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S. Spielberg–J.K. Rowling: grandes narradores para tan cuestionables carreras

Se está estableciendo estos días (ventajas de estar un poco más activo en la puñetera cuenta de Twitter) un debate en torno a la figura de Steven Spielberg. Bueno, debate… están sacando su nombre y su carrera a colación en infinidad de conversaciones, y el hombre está siendo trending topic un día sí y otro también. Hace un par de semanas comenzaron, muchos, a alabar la maestría técnica de ‘West Side Story’ (el remake de 2021 de la película de 1961), y ahora una buena masa de tuiteros llevan unos cuantos días poniendo por las nubes la trayectoria del director oriundo de Ohio, y otra buena masa de tuiteros (yo incluido…) estamos intentando atemperar un poco el entusiasmo del personal, consiguiendo lo contrario: que su defensa de Spielberg sea enardecida y, he de decirlo, todavía más carente de argumentos que de costumbre. Tampoco pasa nada: cada uno que se busque en qué perder el tiempo. Eso sí, me ha sorprendido encontrarme con Rodrigo Cortés, generalmente muy sosegado, pasando al ataque de manera tan poco argumentada. Pero oye, sus desventajas debe traerte el llevar tantos años haciendo ‘Todopoderosos’…

Todo esto, al final, me ha movido a escribir sobre dos figuras enormes en el mundo del espectáculo, a los que algunos (legiones, en realidad) defienden con una pasión que ya podrían dedicar a otras cosas más interesantes y más duraderas: el aludido cineasta estadounidense Steven Spielberg (al que ya he dedicado algunas entradas en el pasado) y la escritora británica J.K. Rowling, que también está teniendo estos días su ración de polémica y de ataques y defensas a ultranza en las redes sociales, por no sé qué declaraciones sobre las personas trans, que a algunos por lo visto tanto han ofendido.

Y lo primero que quiero decir de estos dos es algo que seguramente luego me costará defender en alguna conversación, cuando me recuerden estas palabras, pero no tendré más remedio que mantenerme firme: tanto Spielberg como Rowling, cada uno en su campo, son extraordinarios narradores, personas de un talento para eso de ponerse a filmar o de ponerse a escribir sólo cuestionable por aquellos que quieran tapar el sol con un dedo. Lástima, claro, que hayan dedicado su enorme talento a empresas tan descaradamente y en el fondo patéticamente comerciales, lo que les ha impedido con toda seguridad conseguir una obra de mucho mayor calado, a cambio eso sí, de hacerse multimillonarios. Lo han conseguido, lo de arramplar con tanta pasta, porque son los máximos exponentes de la industria del imperio anglosajón. Con el mismo talento y las mismas ganas de forrarse no lo habrían conseguido de pertenecer a la industrias china, rusa o iraní, aunque estoy seguro de que habrían seguido intentándolo. En el Siglo de Oro español (no sé por qué lo llaman así, cuando en realidad fueron dos siglos, pero en fin) se hizo posible, por las características culturales y políticas de la esfera hispana, el Barroco Literario, y de allí salieron Cervantes, Quevedo, Calderón y Lope, entre otros. En el siglo XX y XXI, el capitalismo feroz anglosajón ha creado a Spielberg y a Rowling. A cada cual lo suyo.

Lo he dicho en Twitter creo que en cuatro o cinco hilos estos días, y lo voy a repetir aquí: Spielberg es un portento visual de primerísimo nivel. No llega quizá a los exacerbados niveles de un Malick o de un Welles, pero no le anda lejos. Es un realizador absolutamente prodigioso, capaz de mover la cámara como en una danza, de encuadrar y reencuadrar y mover a los actores como si respirase. Es algo que además en su caso parece intuitivo, y no elaborado, aunque en realidad debe estar trabajadísimo. Este hombre ha nacido para contar historias con una cámara. Lleva el cine en las venas tanto como un Welles, un Ford o un Hawks. Sin embargo tiene un gran inconveniente: el desajuste que existe entre lo que cuenta y cómo lo cuenta es abismal, irreparable. Sus formas son las de un danzarín superdotado, pero sus temas, el sistema de pensamiento que los sostiene, el modo en que objetiva los conceptos que pretende manejar, es tan endeble que a menudo cuesta creerlo. Por eso, necesita de un guion a la altura de las circunstancias, que pocas veces ha encontrado: ‘Jaws’ (1975), ‘Catch Me If You Can’ (2002), ‘Munich’ (2005), ‘Lincoln’ (2012), y poco más. El guion que escribió en solitario para ‘A.I’ (2001) se desmorona a los cuarenta y cinco minutos, porque no es capaz de sostener la tensión del relato. Sus intentos de gran melodrama con ‘Schindler’s List’ (1993) y ‘Saving Private Ryan’ (1998), se quedan en eso, intentos de un realizador superlativo, muy bien hechas técnicamente, pero un director, un artista, que no está a la altura de lo que cuenta.

Luego está la Rowling. En el único Todopoderosos que recuerdo medianamente interesante, con Rodrigo Cortés tratando de poner un poco de sentido común en la mesa, el director de ‘Buried’ decía en cierto momento que Rowling sacrificaba el estilo, al final de su famosa saga, en favor de la trama. No estoy de acuerdo con él. El estilo de Rowling es bastante poco literario a lo largo de las siete novelas. Los libros de Harry Potter están diseñados, en muchas de sus partes, como si fueran películas, o por lo menos como si estuvieran pensadas para una futura adaptación cinematográfica (es decir, como el 99,99% de los best-sellers de la esfera anglosajona). La originalidad literaria de Rowling es igual a cero desde ‘La piedra filosofal’. Ahora bien, Rowling posee una fuerza expresiva y sobre todo narrativa de primera magnitud, que se traduce en : 1 – la fuerza de sus personajes, 2 – la fuerza de sus escenas culminantes, 3 – la precisión absoluta de los diálogos. Esta mujer ha enterrado, en una saga millonaria, un talento en ciernes que la habría acercado a Stephen King (este sí, le pese a quien le pese, un verdadero novelista), con quien tiene numerosas y nunca atribuidas deudas. La historia del niño mago interesa cero, pero hay en las páginas de sus libros, sobre todo en ‘El príncipe mestizo’ una verdadera escritora pugnando por salir, capaz de ser persuasiva y convincente en todas y cada una de las páginas de semejante mamotreto dedicado al público infantil.

Dicen que Spielberg estuvo cerca de dirigir el primer Harry Potter. Desde luego, habría sido el culmen de este tinglado de historietas de niños magos y de cine diseñado para las grandes audiencias. Ambos, Spielberg y Rowling, chapados no ya en oro si no en diamantes de muchos kilates, viven ajenos a críticas y comentarios. Están en la cima del mundo. Y su influencia en el Cine y en la Literatura es nefasta, a falta de otra palabra mejor. La industria sólo quiere ahora blockbusters y grandes ventas de libros. Todo lo demás no existe. Y millones de fans riéndoles las gracias, dando la turra con su «genialidad» y llamando fanáticos –ironía suprema– a los que pretendemos poner un poco de orden entre tanto jaleo. No he visto nunca tanto fervor con el gran genio del cine estadounidense totalmente olvidado hoy día, FF Coppola, ni con el gran novelista estadounidense vivo, el autor de la sublime y terrible ‘Blood Meridian’, Cormac McCarthy. Supongo que lo fácil es defender a los que más venden y los que más ganan, que no necesitan defensa de nadie. Arrimarse al sol que más calienta, o como diablos se diga. Otros seguiremos defendiendo a aquellos que pese a ser verdaderos y no impostados genios parecen olvidados por todos, ya que sus trabajos son durísimos, y en lugar de dar placer proporcionan displacer. Es la diferencia fundamental, me temo, entre los que defienden lo comercial y los que defendemos el Cine y la Literatura.

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