Drama/Melodrama

Antes que nada me viene a la cabeza esa certeza que hace un tiempo me ronda, y que me dice que los que llaman dramáticos o melodramáticos a los demás en realidad son los verdaderos «drama queens». Como suele suceder en esta existencia paradójica, las cosas nunca son lo que parecen, y en eso funcionamos como en todo lo demás. Los que parecen algo no lo son, y los que no lo parecen, muchas veces lo son. Esa es mi certeza. Ahora pasemos al tema. Sí, cada vez me parezco más a un viejo maestro de escuela que se permite divagaciones por los meandros de su cabeza…

El drama y el melodrama. Para la mayoría no hay diferencia ninguna. Para algunos, creo, las diferencias son mínimas. En realidad las diferencias son, como se puede imaginar el lector de estas líneas, enormes. Supongo que este es uno de esos temas que los estructuralistas, esos que están todo el día dando la vara con el tamaño del plano, y la relación con el siguiente, y lo que significa argumentalmente este corte, o el reflejo en ese espejo partido, o cosas por el estilo, no prestan mucha atención. Y deberían, porque es crucial. El cine es, antes que nada, otro arte narrativo (o anti-narrativo) más, como la música, o el teatro, o la literatura. Y por tanto participa de algo a lo que debería prestarse más atención: el estado anímico que inocula en el espectador. De eso se trata todo. Las películas en sí mismas no importan. Importa lo que con ellas se consigue, lo que con ellas se hace. Son un medio, no un fin. Y el fin es lo que queda en el espectador. Y estoy convencido, o por mejor decir, sé perfectamente que no te va a producir el mismo estado anímico, ni la misma conmoción emocional, un drama que un melodrama.

Este va a ser uno de esos artículos por los que algunos me recuerdan y por las que otros me consideran un imbécil recalcitrante, porque voy a atreverme a soplarle la oreja nada menos que a Clint Eastwood, y nada menos que en ‘Unforgiven’ (1992)…y eso no se hace si quieres ser un tipo respetado, si no quieres quedar como un pedante y un creído… Pero vamos por partes.

Se llama «drama», habitualmente, a películas realistas, contadas con un tono cercano, nada ampuloso, generalmente nada épico, en el que suceden cosas que podrían sucedernos, más o menos, a cualquiera de nosotros. Y se llama «melodrama», habitualmente, a películas que poseen esos elementos ya nombrados pero a los que se añade un componente más apasionado, más intenso, más grande que la vida, sobre todo a través de un elemento que forma parte de su estrategia narrativa: la música. De ahí el «melo» añadido al «drama». Hasta aquí todo correcto. Yo soy partidario, como lo era Tarkovski, de no incluir música en las películas, y en el caso de utilizarla hacerlo de manera muy inteligente y plenamente narrativa. Lo cierto es que en el melodrama la música no suele emplearse de una forma narrativa, casi nunca, sino de una forma psicológica. Nada en contra, cada cual que haga lo que le parezca mejor. Ya he dicho alguna vez que la música ha vampirizado la literatura. También ha vampirizado la música.

A veces, cuando el cineasta es verdaderamente grande, y cuando el cine que está dispuesto a hacer va a ser capaz de trascender lo que habitualmente se conoce por peliculero, se consigue alcanzar un grado de poesía que otras artes no pueden conocer. Es lo nuclear del cine, lo esencial de este extraño arte. Y cuando eso sucede suele ser sin música, aunque hay ejemplos excelsos de imágenes y sonidos con música extradiegética (la falsa reconciliación de Fredo y Michael en ‘The Godfather, Part II’, el ataque al castillo del padre en ‘Ran’, la secuencia final de ‘Melancholia’…), momentos extraordinarios, melodramáticos, al alcance de muy pocos cineastas. Sin embargo, es el silencio musical que nos permite escuchar el mundo que rodea a los personajes, cuando quizá accedemos a algo muy difícil de describir. Y es que cuando la música deja de dictarnos cómo hemos de sentirnos, en el peor de los casos, algunas secuencias alcanzan un grado de verdad absolutamente sublime. Y cuando la música hace acto de aparición, a veces nos molesta, sobra, nos gustaría que no hubiese tenido lugar.

Bajo mi punto de vista, y estoy seguro de que no me equivoco, ‘Unforgiven’ es la obra maestra de Clint Eastwood. Nunca voló tan alto, nunca tuvo a su disposición un guion tan magnífico, nunca manejó a un grupo de actores tan en estado de gracia, y nunca concatenó tantas secuencias memorables, para un conjunto prácticamente perfecto… salvo por un par de detalles. Y es que Eastwood no es un director de dramas, sino de melodramas. Por alguna razón, necesita de la música para ser él mismo, y eso ha terminado dañando a algunos filmes suyos (algunos incluso con música suya) que habrían sido mejores de contar con otra música o con ninguna en absoluto. Y existe una secuencia en concreto que a mí me parece la peor, con gran diferencia, de toda la película. Y no es la peor porque esté mal dirigida, porque esté mal escrita o interpretada. Es la peor porque contiene música, y una música que no la beneficia en absoluto.

Me refiero a la escena en la que William Munny (Eastwood) rechaza los favores de la prostituta desfigurada a navajazos, pero no porque la encuentre fea, sino porque alega que está casado (cuando sabemos que su esposa falleció) y que sus hijos le esperan en casa, al cuidado de su mujer. Es una secuencia que de no tener música habría sido de una belleza dolorosa y conmovedora. Pero al incluir en ella su música Eastwood, la banaliza. Con esa música en concreto (que si no me equivoco es además el tema de Claudia), dejamos de ver un drama para asistir a un melodrama un tanto torpe, un tanto manido y un tanto tópico. Pareciera que Eastwood no confiara en el espectador, o no confiara en sí mismo. Es sorprendente en un filme magistral como ningún otro de su sobrevalorada carrera, y ejemplifica a la perfección lo que quiero decir. El melodrama es mucho más fácil de dirigir que el drama. Eastwood habría incluido un tema a piano o a guitarra en la crucial conversación entre Casey Affleck y Michelle Williams en la escalofriante ‘Manchester by the Sea’, o en la conversación final entre Adèle y Emma en la sublime ‘La vie d’Adèle’. Esa es la diferencia entre un director astuto, o incluso un buen director, y un verdadero gran cineasta.

Y ahora ya pueden hacerme la cruz y dejar de seguir este sitio… o pueden revisar la escena de ‘Unforgiven’ y darse cuenta de que quizá, sólo quizá, el recalcitrante Massanet tenga razón.