ARTÍCULOS, LITERATURA

Juan Gómez-Jurado y la ley de la pasta

Creo que hace un tiempo escribí un artículo (aunque no recuerdo dónde exactamente) en el que afirmaba, también en el título, que para triunfar has de ser una zorra. Recuerdo que tuve una bronca con un buen amigo por eso, aunque por suerte no pasó de bronca. Eso pensaba entonces, y ahora sigo pensando igual. Para triunfar de verdad, para ganar mucho dinero, para estar en boca de todos y aparecer hasta en la sopa, sobre todo en un país tan acrítico y en el que los méritos no importan un carajo, sólo las apariencias, como lo es España, hay que venderse muy barato.

A mí también me gusta el dinero. A todos nos gusta el dinero. Cuando lo tengo mis preocupaciones son menos y me permito invertir en según qué cosas. Cuando no lo tengo tampoco es que ande por ahí amargado de la vida, pero mi humor es otro. Nos pasa a todos. Si no tenemos queremos dinero, y si tenemos dinero quisiéramos mucho más. Pero las líneas rojas consisten en qué estarías dispuesto a hacer para conseguirlo. Creo que en esa infame película llamada ‘Jerry Maguire’ lo llaman el kwan: triunfar, dinero, respeto, lujo, tren de vida, como se le quiera llamar. Algunos lo consiguen y se creen por ello unos triunfadores. Es la lógica del mundo capitalista: tanto tienes, tanto vales.

Viene a cuento todo esto de que no me puedo poner a mirar redes sociales, porque me encuentro con alguna que otra cosa que es maravillosa, por supuesto, pero también con otras que te hacen perder la ganas y la curiosidad. Resulta que la revista Esquire le dedicó una entrevista… un artículo… un masaje de los que ahora se estila que le hagan a la gente famosa, escritores también, al ínclito Juan Gómez-Jurado, que reza: «Juan Gómez-Jurado: qué y quién inspira al rey del thriller», y no ponerme a escribir sobre este engendro (de entrevista-masaje y de escritor) es absolutamente imposible. Iba a hacerlo cuando me enteré de que JGJ pronto impartiría (ya lo ha hecho, creo…) una webinar para escritores, pero me contuve. Ahora me es imposible contenerme. Es impresionante la transformación de este mal escritor que era hace doce o trece años, un muchachillo sin nada mejor que hacer que escribir thrillers con cara de no haber roto un plato en su vida, en este endiosado hombrecito que ahora escribe (igual de mal o peor) best-sellers multimillonarios, al que dedican sonrojantes sesiones de fotos como si además fuera guapo y atractivo y misterioso y supiera posar. Es un fenómeno de la naturaleza.

Y lo que nos gusta decir eso de «el rey de…». Luego me pongo a indagar un poco y resulta que todo este circo es en realidad un comercial para KIA, la marca de coches, y que la supuesta entrevistadora no es más que una comercial de esa marca, pues ha hecho la misma jugada con gente tan dispar como María Escoté, Soleá Morente, Isabel Coixet, Jaime Lorente… Ahora simplemente le ha tocado el turno al escritor de moda, Gómez-Jurado, que no contento en demostrar con cada libro que se la tiene jurada a la literatura, viene a demostrarnos ahora que no le importa hacer el más absoluto de los ridículos sólo para ganar un poco más de pasta.

Porque eso es lo que a engendros como él, Pérez-Reverte, Ildefonso Falcones, Ken Follett y muchos otros realmente les importa: la pasta. No les importa la literatura, ni los lectores, ni hacer el ridículo más espantoso en programas de televisión y de radio o en cualquier entrevista. La única razón de esta «entrevista» además del dinero es mantenerse en el candelero, mantener su tinglado, que es la misma razón de su hiperactividad en redes sociales, como Pérez-Reverte: dar que hablar, estar siempre ahí arriba. Y la literatura, ¿qué? Ni se la ve ni se la espera.

Nada de qué preocuparse: la autora del «artículo» ya se encarga de decirlo: «uno de los más brillantes escritores de nuestra lengua». Y se queda tan ancha. No uno de los más vendidos (eso también lo dice, quién iba a dudarlo). No por ejemplo uno de los mejores escritores de la actualidad. No, no. Uno de los más brillantes escritores de nuestra lengua. ¿Nadie tiene que decir de semejante sandez? Está visto que no. Bueno, ya lo digo yo. Esto es lo que ha perpetrado uno de los más brillantes escritores de nuestra lengua: «Es entonces cuando Jon se da cuenta de que es hermosa. No una belleza, tampoco nos volvamos locos. A primera vista, el rostro de Antonia pasa desapercibido, como una hoja en blanco. El pelo, negro y lacio, cortado en media melena, no ayuda mucho. Pero cuando sonríe, su cara se ilumina como un árbol de Navidad. Y descubres que los ojos que parecían marrones son en realidad de un verde aceituna, que un hoyuelo se forma a cada lado de la boca, dibujando un triángulo perfecto con el que le parte la barbilla». Es de esa obra maestra titulada ‘Reina roja’, que tantos millones de lectores tiene. A eso lo llaman prosa.

Vale. Vamos a lo duro:

«Antonia suelta una carcajada de incredulidad. La abuela cree que los dos únicos propósitos del agua son el baño y cocer marisco. Pero Antonia comprende lo que pretende hacer con ella. Desde lo que pasó,

desde lo que hiciste

el mundo ha virado sobre su eje. No ella, claro. Ha sido el mundo, un mundo en el que ella ya no encaja. Un mundo en el que, reconoce a regañadientes, los días son una letanía interminable de culpa y aburrimiento.»

Esa estructura de intercalar una frase en cursiva la usa Stephen King en muchas novelas. Suerte que en España la gente no lee ni a King, ¿verdad, Juan? Si ya no es original en sus ideas, no tiene el menor rubor (aunque seguro que sabe cómo se dice esa palabra en japonés…) en copiar incluso el estilo de los más leídos. Pero es abrir cualquier página de ‘Reina roja’ para encontrarse joyas de gran calibre:

«La abuela da otro trago al vino y esboza una sonrisa beatífica, una sonrisa de anuncio de caramelos»

«Que al inspector Gutiérrez no le gustan los periodistas en general y Bruno Lejarreta en particular queda claro: en cuanto Bruno aparece, pone cara de que le va a dar una hostia»

«En su día, cuando el conflicto, en los años del plomo, había que ir con pies de ídem»

«Es decir, le encantaría en el terreno de lo metafórico, porque como aquella mano del tamaño de una paellera te cruce la cara, te manda al jueves que viene»

Así es toda la novela, sin parar, página tras página, hasta el final. La prosa de «uno de los mejores escritores de nuestra lengua» no es tal, sino una colección de chistes sin ingenio, de frases supuestamente ocurrentes con las que Gómez-Jurado se empeña sin descanso en hacerse el gracioso… sin la menor gracia. Que esto les guste y les extasíe a los millones de personas que han comprado sus libros, no es de extrañar. A la gente le gusta lo burdo, lo bobo, lo fácil y graciosete. No se compran literatura sino un montón de chascarrillos del novelista de moda.

Gómez-Jurado sufre de una disonancia cognitiva galopante, casi del mismo calibre que la de su compadre Pérez-Reverte. Si el murciano se cree un hombre culto, un gigante de las letras, un héroe de guerra y un Joseph Conrad redivido, casi un galán de otra época, Jurado se cree un hombre increíblemente guapo y misterioso, un novelista de genio comparable a Cervantes o incluso Homero, un erudito y una persona increíblemente graciosa e ingeniosa. Es el problema de tener éxito cuando no lo mereces: que se te pira la pinza, que eres un esperpento andante, y que eres un fracaso. El éxito no se define en cuántos libros vendes, ni la talla como escritor en cuantos lectores tienes. Eso lo sabe hasta Stephen King, que es mucho más inteligente y humilde. El éxito es hacer una obra literaria potente, profunda, imperecedera (bueno… si es literatura es que es precisamente todo eso), aunque la lean sólo unas pocas cientos o miles de personas en todo el mundo. A Pérez-Reverte y a Gómez-Jurado sus lectores y la literatura les importan un carajo. Lo único que les importa es la pela. Así de claro.

Te diré una cosa, Juan, si me estás leyendo, que igual te da por ahí: sabes perfectamente que todo lo que he dicho en este texto es verdad. Lo sabes, aunque no quieras saberlo. Sabes que dentro de cinco o diez años pasarás de moda, llegará el próximo superventas y tus amigos de la editorial no te harán tanto caso. Ya estarás amortizado, ya habrán visto que no das más de ti, y apoyarán a otros. Pero tanto ellos como tú mismo, y esto no lo sabes pero te lo digo yo, habéis convertido la literatura en compra-venta de basura, en un circo dantesco de mercancía caduca. Enhorabuena, lo habéis conseguido.

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7 comentarios en “Juan Gómez-Jurado y la ley de la pasta

  1. El otro día Amazon creo que anunció una serie que le tiene a él como mayor reclamo, ¿no? Algo así como «creada por Juan Gómez-Jurado». Lo vi y pensé: «Si Adrián no tiene Amazon prime, esto sin duda le convencerá», xD.
    PD: «Es decir, le encantaría en el terreno de lo metafórico, porque como aquella mano del tamaño de una paellera te cruce la cara, te manda al jueves que viene». Puede que en las anteriores frases no, pero yo aquí veo cierta maestría. Quiero decir, a mí no se me ocurre eso, mezcla hablar chabacano y ficción científica por lo del viaje al futuro del próximo jueves. Lástima que tenga tantos libros pendientes que no pueda ponerme con su obra…

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  2. Pingback: El cañón del revólver (XX) – Adrián Massanet

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