ARTÍCULOS, CINE

El dinero, en el cine, no te da la felicidad

Continuamente se emplea el mismo argumento manoseado: «tal o cual película no es muy buena… se nota que está hecha con poco dinero…». Innumerables ejemplos hay de grandes películas de todos los tiempos que se hicieron con un presupuesto bastante ajustado, cuando no directamente irrisorio. Pero también existe el argumento opuesto: que una película de gran presupuesto, en la que a lo mejor se han gastado cien o doscientos mllones de dólares (o de euros…) es una porquería por el mero hecho de haberse gastado ese dinero. Lo cierto es que ni uno ni otro son argumentos defendibles, porque ni una película es una maravilla por haber costado tres duros y aún así pueda contarte una historia medianamente solvente, ni una película es una bazofia porque sea una gran super-producción. Lo único que importa es lo que está en las imágenes y los sonidos, y todo lo demás es accesorio, pero supongo que la mayoría de la gente se queda con lo accesorio, críticos y supuestos especialistas incluidos.

Esto viene también a cuento de mi reciente visionado de ‘Dune’, la versión de Denis Villeneuve, a la que por cierto hacemos un buen repaso (destacando sus luces pero sin escatimar en sus sombras) en el último capítulo de Viajeros de la Noche; (a partir de la hora y cuarto de programa, aproximadamente, por si no quieren andar buscando…) y del hecho, incontestable creo yo, de que es otra cinta con momentos interesantes a la que le acaba pesando, y de qué manera, el mastodóntico nivel de producción que tiene detrás, incapaz finalmente de dar vida a sus personajes y a sus dramas con toda la potencia requerida, quedándose en la superficie de la cosas. Y no solamente eso: el estilista Villeneuve parece incapaz de insuflar de personalidad y originalidad a este relato, y una vez más (y van unas cuantas) le queda una película muy hermosa visualmente pero en definitiva impersonal. Y es que no es tan fácil que te den cien milones de dólares, pero es aún mucho más difícil conseguir otorgarle a eso una personalidad. Aún así, algunos lo han conseguido, y supongo que el lector habitual de estas líneas sabrá a qué películas voy a referirme ahora (también bastaba con echar un vistazo a las etiquetas visibles encima del texto..)

En efecto: ‘Die Hard’ en los ochenta, ‘Terminator 2: Judgment Day’ en los noventa, y ‘Mad Max: Fury Road’ en la pasada década son los ejemplos perfectos para defender estas ideas. Grandes espectáculos de acción además (tampoco era cuestión aquí de traer monstruosidades como ‘Lawrence of Arabia’ o ‘Apocalypse Now’…), y no precisamente dramas de época o filmes bélicos… al menos en apariencia. Los filmes de McTiernan, Cameron y Miller podrían ser quizá las grandes obras maestras del cine así llamado, «de acción», de todos los tiempos… una etiqueta que a mí particularmente no me gusta demasiado, pues se trata, en los tres casos, de aventuras de supervivencia, de cine espectáculo en su máxima expresión, que está a años luz no solamente de filmes interesantes pero vacuos como el de Villeneuve, sino de prácticamente cualquier otra cosa que se haya hecho, salvo algunas excepciones que ahora mismo me cuesta recordar.

Los tres tienen grandes personajes, excelentes actores, momentos memorables y son, sobre todo, muy personales y muy rompedores: los dos primeros marcaron el cine de su clase desde que aparecieron, y el tercero va a marcar, indefectiblemente, a las ficciones apocalípticas (tanto audiovisuales como literarias) que se hagan en las próximas décadas. Los tres, además, son una magistral lección de cine, pues en ellas están involucrados no solamente portentosos directores en la cima de sus carreras, sino un nutrido grupo de cineastas de primerísima línea, con guiones sobresalientes (incluso el tan absurdamente denostado de ‘Fury Road’…) y con una potencia visual que ni Michael Bay, ni toda la pléyade de directores Marvel o Star Wars (con la excepción, obviamente, de Irvin Kershner) podrían igualar ni en su día más inspirado. Las tres son catedrales que solamente ganan con el paso del tiempo, y que sospecho que dentro de cuarenta o cincuenta años seguirán incólumes, porque rozan la perfección narrativa absoluta.

Es que es poner a ver por enésima vez (yo creo que junto con ‘Aliens’ y ‘Ran’ es la película que más veces he visto en mi vida…) ‘Die Hard’, que aquí se llamó ‘Jungla de cristal’, y quedarte pasmado con la precisión con la que está contada. Quizá sea este el trabajo más impresionante como director de fotografía de Jan De Bont –junto con algún que otro trabajo para su amigo y compatriota Paul Verhoeven–, quien en perfecta sintonía con el injustamente olvidado John McTiernan ofrece una clase interactiva de cómo planificar, de cómo encuadrar, en todas y cada una de las secuencias de la película, sacando el máximo partido al scope en un aspect ratio de 2.39 : 1, con un Alan Rickman (¡en su primera película!) absolutamente portentoso como el villano de la función, y con un guion perfecto y cerrado como una piedra que aguanta hasta al espectador más recalcitrante. Pero también es ponerse a ver por enésima vez ‘Terminator 2’ y acordarse de que la primera era una de las grandes obras maestras de la historia del cine estadounidense, pero que esta segunda no desmerece a su lado, con una perfección en la planificación visual que la hermana con ‘Die Hard’, y que también la hermana con la tercera en discordia, la extraordinaria ‘Mad Max: Fury Road’, cuarta de una saga que cambió para siempre el cine apocalíptico. Y aunque ambas, la de Cameron y la de Miller, costaron una millonada, son un espectáculo que jamás trata al espectador de imbécil, sino que se imponen una autoexigencia enorme para crear numerosas imágenes y sonidos inolvidables.

A este tipo de cosas los Spielberg, los Villeneuve, los Jackson o los Nolan no pueden llegar por más que lo intenten. Las catedrales están reservadas para mentes más preclaras y sobre todo para artistas más suicidas, que no solamente monten espectáculos más grandes que la vida, sino que además se involucren con sus personajes hasta el punto de que el visionado de sus filmes sea una aventura tan intensa y defintiiva como lo es para ellos.

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