si fuera capaz de reprimirme sería mucho peor, porque después saldría eso que he conseguido guardar, y saldría multiplicado por cien, y todo se vería inundado de mi enorme capacidad de sentir asco. Un desastre, vaya, regado con ataques de histeria y de risa.

Soy así desde chaval, desde pequeño diría yo. Pensaba que era una rareza de mi carácter, pero qué va. Es que soy de esos a los que generalmente se denomina como exquisitos. Si a mí me das a probar un buen plato de lo que sea… salmón, por ejemplo… la próxima vez que lo hagas, o que lo haga yo mismo, ha de quedar igual de bueno, o no me va a gustar. Si por un azar se me ha dado a probar, o a experimentar, algo realmente magnífico, un click de mi interior me lleva a rechazar cualquier cosa inferior. Con las obras de arte lo mismo: una vez que has catado algo excelso… ¿cómo puedes resignarte a algo inferior? ¿Cómo es posible que no compares esa experiencia inferior con aquella que te hizo volar hasta la estratosfera? No lo puedes evitar: te rebelas, te pones en huelga de hambre, te niegas a hacer nada ni a probar nada hasta que de nuevo puedes acceder a eso que tú sabes que es excelso. Te mueres de inanición, en pocas palabras, porque no eres un devorador de narrativa, sino un degustador.

Pero no es eso de lo que quería hablar. Bueno, sí, pero sólo como punto de partida. Porque entre otras certezas que voy desgranando en estas páginas mías, hay una de la que por cierto hablamos el otro día en el podcast, y que ahora voy a llevar un poco más allá:

El 99% (por decir una cifra sin decimales) de lo que se lee y se escribe no es literatura.
El 99% de lo que se filma y se proyecta en pantallas de cine o televisión no es cine.
El 99% de la música que la gente escucha en la radio, en la tele, en el coche, en el supermercado, en cualquier lado, no es música.

Bueno, luego estamos infestados de gente que clama a los cuatro vientos que ama el cine… no es cierto, ama las películas comerciales estadounidenses; de gente que asegura casi tirándose de los pelos que ama la literatura… no es cierto, ama los libros de autoayuda (llamados best-sellers, cosas así) de las editoriales occidentales; a gente cabreándose ante cualquier insinuación y que no puede dejar de afirmar con vehemencia que ama la música… ¿qué música? ¿La que ponen en las cadenas musicales españolas? ¿Esa música? ¿La que ponen en las discotecas de reggaeton? ¿Las mismas canciones pop que llevamos escuchando, con distintos arreglos, desde los años ochenta y noventa? Esas personas que manifiestan su pasión por la música, pero que luego les ponen una pieza de Mozart, o una música incidental, y te dicen que se duermen. Esas mismas personas, que son legión. Tiene que haber de todo en este mundo.

Supongo que tiene que haberla… el problema es que son la gran mayoría. Son los que luego te hacen sentir a ti como un bicho raro. O por lo menos lo intentan. Los que se pasan la vida ingiriendo cine, literatura y música precocinada, enlatada, poco nutritiva y hasta repugnante, pero luego te hacen quedar a ti como una especie de pedante, o te dicen «que no tienes ni puta idea», o te llaman «hater» (esto es bastante nuevo). Pero algunos vamos a un supermercado, o a una tienda de ropa, y desearíamos liarnos a tiros porque la música que ponen allí, de manera insistente y machacona, primero no es música, segundo te destroza el buen gusto, y tercero hace que se te revuelva el estómago. Es el problema de la música, o de eso que dicen que es música sin serlo: que no puedes cerrar los oídos del mismo modo que cierras los ojos, que tienes que aguantarte y soportarla, porque la música es muy invasiva, y cuando el típico mongolo entra a tu vagón del metro reproduciendo música en su aparato sin ponerse los auriculares, no puedes hacer otra cosa que desear que se vaya rápido…porque amigo, una caja de ritmos haciendo ruido, un sintetizador simulando una melodía, una voz lánguida y ronca, no es música, ni siquiera es una canción solvente, es un montón de ruidos sin forma que incitan a tus neuronas a suicidarse…

Pero es el precio, supongo, de vivir «en el mejor mundo posible». Hace, doscientos, trescientos o cuatrocientos años, la literatura y la música eran literatura y eran música. El mundo era una puta mierda, no había libertades sociales, no había medicina universal, no había carreteras ni satélites ni wthatsapp. Pero había música y había literatura, y aunque existía gente que sacaba beneficio de ello, no eran, no podían ser, un negocio capitalista. Es lo que nos ha tocado y para eso existen los críticos literarios, musicales, cinematográficos. Para decirte qué es literatura, y qué es música, y qué es cine. Qué es lo valioso y merecedor de prevalecer, y qué puede ser olvidado y despreciado. Los críticos son algo así como los guardianes de todo lo bello y de todo lo elevado, de lo literario, lo musical, lo cinematográfico. Pero nadie les hará caso y nos quedaremos, en casi todos los casos, con lo que no merece la pena. Si nadie hace caso a los científicos en todo lo tocante al entorno natural, ¿alguien va a hacerle caso a los putos pedantes recalcitrantes de los críticos?

Estándar
ARTÍCULOS, CINE

Drama/Melodrama

Antes que nada me viene a la cabeza esa certeza que hace un tiempo me ronda, y que me dice que los que llaman dramáticos o melodramáticos a los demás en realidad son los verdaderos «drama queens». Como suele suceder en esta existencia paradójica, las cosas nunca son lo que parecen, y en eso funcionamos como en todo lo demás. Los que parecen algo no lo son, y los que no lo parecen, muchas veces lo son. Esa es mi certeza. Ahora pasemos al tema. Sí, cada vez me parezco más a un viejo maestro de escuela que se permite divagaciones por los meandros de su cabeza…

El drama y el melodrama. Para la mayoría no hay diferencia ninguna. Para algunos, creo, las diferencias son mínimas. En realidad las diferencias son, como se puede imaginar el lector de estas líneas, enormes. Supongo que este es uno de esos temas que los estructuralistas, esos que están todo el día dando la vara con el tamaño del plano, y la relación con el siguiente, y lo que significa argumentalmente este corte, o el reflejo en ese espejo partido, o cosas por el estilo, no prestan mucha atención. Y deberían, porque es crucial. El cine es, antes que nada, otro arte narrativo (o anti-narrativo) más, como la música, o el teatro, o la literatura. Y por tanto participa de algo a lo que debería prestarse más atención: el estado anímico que inocula en el espectador. De eso se trata todo. Las películas en sí mismas no importan. Importa lo que con ellas se consigue, lo que con ellas se hace. Son un medio, no un fin. Y el fin es lo que queda en el espectador. Y estoy convencido, o por mejor decir, sé perfectamente que no te va a producir el mismo estado anímico, ni la misma conmoción emocional, un drama que un melodrama.

Este va a ser uno de esos artículos por los que algunos me recuerdan y por las que otros me consideran un imbécil recalcitrante, porque voy a atreverme a soplarle la oreja nada menos que a Clint Eastwood, y nada menos que en ‘Unforgiven’ (1992)…y eso no se hace si quieres ser un tipo respetado, si no quieres quedar como un pedante y un creído… Pero vamos por partes.

Se llama «drama», habitualmente, a películas realistas, contadas con un tono cercano, nada ampuloso, generalmente nada épico, en el que suceden cosas que podrían sucedernos, más o menos, a cualquiera de nosotros. Y se llama «melodrama», habitualmente, a películas que poseen esos elementos ya nombrados pero a los que se añade un componente más apasionado, más intenso, más grande que la vida, sobre todo a través de un elemento que forma parte de su estrategia narrativa: la música. De ahí el «melo» añadido al «drama». Hasta aquí todo correcto. Yo soy partidario, como lo era Tarkovski, de no incluir música en las películas, y en el caso de utilizarla hacerlo de manera muy inteligente y plenamente narrativa. Lo cierto es que en el melodrama la música no suele emplearse de una forma narrativa, casi nunca, sino de una forma psicológica. Nada en contra, cada cual que haga lo que le parezca mejor. Ya he dicho alguna vez que la música ha vampirizado la literatura. También ha vampirizado la música.

A veces, cuando el cineasta es verdaderamente grande, y cuando el cine que está dispuesto a hacer va a ser capaz de trascender lo que habitualmente se conoce por peliculero, se consigue alcanzar un grado de poesía que otras artes no pueden conocer. Es lo nuclear del cine, lo esencial de este extraño arte. Y cuando eso sucede suele ser sin música, aunque hay ejemplos excelsos de imágenes y sonidos con música extradiegética (la falsa reconciliación de Fredo y Michael en ‘The Godfather, Part II’, el ataque al castillo del padre en ‘Ran’, la secuencia final de ‘Melancholia’…), momentos extraordinarios, melodramáticos, al alcance de muy pocos cineastas. Sin embargo, es el silencio musical que nos permite escuchar el mundo que rodea a los personajes, cuando quizá accedemos a algo muy difícil de describir. Y es que cuando la música deja de dictarnos cómo hemos de sentirnos, en el peor de los casos, algunas secuencias alcanzan un grado de verdad absolutamente sublime. Y cuando la música hace acto de aparición, a veces nos molesta, sobra, nos gustaría que no hubiese tenido lugar.

Bajo mi punto de vista, y estoy seguro de que no me equivoco, ‘Unforgiven’ es la obra maestra de Clint Eastwood. Nunca voló tan alto, nunca tuvo a su disposición un guion tan magnífico, nunca manejó a un grupo de actores tan en estado de gracia, y nunca concatenó tantas secuencias memorables, para un conjunto prácticamente perfecto… salvo por un par de detalles. Y es que Eastwood no es un director de dramas, sino de melodramas. Por alguna razón, necesita de la música para ser él mismo, y eso ha terminado dañando a algunos filmes suyos (algunos incluso con música suya) que habrían sido mejores de contar con otra música o con ninguna en absoluto. Y existe una secuencia en concreto que a mí me parece la peor, con gran diferencia, de toda la película. Y no es la peor porque esté mal dirigida, porque esté mal escrita o interpretada. Es la peor porque contiene música, y una música que no la beneficia en absoluto.

Me refiero a la escena en la que William Munny (Eastwood) rechaza los favores de la prostituta desfigurada a navajazos, pero no porque la encuentre fea, sino porque alega que está casado (cuando sabemos que su esposa falleció) y que sus hijos le esperan en casa, al cuidado de su mujer. Es una secuencia que de no tener música habría sido de una belleza dolorosa y conmovedora. Pero al incluir en ella su música Eastwood, la banaliza. Con esa música en concreto (que si no me equivoco es además el tema de Claudia), dejamos de ver un drama para asistir a un melodrama un tanto torpe, un tanto manido y un tanto tópico. Pareciera que Eastwood no confiara en el espectador, o no confiara en sí mismo. Es sorprendente en un filme magistral como ningún otro de su sobrevalorada carrera, y ejemplifica a la perfección lo que quiero decir. El melodrama es mucho más fácil de dirigir que el drama. Eastwood habría incluido un tema a piano o a guitarra en la crucial conversación entre Casey Affleck y Michelle Williams en la escalofriante ‘Manchester by the Sea’, o en la conversación final entre Adèle y Emma en la sublime ‘La vie d’Adèle’. Esa es la diferencia entre un director astuto, o incluso un buen director, y un verdadero gran cineasta.

Y ahora ya pueden hacerme la cruz y dejar de seguir este sitio… o pueden revisar la escena de ‘Unforgiven’ y darse cuenta de que quizá, sólo quizá, el recalcitrante Massanet tenga razón.

Estándar
ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

HBO y nada más

Vista ‘Watchmen’ (2019), vuelvo a pensar que hay que rendirse a la evidencia: el resto de cadenas y productoras de series están a años luz de la HBO, que dos décadas después de haber revolucionado la televisión con tres series seminales (The Sopranos, The Wire, Six Feet Under), sigue siendo el faro que guía este formato y el espejo en el que el resto de cadenas y productoras han de mirarse si quieren alcanzar la excelencia. HBO es no sólo el modelo a seguir, sino ya una leyenda y me atrevo a decir que será un mito dentro de cincuenta o sesenta años, cuando se estudien estos años de creaciones extraordinarias.

Qué sorpresa más grata ‘Watchmen’… No me esperaba una serie tan formidable, pero por otro lado no me sorprende. Es ‘Watchmen’ una lección de cine desde el primer episodio al último (nueve lo conforman, y no falta ni sobra nada), un relato con aires de apocalíptico, con una resolución visual y sonora apabullante, con un guion de gran complejidad y muy bien trabajado y uno de los alegatos anti-racistas más impresionantes que yo haya visto en una pantalla. No me creo que el muy sobrevalorado Damon Lindelof (responsable de Lost) haya sido el verdadero escritor y la mente detrás de todo esto. Me apostaría un millón de euros a que simplemente es el urdidor del proyecto y el gran nombre que se ha quedado con (casi) todo el mérito, porque los globos hinchados que forman su trayectoria no anticipan algo de este calibre. Simplemente se ha rodeado de gente de primerísimo nivel que quizá dentro de unos años despunten en solitario, y ha quedado como el jefe. Pero sea como fuere, los nueve capítulos son soberbios, con un aspecto visual y un montaje y sonido apabullantes, y por si fuera poco con la mejor interpretación que yo he visto de toda la carrera del veterano Jeremy Irons (que parece haber nacido para interpretar a Ozymandias) y con una música hipnótica y oscurísima de Trent Reznor y Atticus Ross. ¿Se puede pedir más?

Lo de HBO queda lejos, muy lejos, de las capacidades de otras cadenas, como por ejemplo la muy exitosa NETFLIX, que no puede competir con el tremendo caudal, con el legado creativo, conceptual y narrativo de la pimera. NETFLIX tiene muchas más series, y en algunos casos su éxito es mucho más arrollador, pero HBO cuida cada una de sus piezas con un mimo y con un detallismo en la producción que es para quitarse el sombrero. Y aunque está claro que no acierta siempre, cuando lo hace es imbatible, y lleva más de dos décadas siéndolo. No tiene dos o tres series magníficas, sino que tiene muchas, y aunque las grandes series de cuatro o cinco temporadas son las que se llevan (lógicamente) los grandes elogios, demuestra una y otra vez que en el formato miniserie (una temporada auto-conclusiva) son también unos maestros.

Voy a hacer un compendio de lo que he visto (o recuerdo haber visto…) para hacer al lector una idea más global de mi percepción del inmenso catálogo de esta Arcadia Televisiva:

Grandes Series

The Sopranos, de David Chase: Obligado ponerla la primera (con permiso de la segunda), pues es la cima de la televisión de todos los tiempos, una ficción de un pesimismo, un nihilismo y una negrura como no se ha visto jamás, con episodio magistral tras episodio magistral
The Wire, de David Simon: La «segunda mejor», o la que compartiría el trono de las más grandes, un mosaico irrepetible de caracteres y situaciones, de un realismo y una verdad literalmente indescriptibles.
Deadwood, de David Milch: La serie truncada de HBO, una obra de arte inacabada, que concluyó recientemente con una estupenda película como despedida a los personajes, el western como no la hecho nadie hasta entonces ni nadie podrá hacerlo.
Rome, de Bruno Heller, William J. MacDonald y John Milius: Impresionante serie de dos temporadas sobre los entresijos de la cultura romana a través de dos personajes maravillosos y una pléyade de secundarios, una producción superlativa
Game of Thrones, de David Benioff y D. B. Weiss: La serie que ha marcado una época, no quizá una obra maestra inapelable, pero sin duda una creación muy notable, un espectáculo sensacional y un drama psicológico y violento de enorme potencia.
Boardwalk Empire, de Terence Winter: Otra gran serie HBO, esta vez sobre la época de la ley seca, violenta, áspera, árida, pero también emocionante y sorprendente. También muy notable
True Blood, de Allan Ball: Un divertimento con sus luces y sus sombras, quizá demasiadas temporadas pero algunas de ellas muy disfrutables, sus mejores momentos son realmente brillantes, sádicos y hasta subversivos
Westworld, de Lisa Joy y Jonathan Nolan: Una serie que ha ido de más a menos, pero que es sin duda brillantísima, con una factura y una producción impecables, y con algunos momentos extraordinarios
Six Feet Under, de Alan Ball: Una de las series seminales de la cadena, quizá algo inflada en su recta final, pero sin duda mítica.
Succession, de Jesse Armstrong: Llamada a ser una de las grandes de su tiempo, acaba de estrenar tercera temporada. Quizá no vay a dejar huella por su realización pero sí por sus superlativos guiones, personajes y situaciones.
Euphoria, de Sam Levinson: La primera temporada ha sido una joya sin paliativos, ya veremos si sucesivas temporadas consiguen mantener el altísimo listón del inicio.
In Treatment, de Rodrigo García: Notable serie de formato corto con muchos episodios, que proponía un modo distinto de enfrentarse a una serie.
30 monedas, de Álex de la Iglesia: Mediocre serie de fantasía y terror, con algún momento bueno aislado, pero que queda a años luz de lo mejor de la cadena.

Miniseries

Band of Brothers: Extraordinaria serie bélica sobre algunos de los combates más terribles de la II Guerra Mundial, otra joya irrepetible de la cadena
Chernobyl, de Craig Mazin: Cinco episodios que saben a poco y que resultan aterradores, conmovedores e inolvidables, una serie para la historia.
True Detective, de Nic Pizzolato: Una primera temporada sencillamente extraordinaria, con un guion notable, una realización excelsa y un personaje y una interpretación para la historia del cine.
Watchmen, de Damon Lindelof: Formidable creación, uno de los alegatos anti-racistas más poderosos que se recuerdan, y una experiencia hipnótica y apolíptica.
Mare of Easttown, de Brad Ingelsvy: Practicamente magistral relato seriado, que cuenta con una sublime Kate Winslet, para una historia de una complejidad y una hondura humanas realmente arrolladoras.
Olive Kitteridge: Sensacional drama, con una Frances McDormand impresionante, que se aleja de cualquier cliché o lugar común para contar la historia de uno de los personajes femeninos más memorables en muchos años de cine.
Patria, de Aitor Gabilondo: Interesante serie que quizá se toma demasiado al pie de la letra la novela (que tampoco era excelente) de Aramburu.
The Outsider, de Richard Price: Apreciable serie de terror y suspense, con momentos realmente conseguidos, aunque algo dispersa al final.
Sharp Objects, de Marti Noxon: Otra serie que va de más a menos, y que por eso consigue sólo una parte de lo que pretende, pero sus actores están soberbios y posee un episodio absolutamente magistral.
Mildred Pierce: Ya se llevó esta historia al cine con el título español de ‘Alma en suplicio’, y hay que decir que con mejores resultados que los obtenidos por el gran Todd Haynes. Casi nada funciona en una serie que debía haber sido de cabecera.
The Night Of, de Richard Price y Steven Zaillian: Impresionante mini-serie, que debió haber protagonizado James Gandolfini (aunque Turturro está fenomenal) que cuenta los entresijos de las cárceles estadounidenses y los tejemanejes legales y policiales. Sencillamente obligatoria.

Otras cadenas como AMC crean series estupendas como ‘Breaking Bad’ o ‘Mad Men’. Incluso NETFLIX lo intenta con el brillante divertimento de ‘The Witcher’. Pero esto es otro nivel. Otra galaxia, me parece a mí. Y creo que se apreciará más dentro de unas décadas, cuando el formato ya no de más de sí y los especialistas (si aún los hay…) se pregunten cómo una sola productora pudo parir tantas maravillas. Tiempo al tiempo.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE

Obras cinematográficas notables y magistrales del siglo XXI – Europa y Estados Unidos

Me cuesta tanto creer que lo que se hizo en EEUU en los años 30, 40 y 50 sea el cine más perfecto jamás realizado, como que yo no me llame Adrián Massanet. Es ya una cuestión personal, después de tantos años repitiéndola sin desmayo. Se supone, porque así lo decidieron ellos (los estadounidenses, claro), que su cine de los «años dorados» es la cima, lo insuperable, lo que marcó las reglas del juego. Y todo lo demás, tanto de aquellos años como posteriores, es un pálido reflejo. Y el caso es que consiguieron que la idea calase, porque en la tercera década del siglo XXI seguimos con lo mismo, como si no fuéramos capaces de pensar por nosotros mismos, e incluso sesudos críticos o pseudo-críticos de los que escriben en revistas o en Twitter, que se declaran apasionados del cine europeo más radical, de las formas audiovisuales más formalmente audaces, son capaces de defender lo indefendible y de encontrar en las películas de Hawks, Ford, Hitchcock, Wilder y demás, ideas visuales o de montaje, conceptuales o narrativas que solamente existen en la imaginación de los que las proclaman.

Pero el cine, como cualquier otro arte, sigue en continuo desarrollo y buscándose a sí mismo, buscando su verdadera naturaleza y lo que es capaz de ofrecer. No es posible quedarse en fórmulas pasadas que además respondían a imperativos comerciales o socioeconómicos de su tiempo, a soluciones formales ya totalmente superadas. Ni el mudo es la cumbre del cine, ni el cine estadounidense de los años cuarenta o cincuenta es lo máximo a lo que se puede aspirar. Quienes así piensan no hacen más que repetir lo que otros dijeron hace setenta y cinco años. Un callejón sin salida.

Y ahora, en un siglo XXI que se anticipa problemático cuanto menos, la literatura parece haber empezado un proceso de desintegración del que no sabemos cómo sobrevivirá, si es que sobrevive, y el cine se enfrenta a continuos desafíos como las plataformas digitales, las excelentes series que se producen cada año, la pérdida de salas, las pandemias que obligan a quedarse en casa, y un largo etcétera. Sin embargo… ¡siguen apareciendo hitos del cine! Y seguirán saliendo. Yo creo, y espero no estar solo en esto, que el cine tiene mucho más que ofrecer, y que su verdadero apogeo todavía no ha tenido lugar. Empezó a desperezarse en los años sesenta y se hizo adulto en los setenta, pero desde entonces ha sufrido demasiados vaivenes. Los ochenta y los noventa tuvieron lugar grandes títulos y también grandes problemas formales resueltos de manera diferente a cada lado del charco. El cine-espectáculo llegó a su clímax y el cine de autor fue quedando poco a poco relegado. ¿Y en las dos primeras décadas del XXI? ¿Qué han dado de sí? Yo creo que bastante. Como en el fondo tengo una vena optimista voy a consignar aquí lo que considero tanto notable como genial o magistral, diferenciando entre las dos cinematografías más potentes de occidente: Europa y Estados Unidos, realizado en el siglo XXI (es decir, sin contar el año 2000). Tal vez es una lista pensada solamente para mí, para seguir creyendo que la cosa sigue yendo hacia adelante y que seguirán apareciendo obras notables y magistrales, pero no me importa compartirla. Yo creo que este extenso ramillete bien puede competir (y en algunos casos, situarse bastante por encima) de lo realizado en los años treinta y cuarenta, tanto en Europa como en Estados Unidos, y desde luego me da esperanza de que sigan apareciendo films notables y magistrales.

FILMES NOTABLES

Europa

‘Match Point’, de Woody Allen
‘A Most Wanted Man’, de Anton Corbijn
‘Only Lovers Left Alive’, de Jim Jarmusch
‘Under the Skin’, de Jonathan Glazer
‘The Room’, de Lenny Abrahamson
‘Cold War’, de Pawel Pawlikowski
‘Ida’, de Pawel Pawlikowski
‘Entre les murs’, de Laurent Cantet
‘4 luni, 3 saptamini si 2 zile’, de Cristian Mungiu
‘Locke’, de Steven Knight
‘No habrá paz para los malvados’, de Enrique Urbizu
‘La caja 507’, de Enrique Urbizu
‘La vida mancha’, de Enrique Urbizu
‘No tengas miedo’, de Montxo Armendáriz
‘Te doy mis ojos’, de Icíar Bollaín
‘Holy Motors’, de Leos Carax
‘Le scaphandre et le papillon’, de Julian Schnabel
‘Éloge de l’amour’, de Jean-Luc Godard
‘Un prophète’, de Jacques Audiard
‘Jagten’, de Thomas Vinterberg
‘Elle’, de Paul Verhoeven
‘Shame’, de Steve McQueen
‘Nymphomaniac I y II’, de Lars Von Trier
‘Dogville’, de Lars Von Trier
‘Antichrist’, de Lars Von Trier
‘The House that Jack Built’, de Lars Von Trier
‘Leviathan’, de Andrey Zvyagintsev
‘Das weisse Band’, de Michael Haneke
‘Caché’, de Michael Haneke
‘La pianiste’, de Michael Haneke

Estados Unidos

‘No Country for Old Man’, de los hermanos Coen
‘Inside Llevyn Davis’, de los hermanos Coen
‘A Serious Man’, de los hermanos Coen
‘Mud’, de Jeff Nichols
‘Manchester by the Sea’, de Kenneth Lonergan
‘Hell or High Water’, de David Mckenzie
‘Kill Bill, Vol. 2’, de Quentin Tarantino
‘Django Unchained’, de Quentin Tarantino
‘Inglourious Basterds’, de Quentin Tarantino
‘Moonlight’, de Barry Jenkins
‘Zodiac’, de David Fincher
‘Killing Them Softly’, de Andrew Dominik
‘Training Day’, de Antoine Fuqua
‘Mystic River’, de Clint Eastwood
‘Before Sunset’, de Richard Linklater
‘Before Midnight’, de Richard Linklater
‘A History of Violence’, de David Cronenberg
‘In the Bedroom’, de Todd Field
‘The Departed’, de Martin Scorsese
‘Gangs of New York’, de Martin Scorsese
‘The Wolf of Wall Street’, de Martin Scorsese
‘The Aviator’, de Martin Scorsese
‘Paranoid Park’, de Gus Van Sant
‘Rango’, de Gore Verbinski
‘Up’, de Pete Docter y Bob Peterson
‘You Were Never Really Here’, de Lynne Ramsay
‘Munich’, de Steven Spielberg
‘Lincoln’, de Steven Spielberg
‘Doctor Sleep’, de Mike Flanagan
The Witch’, de Robert Eggers
‘Unbreakable’, de M. Night Shyamalan
‘Ad Astra’, de James Gray
‘Avatar’, de James Cameron
‘Punch-Drunk Love’, de Paul Thomas Anderson
‘Inherent Vice’, de Paul Thomas Anderson
‘Phantom Thread’, de Paul Thomas Anderson

FILMES MAGISTRALES

Europa

‘La vie d’Adèle’, de Abdellatif Kechiche
‘Amour’, de Michael Haneke
‘Melancholia’, de Lars Von Trier
‘Saul fia’, de László Nemes
‘Harry Potter and the Prisoner of Azkaban’, de Alfonso Cuarón
‘Children of Men’, de Alfonso Cuarón
‘In Bruges’, de Martin McDonagh
‘A Torinói ló’, de Béla Tarr y Ágnes Hranitzky
‘L’illusionniste’, de Sylvain Chomet
‘Les triplettes de Belleville’, de Sylvain Chomet
‘Carol’, de Todd Haynes
‘The Pianist’, de Roman Polanski
‘Saraband’, de Ingmar Bergman

Estados Unidos

‘Boyhood’, de Richard Linklater
‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’, de Michel Gondry
‘Silence’, de Martin Scorsese
‘The Master’, de Paul Thomas Anderson
‘There Will Be Blood’, de Paul Thomas Anderson
‘The Girl with the Dragon Tattoo’, de David Fincher
‘Gone Girl’, de David Fincher
‘The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford’, de Andrew Dominik
‘Brokeback Mountain’, de Ang Lee
‘I’m Not There’, de Todd Haynes
‘Spider-Man: Into the Spider-Verse’, de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman
‘The New World’, de Terrence Malick
‘As I Was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty’, de Jonas Mekas

Estándar
PODCAST

Cíclopes & Minotauros, capítulo 3: Los cuatro padres de la literatura estadounidense

Pues ya tenemos nuevo programa. Nos ha costado un poco ponernos a ello porque somos gente ocupada que además de ponernos a charlar de cosas sin importancia para que algunos nos escuchen, también tenemos que ocuparnos de nuestros asuntos, pero como estamos bien avenidos y nos gusta reunirnos hemos sido capaces de cerrar el capítulo número tres de nuestro podcast ‘Cíclopes & Minotauros’, esta vez centrado en los que consideramos, o yo por lo menos considero, los cuatro padres de la literatura estadounidense. Es decir: Edgar Allan Poe, Henry David Thoreau, Walt Whitman y Herman Melville. Seguro que otros pondrían alguno más, y añadiría, qué se yo, a Ralph Waldo Emerson, a Emily Dickinson, a Nathaniel Hawthorne… Pero estos son los nuestros y creemos que son el póker de escritores más importante e interesante sobre el que hablar durante dos horas (y porque si hubiéramos hablado de alguno más podríamos habernos ido a las cuatro horas de duración…).

Para este tercer capítulo hemos podido recuperar, afortunadamente, a nuestro amigo Javier Gallego, que no pudo participar en el segundo programa por causas ajenas a su voluntad, pero que aquí vuelve a hablar, mucho y bien, de la poesía de Poe y de Whitman, de los arrebatos líricos de Thoreu y de lo que se ponga por delante. Y por supuesto ha estado ahí Juanjo con su aplomo a la hora de situarnos históricamente y de hacer las mejores preguntas del mundo. Son un poquito más de dos horas y media de charla (ciento cincuenta y cuatro minutos, más largo que los dos capítulos previos juntos) que yo creo, y no es autobombo, que nos han quedado francamente bien. El mejor programa, probablemente, de los que hemos hecho hasta ahora, en mi opinión. Pero esto es sólo una opinión. La de los eventuales oyentes también cuenta, por eso queremos que lo escuchen y por eso dejo aquí este breve artículo en el que hacer una somera introducción a este capítulo.

Como siempre, el programa está disponible en la plataforma ivoox, y este es el enlace:

Ir a descargar

Pero también está disponible ya en spotify, así que podéis emplear este enlace:

Así que, nada más. Esperamos vuestros mensajes, comentarios, críticas… también algún ataque (con lo de hablar de cuatro escritores y ninguna escritora os lo hemos puesto a tiro…). Y lo que queráis. Tanto aquí, como en la página web del programa o en la plataforma ivoox. Gracias a todos por escucharnos.

Estándar
ARTÍCULOS

El cañón del revólver (XV)

Inmersos como estamos en las festividades del Día de la Hispanidad, vuelvo a pensar lo que tantas veces he pensado: que celebrar este evento con un desfile militar es una equivocación gigantesca. Ahora que tantas voces están dispuestas a volver a dar alas a la Leyenda Negra española, y que tantos países y organizaciones piden que España pida perdón por actos cometidos hace más de quinientos años (lo que me parece algo también del todo absurdo…), que se insista desde aquí en celebrar el 12 de octubre con el desfile que el ejército debería reservar para el 30 de mayo, verdadero día de las fuerzas armadas, es para hacérselo mirar. Esto es herencia del más rancio franquismo y del más esperpéntico ultraderechismo que existe en toda Europa. No es el Día de la Hispanidad, en el que se podrían establecer nuevos puentes culturales entre las naciones que hablan español en todo el mundo, con eventos culturales, literarios, sociales… es el Día de la Ultraderecha, con media España atenta a lo que hagan Felipe VI y los políticos de uno y otro signo, con una exaltación a la figura del rey y a la existencia de un ejército entre los más corruptos del mundo. Parece claro que las cosas podrían y deberían hacerse de otra manera.

Nos encontramos en el setecientos aniversario (como bien sabe mi buen amigo Javier Gallego) de la muerte del que para muchos especialistas es el poeta supremo, el florentino Dante Alighieri, autor de la monumental ‘La divina comedia’ y de otras obras excelsas como ‘Vita Nuova’ (que me estoy leyendo ahora), y no sé yo si una efeméride tan importante cala bien entre los lectores asiduos, ni siquiera entre los amantes de la literatura, pues me temo que a muchos ya Dante les parece demasiado lejano, y cabe preguntarse si dentro de doscientos o trecientos años, si es que llegamos, seguirá prestándole algo de atención, por lo menos desde el ámbito académico, a gente como Dante, Cervantes y compañía (compañía en la que no figura, lo siento amigos británicos, el sobrevaloradísimo William Shakespeare), y quienes de los grandes del siglo XX serán por entonces venerados. Del siglo XXI me temo que pocos o ninguno, porque por el momento no surgen grandes figuras capaces de rivalizar con las de la pasada centuria, no digamos con los grandes poetas o novelistas clásicos.

Parece ser que en El País siguen situando las crónicas de las corridas de toros en la zona de cultura, al lado de las artes. Y eso a pesar de que la popularidad de estos eventos no es, ni mucho menos, la de antaño. Uno de los argumentos más recurrentes de estos sádicos salidos de Atapuerca es que esto de los toros es cultura, y arte, y tradición, y supongo que por eso alguien, hace muchas décadas, decidió incluirlo en la sección de cultura de los grandes periódicos. Uno se pregunta, inevitablemente, qué clase de tarados acuden a un espectáculo en el que se tortura a un animal hasta la muerte, apuñalándole, haciéndole escupir sangre y finalmente clavándole una espada en el corazón. Algunos nos preguntamos hasta cuándo continuará esto, si a finales del siglo XXI, en los que yo dudo seguir vivo, seguirán torturándose animales por diversión, o seguirán criándose animales para las pieles de los ricachones, o cosas por el estilo. Y como me imagino la respuesta dan ganas de apagar la luz y mandar todo al cuerno.

El otro día la antigua superestrella de la radio Jose María García, nada sospechoso de izquierdismos, dijo algo así como que escuchas hablar a Isabel Díaz Ayuso durante quince minutos y ya te das cuenta de que la pobre no está a la altura ni para gestionar un patio de vecinos. Yo no sería tan generoso. Con quince segundos escuchándola en algún mitin, mientras lee el papelito que le han dado sus asesores, me es suficiente. Hay mucha gente, me parece, que está en puestos de trabajo, incluso de gran responsabilidad, que está clarísimo que no debería estar ahí. La mayoría. Y hay otra mucha gente que mereciera mejor suerte y no hay manera, no le dan absolutamente nada que merezca la pena. Así funciona este extraño mundo, en el que community managers de perros terminan de presidentas de la comunidad, periodistas de tercera categoría se sienten capaces de mirarle de tú a tú a Cervantes, y listillos de los que tienen mucha astucia o mucho morro terminan dirigiendo películas y ganando mucho dinero mientras verdaderos artistas se mueren de hambre. Y luego hablan del esfuerzo, de la fuerza de voluntad y de perseguir tus sueños. Palabras que se lleva el viento.

Ahora que la Covid nos da un respiro (aparente) y no es obligatorio llevar la mascarilla por la calle (aunque yo diría que es muy recomendable), y han abierto terrazas y discotecas, Madrid ha vuelto a la jodida normalidad: atascos insufribles, el metro hasta la bandera a cualquier hora del día, macro-botellones, el centro hasta la bandera de gente hasta las tantas. La gente está como loca por salir, beber y ser parte de la masa devoradora de ocio, y algunos que ya no estamos acostumbrados a este gentío, después de tantos meses de pandemia, lo lamentamos profundamente. Estamos superpoblados, supernecesitados, superdependientes de encontrarnos con grandes cantidades de personas para sentirnos mejor, compartir nuestras miserias (y nuestros virus), y contribuir al caos de las ciudades, y esto después de casi 100.000 muertes y numerosos enfermos que todavía no se han recuperado. No hemos aprendido absolutamente nada de este virus.

Último disparo de este revólver, que además tiene que ver con lo que acabo de escribir: la gente en Madrid ha elegido pasárselo bien por encima de la sanidad y la educación. Es decir al PP y a la ultraderechista Isabel Díaz Ayuso (que no milita en VOX porque le daría menos oportunidades de alcanzar puestos de poder), y a sus ideas de que la libertad consiste en emborracharte, no poder alquilar un piso decente, no tener médicos por la tarde, y que no haya profesores ni psicólogos para todos. Perfecto. Que esto lo vote gente de dinero es lo normal (aunque no defendible), pero que lo voten curritos que no llegan a fin de mes es directamente grotesco. Me acuerdo de ‘It’s a Wonderful Life’ de Capra, en la que Bedford Falls se ha convertido en Pottersville, y en lugar de ser una ciudad decente se ha convertido en un paraíso para los especuladores, los banqueros y la gente sin escrúpulos. Eso es Madrid: ha dejado de ser Bedford Falls y ya es Pottersville. Y esto sólo es el principio.

Estándar