El cada vez más limitado núcleo de mis intereses

No es que se haga uno mayor (aunque también…), es que a algunos, no creo estar solo en esto, nos pasa que nos resulta extraño ese afán de algunos por verlo todo, por degustarlo todo, por conocerlo todo, todo lo que se ha hecho, lo que se ha filmado, lo que se va a filmar, lo que se va a escribir, lo que se ha escrito, lo que se va a componer, lo que se ha compuesto. Como si todo valiese lo mismo y cumpliese el mismo propósito, como si todo nutriese igual o tuviese la misma importancia, dedicándole el mismo tiempo a una obra maestra que a una obra bastante menor, mediocre, o directamente insustancial. Pero sucede algo terrible: y es que las grandes obras, las obras maestras, exigen un mayor esfuerzo, mucho más tiempo y mucha más dedicación, por su propia naturaleza, que todas las demás. Es decir que por cada unidad de tiempo que dedicamos a una película o una novela que vemos o que leemos más por postureo que por otra cosa, las grandes obras necesitan diez o cien veces más unidades de tiempo o de energía, y claro, lo que van consiguiendo es una especie de criba, una tiránica presión para dejar de ver o de leer cosas que sabes que no te van a aportar gran cosa.

Y sucede algo todavía más terrible: tu paladar empieza a hacerse no ya insensible sino directamente inconmovible ante ciertos títulos que te pasan por encima con total indiferencia. Y son títulos que sabes, o por lo menos sospechas, que hace no demasiado tiempo, te habrían llegado a convencer, a entusiasmar incluso. Es el gran problema de haber visto o leído algunas cosas excelsas y haber llegado a comprenderlas y a aprehenderlas (en otras palabras: a obsesionarte con ellas) en un porcentaje bastante alto: que todo lo demás, o casi todo, te parece no ya lógicamente inferior, sino muy poco atractivo, casi nada nutritivo. No me acuerdo dónde vi yo eso, pero juraría que fue en una serie de dibujos de mi niñez: un personaje monstruoso no podía ser alimentado sino con manjares cada vez más exquisitos, más elaborados, más nutritivos y sublimes, lo cual le proporcionaba no poca amargura y una más que probable y cercana muerte por malnutrición. Pues eso es lo que me ocurre a mí y a otros pirados como yo: que ya no aceptamos según qué cosas, que somos demasiado exigentes, que ya encontramos fallos incluso donde otros ven hallazgos, y que al paso que vamos terminaremos por no ver ni leer nada nuevo, porque para qué.

Quizá algún lector concuerde conmigo: estás leyendo tal o cual libro, o estás viendo tal o cual película que tampoco te entusiasma demasiado (por tus buenas objetivas razones, no por esa tiranía del gusto personal que a nadie le interesa) y te pones a pensar en esa o aquella obra maestra que no estás volviendo a ver, o a leer, o a escuchar, porque sabes que tus horas están contadas, que tu estancia en este cloaca en mitad del espacio es muy limitada, y que aún dentro de esa enorme limitación de tiempo tienes que hacer otras muchas cosas: dormir, trabajar, comer… etc. Quisieras poder aguantar semanas enteras sin dormir, y volver a ponerte esa serie que te parece extraordinaria desde el principio hasta el final, y esas diez o doce películas a las que por mucho que quieres eres incapaz de sacar fallos, y leer sin descanso esas obras geniales que te convencen, no sabes muy bien cómo, que seguir vivo por un tiempo más merece la pena, que incluso el ser humano, de cuando en cuando, merece también la pena, que aunque la vida no tiene sentido ni propósito por lo menos has podido sobrevolar la estratosfera gracias a algunas obras sublimes que te dicen que eres algo más que un animal evolucionado que nace, trabaja, sufre y muere.

Pero sucede incluso algo más: si de verdad te metes en esto a fondo, te das cuenta de que existe un muy limitado campo de intereses, un núcleo bien definido de lo que a ti te conmueve. Detesto a esas personas que consideran que existen muchísimos libros extraordinarios, muchísimas películas extraordinarias, muchísima música extraordinaria. No es cierto. Tan solo un poco, un 0,001% de todo lo que puedes llegar a ver en la vida. No es cierto que el cine de EEUU de los años treinta, cuarenta y cincuenta sea de lo más notable que se haya hecho, pues tienen poquísimas películas realmente interesantes y expulsaron de su seno al único genio que tuvieron en esa época, que fue Orson Welles. Tampoco es cierto que en el resto del mundo se hayan hecho cientos de películas maravillosas. Sólo algunas, pequeñas joyas que brillan con especial fuerza porque son únicas y raras. Y lo mismo sucede en literatura, sólo que multiplicado: no es verdad que se hayan hecho tantos libros gigantescos, tan solo unos pocos. En novela sólo unos pocos han podido seguir la estela de Cervantes con dignidad (el resto, de cualquier nacionalidad, ha fracasado), y hablamos de unos diez o veinte novelistas a lo sumo en los últimos cuatrocientos años (Dostoyevski, Wilde, Melville, Tolstoi, Shelley, Stoker, Flaubert, Joyce, Woolf, Faulkner, Rulfo, Mann, Broch, Torrente Ballester, McCarthy). Todos los demás están muy por debajo, y cuando digo muy por debajo digo a años luz en genio y grandeza. Y aún más: todos y todo lo que a ti te conmueve y te obsesiona hasta los huesos comparte una afinidad muy concreta. En mi caso la de proponer una experiencia al límite, terrible, inmoral o catártica… o todo a la vez. Y esto es lo que yo escribo en mis novelas y mis relatos, y lo que me gustaría seguir escribiendo hasta el día de mi muerte.