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No hay asideros… ni en Cine ni en Literatura

Cada loco con su tema, o cada maestrillo con su librillo, pero la mayoría tirando de lugares comunes, de conceptos y de ideas preconcebidas y manoseadas hasta la náusea, pero todos con una misma intención: demostrar a los demás y a uno mismo que «sabe mucho de cine» o que «ama mucho el cine» y y que por tanto todo aquello que escribe o que comenta o que deja en redes sociales está bien fundamentado, aunque carezcan de argumentos verdaderos y tiren de aquello que han oído repetido mil veces.

Esto de interactuar en Twitter tiene su gracia: me siento como cuando estaba en la escuela de cine, en cualquiera de las dos a las que fui, hace ya veinte años, y regresando a los mismos debates y a las mismas bobadas. Es como rejuvenecer dos décadas… pero también es un cansancio infinito, un constatar una y otra vez a las mismas trifulcas con individuos e individuas con graves carencias de personalidad, todos diciendo, sin saberlo, o quizá precisamente sabiéndolo y creyendo que por eso están diciendo verdades como templos, las mismas tonterías sobre las mismas películas, incluso gente que también tiene cierta formación audiovisual o incluso trabaja en ello de alguna u otra manera. Así nos luce el pelo.

Lo cierto es que no hay asideros… ni en Cine ni en Literatura, y por eso es crucial, imprescindible diría yo, construirse una sólida base teórica, que es lo más difícil en estos temas narrativos, y a partir de ella defender tus argumentos y tus ideas, si las tienes y puedes desarrollarlas con dialéctica y con racionalidad, y no como un niño de diez años ofendido por lo que piensen los demás. Algunos creen que citar los títulos de siempre (en sci-fi, ‘Blade Runner’ y ‘2001’, en Western ‘La diligencia’ y ‘Río Rojo’, en bélico ‘Objetivo Birmania’ y ‘Sin novedad en el frente’, por ejemplo…) les vendrá bien a la hora de un debate con otras personas. O que el éxito popular del filme certifica su calidad, o que lo divertida y entretenida que sea es suficiente compara considerarla una buena película (o una buena novela). Si todo eso falla aún quedan dos comodines: los premios que haya ganado (tanto Óscares como premios en certámenes y festivales), y lo que la crítica «profesional» haya dicho de ello. Todo eso, creen algunos, es suficiente, y basta como argumento para contrarrestar los mejores argumentos válidos y mejor construidos del mundo. Pero la realidad es muy diferente.

Porque lo que generalmente -no siempre, pero casi– es un éxito popular se trata de una narrativa de muy baja calidad, por definición, ya que el público no quiere grandes complicaciones a la hora de ver una película o leer un libro, y menos aún si le dan lo que quiere. Porque los premios no son ni mucho menos infalibles y demasiadas veces son políticos, y ni siquiera Cannes o Venecia aciertan siempre, ni llevan en sus secciones a concurso joyas absolutas en todas las ediciones, sino muchas veces verdaderos engendros que no se explica uno qué hacen ahí. Porque la crítica, me temo, ha desertado en muchas ocasiones de su profesión, y ni siquiera las cabeceras más leídas y con más predicamento tienen una sólida base teórica a la que atenerse, y suelen contradecirse o valorar filmes o novelas que son verdaderas calamidades que a los pocos años dejan ver el desastre encumbrando que fueron, mientras dejaron pasar o machacaron sin piedad las piezas más hermosas y revolucionarias…

Lo único que de verdad puede ayudarte, si estás decidido a indagar y a dejar tus ideas por escrito y a debatir con otros y a demostrar lo listo que eres y lo mucho que sabes, es usar la cabeza y el sentido común, es haber ido a una escuela de cine o desde luego tener un bagaje muy superior al que en general tienen muchos de los escriben y proclaman a los cuatro vientos cuando deberían callar y dejar hablar a otros, es ser original, no repetir lo que otros llevan cincuenta años diciendo, seguir un camino trazado y unas ideas y defenderlas como mejor puedas, aprender y aprender y aprender a lo largo de los años y de las décadas y no caer jamás en la autocomplacencia. Tal vez así, con mucho esfuerzo, muchas lecturas, mucha escritura, mucha reflexión, aprendiendo de los que sabes que son los mejores y son de tu cuerda, no dejándote llevar por modas o por el posmodernismo rampante, puedas aprender algo y llegar a algo y no hacer el más absoluto de los ridículos en Twitter.

De todas formas… la impresión que tengo en los últimos tiempos es que a la gente le encanta hacer el ridículo en Twitter y cada vez que abre la boca en temas relacionados con el Cine y la Literatura.

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