1991

Algunos años marcan nuestra vida, y nunca es por una sola razón, sino por una serie de razones. A menudo por un buen número de razones. El relato que somos nosotros y que concluye con nuestra muerte inevitable posee, para algunos como yo mismo, algunas marcas indelebles que lo son por elección y al mismo tiempo por afinidad, por el descubrimiento inefable de una serie de obras, de títulos, de imágenes, de universos que sin aviso explotan delante de nosotros y nos dejan tan noqueados que tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de ese impacto, y para entonces te percatas de que realidad nada es por azar y que sigues un camino concreto no por casualidad.

En mi caso, el nacimiento de eso que algunos llamarían de manera bastante cursi «amor por el cine» o de manera bastante reduccionista «cinefilia», tuvo lugar, de manera insoslayable, en 1991, es decir hace ahora exactamente treinta años. Y si tal cosa nació en ese año fue por el hecho de que en pocos meses pude ver, pese a que por entonces yo contaba sólo con doce años de edad, las siguientes películas: ‘The Silence of the Lambs’, ‘Point Break’ y ‘Terminator 2: Judgment Day’, no sé muy bien por qué ni de qué manera me dejaron ver películas que no me correspondían a esa edad. También vi otras muy inferiores a esas (por decir algo suave) como ‘The Last Boy Scout’, ‘Hook’, ‘The Rocketeer’ o ‘Beauty and the Beast’, y al año siguiente aún vería algunas más muy importantes de 1991 como ‘JFK’, ‘Barton Fink’ o ‘Boyz n the Hood’, pero en lo que se refiere estrictamente a ese año fueron esas tres las que me dejaron una huella duradera. A ellas se añadió la publicación de tres álbumes también fundamentales en mi formación: el ‘Use Your Illusion I & II’ de Guns N’ Roses, el ‘Metallica’ o Black Album de Metallica, y el ‘Nevermind’ de Nirvana, y en mi por entonces muy incipiente imaginación se mezclaron aquellas canciones, aquellos sonidos, con las imágenes de las películas, y me vi en serios apuros para que no se interrelacionaran casi sinestésicamente (teniendo en cuenta, además, que el tema ‘You Could Be Mine’ de los Guns estaba presente en ‘Terminator 2’…).

Yo ya había visto ‘Goodfellas’, claro, y el primer ‘Terminator’, y ‘Aliens’, y ‘The Elephant Man’, y ‘Jaws’, y por lo menos los dos primeros ‘Padrinos’, y aún tardaría unos cuantos años más en ver otros filmes esenciales de 1991 como ‘Europa’, ‘La doble vida de Verónica’, ‘My Own Private Idaho’, ‘Rapsodia en agosto’, ‘La mujer del puerto’… pero fueron esos tres filmes los que consiguieron llevarme a sitios que hasta entonces, creo, ningún otro filme me había llevado en cuanto a intensidad, en cuanto a oscuridad moral, y en cuanto a adrenalina. Descubrí no solo a Hannibal Lecter, sino también ciertos conceptos resbaladizos en cuanto a libertad en ‘Point Break’ y ciertos conceptos esenciales en cuanto a responsabilidad moral en ‘Terminator 2’. De pronto yo ya no era un niño, y me dio la sensación de que el cine, las películas que hasta entonces veía por diversión, curiosidad, entretenimiento o fascinación, no me trataban como a un niño. Existía en ellas un sustrato mucho más profundo que debía ser escuchado y explorado, porque además su estrategia narrativa dependía de ese sustrato. Yo sólo tenía doce años, claro, me faltaba mucho para ser un hombre, para entender algunas cosas esenciales sobre el cine, para saber por qué me habían impactado tanto y me siguen impactando todavía. Pero aquel verano y aquel otoño estuvieron marcados por esos descubrimientos y por las canciones que machaconamente me ponía en los oídos con mi walkman.

Han pasado treinta años de aquello. Me parece que no puede ser, que alguien me ha engañado y que esos treinta años transcurridos (y todo lo que contienen…) no son reales, del mismo modo que no nos parece real nuestra propia e inevitable muerte. Pero son reales. En esos treinta años he visto muchas más películas (la mayoría mediocres, pero también muchas extraordinarias), he descubierto y escuchado a muchos más grupos y muchos más estilos musicales (afortunadamente). Pero he vuelto a ver muchas veces esas tres películas, y he vuelto a escuchar muchas veces esos tres álbumes, y cada vez que las escucho o cada vez que las veo vuelvo a sentirme como cuando tenía doce años. Es el poder de aquello que te deja marcado, como ciertos olores que percibes de soslayo y te trasladan con una fuerza increíble a ciertos momentos de tu vida. Y siguen siendo películas muy contemporáneas (pese a que evidentemente ‘Point Break’ es inferior a las otras dos), y siguen siendo álbumes esenciales en la historia del rock. Pero sobre todo siguen siendo películas y álbumes esenciales en mi vida, ya son parte de mí, y agradecido que estoy de ello.