ARTÍCULOS

La certeza de la muerte

Sobre la finalidad, necesidad y objetivo último del arte se han escrito muchas cosas, algunas más interesantes, profundas, inteligentes o pertinentes que otras. No faltará quien diga que para cada cual el arte es una cosa, imbuido de esta era posmoderna en la que por desgracia estamos instalados. Pero lo cierto es que sobre el arte, lo que es y lo que significa, han elaborado ensayos grandes pensadores y artistas tales como Lev Tolstoi, Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Andrei Tarkovski… no tanto sobre su definición en sí (que más o menos sería ese lugar común de que se trata de una actividad humana con fines poéticos, estéticos o comunicativos, o algo por estilo) sino sobre su naturaleza, sobre lo que representa en un mundo en el que el arte, para bien o para mal, ha acompañado al ser humano en su deriva histórica.

Si uno se pasa la vida escribiendo sobre ello, investigando e interpretando obras literarias o cinematográficas, como es mi caso (y el de muchos otros), resulta inevitable preguntarse si se está de acuerdo con el significado que le han dado novelistas, poetas o narradores de todos los tiempos, o bien si se querría matizar algo más, si se querría aportar algo propio, en el caso improbable de poder hacerlo. Y es que supongo que lo que voy a decir aquí no es en modo alguno original, pero empiezo a estar seguro de que es el concepto, el basamento, de lo que tiene que estar hecho el arte, narrativo o no.

Se ha dicho que el arte educa a la gente, hace mejores a los seres humanos, más compasivos. Que el arte dignifica, que el arte es la búsqueda de lo bello, de lo elevado. Se ha dicho también que el arte exalta los sentidos, que te abre la mente, que nos hace sentir menos solos, más unidos al resto de la humanidad, que nos hace libres… Tales poderes sobrenaturales del arte son bastante improbables. El ser humano lleva siglos, o milenios, creando arte y no veo yo por ningún lado que nos haya hecho mejores, ni más compasivos, ni que nos haya dignificado, o hecho más libres. Hoy día el arte se destina al entretenimiento acrítico de las masas, a su consumo rápido y a su olvido aún más rápido, y es poco probable que la humanidad haya vivido épocas más oscuras y siniestras que la actual. De modo que me van a perdonar, pero todo eso no tiene el menor sentido.

Estando hace poco en el Museo del Prado, después de conseguir entradas gratuitas de puro milagro por las restricciones Covid, y teniendo que aguantar por dos días temperaturas gélidas, pude por fin darme una vuelta por sus pasillos y recovecos durante algo más de una hora (si piensan ir, saquen las entradas antes por internet, o a lo mejor les dejan entrar treinta minutos antes de cerrar sus puertas…). La mayoría de los visitantes de ese lugar simplemente pasan de un cuadro a otro con gesto grave, aunque hay bastantes que saben lo que están mirando y que saben lo que tienen que mirar, o bien son capaces de escuchar a su acompañante cuando le dice dónde y cómo mirar. Hacía más de un año que no me pasaba por allí y me sorprendió volver a experimentar lo que no recordaba que había experimentado la última vez. Y es difícil, porque en El Prado lo más fácil es que tanta obra de arte y tanta belleza acaben por obnubilarte los sentidos y el entendimiento, atiborrados y agotados de recorrer sus estancias.

Pero sucede con ciertos cuadros y esculturas (como es el caso de la obra ‘Sagunto’, de Agustín Querol y Subirats) con el que uno accede a zonas de su interior a las que no puede acceder con otras, que son simplemente hermosas, espectaculares, sensorialmente apabullantes o llenas de contenido alegórico. Sucede que uno se enfrenta como nunca antes a la certeza de la muerte. Y no sabes cómo te viene, cómo te asalta, pero ocurre. Tanto la citada obra escultórica como ciertos cuadros barrocos o románticos capturan un momento terrible, el momento de mayor intensidad psicológica y emocional que viviremos todos: el momento antes de una muerte inminente. Y descubres que no estabas preparado en absoluto para tal hecho, por mucho que creyeras que sí. Porque en realidad no sabemos, ni siquiera sospechamos, que vamos a morir. La muerte es una ficción para nuestra psique, que se protege de ella con todos sus trucos. Pero el arte nos entrega desnuda la certeza de la muerte.

Y es a eso a lo que debería aspirar toda obra de arte o narrativa, a la idea de la muerte y todo lo que ella significa: el inexorable paso del tiempo, el destino o la predestinación, la identidad, la conciencia, el individualismo. Y ocurre que al obtener la certeza de la muerte se siente uno mucho más vivo, con el impulso de vivir la vida con mayor intensidad también, antes de que pasen los años, los meses o las semanas que nos restan para que llegue el momento final. Y yo creo que tal escalofrío lo experimentan todos, en mayor o menor medida, cuando contemplan estas obras de arte, o cuando ven una película o leen una novela en la que la muerte es una realidad, y no tan solo una idea.

Sería absurdo, por supuesto, que una película o una novela contuviera solamente escenas o imágenes de muerte, pero toda ella ha de estar construida acerca del mayor de los racionalismos: el que te dice que un día vas a desaparecer. Y eso no te hace más libre, pero sí te hace más despierto, si te exhorta a darle valor a aspectos a los que quizá no se lo das habitualmente. Si te hace dejar de sentirte a salvo, dejar de ser inmortal. Te obliga a ser más humilde y más consciente de la fragilidad de lo que te rodea… por eso, por definición, el arte es la actividad menos burguesa y reaccionaria del ser humano, y la más racional y revolucionaria.

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5 comentarios en “La certeza de la muerte

  1. CinefiloGC dijo:

    Curioso. No sabía que te gustase el arte.

    Buena reflexión. Hace tiempo que no voy pero supongo que como a ti, cada vez que voy, descubres cosas nuevas

    Me gusta

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