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Cannes no es la iglesia del cine

Cannes es el festival de cine más importante del mundo, eso nadie lo puede negar. Todo el mundo, cineastas y cronistas, se tiran de los pelos por estar ahí porque (en teoría) van los mejores artistas cinematográficos del mundo y porque (esto no es teoría) el famoseo y las estrellas mediáticas más deslumbrantes van a darse un garbeo por su alfombra roja luciendo sus mejores galas y sus joyas más caras. La Palma de Oro es el premio cinematográfico más codiciado que existe, y aunque Berlín, Venecia y San Sebastián (en otros certámenes de clase A) también dan prestigio y dan un empujón a que las películas de autor se estrenen y se vean y se comente sobre ellas, es Cannes sobre todo, por su historia, por su leyenda, el lugar en el que todo el mundo quiere estar. Y es normal. Cannes es un poco como los Oscar, con sus estrellas, sus miles de periodistas, su «glamour» y sus premios, pero a la europea.

Ahora bien: decía el otro día James Gray, cuyo filme ‘Armaggedon Time’ es uno de los que está a concurso este año por el dorado premio, que «Cannes es la iglesia del cine». Y yo creo que no. Es decir, entiendo que Gray, por lo demás un buen cineasta cuyas películas son a menudo demasiado obvias, que aspira al máximo galardón y que está complacido de haber sido seleccionado, diga eso, porque supongo además que si este año no lo gana querrá volver algunas veces más, pero Cannes de iglesia tiene poco. Es un enorme circo, un enorme «mercado» de películas que, una vez más en teoría, presenta un puñado de películas, a concurso y fuera de él, y es el festival con mayor presupuesto sobre todo porque es el escaparate cinematográfico más grande de Europa y todos los productores, asociados y distribuidoras quieren estar allí. Pero Cannes no es infalible. Se equivoca menos que los Oscar a la hora de premiar lo mejor del año, y desde luego tiene mucho más valor porque no es, como allí, una industria que se premia a sí misma, pero en Cannes han concurrido filmes nefastos, y han sido premiados filmes muy discutibles, del mismo modo que han sido ninguneados muchos otros realmente grandes.

Lo de la iglesia del cine… La verdadera iglesia del cine es simplemente un cine (siempre un cine, no tu casa, por muy magnífico que sea tu televisor o incluso proyector) en el que pongan una gran película. Ni más ni menos. Dentro de siete años nadie se acordará de quien ganó a mejor director o mejor actriz en esta edición de Cannes, ni quién ganó el Oscar en 2017, a menos que lo revisen en la wikipedia o en IMDb. Quizá si has estado en el festival (y si de verdad eres crítico o cinéfilo has de ir a algún festival grande aunque sea una vez en tu vida) te acordarás de quién ganó la Palma de Oro, o si esa película realmente te pareció enorme no te olvidarás de ese hecho, pero en caso contrario no le prestarás demasiada atención ni te parecerá algo tan importante. Porque no lo es. Los premios no son tan importantes. Quieren serlo, pero no lo son. La única forma de que un premio sea importante no es porque el festival o la academia que lo entrega lo sea, sino porque la película premiada sea realmente buena, sea una obra genial. Ahora bien, obras geniales, del Cine o de la Literatura, se han premiado pocas… Por algo será.

Se entregan demasiados premios, y se entregan todos los años. De aquí a 2032 se habrán entregado otras 10 palmas de oro, otros diez premios Óscar a la mejor película o mejor director o mejor guion. ¿Y si descansáramos un poco, y se entregase un Óscar al mejor filme del último lustro, o de la última década? Somos demasiado esclavos de la inmediatez, de lo actual, de lo contemporáneo. No miramos al Cine y a la Literatura de una manera universal, global, a futuro. No miramos al arte como algo que se va construyendo a lo largo de décadas y siglos, sino como algo que se cincela año a año, título a título… premio a premio. Los premios son sólo marketing y politiqueo. Y sí, en casos como el de Cannes tratan de premiar siempre a lo más importante, lo formalmente más arriesgado o lo conceptualmente más complejo e innovador. Pero al final muchas veces se premia lo que se considera que se tiene que premiar por condicionantes políticos y sociales, no por su excelencia, sino por su impacto mediático, en Cannes, en los Óscar, en el Nobel y en cualquier otra parte.

El premio auténtico para un artista es que le estrenen su película o le publiquen su libro. Nada más. Poder vivir de eso. Dice Lynch en el documental que podemos ver estos días en Filmin que la verdadera felicidad para él es su café, sus cigarrillos y estar en su taller. Y para un escritor tener tiempo y energía para ponerse a teclear. Y esto es algo que quienes no han nacido con una creatividad incontenible jamás podrán entender.

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