ANÁLISIS TELEVISIVO, TELEVISIÓN

Esa gran (e infravalorada) serie que fue ‘True Blood’

A veces creo que para valorar con justicia el aluvión de series que hemos tenido en los últimos veinte años vamos a necesitar otros veinte o treinta, porque estamos hablando de decenas de trabajos realmente buenos, otros incluso excepcionales, y de quizá cientos de series que no han obtenido el éxito o el reconocimiento que tal vez merecían, porque otras las han eclipsado o porque no es tan sencillo valorar algo según acaba de nacer. A veces hay que dejar que las cosas maduren un tiempo para poder apreciarlas.

Es el caso de ‘True Blood’, la serie de Alan Ball sobre la serie de libros de Charlaine Harris, producida por HBO entre 2008 y 2014, y que obtuvo cierta repercusión mediática sus primeras dos o tres temporadas para ser bastante ignorada en sus dos o tres finales, pero que gozó de bastante éxito de público en su momento y que ahora ha caído prácticamente en el olvido. Desde que nació, eso es indiscutible, lo hizo con el aura de ficción «menor y de entretenimiento», sobre todo después del gran triunfo que para Ball había significado hacer una de las series fundacionales de la HBO, la tremebunda ‘Six Feet Under’, que goza (muy justamente) de un prestigio mucho mayor y que está considerada como la obra maestra de Ball. En comparación, se consideró a ‘True Blood’ como una serie mucho más comercial, esta vez alejada del realismo extremo de la anterior ya que se zambullía en una fantasía de vampiros y otras criaturas sobrenaturales, lo que parece haber otorgado ya para siempre la condición de prescindible. Y sin embargo algunos creemos que es una narración magnífica, en modo alguno prescindible, y en algunos aspectos incluso superior y más notable que la tan alabada (incluso por mí mismo, que escribí un libro sobre ella…) ‘Six Feet Under’.

Porque los ochenta y un episodios, divididos en siete temporadas, que la componen, están impregnados de una inteligencia, una ironía y una profundidad que niega, de manera sistemática, su condición de serie menor o simple o comercial. ‘True Blood’, siendo probablemente la gran serie de vampiros de la historia de la televisión (la más memorable, la que representa un mayor esfuerzo narrativo), es mucho más que una serie de vampiros. En sus imágenes late una oscura visión de Estados Unidos y de sus raíces europeas que trasciende con mucho las series de fantasía de su tiempo, y en su concepción y ejecución se desprende una estilización formal una profundidad conceptual que merecen la pena analizar concienzudamente, y es que una vez más la hojarasca genérica (todo el mito vampírico… y otros mitos que reinventa constantemente) no es más que una excusa para llegar a lugares a los que sería casi imposible llegar de otra manera.

He leído los dos primeros volúmenes de la serie de Harris, y además de ser literariamente insignificantes no poseen ni un gramo del talento narrativo que despliega Ball a la hora de adaptarla. En manos de Ball, que solamente dirige tres episodios y tiene créditos en doce de ellos pero que era la mente detrás de la que estaba todo el tinglado como buen «showrunner», este material argumental se eleva a lugares que la mente de Harris no pudo ni sospechar, pues Ball es capaz de convertir sus balbuceos argumentales en ideas narrativas poderosas y originales. Harris escribió nada menos que trece novelas y una colección de relatos sobre las aventuras de Sookie Stackhouse, pero a Ball le basta la primera temporada para adquirir una personalidad propia con su ficción y a construir un universo vampírico enteramente original, con personajes mucho mejor definidos, más robustos, creíbles y verdaderos que los imaginados por esta escritora.

Con la creación de una sangre sintética (a la que se ha llamado True Blood) por parte de científicos japoneses, los vampiros «salen del armario» y se hacen conocidos en todo el mundo. Esto conlleva, sin embargo, que no sean considerados iguales a los humanos ni en derechos ni en integración social, lo que en la serie utiliza Ball para convertir en una metáfora de la intolerancia hacia lo diferente. En este sentido planea en todo momento el eco de la intolerancia hacia los homosexuales, pero no únicamente. Por otro lado, dado que la sangre de los vampiros es un poderoso afrodisíaco y al mismo tiempo una droga muy adictiva, este elemento se emplea para hablar de la hipocresía del mundo anglosajón hacia todo narcótico y como algo capaz de romper las barreras de lo políticamente correcto… sobre todo en el sexo. Ambos conceptos son las dos caras de una misma moneda que en ‘True Blood’ alcanza ramificaciones realmente notables, y gracias a ellas se llega a un desmelenamiento final realmente admirable.

Porque pocas series o películas contemporáneas existen con este grado de erotismo y sensualidad, pero también con tan descarnada representación de la violencia y lo gore. En ‘True Blood’ los cuerpos son bellos y hasta libidinosos, pero también son vísceras y fluidos corporales, que salpican a borbotones, que se convierten en una montaña informe de vísceras si se aplica la herramienta precisa. En ese mundo en el que existen multitud de criaturas sobrenaturales, al final solamente se habla de pulsiones humanas y de la necesidad de decir adiós, de aceptar la muerte, quizá de manera aún más poderosa que en ‘Six Feet Under’, creando de paso una mitología vampírica que la propia Anne Rice debe haber envidiado. Y si a ello sumamos un aspecto visual inmejorable, con una atmósfera sureña y gótica realmente irresisible, yo creo que no se puede pedir más.

De modo que no, no es una serie comercial o prescindible, sino algo bien diferente.

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