¿Hacia dónde vamos?

El otro día me llegó un mail de la Fnac en el que me avisaban, pues soy socio (aunque a veces no sé para qué…), que durante los próximos días podría beneficiarme de unos cuantos títulos (más de cien) que ponían a la venta por poco más de diez euros en soporte blu-ray. Absolutamente todos esos títulos, sin la menor excepción, eran películas estadounidenses, comerciales, realizadas en los últimos diez u once años, y todas, absolutamente todas, eran de franquicias: Star Wars, Marvel, DC, El señor de los anillos, Harry Potter. Si quiero encontrar un título europeo de un autor importante en la Fnac ya puedo armarme de paciencia o rebuscar en su catálogo en internet, en el que se consiguen cosas de reventa. Y lo mismo sucede con los que tienen plataformas como HBO, NETFLIX, Disney o cosas así: no hay prácticamente nada que no sea exageradamente comercial, mil veces visto, de alguna franquicia y por supuesto estadounidense de los últimos tres lustros. Si quieres ver otra cosa tienes que buscar en otros sitios o sencillamente joderte.

En literatura la cosa está peor que en cine. En cine por lo menos, pese a que ha habido una regresión en la distribución y preponderancia de las obras de autor, por lo menos se pueden ver cuando se estrenan en cines, o si te lo curras mucho yendo a lugares de reventa, o acudiendo al mercado negro. Pero se siguen haciendo buenas películas. Que me nombre alguien diez novelas extraordinarias y universales surgidas en los últimos veinte años. O cinco. No hablamos de grandes best-sellers, sino de novelas gigantescas en lo poético, en la voz que hay detrás. No hay prácticamente nada, y que no me vengan con autores poco conocidos que han leído cuatro personas (justo las cuatro que han decidido darle el Premio Nobel), o de autores underground. He dicho universales, que el mundo académico europeo y estadounidense haya alabado. La literatura ya se ha convertido en un subproducto conocido como relatos históricos, o thrillers escritos por chavales, o autoficción narcisista. La literatura ya no existe.

¿Y hace falta hablar de la música? ¿De verdad? Ahora todo está impregnado de esa basura el reggaeton. Ya ni siquiera hay baladas. El rock está dando sus últimos coletazos con las mismas bandas de hace cincuenta años. Existen magníficos músicos, pero la música nueva no va a perdurar, y eso lo sabemos todos, en la mayoría de los casos. ¿Entonces?

Que estamos viviendo una de las épocas más oscuras, en el arte (no en lo cultural, lo cultural es otra cosa bien diferente), es algo innegable. Ya les tocó a artes como la escultura, la pintura.. es decir las artes plásticas, y ahora les toca a las artes narrativas. No es que ya no parezcan estar a la altura de los tiempos, es que este tiempo no parece idóneo para otra cosa que no sea el arte hortera, las películas de consumo fácil, los best-sellers escritos por adolescentes mentales, las canciones chorra para oyentes con ninguna exigencia. En otras palabras: el capitalismo en estado salvaje, y el receptor más asalvajado aún. ¿Y la crítica? Ni está ni se le espera. La poca que todavía resiste con unos espacios de libertad cada día más comprometidos, existe lívida, ensimismada en sus exquisiteces, incapaz de conectar con el gran público, inoperante a la hora de construir un frente común, horadada por cientos de comentaristas ineptos desde blogs, desde miles de páginas semi-profesionales.

Así las cosas, ¿cómo no calificar la situación actual de cuasi-apocalíptica? Nunca el espectador medio ha tenido acceso a tantas películas, a tantos libros, a tanta música, por tan poco dinero y en ocasiones hasta gratis, y nunca ha tenido menos opciones para elevarse y convertirse en un espectador cualificado, en emplear ese arte narrativo para algo más, para mucho más, que para entretenerse. Y si esto es así, ¿qué podemos hacer los que creemos que no es posible bajar los brazos, que rendirse no es una opción, que seguiremos escribiendo y defendiendo nuestras ideas no porque sean nuestras y estemos imbuidos de un ego monstruoso que nos obligue a dictar sentencia? Pues seguir adelante, no rendirnos, no dejarnos avasallar por las circunstancias, ni por comentaristas agresivos o compañeros mequetrefes, seguir manteniendo la llama tan viva como sea posible, el tiempo que sea posible, antes de que el cine, la literatura y la música sean bombones de realidad virtual que se sirva en la tienda de la esquina por cien dólares el gramo, en un futuro sin libertad… la libertad de creer que otro mundo es posible, y que sólo con gran cine, gran literatura y gran música, entre otras cosas, podremos acceder a él.