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Viajeros de la noche – Capítulo cuarto: ¡Vampiros!

Volvemos un programa más los profes Carlos y JJ con un debate esta vez dedicado al monstruo cinematográfico por excelencia, el que más películas ha protagonizado y el que más versiones ha conocido: el vampiro, por supuesto.

Lo hemos hecho centrados sobre todo en la novela más importante dedicada a este fenómeno, la famosísima y extraordinaria ‘Drácula’, de Bram Stoker, que desde hace ciento veintisiete años es el volumen capital desde el que parte todo lo posterior y en el que confluyeron todas las obras anteriores. A partir de ahí hemos hablado de literatura y de cine, de cómics, televisión y hasta videojuegos, dividido en tres bloques.

Este es el link de ivoox

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Y aquí el programa en espotifai, por supuesto:

Más o menos los contenidos han sido los siguientes:

Literatura:
El vampiro (1819)
Varney the vampire (1845)
Carmilla (1872)
Soy leyenda (1954)
Salem’s Lot (1975)
Entrevista con el vampiro (1976)
Vampire$ (1991)

Cine/TV:
Nosferatu (1922)
Dracula (1931)
Dracula (1958)
Las novias de Dracula (1960)
Dracula: Prince of Darkness (1965)
The Fearless Vampire Killers (1967)
Dracula (1979)
Nosferatu, vampiro de la noche (1979)
Fright Night (1985/2011)
The Hunger (1983)
The Lost Boys (1987)
Near DArk (1987
Bram Stoker’s Dracula (1992)
Interview with the Vampire (1994)
Vampires (1998)
Only Lovers Left Alive (2013)
Una chica vuelve a casa de noche (2014)
True Blood (2007-2014)
Duckula
Castlevania
Miniserie Dracula (2020), NETFLIX

Videojuegos/Juegos de rol
saga castlevania symphony of the night

Cómic
Crimson

Y algo de bibliografía y otras referencias:
Historia de Dracula (2019)
Una historia pop de los vampiros (2021)
El año de Drácula (1999)
Vida y obra de Carl Theodor Dreyer

Que lo disfruten

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ARTÍCULOS, CINE, TELEVISIÓN

La perturbación de ‘Twin Peaks’

Ahora que estoy plenamente metido en el libro de las series, en el que voy a tratar de establecer, con mis obvias limitaciones pero también con mi no corta experiencia, cuáles son las ficciones canónicas de este medio aún más joven que el cine (pero que tanto tiene que ver con él y a la vez tan poco), me doy cuenta de que ‘Twin Peaks’, la serie creada por David Lynch y Mark Frost hace más de treinta años y que estoy volviendo a ver capítulo a capítulo, es una de las primeras cosas, en general, que vi en mi vida, cuando yo tenía diez u once años, y eso desde luego es algo que te marca para siempre. Pero que el lector de estas líneas no se preocupe: no va a ser este otro texto nostálgico de los que tanto abundan en internet.

‘Twin Peaks’ fue la serie que lo cambió todo. Ahora estamos en una época en la que todo el mundo habla de series y ve series a todas horas, pero en aquella época no había nada realmente ambicioso desde un punto de vista narrativo. Algunas series interesantes, más o menos elaboradas, sobre detectives o sobre médicos, y poco más, sobre todo en el panorama estadounidense. Tuvo que llegar la arrolladora mirada de David Lynch, que tantas cosas había cambiado ya en el cine de los años ochenta, para comenzar a modelar la televisión de final de siglo y principio del siguiente. Esto es historia y no estoy diciendo nada que no se sepa y que no se haya comentado hasta la saciedad.

En mi caso, era una serie que no me correspondía por edad. Ahora la veo y descubro en ella otros aspectos, otros valores, quizá algunos deméritos o zonas grises, secuencias poco afinadas, directores que llevaron con desgana las riendas de varios capítulos, también veo la genialidad de algunos episodios, la audacia de llevar a cabo un proyecto de estas características en aquellos años, pero en aquel entonces, con diez u once años de edad, he de decir que me perturbó hasta límites insospechados para mí. No solamente me daba un miedo atroz aunque en algunos momentos o capítulos enteros no pasara nada verdaderamente aterrador, sino que se me quedaron grabados sus imágenes y sonidos, la música de Angelo Badalamenti y las interpretaciones y los diálogos de los actores. Para mi mente, todavía muy impresionable (ahora por suerte o por desgracia, ha dejado de serlo), aquello era un mundo tenebroso e inolvidable. No entendía muchas cosas, porque era imposible entenderlas a mi edad, y no acababa de comprender las motivaciones o las razones de los personajes, y ahí quedó como una experiencia que mis padres (con toda la razón del mundo) quisieron evitar que tuviera.

Cuento todo esto porque no recordaba que esta hubiera sido una de mis primeras experiencias fílmicas, y hasta qué punto se me quedó muy dentro. Siempre que intento recordar las primeras películas o imágenes fílmicas que he visto en mi vida, para rastrear en el pasado de eso que se llama «cinefilia», evoco aquellas sesiones en las que vi el ‘Robin Hood’ de Walt Disney, o ‘El imperio contraataca’, o infinidad de películas de animación y de aventuras que capturaron mi imaginación en aquella niñez que cada día parece más solitaria y más lejana. Pero esto de ‘Twin Peaks’ fue definitivamente otro nivel. No recordaba los meses y meses que pasé escuchando la música de Angelo Badalamenti, imaginando y creando secuencias en mi cabeza que nunca habían existido en la serie, proponiendo para mí mismo nuevos giros dramáticos, asustándome de mi propio miedo al recordar ciertos momentos tenebrosos y espeluznantes de los numerosos que alberga esta serie imperfecta, inclasificable e irrepetible que es ‘Twin Peaks’.

Cómo llegaron a obsesionarme, en secreto (pues no podía comentarlo con nadie) los destinos del agente Cooper y de Audrey Horne, hasta qué punto aborrecí y me amedrentaron los rostros y las voces de Benjamin Horne, de Leo, de toda la fauna de personajes dantescos que jalonan las imágenes de la serie.. y cómo amé sus escenarios naturales, sus momentos de luz y de pura emoción, de un lirismo que hoy día me cuesta describir. Esto para mí era otro mundo, y por supuesto no tenía ni idea de que el máximo artífice (al alimón con Mark Frost) era ese tipo único de la historia del cine estadounidense llamado David Lynch, de quien pronto vería ‘Corazón salvaje’, y todas las demás.

Pero ahora no puedo recurrir a todos esos recuerdos, esas experiencias que vivió un niño de diez años llamado Adrián Massanet, para escribir en el libro el fundamental capítulo de ‘Twin Peaks’, una de las veinte series canónicas con las que voy a erigir mi canon personal. Ese niño ya no existe. Sólo queda este tipo que ha de demostrar por qué es una serie canónica con argumentos profesionales, con ideas y conceptos sólidos, y no con filias ni con nostalgias. Eso puedo hacerlo aquí, y es lo que acabo de hacer: tratar de explicar lo mejor que puedo o sé el impacto tremendo que la imaginación y la sugerencia de este artista llamado David Lynch pueden producir en un niño que tampoco anda corto de imaginación y de demonios interiores.

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ARTÍCULOS

Sobre mi corta experiencia en Twitter

Yo creo que ya, a pocos días de haberme vuelto un poco más activo en mi cuenta de Twitter, de haber enlazado esta página para ir subiendo las actualizaciones, y en definitiva de emplearla para algo más que para ver noticias o reírme con los ingeniosos (no todos, pero sí muchos) chistes del personal, puedo hacerme un poco una idea de lo que es Twitter, siete años después de haberme abierto una cuenta y de haberla cerrado. Quizá dentro de un tiempo escriba un artículo que se titule, en consonancia, «sobre mi ya larga experiencia en Twitter», pero vamos paso a paso.

En primer lugar, los pros. Creo que Twitter es una herramienta fantástica para hablar con gente, tal cual. Por su inmediatez, por su facilidad, por su sencillez. Porque resulta verdaderamente sencillo (pese a sus contras, de los que luego hablaré…) establecer un diálogo y hasta un debate interesante con alguien desconocido, y eso, en este mundo en el que nadie quiere hablar con nadie que no conozca a menos que se den circunstancias especiales, tiene un valor inmenso. Twitter ha cambiado el mundo de una forma, yo creo, mucho más sustancial que Facebook, y nos ayuda a comunicarnos de una forma mucho menos invasiva y tóxica que Whatsapp.

Hay más pros: gracias a Twitter es muy fácil tomarle la temperatura a la gente y a los hechos, y la forma en que los hechos moldean a la gente y la gente moldea los hechos. Basta que suceda cualquier evento importante, la hecatombe y el esperpento que está sufriendo el PP estos días, para ver cómo la gente se posiciona rápidamente y cómo empieza a destacar unos datos y unos hechos sobre otros, y como esos hechos destacados y cómo esos datos expuestos desde determinado punto de vista atraen a otras personas, o bien para estar a favor o bien para estar radicalmente en contra. Alguien dijo que Twitter es una enorme barra de bar en la que todo el mundo dice lo que piensa. No estoy muy de acuerdo. En mi opinión Twitter es como un enorme barullo en la plaza del pueblo, un barullo de gente en la que todos se posicionan rápidamente, como el juego de la silla.

Hasta aquí, me temo, los pros. Ahora toca hablar de los contras. El más importante que yo veo es la escasez, por no decir la ausencia, de reflexión en Twitter. Antes dije que es un lugar magnífico para empezar debates… pero la mayoría de esos debates se quedan en nada: simples sentencias de algunos que van de listos en su tema y que no generan un diálogo, sino que únicamente esperan adhesión o rechazo. Yo creo que las redes sociales sólo deberían ser empleadas por personas con un muy alto grado de madurez. En caso contrario lo enfangan todo con su toxicidad y con una soberbia que yo no sé muy bien de dónde viene. La gente trata Twitter, pasmosamente para mí, como un muro de las lamentaciones o como un muro en el que todo lo que allí se escribe queda grabado en mármol. Ni una cosa ni la otra. Twitter debería ser un medio, no un fin.

Ya he hablado aquí más de una vez de gente como @Bracero666, y otros muchos como él, que simplemente se limitan a explicar avances en las técnicas narrativas cinematográficas y a establecer sentencias tales como «tal película del año 37 fue la primera en emplear tal herramienta narrativa y por eso es una de las mejores de la historia». o bien «tal director es capaz de darle al montaje tal sentido narrativo y por eso es uno de los mejores de la historia», cuando no directamente a decir que tal o cual película, generalmente desconocida, es una de las mejores de la historia y luego a diseccionar una secuencia en la que se lograba tal efecto dramático… Eso no vale para nada, y mucho menos para conseguir que la gente aprenda algo de cine. Sí sirve, supongo, para quedar muy cool y que se «sabe mucho de cine», pero por desgracia ni el cine ni la literatura ni la música son un compendio de técnicas narrativas. Son algo más, pero me temo que este tipo de usuarios son mayoría en Twitter.

Además, Twitter es un sistema de castas, inevitable por el hecho de los seguidores, los me gusta y los comentarios como elemento diferenciador. En pocas palabras, si tienes muchos comentarios y seguidores eres un crack, y si no los tienes eres un pringado. No llevaba yo ni dos días interactuando en esta red social cuando un energúmeno (un facha, como no) despreció mis comentarios y me insultó porque tengo solamente 27 seguidores. Yo no sé si es posible llevar unos días, o unas semanas, en Twiter y tener 27.000 seguidores. Seguramente sí. No me importa. Llevo mucho tiempo escribiendo en internet, hace años que tengo mis páginas personales, y tengo miles de lecturas al mes. Me enorgullezco de esos 27 seguidores. No me siento menos por ello, ni siento estar debajo en el escalafón de nada. Claro, en un mundo en que eres mejor escritor cuantos más libros vendas, o mejor usuario en Twitter cuantos más seguidores tengas, esto que me dijo ese mequetrefe pues tiene su lógica. Le bloqueé claro, como he bloqueado ya a unos cuantos que al parecer se levantan por la mañana sólo por el gusto de insultar y escupir odio. No serán los últimos a los que bloquee.

Twitter es una red social que posee un efecto burbuja imposible de evitar. La gente allí se siente con el poder de decir lo que piensa, de atacar al que no piensa como ellos (no con ideas, que sería por lo menos lícito, sino con insultos y amenazas). Y esto en español y en inglés (no domino otros idiomas como para meterme en esas cuentas o hilos). Todo el mundo parece igual de narcisista, vacuo, soberbio y en el fondo ingenuo. Es como moverse en una enorme pecera en la que se dispara en todas direcciones con argumentos muchas veces peregrinos. Algunos a los que sigo, sin embargo, son excelentes pensadores y activistas, y otros son certeros diseccionando la actualidad. Algo es algo. Por allí me quedaré hasta que me canse y aburra, y si algún día tengo alguno más de 50 seguidores empezaré a preocuparme porque sentiré que puedo formar parte de ciertas castas a las que nunca he querido pertenecer.

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CINE, ENSAYO

Denis Villeneuve, el estilista heredero de Ridley Scott

Vista ‘Dune’ (2021), la nueva versión de la novela de Frank Herbert tras la película de David Lynch de 1984 y las dos miniseries de 2000 y 2003, parece que quedan pocas dudas acerca de la deriva de la carrera del canadiense Denis Villeneuve, que empezó hace ya más de dos décadas con filmes pequeños, sugerentes y bastante estimulantes en no pocos aspectos, y que ha cambiado de rumbo y se ha sumergido en las grandes producciones, los macroestrenos con eventos mundiales y el hype como forma de vida. Cada cineasta se busca su propio camino, como se suele decir, pero el que ha elegido Villeneuve puede tener poco recorrido.

Hace unos años, con motivo del estreno de ‘Sicario’, los de Caimán (no recuerdo ahora mismo qué articulistas) llegaron a la conclusión de que Villeneuve no era un buen cineasta. Tampoco recuerdo las razones que daban al respecto, creo que no daban ninguna de peso, pero ese era su punto de vista al parecer inamovible. Sin embargo desde ‘Prisoners’ (2013) hasta ahora, Villeneuve ha presentado cinco largometrajes que han llamado la atención y que le ha situado en un lugar de privilegio en la industria del cine estadounidense, y muchos aficionados conocen su nombre y es habitualmente defendido a capa y espada como un gran director con un gran estilo visual, etc, etc… En mi opinión ni una cosa ni la otra: la carrera de Villeneuve oscila entre títulos realmente sólidos y otros bastante más discutibles o directamente poco estimulantes, pero lo que sí es indiscutible que sabe arroparse de buenos colaboradores que visten muy bien sus películas, y que de esa manera ha cogido el relevo a Ridley Scott como uno de los más avezados estilistas de la imagen del cine actual…

Sus inicios fueron dubitativos con las extrañas aunque nada desdeñables ‘un 32 de agosto en la Tierra’ (‘Un 32 août sur terre’, 1998), ‘Maelstrom’ (‘Maelström’, 2000) y ‘Polytechnique’ (2009), filmes pequeños, intimistas (los dos primeros con guiones suyos), que contaban dramas muy intensos, a veces al borde del morbo fácil, pero con los actores muy ajustados y con un más que solvente empleo de la cámara y el montaje. Fue poco después, con su cuarto largo, que comenzó a llamar la atención en todo el mundo. Y no es para menos, porque ‘Incendies’ (2010), es una de sus mejores películas. Un drama muy bien armado, con un grupo de actores formidable, que con una gran atmósfera y un crescendo emocional de primera categoría, conseguía atrapar al espectador con muy sutiles elementos. El filme fue nominado en los Óscar a la categoría de mejor película extranjera y era cuestión de tiempo que acabara mudándose de industria y terminara filmando película en Estados Unidos, como así fue.

Su siguiente filme, tres años después, fue el muy sólido y solvente ‘Prisoners’ (2013), con unos magníficos Hugh Jackman, Jake Gylenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Paul Dano y Melissa Leo, y ese mismo año dirigió (de nuevo con producción canadiense) la también potente (y poco comercial) ‘Enemy’, sobre la novela ‘El hombre duplicado’ de Saramago. Ya en ambas se prestaba máxima atención a la fotografía como elemento esencial de la película. Y esa atención se vería amplificada con sus dos siguientes películas: ‘Sicario’ (2015) y ‘Arrival’ (2016), muy diferentes entre sí y con el resto de su filmografía al ser dos películas de género tan marcado (thriller y sci-fi), y al acentuar la preocupación (si así se le puede llamar) de Villeneuve por los elementos más visuales, más epatantes, de unos relatos mucho menos arriesgados tanto en su concepción como en su ejecución, para un conjunto poco original. Sin embargo sí que logró un buen filme con la secuela/remake de ‘Blade Runner 2049’, que conseguía superar en belleza e intensidad emocional a su predecesora, para un conjunto realmente redondo que a la vez confirmaba una cosa: Villeneuve se ha propuesto ser el nuevo Ridley Scott.

Pero eso sí, superando a su «maestro» al menos en una cosa, la dirección de actores, que en su caso es mucho más brillante que en el del truquero y gélido cineasta británico. Pero Villeneuve se ha demostrado, en los interiores suntuosos de ‘Blade Runner 2049’, en la densidad visual de ‘Sicario’ o ‘Arrival’, en su creación de atmósferas densas e inquietantes, seguir los pasos del venerado director de ‘Alien’ (cuya mayor virtud es, precisamente, la creación de atmósferas densas e inquietantes), y desde luego lo está consiguiendo. Al igual que Scott, Villeneuve está tocando todos los palos genéricos, con el riesgo que conlleva de indefinición estilística y temática. Y ahora con la carísima ‘Dune’ ha apostado todo a una carta: el aspecto visual, el diseño de producción fastuoso con una fotografía deslumbrante. El resto de cartas de su última película no es tan potente, pero ese sí. Y la cosa parece haberle funcionado, como parecen haber funcionado sus vaivenes genéricos y conceptuales. Pero esta decisión tiene un recorrido bastante corto.

En realidad, a Villeneuve le ha pasado como a muchos otros, desde Christopher Nolan a Steve McQueen y quien sabe si también Chloé Zhao: se han visto arropados y anulados demasiado pronto por la voraz industria estadounidense, que ha depositado en sus manos proyectos mastodónticos que llevar a buen puerto. Y ellos, Villeneuve y Nolan, entre otros, se han dejado arropar, han conseguido sueldos millonarios y han levantado proyecto de envergadura con los que han conseguido grandes éxitos, pero han entrado en la dinámica de los grandes estrenos-evento, de los géneros como reclamo comercial, y han fiscalizado muy rápido unas carreras que se prometían más que interesantes (recordemos ‘Memento’ o ‘Shame’). Como son buenos directores, sus títulos poseen solvencia, y si los astros se alinean pueden incluso conseguir alguna buena película (‘Blade Runner 2049’), pero esa carrera por los grandes éxitos comerciales tiene poco recorrido: cada vez hay que hacer la película más grande, más exitosa, más deslumbrante técnicamente, y cada nuevo título se aplaza más en el tiempo, y la visión del director se diluye como un azucarillo en un vaso de agua.

Es la lógica de la pasta, la única que importa en el mercado anglosajón, tanto en lo cinematográfico como en lo literario. Bien lo decía el bueno de Jeff Nichols (sin duda uno de los directores más brillantes de su generación): «tengo la suerte de no haber tenido el suficiente éxito como para poder seguir haciendo mis películas». Tenía toda la razón.

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ARTÍCULO, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

¿A quién le importa que no te guste?

Sé que suena poco apropiado, incluso beligerante, en estos tiempos tan narcisistas, pero es algo que últimamente le estoy repitiendo a bastantes interlocutores, tanto en persona como en la maldita red social de Twitter: a nadie le importa que no te guste…

Un día de estos hago un resumen de lo que han sido mis interacciones en Twitter durante estas semanas que por fin me he decidido a abrir mi cuenta y a usarla para algo más que para leer noticias o reírme con los chistes más ingeniosos, pero por el momento diré que allí sucede lo mismo que en la vida real: la gente funciona más de dentro hacia fuera que de fuera hacia dentro. Quiero decir con esto que esa tiranía del «me gusta» o «no me gusta» es ya ley, y me parece que ley sagrada. Ya no hay ni siquiera argumentos personales, más o menos peregrinos, más o menos viscerales. Y no sólo entre gente que simplemente ve películas o lee libros para pasar el rato, sino gente que pretende establecer un criterio en podcast, en páginas, en ensayos y artículos. El «boyerismo» ha triunfado.

Esto viene a cuento de que hace pocos días un tuitero lanzó una pregunta: ¿cuáles son las trilogías más importantes de la historia del cine? Y dio a elegir entre cuatro de ellas: la de ‘Regreso al futuro’, la de ‘Indiana Jones’, la original de ‘Star Wars’ y la de ‘El señor de los anillos’. Supongo que los que me leen con cierta frecuencia se imaginarán qué trilogía sugerí yo, sin nombrarla, que debía ser la más importante de todos los tiempos, y lo cierto es que se me ocurrían otras como la de Richard Linklater (‘Before Sunrise’, ‘Before Sunset’ y ‘Before Midnight’) la de Ingmar Bergman (‘Como en un espejo’, ‘Los comulgantes’ y ‘El silencio’), la de Krzysztof Kieslowski (‘Azul’, ‘Blanco’ y ‘Rojo’) y alguna otra como la trilogía de la caballería de John Ford (‘Fort Apache’, ‘La legión invencible’ y ‘Rio Grande’) que desde luego son mucho más acartonadas y menos verdaderas que las nombradas, pero que también son cine más o menos «de aventuras», como eran las cuatro trilogías nombradas. Su respuesta no me cogió por sorpresa: «no puedo con ‘El Padrino'». Y eso lo dice alguien que participa en un podcast cultural o cinematográfico…

Poner símiles siempre ayuda en estos casos: imaginémonos que vamos a ver la catedral de Santiago de Compostela, considerada desde hace mucho tiempo como una de las más importantes, bellas y complejas del mundo. Vamos a verla un grupo de veinte personas, entre las miles que se pasan por allí al día, y uno de nuestros acompañantes dice «eso no me gusta, no lo trago, no puedo con ello». ¿Cabe decir otra cosa que a quién le importa que no te guste? En lugar de plantearnos por qué esa catedral es tan importante, lo que hacemos es simplemente guiarnos por nuestro «gusto» (si gusto se le puede llamar a eso) personal. Por nuestras sensaciones más inmediatas, porque esto o aquello nos aburra. Es decir trabajamos de dentro (nosotros) hacia fuera (lo observado), en lugar de preguntarnos qué puede significar eso sin que nosotros, con nuestro gusto o paladar, sea este el que sea, entremos en la ecuación. Muchos, me temo, ni se preguntan ni quieren aprender lo que la catedral de Santiago de Compostela o lo que ‘El Padrino’ o lo que ‘La montaña mágica’ significan, sino si a ellos les divierte y les emociona.

Eso que lo haga Carlos Boyero si quiere, además sorpresivamente le pagan por ello, tiene esa inmensa suerte. A otros no les pagan por ello y hacen lo mismo: sentenciar si algo es interesante o no en base a sus gustos. Pero esto no va de gustos o de filias o fobias. Dedicarse a investigar sobre cine o literatura para ir clamando a los cuatro vientos cuales son tus fobias y tus filias es una estupidez como un piano de grande. Es la misma que declarar cuántas películas has visto, o cuántos libros has leído, o cuántos seguidores tienes en Twitter, como si eso fuera un valor en sí mismo, como si eso marcase la diferencia en algo, cuando la única diferencia, me parece a mí, es si has entendido aquello que has visto o leído y si cuando por fin te pones a dejar algo por escrito es algo más que una pataleta, una reacción adolescente o un simple chascarrillo. Eso si quieres que alguien con un mínimo de formación y sentido común te tome en serio, claro.

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ARTÍCULOS, CINE

Definición de Cine: El Movimiento

Arriesgué el otro día una definición de Literatura. Hoy voy a hacer lo mismo con el Cine.

El cine es, en primer lugar, luz y sonido. El cine mudo era cine, por supuesto, y a veces de mayores kilates que el que se ha hecho en décadas posteriores (como por ejemplo el mal llamado cine «clásico» estadounidense), pero las imágenes y los sonidos unidos, entrelazados, son el Cine auténtico. En caso contrario el Cine habría continuado siendo mudo.

El cine después es tiempo. Como la Literatura, y aún más como la Música, el Cine es un arte narrativo, en la mayoría de las ocasiones… incluso cuando carece de vocación narrativa tiene mucho de narrativo. Y lo narrativo participa del tiempo como elemento fundamental.

Sin embargo aún más que la Literatura o que la propia Música, el Cine opera con realidades. Cuando en una película se encuadra una calle, es un calle. Cuando sale una persona caminando por esa calle, es una persona. Por eso en el Cine el tiempo se percibe como un elemento más real que en Música o Literatura.

Ahora bien, para que haya tiempo contenido en las imágenes hace falta movimiento. El movimiento es lo que da vida a una película. El cine trabaja con realidades, nada más real que la vida en movimiento, y nada menos cinematográfico que el estatismo de una puesta en escena teatral.

Se dice que el Cine es una mezcla de otras artes. Esto es una percepción bastante discutible de aquellos que deberían saber que cada arte posee una especificidad propia, que no comparte con otras artes. Ninguna otra arte, ni siquiera la literatura, posee imágenes y sonido en movimiento con el objetivo de capturar el tiempo

Se equivocan los que dicen, insistiendo en redes sociales (personas como Bracero y otros como él) que el verdadero Cine es aquel que te habla con un lenguaje sintético o analítico. El Cine ha de conseguir lo que la literatura: crear una segunda realidad. Haciéndolo con trucos tales como un espejo roto que simboliza una relación en ruptura, o con elementos distorsionados del encuadre para dar lugar a otra cosa, diluye la fuer del cine, porque…

El Cine no es pintura, ni fotografía, ni cómic en movimiento. El cine tiene más que ver con la música, en su búsqueda de armonía, de ritmo, de energía de vida…

El Cine no es un lenguaje del mismo modo que la Literatura no es un lenguaje. Filosóficamente hablando puede ser un lenguaje, pero los estructuralistas, los que creen que el Cine es un conjunto de técnicas narrativas, creen que todo es lenguaje, pero el lenguaje no es un fin, es un medio.

Para lograr su verdadera especificidad el Cine posee dos herramientas por encima de cualesquiera otras: el montaje y la dirección de actores, que no se parece en nada a la dirección de actores teatral.

En el Cine el director es el autor del mismo modo que en Literatura lo es el novelista o poeta, pero en el Cine el autor se ve rodeado de otros cineastas, como el director de fotografía, el director de arte, el montador o el jefe de sonido, que han de sumarse a la visión del autor…

Por ello podemos hablar de que el Cine es al mismo tiempo un arte colectivo y un arte dictatorial.

Para terminar el cine es en definitiva, un trozo de vida, no un trozo de pastel como diría Hitchcock. El cine comparte con la literatura la obligación de ser racional, de desengañar al espectador para ser verdaderamente grande.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

Definición de Literatura: El Desengaño

Eso y no otra cosa es la Literatura: El Desengaño.

Pero voy a arriesgar una definición más larga. ¿Que por qué? Porque entre otras cosas creo que es necesario que cada uno de nosotros –los que investigamos, los que interpretamos y escribimos sobre narrativa– construyamos una definición de literatura. Otro día arriesgo también una definición del cine.

La Literatura es primero que todo palabra escrita. La oralidad no es literatura, sino una ProtoLiteratura que se desvanece en el aire. La Literatura ha estado desde su nacimiento íntimamente ligada a la caligrafía, al negro sobre blanco. La Literatura nace como objeto: un pergamino, un papel, un soporte de cualquier otra cosa, sobre el que se escriben signos y palabras.

La Literatura antes que nada es ficción. Es el componente definitorio de la Literatura, del mismo modo que el narrador lo es de la narrativa. El concepto de ficción es uno de los más complejos a la hora de ser analizado e interpretado, pero es crucial. La ficción, de hecho, nació con la Literatura, que mató a los dioses. No existen libros sagrados en Literatura, no existe el concepto de Verdad Absoluta en la Literatura. Sólo existe el territorio bastardo de la Ficción.

La Literatura es un lenguaje abstracto en sí mismo. El lenguaje literario, la literariedad, no es, no puede ser, un lenguaje cercano al lenguaje común de la vida real, salvo en los diálogos o en la primera persona. Pero ni siquiera en esos casos estará exento de una abstracción obligada, de un extrañamiento que es una de las bases de la ficción.

La Literatura no tiene por qué ser narrativa. Puede ser narrativa (prosa) o no narrativa (poesía). Puede ser una mezcla (dramática, teatro). El cine también puede ser no narrativo. Pero si es narrativa necesita, por obligación, tres elementos: el narrador, el material narrativo objetivado en el argumento, y los personajes. La poesía narrativa (La Divina Comedia, El viaje del Parnaso…) también posee narrador y personajes, si bien su estructura es plenamente poética.

La Literatura es por definición antisistema. Ninguna Literatura que se precie de serlo es coadyuvante con el poder. La Literatura no es como la pintura, o el cine, no necesita de mecenazgos, ni de grandes producciones. Es un arte insidioso, casi terrorista. Los libros, los grandes, son peligrosos, son dañinos para los intereses generales. Porque…

…la Literatura es el arte del Desengaño. Leyendo Literatura, la verdadera no la falsa, nos desengañamos de unas ideas, de unos conceptos, que nos tenían «engañados», nos desembarazamos de nuestro idealismo, y abrazamos, siquiera a nuestro pesar, de un profundo Racionalismo, porque…

…la Literatura es el arte racionalista por antonomasia. La verdadera Literatura absolutamente siempre es racionalista, es decir, que nos ayuda, nos impele, a ser racionalistas y a librarnos de lo que no necesitamos. Ese es el verdadero poder de la Literatura.

Porque la Literatura no enseña nada. A la Literatura se llega leído de casa. Las grandes obras literarias no son un compendio de conocimientos ni de ideas, sino una construcción intelectual, una visión del mundo y del ser humano. Por eso la Literatura no hace mejores personas, hace mejores lectores, es decir, hace personas más racionalistas.

La Literatura ha de ser un problema, un desafío al lector, tanto intelectual como emocional, ha de causar un verdadero disgusto intelectual al lector más preparado, y ha de provocar una herida emocional al más duro. Ha de demostrar, una y otra vez, que la realidad que vivimos no es la única posible, que cada uno de nosotros no somos lo que verdaderamente creemos o nos gustaría.

La Literatura es ciencia y filosofía al mismo tiempo, con un estatuto inevitable de ficción. Es la primera ciencia y la última filosofía de todas.

La Literatura no es un producto, es lo que de verdad nos hace humanos. La capacidad de fabular es lo que nos define como seres humanos.

La Literatura es música en prosa o poesía. Depende del ritmo, de la musicalidad de lo escrito, de la armonía entre las partes, de la intensidad y duración. Es un arte basado en el tiempo, y por tanto es musical.

Es, por último, el arte más abstracto de todos, y sus autores los artistas más extraños de todos, y probablemente por eso los más mitificados y los que más están en peligro de extinción.

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Vídeos

Miscelánea de vídeos (1)

Siempre me digo que voy a empezar a poner más vídeos en esta página, y luego nunca me acuerdo… Pues voy a empezar a hacerlo, incluso con vídeos (como es el caso de algunos de los aquí incluidos) que ya he puesto aquí, pero cuya fuente de origen ha desaparecido, o que ya no se encuentran disponibles en Youtube, etc. Mi intención es ir dejando algunos de los vídeos de cortos, animaciones, documentales o cualquier cosa que realmente me parezca digno de mención, y que por tanto vea y vuelva a ver sin cansarme, porque siempre me aportan algo. Vamos allá:

Empecemos por ‘Korgoth of Barbaria’, una serie que nunca llegó a tener más que el episodio piloto, pero que de por sí es tan redondo y divertido que podría considerarse uno de los cortometrajes de animación y Espada y Brujería (desde el anglicismo Sword & Sorcery), y que aunque se sirve de todos los tópicos habidos y por haber de esta clase de narraciones, hay algo en lo que destaca: el arrollador humor negro que preside cada secuencia y casi cada detalle. Creado por Aaron Springer y con animación dirigida por el maestro Genndy Tarkakovsky, es una de esas piezas ideales para arreglar un mal día y subirte la moral. Irresistible de principio a fin.

Sigamos por uno de esos vídeos que vuelvo a ver de vez en cuando, sólo para acordarme de dos cosas: que el mundo (el universo) es mucho más grande y vasto y complejo de lo que en realidad creemos en nuestras vidas prosaicas, y que hay gente que es capaz de hacer trabajos en Youtube que hacen que merezca la pena a pesar de todos los pesares:

Y para terminar, el bonito documental de apenas 46 minutos dirigido por Frances Escribano, titulado ‘Buscando a Cervantes’, que por supuesto se plantea un acercamiento a la figura central de la literatura occidental en prosa y teatro, con un tono además distendido y que pretende inocular la curiosidad del espectador hacia tan eminente artista. Alberto San Juan hace a un buen Cervantes (si bien quizá no genial…), y el documental apenas rasca un poco en la vida y el significado de este señor, pero claro, para de verdad hacer una película sobre este gigante, habría que plantearse una serie documental entera (que tiene pocos visos que algún día se haga realidad, pero que yo devoraría sin pensarlo). Por lo menos te cuenta algunas cosas importantes y deja el testigo para que el espectador siga investigando por su cuenta, por lo que merece la pena verse:

Si el tiempo y la salud lo permiten (últimamente no mucho…) iré dejando tres vídeos de muy diferente procedencia, estilo e intereses, todos los fines de semana. Ya que este tipo de páginas lo permite, ¿por qué no hacerlo?, y así el lector ocasional de mis investigaciones sabrá también qué clase de vídeos suelo ver y por qué.

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Tolkien podría ser inadaptable

Yo creo que sí, que a estas alturas, en un mundo tan hipertrofiado de mundos fantásticos, de franquicias, de series, el universo de Tolkien, que ya conoció dos trilogías en las dos últimas décadas, se ha vuelto inadaptable al cine o la televisión. Al menos en imagen real… Si es que alguna vez fue adaptable.

Viene esto a cuento, claro, de que se avecina en pocos meses la adaptación que del material de sus novelas ha producido Amazon para su canal de streaming, del que ahora empiezan a llegar los primeros avances, las primeras imágenes, los primeros carteles promocionales… todo suena a ya visto, y además a poco interesante, a poco estimulante, después no sólo de las dos trilogías de New Line, sino además de ‘Game of Thrones’, de ‘The Witcher’… Amazon ha comprado los derechos y se ha gastado, por lo que cuentan, una pasta gansa en no tengo claro cuántos capítulos de cuánta duración cada uno, pero o mucho me equivoco (y no creo ser el único que piense así), o esto se parece bastante a tirarse a una piscina con poca (o nada de) agua.

Por lo visto, además, han contratado a Juan Antonio Bayona para dirigir los dos primeros episodios, como si eso fuera una especie de reclamo, o de garantía de calidad/comercialidad. Habiendo incluido a este hombre, las expectativas son aún mucho menores. No lo sé, igual estoy anticipándome mucho y resulta que nos encontramos con una serie extraordinaria, pero algo me dice que no. Llevo ya mucho tiempo en esto y las he visto de todos los colores. Bayona está ahora mismo dirigiendo películas porque Guillermo del Toro le consiguió el dinero suficiente para ‘El orfanato’, que por un azar (y, hay que decirlo, por una campaña de marketing espectacular), hizo muchísimo dinero en taquilla. A su vez, Guillermo del Toro es (o era…) colega de Peter Jackson, y a punto estuvo de dirigir la trilogía sobre ‘El Hobbit’, que finalmente dirigió Jackson después de volver tarumba perdido a del Toro. Jackson, del Toro, Bayona, tres directores bastante parecidos, en realidad, sobre todo en sus enormes limitaciones expresivas y en su pasmosa falta de originalidad.

Ninguno de los tres parece especialmente dotado para el cine de fantasía pura, por mucho que se empeñen en ello. A Bayona le contrataron para la segunda parte de ‘Jurassic World’ y dirigió esa película bastante tendenciosa y tramposilla de ‘Un monstruo viene a verme’, además de la citada, y de la inane (técnicamente muy bien hecha, eso nadie lo duda) ‘Lo imposible’… Del Toro está empeñado en sus criaturas, sus monstruitos y sus maquillajes de millones de dólares de presupuesto. Jackson parece en ese sentido el que tiene algo más, a fin de cuentas dirigió la estupenda ‘Heavenly Creatures’, la alocada ‘Breaindead’, y su trilogía inicial de ‘Lord of the Rings’ es bastante potable en algunos aspectos… Pero los tres son tan alejados de la literatura tolkiana como Scott lo estaba de la epopeya de Colón cuando contó el descubrimiento de América en ‘1492: la conquista del paraíso’… De los tres, el más efectivo filmando, el que sabe controlar las emociones del espectador con más precisión, el más directo, ramplón y por eso certero, es Bayona. Y precisamente por eso es el director menos indicado para acercarse al complejo y poético mundo de Tolkien.

En Viajeros de la noche nos comprometemos a hacer, dentro de un tiempo, un monográfico dedicado a esta creación literaria y a sus adaptaciones, pero por el momento baste decir que Tolkien, como creador de mundos y sobre todo como literato, posee una personalidad que nada tiene que ver con la de Jackson, ni con la de del Toro, ni mucho menos con la de Bayona. El filme de animación de Ralph Bakshi de 1978, que adaptaba la primera mitad de su gran novela, sí que tiene algo, o bastante del espíritu tolkiano que transpira en cada página de sus libros, pero para encontrarlo en la trilogía de Jackson hay que hurgar bastante, como no me podrá negar cualquiera que haya leído y amado su novela. En la trilogía sobre ‘The Hobbit’ por mucho que se hurgue no se encontrará nada, y en este nuevo invento que se ha sacado de la manga Amazon, queriendo subirse al carro de grandes producciones de fantasía y de grandes franquicias tan en boga hoy día, ya veremos si lo hay. Pero la cosa pinta, me temo, bastante mal. No basta con gastarse 500 millones de dólares. Hace falta personalidad. Y eso en cine, como en todo en la vida, escasea, y nadie lo quiere pagar hoy en día.

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