ARTÍCULOS, CINE

Lo pictórico y lo superficial frente a lo narrativo

De un tiempo a esta parte estoy leyendo y escuchando (tanto en las redes sociales como en la vida real fuera de ellas…) a demasiadas personas que se dicen muy cinéfilas y muy conocedoras de esto del Cine (no como otros, que no sabemos ni sus fundamentos básicos) que le conceden una exagerada importancia a factores que en realidad poco tienen que ver con la excelencia este extraño arte… en el caso de que sea un arte. Por ejemplo, es tendencia desde hace muchos años considerar que un filme es mejor cuanto mejor documentado está, de tal modo que si es histórico tendrá que ser muy fiel a unos supuestos hechos o una cultura que supuestamente los historiadores conocen bien, y si es actual y vemos ordenadores será muy importante que todos los programas y las pantallas y la jerga que emplean al respecto sea fiel a la realidad. Llévales tú la contraria a todos esos…

Pero los que más me sublevan son todos aquellos que escriben hilos en Twitter y en redes sociales, y dan charlas y dictan sentencias, amparándose en lo meramente semántico y en lo meramente pictórico, como si el Cine no fuera más que un montón de trucos visuales, o como si cada plano fuera una pintura en movimiento, y como si bastara con poner espacio o líneas entre los actores para mostrar separación o ruptura entre ellos, o un elemento del atrezzo o una sombra para simular violencia o para inocular una idea. Todo esto no son más que un compendio de técnicas y trucos que se agota muy pronto en sí mismo y que bajo ningún concepto es indicativo de una gran obra, o de algo importante. Pero todos estos expertos (verdaderos estructuralistas del Cine), con una ternura digna de mejor causa, se ponen a explicar el modo en que un plano descompensado significa una cosa y un plano equilibrado significa otra… Todo eso es transparente para el espectador, incluso para un espectador exigente. Recuerdan a las explicaciones musicales de Jaime Altozano, que son para personas que nunca se han interesado por la Música, a ningún nivel, y todo lo que dice suena increíblemente inteligente. Pues todos estos, Bracero y compañía, lo mismo.

Se corre el riesgo, a la hora de ejercer de divulgador de Música o de Cine, no tanto de ciencia o de… carpintería, por ejemplo –por alguna extraña razón– de caer en lo simplista, de que conceptos complejos se banalicen, de que el tipo que te los está explicando parezca un genio de aquello que te está contando, y de que al final tengas la falsa impresión que te has enterado de algo cuando no te has enterado de nada. El «hablar para tontos», para que se me entienda lo que quiero decir con esto. Claro, tú no tienes mucha idea de Cine o de Música y te lees un hilo de Bracero (siempre le nombro a él, espero que me perdone, pero es que me parece el más paradigmático de todos ellos) o te ves unos cuantos vídeos de Altozano, y lo flipas. Dices, ¡hostias!, nunca me había dado cuenta de eso. Pero si desde los cinco años de edad has tenido un mínimo de curiosidad por lo que estás viendo es como si llegase el listo de turno ante una platea de ignorantes y pareciera que es el mejor profesor del mundo. Y lo peor no es eso: lo peor es que como estamos en un mundo tan globalizado, llegan todos esos ignorantes, con sus cuentas de Twitter de 200.000 seguidores, y repiten hasta la saciedad unas ideas de perogrullo como si esos maestros hubieran inventado la rueda. Así se construyen las falacias, inopinado lector de estas líneas.

Pero volvamos a lo esencial. Lo que la peña, por esas y otras razones, se cree que es una buena película consiste en lo siguiente:

1: Que esté bien documentada (esto es como en la novela… cuánto daño han hecho los Pérez-Reverte de la vida)

2: Que cuente una historia atractiva, que a ellos les guste.

3: Si eres un poco más listo, y tienes estudios audiovisuales, que tenga eso que se llama «semántica»: planos y movimientos y cortes que signifiquen algo, generalmente simple y aparentemente complejo, para dar más empaque al argumento en sí.

Y poco más. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y algunos lo aprovechan, claro.

Sin embargo, hay cuestiones mucho más complejas, y por tanto más importantes, que «lo pictórico» o «la semántica» en el Cine (por no decir la documentación histórica). Estas personas valoran en Cine cuestiones que en Música o en Arquitectura serían tremendamente superficiales, tales como lo que te hace sentir la melodía, o la disposición los muebles o lo que te quiere decir el ingeniero al poner de tal o cual manera el contrafuerte en ese estilo arquitectónico concreto. Así, valoran mucho más un filme tan pobre como ‘The Shining’ (Kubrick, 1980), frente a otro tan complejo y narrativamente interesante como su «continuación», ‘Doctor Sleep’ (Flanagan, 2019). Una dualidad, la de estas dos películas, que ejemplifica muy bien, me parece, lo que estoy intentando decir.

Yo creo (sólo creo, ¿eh?), que si de verdad quisiéramos valorar una obra narrativa y poética como una película (porque el Cine es muchas cosas, pero sobre todo es narrativa y poética), tendríamos que encontrar qué es lo más difícil de conseguir en cualquier de ellas, y para ello no sirve ni la semántica, ni el componente pictórico ni por asomo lo muy realista que sea su reconstrucción histórica. Así a vuela pluma se me ocurren algunas…

–El sentido montaje: y por esto no nos referimos a lo imperceptibles y/o brillantes que sean los cortes, o a un montaje percutante, sino al estilo y la construcción de la obra narrativa, en su totalidad, en su tono, ritmo, mirada, en su pernitencia y rigurosidad conceptuales, lo que va intrínsecamente unido a:

–La dirección de actores: que es muy diferente a la dirección de actores teatral por las mismas características del cine, que trabaja con realidades pero que necesita del montaje para establecer su propia realidad, y que va intrínsecamente unido a:

–La creación de personajes: por parte del director y/o guionista, y de los intérpretes, claro, y tiene que ver con su coherencia interna y con su construcción externa, y el director para ayudar en todo esto tiene que tener algo muy en cuenta, la médula de su trabajo que es:

–La planificación sonora y visual: para dar vida ese mundo y a ese personaje, para que los planos y el montaje tengan una dirección pero no para que sean un compendio de trucos narrativos, y para que todo ello esté unido y expresado a través del sentido del montaje.

Y todo ello elaborado, creado, para formar un todo esférico con el que hablar de algo, con el que sostener una idea del mundo y del ser humano. Y es imposible, en estos cuatro conceptos, desligar uno de otro.

Es decir, que es un TODO. Y este TODO no se explica con un hilo de twitter sobre semántica (la sombra de un personaje que cruza sobre su pecho indicando decapitación o cosas por el estilo), ni se puede banalizar y simplificar en un vídeo de divulgación. Porque es un arte, o quiere serlo. Y el arte no se explica en cuatro trazos ante un público ignorante de sus más básicos resortes. En efecto en el cine hay que tener en cuenta la semántica, pero muchas veces esa semántica lo que consigue es diluir la fuerza del Cine, convirtiendo la imagen en un símbolo o un signo de otra cosa.

En el Cine hay trazas de la Literatura, del Teatro, de la Ópera. También de la Fotografía. Pica de aquí y de allá de otros artes, pero aspira a ser un arte propio, con sus reglas propias, con sus sistemas narrativos propios. Aspira, creo yo, a convertirse en una segunda realidad, no en un lenguaje de signos para una burguesía iniciada en tales conceptos, sino en una expresión universal, como todo arte, que sea insoluble en el tan manido concepto de cultura.

Y para aprender todo eso, para de verdad comenzar a conocerlo y para poder expresarlo, lleva muchos más años, y mucho más esfuerzo y dedicación que verse 4.000 películas, escribir hilos en twitter, o hacer vídeos en youtube o en cualquier otra red social para que los que no tienen mucha idea se sientan un rato más listos, cuando en verdad siguen sin aprender absolutamente nada.

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