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No todo vale lo mismo: la tiranía del gusto personal

Eso es lo que pretenden algunos, que lo valga. Lo pretenden o bien para mantener su tinglado, porque son pésimos novelistas o narradores, o porque así su vida es más cómoda, y pueden enfrentarse a todo este jaleo del arte y lo artístico, a lo creativo y lo narrativo en general, sin romperse demasiado la cabeza, incluso llegando a convencer a algunos, y a sí mismos, que saben algo de lo que están hablando, o incluso que son guardianes de no se sabe qué esencias. Es un signo de estos tiempos posmodernos: vale lo mismo Harry Potter que ‘Cien años de soledad’ o ‘La Ilíada’, es lo mismo una serie que otra, una película que otra, porque a fin de cuentas es lo que me gusta a mí. Es lo que a mí me hace vibrar, lo que me hace llorar o lo que en definitiva me gusta o me atrae. Así que a la mierda el canon, la academia, los conocimientos objetivos, el espíritu crítico.

Y que nadie intente decir lo contrario, porque será un pedante, un forofo venido a más, un flipao de la vida. El arte y lo narrativo es lo que yo diga que es, porque ya no estamos a expensas de lo que decidan los críticos, los investigadores o intérpretes. Ahora es el público el que sanciona lo que está bien y lo que está mal. ¿De acuerdo? Más aún si soy un novelista que necesita seguir vendiendo libros como churros: haré piña con otros novelistas como yo y marcaremos el camino a seguir, porque nosotros sí somos influyentes, no como los críticos o los pensadores de la cosa narrativa o artística. Que quede claro.

Pues no. Lo siento, pero no. No hay nada menos subjetivo que el arte en general. Subjetiva, e insidiosa e interesada es la gente, alguna gente. No el arte ni lo narrativo, que no está para que cada uno decida lo que es o lo que le gusta, sino esperando a que estemos a la altura de las circunstancias. Ni más ni menos. Y estar a la altura es bastante complicado. Exige que el público deje de ser tan vago tantas veces, deje de ser tan conformista consigo mismo, tan deseoso de decir «yo» o «en mi opinión», como si a alguien le importase. Porque el arte emana, fluye, de lo popular, pero se convierte en otra cosa que está por encima de lo popular y que ofrece al espectador, al receptor, la posibilidad de elevarse en todos los sentidos.

El caso del ‘Ecce Homo de Borja’ me parece tremendamente paradigmático de lo que intento decir, y me va a servir para ejemplificar algunas ideas. Una mujer sin preparación alguna, ni técnica ni artística, decidió en 2012 restaurar por su cuenta (o cabe mejor la palabra «repintar») una obra de modesto valor artístico como lo era esta pintura mural del Santuario de Misericordia de Borja, en Zaragoza. El resultado, desastroso, dio la vuelta al mundo. Pero al obtener tanto impacto mediático mucha gente fue a ese lugar a fotografiarse con la aberración que la pobre mujer dejó en aquella pared, y de repente una pintura de escaso, aunque algún, valor artístico, se convirtió en una celebridad después de ser masacrada y convertida en algo parecido a un monigote. Eso es el arte hoy día. Y diré más, por mucho que algunos lectores de estas líneas no quieran creerme: esto es exactamente lo que hacen con la literatura engendros como Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Manuel Vilas, Almudena Grandes, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones y algunos más de fuera de nuestras fronteras. Cogen modelos previos con la excusa de que en el arte todos copiamos, y los convierten en el Ecce Homo de Borja, en un pastiche sin la menor gracia. Y eso es exactamente lo que hacen en cine individuos tan afamados como las Wachowski, Darren Arronofsky, Jose Luis Garci, Julio Medem, Alejandro Amenábar, Juan Antonio Bayona y muchos otros copistas, falsarios y aprovechados de todo pelaje, que como son los más listos de la clase hacen pasar gato por liebre al espectador más inocente o menos exigente, mientras algunos no dejamos de decir a los cuatro vientos que el rey está desnudo.

Porque todo se mete ahora en el mismo saco. Exhorto al lector a poner en google Alejandro Amenábar: aparecerá el rostro de este director, y a su lado el de Luis Buñuel o Carlos Saura. Todo es lo mismo, todo está cortado por el mismo patrón, y sólo podemos distinguir su valor por el gusto personal. Pero el gusto personal es tremendamente veleidoso, y cuanto más arraigado está en el individuo, menos puede aprender este de los que intentamos establecer un debate teórico.

Pensemos en una serie. La que sea. ‘Castle’, por ejemplo. Y pongamos al lado ‘True Detective’ o ‘Vikings’. O pongamos cualquiera y luego pongamos esas dos. Son más o menos lo mismo: un grupo de personas haciendo una serie de cosas, hablando, yendo de aquí para allá. Los planos son más o menos parecidos (plano medio, plano general, contrapicado, travelling lateral…) algunos actores pueden incluso aparecer en series distintas, luego el montaje une todos los planos y ya tenemos una historia. Si no fuéramos seres inteligentes veríamos ambos fenómenos, el de ‘Castle’, o el de ’30 monedas’, y luego ‘The Sopranos’ o ‘House M.D.’ y diríamos que es lo mismo, o muy parecido, como cuando vemos a un montón de animales de la misma especie: nos parecen gemelos. Y no lo son. En absoluto.

Luego cada uno puede ver lo que le da la gana. Faltaría más. Para eso lo paga o lo piratea. Pero las cosas son como son, y no tiene nada que ver con nuestro gusto personal. Y no todo se puede meter en el mismo saco, ni de broma. Por eso cada vez estoy más seguro que el arte y la narrativa sobreviven no a causa de los espectadores, sino a pesar de ellos. El arte y la narrativa subsisten por sus intérpretes y sus críticos, pero eso es otro tema que dará para otro artículo.

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