ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA

El tinglado de los mediocres

La única cosa buena que estoy comprobando que tiene Twitter, aparte de promocionar tu material en el caso de que tengas muchos seguidores, consiste en conocer gente interesante y en interactuar con ellos y quizá llegar a aprender alguna cosa. Todo lo demás es bastante desalentador. Nos preguntamos, algunos, cómo es posible que la Literatura, que la Música y que muchas veces el Cine estén en una situación tan lamentable, y la respuesta la teníamos delante de nosotros. La respuesta está en la gente que escribe en Twitter.

Porque allí no solamente escriben usuarios anónimos, algún que otro entendido de algo, opinadores, divulgadores, trolls, unas cuantas hordas de fascistas… sino también creadores. Escritores, músicos, cineastas… La mayoría de ellos escriben en Twitter sobre todo para autopromocionarse, de una manera constante, compulsiva, diríase que obscena. Si coges a cualquier «novelista» de moda, incluso aquellos que no tengan unas ventas espectaculares, tendrá un 99% de su TL sobre sus novelas, sus proyectos, la cantidad de gente que les lee, les comenta y les retuitea. El otro 1% se divide entre dar coba a los lectores o seguidores, y en dejar sus ideas sobre alguna cosa que esté en boca de todos. Es ahí, en esas ideas, donde hay que fijarse. Nunca hasta ahora, en toda la historia, habíamos tenido acceso a lo que pueden pensar, al sistema de ideas personal de un autor (un director, un escritor, un músico) como ahora. Si lo que buscamos es hacer una radiografía de los autores de hoy para rastrear las razones por la que la Literatura es una piltrafa, la Música es una basura, y el Cine está a punto de desaparecer como tal, basta leerte los TL de Arturo Pérez-Reverte, su discípulo Juan Gómez-Jurado, y otros muchos como ellos, y que por mucho que lo intentes se te abra la Tierra bajo los pies por esa mezcla de prepotencia e ignorancia congénita, por esa disonancia cognitiva que les hace pensar que todo lo que dicen es muy inteligente y/o divertido, y por la lacerante falta de ingenio y creatividad en cualquier cosa que dicen o piensan.

¿Alguien se imagina a William Faulkner, Joseph Conrad, Virginia Woolf, Gonzalo Torrente Ballester, Cormac McCarthy (este todavía está vivo), Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Víctor Erice, Enrique Urbizu o Terrence Malick diciendo estupideces en Twitter? Desde luego, tendrían cosas mejores que hacer, pero si se pusieran a ello tendría un TL bastante más interesante que esta panda de vendedores cuyo único objetivo es doble: estar en el candelero y ganar pasta. Y lo hacen del modo más innoble posible: diciéndole a la gente qué es lo que deben apreciar, valorar y comprar, y lo que no, como si ellos además de vendedores de humo fueran jueces de la estética y la poética ajena. Que cualquier hijo de vecino se ponga de crítico literario o cinematográfico en Twitter tiene algo de entrañable, pero que lo hagan estos mercachifles es un crimen que debería estar penado con la expulsión de la sociedad y el embargo de toda su producción.

Porque cuando se ponen a hablar de Cine o Literatura (de Música ya no se atreven, porque tienen tan poca idea como de lo otro, pero demostrar que se tiene alguna es bastante más complicado, por lo visto) el Pérez-Reverte, el Gómez-Jurado y otros vendehumos de farfolla literaria, en lugar de limitarse a decir lo que a ellos les gusta o les ha interesado, sin insistir mucho más, lo que hacen es establecer una serie de ideas sobre lo literario y lo cinematográfico que convence a sus seguidores de que esa es la forma adecuada de enfrentarse a lo literario y lo cinematográfico, y de paso justificar su propia existencia. Cuando Pérez-Reverte o Gómez-jurado, y otros muchos, insisten (sobre todo en los últimos tiempos, en los que parece que se están llevando a cabo «cruzadas culturales» en Twitter en favor de lo popular como una forma de arte, desterrando lo más elevado) en que vale tanto un cómic de Tintín o un best-seller actual como ‘El Quijote’ o como ‘La Ilíada’, lo que están haciendo es clamar a los cuatro vientos que ellos mismos, que están más influenciados por Tintín o por un best-seller que por la verdadera Literatura, valen tanto como ‘El Quijote’ o ‘La Ilíada’. Cada vez que afirman en una entrevista, o en televisión, o en la radio, o en su TL, que las películas de la Marvel son maravillosas, que la Rowling es una novelista extraordinaria, que los cómics de su infancia son los que les marcaron, lo que hacen es intentar cambiar el paradigma del arte y de la narrativa para que ellos quepan en él.

Por eso insisten en lo de la cultura popular, y en la cultura de masas, como algo tan valioso, y al fin y a la postre tan elevado y tan histórico como la llamada «alta cultura», que yo tampoco sé muy bien lo que es… porque ellos pertenecen a eso, son epítomes absolutos de la cultura popular, y quieren seguir siéndolo, quieren seguir siendo famosos y ganar mucho dinero, y si desean mantener ese tinglado tienen que ser los primeros en defenderlo, han de ser los primeros en defender ‘Avengers: Endgame’ y el último best-seller de no sé quién. En caso contrario correrían el riesgo de que la gente descubriese que no son nadie, que no son nada, ni literaria ni intelectualmente. Han de alinearse con el vulgo, con el lector o el espectador menos exigente, porque si arrimaran el hombro con los más exigente serían una contradicción viviente.

Pero las cosas no son tan fáciles, y no son desde luego como ellos quieren que sean. Lo popular y lo elevado no se diferencian tanto en sus resultados como en sus intenciones iniciales. Existen grandes películas hechas con mucho dinero, y existen excelentes novelas que han vendido millones de ejemplares, pero eso no significa que la Literatura y el Cine deban ser populares. Lo que deben es alimentarse de la placenta de lo popular, pero no darle al público exactamente lo que quiera obtener. Esa es la muerte del arte. Un artista no está ahí para contentar al público, no es responsable (como diría Tarkovski en ‘Esculpir en el tiempo’) de que el receptor esté de buen humor. Un artista verdadero no es un artista de salón, ni de guateque, que es exactamente lo que son esos fanfarrones vestidos de literatos llamados Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado y muchos otros. Un artista, un poeta verdadero, es otra cosa, DEFINITIVAMENTE. Es un terrorista de la sociedad, alguien que te dice precisamente lo que no quieres oír, lo que no soportas, lo que eludes, aquello de lo que huyes. Y aún así le agradeces el haberlo hecho.

Basta echar un vistazo en Twitter, o hablar con la gente en el trabajo o en la barra del bar, para comprobar que quizá más que nunca estamos en un momento en que la gente no se quiere enfrentar a la verdad, no quiere sufrimiento, no quiere lucha, no quiere combate. Prefiere una imagen prefabricada, amable, bienintencionada, a la dureza de la cruda realidad. Bueno pues para eso está la ficción, no para hacerte soñar con mundos fantásticos, imposibles, mágicos, en los que el bien venza al mal, a los que poder huir porque te sientes confortado, a salvo. No hay donde huir. Nadie está a salvo. Aceptar lo que te dicen estos artistas de la fanfarronada, estos «artistas populares», es dejar que te engañen, que te manipulen, dejarte sin armas para enfrentarte a lo racional, a la verdad desnuda y jodida de la realidad. Por eso la ficción ahora, la verdadera, la terrorista, es más necesaria que nunca, porque con una apariencia de ficcionalidad, te susurra aquello que no quieres que te cuenten.

Al final las cosas caerán por su propio peso, por la acción de la mera gravedad. Se conocerá esta época como la más gris y la más carente de ingenio en muchos siglos (eso sí, llena de astucia para vender basura), y si salimos de ella quizá podamos recuperar cosas tan bobas, tan poco importantes, tan prescindibles como la Literatura y el Cine.

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