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¿A quién le importa que no te guste?

Sé que suena poco apropiado, incluso beligerante, en estos tiempos tan narcisistas, pero es algo que últimamente le estoy repitiendo a bastantes interlocutores, tanto en persona como en la maldita red social de Twitter: a nadie le importa que no te guste…

Un día de estos hago un resumen de lo que han sido mis interacciones en Twitter durante estas semanas que por fin me he decidido a abrir mi cuenta y a usarla para algo más que para leer noticias o reírme con los chistes más ingeniosos, pero por el momento diré que allí sucede lo mismo que en la vida real: la gente funciona más de dentro hacia fuera que de fuera hacia dentro. Quiero decir con esto que esa tiranía del «me gusta» o «no me gusta» es ya ley, y me parece que ley sagrada. Ya no hay ni siquiera argumentos personales, más o menos peregrinos, más o menos viscerales. Y no sólo entre gente que simplemente ve películas o lee libros para pasar el rato, sino gente que pretende establecer un criterio en podcast, en páginas, en ensayos y artículos. El «boyerismo» ha triunfado.

Esto viene a cuento de que hace pocos días un tuitero lanzó una pregunta: ¿cuáles son las trilogías más importantes de la historia del cine? Y dio a elegir entre cuatro de ellas: la de ‘Regreso al futuro’, la de ‘Indiana Jones’, la original de ‘Star Wars’ y la de ‘El señor de los anillos’. Supongo que los que me leen con cierta frecuencia se imaginarán qué trilogía sugerí yo, sin nombrarla, que debía ser la más importante de todos los tiempos, y lo cierto es que se me ocurrían otras como la de Richard Linklater (‘Before Sunrise’, ‘Before Sunset’ y ‘Before Midnight’) la de Ingmar Bergman (‘Como en un espejo’, ‘Los comulgantes’ y ‘El silencio’), la de Krzysztof Kieslowski (‘Azul’, ‘Blanco’ y ‘Rojo’) y alguna otra como la trilogía de la caballería de John Ford (‘Fort Apache’, ‘La legión invencible’ y ‘Rio Grande’) que desde luego son mucho más acartonadas y menos verdaderas que las nombradas, pero que también son cine más o menos «de aventuras», como eran las cuatro trilogías nombradas. Su respuesta no me cogió por sorpresa: «no puedo con ‘El Padrino'». Y eso lo dice alguien que participa en un podcast cultural o cinematográfico…

Poner símiles siempre ayuda en estos casos: imaginémonos que vamos a ver la catedral de Santiago de Compostela, considerada desde hace mucho tiempo como una de las más importantes, bellas y complejas del mundo. Vamos a verla un grupo de veinte personas, entre las miles que se pasan por allí al día, y uno de nuestros acompañantes dice «eso no me gusta, no lo trago, no puedo con ello». ¿Cabe decir otra cosa que a quién le importa que no te guste? En lugar de plantearnos por qué esa catedral es tan importante, lo que hacemos es simplemente guiarnos por nuestro «gusto» (si gusto se le puede llamar a eso) personal. Por nuestras sensaciones más inmediatas, porque esto o aquello nos aburra. Es decir trabajamos de dentro (nosotros) hacia fuera (lo observado), en lugar de preguntarnos qué puede significar eso sin que nosotros, con nuestro gusto o paladar, sea este el que sea, entremos en la ecuación. Muchos, me temo, ni se preguntan ni quieren aprender lo que la catedral de Santiago de Compostela o lo que ‘El Padrino’ o lo que ‘La montaña mágica’ significan, sino si a ellos les divierte y les emociona.

Eso que lo haga Carlos Boyero si quiere, además sorpresivamente le pagan por ello, tiene esa inmensa suerte. A otros no les pagan por ello y hacen lo mismo: sentenciar si algo es interesante o no en base a sus gustos. Pero esto no va de gustos o de filias o fobias. Dedicarse a investigar sobre cine o literatura para ir clamando a los cuatro vientos cuales son tus fobias y tus filias es una estupidez como un piano de grande. Es la misma que declarar cuántas películas has visto, o cuántos libros has leído, o cuántos seguidores tienes en Twitter, como si eso fuera un valor en sí mismo, como si eso marcase la diferencia en algo, cuando la única diferencia, me parece a mí, es si has entendido aquello que has visto o leído y si cuando por fin te pones a dejar algo por escrito es algo más que una pataleta, una reacción adolescente o un simple chascarrillo. Eso si quieres que alguien con un mínimo de formación y sentido común te tome en serio, claro.

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