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La perturbación de ‘Twin Peaks’

Ahora que estoy plenamente metido en el libro de las series, en el que voy a tratar de establecer, con mis obvias limitaciones pero también con mi no corta experiencia, cuáles son las ficciones canónicas de este medio aún más joven que el cine (pero que tanto tiene que ver con él y a la vez tan poco), me doy cuenta de que ‘Twin Peaks’, la serie creada por David Lynch y Mark Frost hace más de treinta años y que estoy volviendo a ver capítulo a capítulo, es una de las primeras cosas, en general, que vi en mi vida, cuando yo tenía diez u once años, y eso desde luego es algo que te marca para siempre. Pero que el lector de estas líneas no se preocupe: no va a ser este otro texto nostálgico de los que tanto abundan en internet.

‘Twin Peaks’ fue la serie que lo cambió todo. Ahora estamos en una época en la que todo el mundo habla de series y ve series a todas horas, pero en aquella época no había nada realmente ambicioso desde un punto de vista narrativo. Algunas series interesantes, más o menos elaboradas, sobre detectives o sobre médicos, y poco más, sobre todo en el panorama estadounidense. Tuvo que llegar la arrolladora mirada de David Lynch, que tantas cosas había cambiado ya en el cine de los años ochenta, para comenzar a modelar la televisión de final de siglo y principio del siguiente. Esto es historia y no estoy diciendo nada que no se sepa y que no se haya comentado hasta la saciedad.

En mi caso, era una serie que no me correspondía por edad. Ahora la veo y descubro en ella otros aspectos, otros valores, quizá algunos deméritos o zonas grises, secuencias poco afinadas, directores que llevaron con desgana las riendas de varios capítulos, también veo la genialidad de algunos episodios, la audacia de llevar a cabo un proyecto de estas características en aquellos años, pero en aquel entonces, con diez u once años de edad, he de decir que me perturbó hasta límites insospechados para mí. No solamente me daba un miedo atroz aunque en algunos momentos o capítulos enteros no pasara nada verdaderamente aterrador, sino que se me quedaron grabados sus imágenes y sonidos, la música de Angelo Badalamenti y las interpretaciones y los diálogos de los actores. Para mi mente, todavía muy impresionable (ahora por suerte o por desgracia, ha dejado de serlo), aquello era un mundo tenebroso e inolvidable. No entendía muchas cosas, porque era imposible entenderlas a mi edad, y no acababa de comprender las motivaciones o las razones de los personajes, y ahí quedó como una experiencia que mis padres (con toda la razón del mundo) quisieron evitar que tuviera.

Cuento todo esto porque no recordaba que esta hubiera sido una de mis primeras experiencias fílmicas, y hasta qué punto se me quedó muy dentro. Siempre que intento recordar las primeras películas o imágenes fílmicas que he visto en mi vida, para rastrear en el pasado de eso que se llama «cinefilia», evoco aquellas sesiones en las que vi el ‘Robin Hood’ de Walt Disney, o ‘El imperio contraataca’, o infinidad de películas de animación y de aventuras que capturaron mi imaginación en aquella niñez que cada día parece más solitaria y más lejana. Pero esto de ‘Twin Peaks’ fue definitivamente otro nivel. No recordaba los meses y meses que pasé escuchando la música de Angelo Badalamenti, imaginando y creando secuencias en mi cabeza que nunca habían existido en la serie, proponiendo para mí mismo nuevos giros dramáticos, asustándome de mi propio miedo al recordar ciertos momentos tenebrosos y espeluznantes de los numerosos que alberga esta serie imperfecta, inclasificable e irrepetible que es ‘Twin Peaks’.

Cómo llegaron a obsesionarme, en secreto (pues no podía comentarlo con nadie) los destinos del agente Cooper y de Audrey Horne, hasta qué punto aborrecí y me amedrentaron los rostros y las voces de Benjamin Horne, de Leo, de toda la fauna de personajes dantescos que jalonan las imágenes de la serie.. y cómo amé sus escenarios naturales, sus momentos de luz y de pura emoción, de un lirismo que hoy día me cuesta describir. Esto para mí era otro mundo, y por supuesto no tenía ni idea de que el máximo artífice (al alimón con Mark Frost) era ese tipo único de la historia del cine estadounidense llamado David Lynch, de quien pronto vería ‘Corazón salvaje’, y todas las demás.

Pero ahora no puedo recurrir a todos esos recuerdos, esas experiencias que vivió un niño de diez años llamado Adrián Massanet, para escribir en el libro el fundamental capítulo de ‘Twin Peaks’, una de las veinte series canónicas con las que voy a erigir mi canon personal. Ese niño ya no existe. Sólo queda este tipo que ha de demostrar por qué es una serie canónica con argumentos profesionales, con ideas y conceptos sólidos, y no con filias ni con nostalgias. Eso puedo hacerlo aquí, y es lo que acabo de hacer: tratar de explicar lo mejor que puedo o sé el impacto tremendo que la imaginación y la sugerencia de este artista llamado David Lynch pueden producir en un niño que tampoco anda corto de imaginación y de demonios interiores.

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