Carta abierta a los supuestos cinéfilos de hoy

Otro día tocará escribir una carta a los «grandes lectores» de hoy día. Pero hoy quiero escribir una carta abierta a los cinéfilos, esos que claman a los cuatro vientos que les encanta el cine, y que se ven todas las películas que pueden, y que en el fondo siempre hablan del mismo tipo de película. Hace algún tiempo, digamos veinte o treinta años, podía decirse que a la gente no es que le gustaran las películas, así en general, sino que les gustaban las películas estadounidenses. Hoy ni siquiera eso. A la gente no le gustan las películas estadounidenses, le gustan cierta clase de películas estadounidenses, y de ahí no salen, o rara vez salen, y convencerles de que existe un cine mucho más valioso es, a menudo, misión imposible.

¿Qué puedo deciros, muchachos? Tantas cosas, en realidad. Que vayáis a escucharme (es decir, que vayáis a hacerme caso), ninguna, lo tengo muy claro. Y esto va no solamente por los que van a ver solamente el cine descaradamente comercial que se hace hoy día desde el otro lado del Atlántico o desde el otro lado del Canal de la Mancha, sino también para todos aquellos que afirman (algún que otro director con un ego del tamaño de Australia también lo dice) que ver esas películas que veis vosotros es una estupidez, y que más vale ir al médico (es decir, todos aquellos a los que les gusta cierto tipo de película francesa, alemana o portuguesa). O sea que también va a para todos aquellos exquisitos que creen que el cine solamente consiste en el tamaño y pertinencia del plano, en la forma del corte de montaje, y en el significado de la profundidad de campo. En realidad sois los mismos, por mucho que os tiréis los trastos a la cabeza.

En lo tocante a los primeros, os prometo una cosa: hay cine, muchísimo, más allá de las cinco o seis franquicias con las que dais la vara a diario. Es decir, que no solamente existen Harry Potter, El señor de los anillos, Star Wars, Marvel, DC Cómics, James Bond y Disney. El cine como experiencia es mucho más que una colorida aventura con muchos efectos digitales para toda la familia, y si lo intentarais más de vez en cuando os daríais cuenta de ello enseguida. Si de verdad queréis consideraros cinéfilos, es decir, si de verdad queréis saber de lo que habláis fuera de las reuniones con vuestros cuñados y vuestros primos, tenéis que ser más valientes y crecer. Eso no significa que en esas franquicias todo sea pésimo, en absoluto. En Harry Potter por ejemplo tenemos una de las mejores interpretaciones de la entera historia del cine. Lo mismo sucede con ‘El caballero oscuro’ (‘The Dark Knigt’, Nolan, 2008). Star Wars o incluso Disney tienen alguna que otra obra maestra en su haber. Pero insisto, hay que crecer. El cine puede ser un espectáculo, claro que sí, pero debe ser algo más que eso. De lo contrario es lo más parecido a un circo, un entretenimiento para las masas. Pero el cine posee la particularidad de la literatura: es capaz de hurgar en la verdad y de situarla en la pantalla, ante nuestros ojos. En una sala de cine, cuando accedemos a una película, grande, compleja, adulta, respiramos otras vidas, otras realidades, que en realidad son las nuestras. Cuando la cámara está a nuestra altura, cuando cuenta una historia plausible, que podría sucedernos a cualquiera de nosotros, y no aventuras más grandes que la vida, es capaz de trascender las imágenes, de convertirse en una segunda realidad, y por tanto en una ficción esférica, persuasiva, irreprochable. Y cuando empecéis a ver ese tipo de películas, que por lo general son mucho más difíciles de hacer que una superproducción Marvel, pondréis a vuestras franquicias algunos estantes por debajo de donde las situáis ahora.

Y en lo tocante a los segundos, los afrancesados, los que tienen la convicción de que no ha habido nada más grande que la Nouvelle Vague y Jean-Luc Godard (quizá algo de Fassbinder, quizá un poco Woody Allen, una pizca de cine ruso y para de contar), os convendría también bajaros de vuestro pedestal y entender algo que quizá os sorprenda: que el cine no va sobre el cine, como tantas veces os han dicho y como tantas veces os han repetido, del mismo modo que la literatura no va sobre la literatura. Es muy interesante, por supuesto, cuando el cine va sobre el cine, y cuando la literatura va sobre la literatura, pero el arte narrativo es como el arte plástico: va sobre las personas. No hacemos arte para comprender el arte, hacemos arte, me parece a mí, para indagar en la naturaleza humana. Y algo más: el cine no va sobre la duración del plano, el corte, el encuadre y la colorimetría, no va sobre ese objeto al fondo que quiere decir algo sobre la historia que transcurre en primer término. El cine, como la literatura, no es un conjunto de técnicas y trucos narrativos. Quedarse en eso es no entender nada de nada. Poner al cine más «artístico» en las alturas y al cine más «comercial» en lo más bajo del escalafón es un reduccionismo parecido al de los friquis que están todo el día con Star Wars en la boca. Lo excelso, por definición, no lleva una etiqueta o una marca de fábrica, aparece en los lugares más insospechados, y siempre emana de la placenta de lo popular para ascender después, y no al revés.

Tampoco quiero hacer mucho más larga esta carta, cuyo contenido le va a resbalar a tanto friqui como a tanto «experto» en cine que haría muy bien en disfrutar de experiencias más intensas que la última película de Pedro Costa o cualquiera de Chantal Acerman. Sólo terminar diciendo que es tan perjudicial, para tu formación y tu vida intelectual, un extremo como el otro, y que sólo conozco un extremo, el de estar obsesionado con filmes sublimes, sean cine de autor o cine de ciencia ficción, o de dibujos animados, de este o del otro lado del charco, hasta llegar a soñar con ellos y a desear ponerlos en bucle, todos los que conozco, hasta el día de mi muerte.

Atentamente.

2 comentarios en “Carta abierta a los supuestos cinéfilos de hoy

  1. Adríán, ¿no estás respondiendo tú mismo a tu artículo anterior? Hay más de diez o veinte novelistas en los últimos cuatrocientos años que leer porque lo excelso aparece en los lugares más insospechados, así que a revisar todo el trabajo de Gómez-Jurado, 🙂 .

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