Qué asco de música

Lo sé, soy muy cañero a veces. Así mismo, soy incapaz de reprimirme cuando algo me da mucho asco. Y si fuera capaz de reprimirme sería mucho peor, porque después saldría eso que he conseguido guardar, y saldría multiplicado por cien, y todo se vería inundado de mi enorme capacidad de sentir asco. Un desastre, vaya, regado con ataques de histeria y de risa.

Soy así desde chaval, desde pequeño diría yo. Pensaba que era una rareza de mi carácter, pero qué va. Es que soy de esos a los que generalmente se denomina como exquisitos. Si a mí me das a probar un buen plato de lo que sea… salmón, por ejemplo… la próxima vez que lo hagas, o que lo haga yo mismo, ha de quedar igual de bueno, o no me va a gustar. Si por un azar se me ha dado a probar, o a experimentar, algo realmente magnífico, un click de mi interior me lleva a rechazar cualquier cosa inferior. Con las obras de arte lo mismo: una vez que has catado algo excelso… ¿cómo puedes resignarte a algo inferior? ¿Cómo es posible que no compares esa experiencia inferior con aquella que te hizo volar hasta la estratosfera? No lo puedes evitar: te rebelas, te pones en huelga de hambre, te niegas a hacer nada ni a probar nada hasta que de nuevo puedes acceder a eso que tú sabes que es excelso. Te mueres de inanición, en pocas palabras, porque no eres un devorador de narrativa, sino un degustador.

Pero no es eso de lo que quería hablar. Bueno, sí, pero sólo como punto de partida. Porque entre otras certezas que voy desgranando en estas páginas mías, hay una de la que por cierto hablamos el otro día en el podcast, y que ahora voy a llevar un poco más allá:

El 99% (por decir una cifra sin decimales) de lo que se lee y se escribe no es literatura.
El 99% de lo que se filma y se proyecta en pantallas de cine o televisión no es cine.
El 99% de la música que la gente escucha en la radio, en la tele, en el coche, en el supermercado, en cualquier lado, no es música.

Bueno, luego estamos infestados de gente que clama a los cuatro vientos que ama el cine… no es cierto, ama las películas comerciales estadounidenses; de gente que asegura casi tirándose de los pelos que ama la literatura… no es cierto, ama los libros de autoayuda (llamados best-sellers, cosas así) de las editoriales occidentales; a gente cabreándose ante cualquier insinuación y que no puede dejar de afirmar con vehemencia que ama la música… ¿qué música? ¿La que ponen en las cadenas musicales españolas? ¿Esa música? ¿La que ponen en las discotecas de reggaeton? ¿Las mismas canciones pop que llevamos escuchando, con distintos arreglos, desde los años ochenta y noventa? Esas personas que manifiestan su pasión por la música, pero que luego les ponen una pieza de Mozart, o una música incidental, y te dicen que se duermen. Esas mismas personas, que son legión. Tiene que haber de todo en este mundo.

Supongo que tiene que haberla… el problema es que son la gran mayoría. Son los que luego te hacen sentir a ti como un bicho raro. O por lo menos lo intentan. Los que se pasan la vida ingiriendo cine, literatura y música precocinada, enlatada, poco nutritiva y hasta repugnante, pero luego te hacen quedar a ti como una especie de pedante, o te dicen «que no tienes ni puta idea», o te llaman «hater» (esto es bastante nuevo). Pero algunos vamos a un supermercado, o a una tienda de ropa, y desearíamos liarnos a tiros porque la música que ponen allí, de manera insistente y machacona, primero no es música, segundo te destroza el buen gusto, y tercero hace que se te revuelva el estómago. Es el problema de la música, o de eso que dicen que es música sin serlo: que no puedes cerrar los oídos del mismo modo que cierras los ojos, que tienes que aguantarte y soportarla, porque la música es muy invasiva, y cuando el típico mongolo entra a tu vagón del metro reproduciendo música en su aparato sin ponerse los auriculares, no puedes hacer otra cosa que desear que se vaya rápido…porque amigo, una caja de ritmos haciendo ruido, un sintetizador simulando una melodía, una voz lánguida y ronca, no es música, ni siquiera es una canción solvente, es un montón de ruidos sin forma que incitan a tus neuronas a suicidarse…

Pero es el precio, supongo, de vivir «en el mejor mundo posible». Hace, doscientos, trescientos o cuatrocientos años, la literatura y la música eran literatura y eran música. El mundo era una puta mierda, no había libertades sociales, no había medicina universal, no había carreteras ni satélites ni wthatsapp. Pero había música y había literatura, y aunque existía gente que sacaba beneficio de ello, no eran, no podían ser, un negocio capitalista. Es lo que nos ha tocado y para eso existen los críticos literarios, musicales, cinematográficos. Para decirte qué es literatura, y qué es música, y qué es cine. Qué es lo valioso y merecedor de prevalecer, y qué puede ser olvidado y despreciado. Los críticos son algo así como los guardianes de todo lo bello y de todo lo elevado, de lo literario, lo musical, lo cinematográfico. Pero nadie les hará caso y nos quedaremos, en casi todos los casos, con lo que no merece la pena. Si nadie hace caso a los científicos en todo lo tocante al entorno natural, ¿alguien va a hacerle caso a los putos pedantes recalcitrantes de los críticos?