ARTÍCULOS, CINE

Buenos directores sin obras maestras

Pareciera que es obligado tener una para ser un buen director, pero no lo es. Una obra maestra es una pieza perfecta, única, esférica, en la que todas sus partes y aspectos están en perfecto equilibrio consigo mismas y con el resto, en la que lo que se busca y lo que se encuentra es exactamente lo mismo. Hay directores de carrera bastante discreta que tienen obras maestras en su haber, al menos una, y hay directores realmente buenos, brillantes, influyentes e importantes que no tienen ninguna. Una obra maestra es una pieza de genio, que coge modelos preexistentes y que los trasciende para transformarlos para siempre, sea influyente o no (pues no siempre lo más influyente es lo más excelso), que crea algo que no puede ser imitado, y que es un juicio irreprochable sobre el ser humano. Una obra maestra es, en definitiva, una experiencia totalizadora, que comunica una (o varias) cualidades trascendentales de la emoción, y que se erige en un desafío lírico e intelectual.

Y muchos están deseando encontrar obras maestras por todas partes, poner dieces en la nota final de una película, o cinco estrellas, sobre todo en las películas que les gustan y les interesan a ellos, quizá sin darse cuenta de que una obra maestra ha de ser un problema, una herida anímica de primera categoría, que no tiene necesariamente que «gustar». Y por eso parece obligado que un buen director deba poseer al menos una, su obra maestra, o varias, que demostrarían eso: que es un buen o un gran director. Pero en esto sucede como en todo. Si ponemos una verdadera obra maestra indiscutible al lado, veremos que en muchos casos eso que tantos consideran como una obra genial no lo es. Y pienso ahora mismo en las carreras de tres directores muy famosos e influyentes, como son Alejandro González Iñárritu, los hermanos Coen y Quentin Tarantino (quizá luego se me ocurra alguno más). Los cuatro tienen una trayectoria destacada, y pueden ser considerados buenos cineastas, pese a que los cuatro han sufrido algún que otro tropiezo.

Sería mejor valorarles por lo mejor que tienen antes que por lo menos interesante. En el caso de los Coen: ‘Miller’s Crossing’ (1990), ‘Barton Fink’ (1991), ‘Fargo’ (1996), ‘The Big Lebowski’ (1998), ‘No Country for Old Men’ (2007), ‘A Serious Man’ (2009), ‘Inside Llewyn Davis’ (2013). En el de Tarantino: ‘Reservoir Dogs’ (1991), ‘Jackie Brown’ (1997), ‘Kill Bill, Vol. 2’ (2004), ‘Inglourious Basterds’ (2009), ‘Django Unchained’ (2012). En el de Iñárritu: ‘Amores perros’ (2000), ’21 Grams’ (2003), ‘Babel’ (2006). A pesar de que la mayoría de ellas, todas ellas, podrían ser calificadas sin ningún tipo de problema (y creo que bastante consenso) como obras notables o formidables, dudo mucho que ninguna pueda obtener ese ansiado y a veces forzado rango de «obra maestra» absoluta. Estos quince largometrajes se sitúan en el ramillete de lo mejor de su año, pero no pueden competir, bajo ningún concepto, con las obras maestras de su tiempo, ni siquiera con las estadounidenses o mexicanas.

Porque el artificioso mundo de los Coen ni se acerca en 1990 a ‘The Godfather, Part III’ (1990) o a ‘The Thin Red Line’ (1998), la lúdica y sanguinaria mirada de Tarantino no tiene nada que hacer con la poderosa personalidad de Paul Thomas Anderson en ‘There Will Be Blood’ (2007) o ‘The Master’, y la sórdida e intensa visión de Iñárritu queda disminuida con la de su compañero Alfonso Cuarón en ‘Y tu mamá también’ (2001) o ‘Children of Men’ (2006). Y estamos enfrentando lo mejor que tienen estos buenos cineastas. Sus naves quedan ya del todo quemadas en esta feroz agonía cuando se nombran sus películas menos logradas. Y sin embargo existen directores de carrera mucho más discreta que la de ellos, como es el caso de Michel Gondry, Jonathan Demme, Frank Darabont o Tim Burton, que sin embargo lograron un solo filme extraordinario, una obra maestra genial.

Me refiero claro a ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’ (2004) en el caso del primero, a ‘The Silence of the Lambs’ (1991), en el caso del segundo, a ‘The Shawshank Redemption’ (1994) en el caso del tercero, y a ‘Ed Wood’ (1994) en el caso del cuarto y último. Porque uno no es un genio cuando quiere, sino cuando puede. Y aunque Darabont es uno de los principales impulsores de la oba maestra excepcional que luego ha sido ‘The Walking Dead’, y aunque Gondry y Demme luego siguieron intentándolo, nunca volvieron a alcanzar esa plenitud ni de lejos (a Burton ni le considero, sumido como está en un cine comercial de bajísimo interés). Y probablemente nadie conocerá el nombre de los tres primeros dentro de varias décadas, pero sí el título de sus películas, y muchos se acordarán de los Coen y de Tarantino y de Iñárritu, pero nunca pudieron llegar a esas cotas geniales. Es lo que tiene el cine y el arte.

Estándar