¿Revolución?

It’s all one ghetto, man. A giant gutter in outer space

Rust Cohle, True Detective

¿Es posible? ¿Aún en el sigo XXI? Habrá que creer que sí, porque tal como están las cosas sólo tenemos dos alternativas: revolución o extinción. Detesto a los que repiten una y otra vez al mantra de que estamos «poniendo en peligro el planeta» con nuestros desmanes. Somos nosotros, sólo nosotros, y los ecosistemas que actualmente coexisten en él, los que estamos en grave peligro, no el planeta. Esta roca es una máquina perfecta que se corrige a sí misma, se cura a sí misma, y cuando no estemos aquí, algo que puede suceder dentro de menos tiempo del que creemos, la Tierra no tardará más de doscientos o trescientos años (es decir, un parpadeo en el tiempo cósmico, menos aún que eso…) en volver a ser la que era, incluso en estar aún mejor de lo que era antes. ¿Qué se siente siendo la molesta polilla del único astro que sabemos que puede albergar vida en varios años luz a la redonda, como poco? ¿Esa polilla es capaz de llevar a cabo una revolución a escala global?

La Revolución Rusa, la Revolución Cubana… La única revolución exitosa de la historia fue la la de los esclavos de Haití, y hoy día sigue siendo uno de los países más pobres del mundo. ¿Y la archifamosa, «canónica» Revolución Francesa? Fue un espanto de venganzas y de sangre que desembocó en el ulterior espanto y genocidio europeo de Napoleón Bonaparte. Ahora quieren poner sobre la mesa la llamada Revolución Verde… puede que haya sido lo único decente como especie dominadora que hayamos intentado desde hace milenios. Pero, ¿de verdad somos conscientes de lo que supone, lo que implica, lo que significa, del coste en vidas humanas, de los tremendos cambios que tendrán que operarse en nuestra forma de vida? Dicen que las revoluciones que están por venir o serán feministas o no serán. Y estoy de acuerdo. Pero no basta con eso. Poco a poco la desastrosa humanidad va volviéndose hacia los más desamparados, los más desafortunados, los que sistemáticamente han sido aplastados, aniquilados, ninguneados, olvidados por la historia: mujeres, negros, indígenas… Pero no basta con eso. Quizá ahora empecemos a entenderlo: ni todos los sufrimientos unidos de los sectores más aplastados de la sociedad pueden compararse con el sufrimiento de los animales. Bajo ningún concepto.

En la estupenda ‘Los profesionales’ (‘The Professionals’, Richard Brooks 1966), el personaje de Burt Lancaster suelta su famosa frase: «quizá tenga lugar la misma revolución, desde siempre… la de los buenos contra los malos, el problema es… ¿quiénes son los buenos?». Bien, no hace falta seguir haciéndose esa pregunta: los buenos no somos nosotros. Por mucho que encontremos algunas personas mejores que otras, por mucho que existan colectivos que hayan sufrido muchas más injusticias que otros, todos esos colectivos aplastados o personas mejores, han sido injustos, han sido crueles, y han sido devoradores de animales, durante miles de años. Hoy en día existen cientos de millones de cabezas de ganado listos para ser sacrificados con el objetivo de alimentar a la humanidad. Hoy en día siguen existiendo miles de lugares en los que la caza de animales salvajes, en los que las peleas de gallos o de perros, en los que el sacrificio ritual de animales, o la diversión basada en la tortura animal, están a la orden del día. Los animales, como colectivo, están siendo perseguidos, cazados y masacrados en todos los lugares del globo. En Estados Unidos siguen teniendo lugar ferias en las que se matan a miles de serpientes en un solo día, en España siguen existiendo corridas de toros en los que se tortura a un animal hasta la muerte para diversión del público, y suma y sigue, y suma y sigue…

Es muy duro, muy difícil ser un animal, sobre todo un animal salvaje. Nadie te pone un plato en la mesa, estás a merced de otros depredadores más fuertes o más jóvenes o más feroces que tú, no tienes medicina que pueda paliar tus heridas o tus dolores crónicos, no puedes coger un vaso de agua para beber sino que tienes que acercar la boca a una fuente y así saciar tu sed. Ser un animal en la Antártida, en África, en Europa o en América es durísimo. Y además está el ser humano, que no te deja vivir en paz, que te asesina, o te persigue, o te mete en zoos, o en circos… El animal sólo quiere vivir en libertad, sin que el dominador del planeta le dicte lo que tiene que hacer, ni en qué territorios puede cazar, sin que le metan en una plaza de toros y le torturen durante media hora hasta que le atraviesen el corazón con una espada. Los animales no están ahí para divertirnos, ni para ser nuestra comida, ni para ser nuestra propiedad. Merecen un respeto. No son nuestras mascotas, ni nuestro divertimento, ni nuestra posesión. Bastante complicado lo tienen como para tener que aguantar nuestras pretensiones de propiedad.

La solución está delante de nuestra narices, lo difícil es tomarla y lo complicado es obligar a los que se niegan a que la tomen o sean apartados de una sociedad más justa y libre. La solución es el respeto y la dignidad. Si queremos que este planeta deje de ser la cloaca en mitad del espacio a la que se refería el inefable Rust Cohle, el primer paso es detener la maquinaria que mata a millones de animales al día. Detenerla, sin más. Prohibir la caza animal en todo el globo salvo por motivos de mera supervivencia en las poblaciones pre-industriales. Estamos preparados ya para crear alimentos artificiales, y no necesitamos carne para sobrevivir. Hasta que no lleguemos a ese punto en el que respetemos toda forma de vida, incluso la del insecto molesto que entra en tu cuarto a dar por saco, ninguna revolución, ni la feminista, ni la verde, y por supuesto ninguna política, habrá merecido la pena. La Revolución es una: dejar de ser una especie detestable, asqueante, potenciar la compasión, minimizar el sufrimiento de toda forma de vida… olvidarnos de luchas patrióticas, nacionalistas… de narcisismos y de egos… no somos más que una glorificada especie en mitad de un sistema solar que a nadie importa y que se está cavando su propia tumba a marchas forzadas. Así de claro.

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