Historiadores o novelistas

El posmodernismo y la decadencia intelectual crean cosas bien extrañas, cada vez más hipertrofiadas, más difíciles de erradicar desde posiciones intelectuales previas. Supongo que es el signo de los tiempos, pero no por ello podemos dejar de nombrar a las cosas como son: los «novelistas» de ahora, los que son habitualmente publicados y que ocupan las mesas de novedades, no son tales. Y no lo digo con desprecio o con desdén, lo digo como un hecho: lo que durante siglos ha sido un novelista desde luego ya no lo es. Ahora es otra cosa, no sé muy bien cómo llamarla.

De un tiempo a esta parte, yo diría desde la aparición de fenómenos como el de Ken Follett y gente así, se tiene la absurda idea, por una parte del público y cada vez por sectores mayores de la crítica, de que una novela es mejor, más valiosa, profunda y verdadera, cuanto más hechos históricos y verídicos cuenta, es decir, cuantos más datos factuales aporta al lector. Así, tenemos dos grandes vertientes en las novedades editoriales: los thrillers cada vez más parecidos a estrafalarias películas estadounidenses, y las novelas históricas, en las que se narran las vicisitudes de una serie de personajes, la mayoría de ellos reales o muy inspirados en caracteres reales, que viven una peripecia en el Renacimiento, o en la Edad Media, o en una guerra o una batalla famosas (o no tan famosas), o en la antigua Roma o en la antigua Grecia. Son el caldo de cultivo perfecto para que ciertos lectores, que los autores y las editoriales saben que son los más perezosos y los menos exigentes de todos, acudan a la librería a comprar esos volúmenes, en los que la verdadera literatura queda desterrada.

Porque la literatura no son datos factuales, ni un montón de detalles históricos amontonados para darle credibilidad a aquello que se está contando. La literatura es sobre todo capacidad de sugerencia, una visión poética del mundo, sustentada en un sistema de ideas, en una filosofía poderosa, no la labor de un recopilador de hechos con lenguaje de oficinista como son Santiago Posteguillo o Arturo Pérez-Reverte, gente que ha puesto de moda eso de que un novelista ha de estar investigando y documentándose durante años para poder escribir una novela. Quien piensa así niega por una parte la capacidad fabuladora de todo verdadero narrador, y por otra esconde sus enormes limitaciones, que no serán tantas para ciertos sectores cuando está siendo históricamente muy preciso, y te es capaz de contar con detalle cómo se construye una catedral o el vestuario y el mobiliario del siglo XVII. Todo eso está muy bien como apoyo, pero una novela no es una clase de historia, es siempre ficción, y no hay nada más opuesto a la ficción que lo histórico. Es deber del novelista, algo que todos estos parecen ignorar, probablemente de forma deliberada, crear una segunda realidad consistente y persuasiva, y en ese deber de poco sirve saber el tipo de paño con el que se hacían la ropa hace doscientos años.

Pero la cosa ha llegado a tal punto que muchos críticos (que con ello se retratan a sí mismos, todo sea dicho) consideran una virtud literaria importante el hecho de que la novela esté bien documentada históricamente, y el delirio es tal que ya incluso se ha contagiado al cine, y se espera de películas de sci-fi, por ejemplo, que sean muy creíbles en sus teorías, en lugar de ser persuasivas y contundentes en su sistema de ideas, y que en general casi cualquier relato haya de ser ante todo muy bien documentado y sin el menor fallo o arista conceptual. La fantasía del narrador queda así constreñida a lo que se espera de él, a una nueva moda: la de ser irreprochable en los preceptos que se proponen, en lugar de ser imaginativo. La verosimilitud como soporte narrativo.

Pero en realidad todos estos novelistas son historiadores frustrados, y en algunos casos se creen ellos mismos verdaderos historiadores, lo que no es de extrañar porque sus novelas no son tales, sino reportajes periodísticos muy mal ensamblados literariamente hablando pero muy bien elaborados documentalmente. Ahora bien, ningún historiador puede tomarles en serio, por lo que no son ni una cosa ni la otra. Están en tierra de nadie, tomándole el pelo al espectador, copando el interés de las editoriales por el dinero que les hacen ganar, y creando la falacia de que lo suyo es literatura. ¿Y los verdaderos novelistas? Relegados a un rincón, ninguneados, esperando una oportunidad que nunca va a llegar. Enhorabuena y bravo.