ARTÍCULOS, CINE

La dirección de actores: aspecto esencial de un filme

Existen dos aspectos que diferencian el arte del Cine del teatro y de la Literatura y de otras formas narrativas: el montaje y la dirección de actores. Aspectos que además son generalmente ninguneados o despachados con rapidez por tanto especialista en semántica y en cuestiones tales cómo que significa ese semáforo que cambia en el último segundo antes del corte, o esa estrella de ocho puntas detrás de los intérpretes. En lo que se refiere al montaje, el grueso de los espectadores cree que un montaje picado (frenético o videoclipero) o complicado a nivel técnico es el mejor montaje, mientras que los más cinéfilos o analistas creen que el mejor montaje es uno que sea expresivo u originalista. En lo que se refiere al tema de la dirección de actores, que es en el que voy a centrarme ahora, no me sorprende que estructuralistas como Bracero (y muchos otros) busquen en él simplemente otras razones semánticas y no se detengan, o no les interese, en cuestiones mucho más interesantes, que insisto son esenciales si se quiere comprender la estrategia narrativa de una película y el modo en que el Cine ha evolucionado desde sus inicios.

La dirección de actores es algo que queda invisible al espectador, como es lógico. Muchos se pensarán que el actor o actriz de turno simplemente llegan al rodaje, recitan sus líneas como mejor sepan (si son buenos lo harán bien, si son malos lo harán mal) y luego se van a su casa. Es lógico que sea así. Lo que no es tan lógico es que los que quieren ser especialistas en el tema ni se hayan parado a pensar, por lo que parece, en la enorme evolución que ha experimentado esta disciplina desde los albores del Cine, y en que a fin de cuentas (esto ya lo comentaré en otro artículo futuro), el cine va sobre la gente, sobre el ser humano, y no sobre la profundidad de campo o la duración de un plano, aspectos también esenciales, pero que tienen que estar al servicio del personaje y de la mirada del director sobre las cuestiones que plantea en el filme, y no al revés, como tantas veces ocurre. El Cine, como la Literatura, existe para hablarnos de las miserias y de la dignidad humanas, y no va de sillas, mesas o lámparas. Los monos (así los llamaba mi profesor de dirección de actores) que se ponen delante de la pantalla tienen algo más que una importancia meramente «estructural».

Pero antes de ir un poco más al fondo del asunto, varias cuestiones que hay que apuntar:

  • El casting es el 90% de la dirección de actores
  • Algunos actores en efecto podría decirse que se dirigen a sí mismos
  • Con el montaje puede corregirse o alterarse drásticamente la interpretación de un actor
  • El actor o actriz han de encontrar aquello en lo que el personaje se les parece
  • La gran mayoría de directores, incluso famosos, no tienen ni idea de cómo dirigir a un intérprete
  • En un rodaje, además de vigilar el tiro de cámara, el director ha de estar con los actores

Ya hablaré otro día sobre el hecho, crucial, de que el actor ha de buscar aquellos elementos que tiene en común con el personaje. Pero ahora es importante señalar que a pesar de que el 90% de la dirección de actores es el casting (algo que va en consonancia con la frase anterior), el restante 10% (por poner un porcentaje mucho menor, porque esto no es científico) es fundamental si se quiere que la película tenga algo más que duración del plano o profundidad de campo.

En el proceso de dirección de actores se establece un vínculo creativo inapelable entre el director y todos los actores, del primero al último, por muy fugaz que sea su aparición, de la película. Ese vínculo creativo es tan importante como el que se tiene con un co-guionista o como el que el director establece con todos y cada uno de los jefes de departamento (director de fotografía, diseñador de sonido, diseñador de producción, montador…). De la fortaleza y profundidad de ese vínculo se desprende finalmente la sensación, del espectador cualificado o no, de que los personajes son verdaderos, de que las situaciones son persuasivas, y de que el conjunto GLOBAL de la película posee altura… o bien de que estamos ante un truquero muy preocupado por planos muy atractivos pero no por aquello que se supone intenta decirle al espectador/receptor de la película. Y es sorprendente (de nuevo…) el hecho de que muchos directores no poseen sensibilidad ni el menor interés por el trabajo de los actores, más allá de que estén correctos y les sirvan a ellos como meras herramientas para epatar al respetable.

También es cierto que algunos actores con mucha experiencia y con mucho talento son difíciles de dirigir y que tienen claro lo que están haciendo. En esos casos el director les deja hacer, una especie de supervisión controlada, y tratan de que den lo mejor de sí mismos y de que el montaje u otros elementos no entorpezcan lo que su actorazo ha logrado, sino que lo ayuden a trascender aún más. Pero al final es todo una misma cosa: puesta en escena-dirección de actores-montaje, disciplinas que se retroalimentan y que trabajan juntas para lograr la mejor película (o la mejor serie) posible. Un director, esa figura que muchos no saben qué diablos hace en un rodaje, además de vigilar el plano ha de estar pendiente de los actores y de que no se salgan del personaje. El personaje lo es todo, y sin él no hay película, sólo un montón de trucos narrativos que pueden ser muy fascinantes para algunos analistas, pero que son como los arpegios en Música o como las gárgolas de una catedral: casi mero material ornamental.

Los más grandes directores son siempre, siempre, grandes directores de actores (Coppola, Bresson, Von Trier, Linklater, Cuarón…) y grandes montadores. Para ellos dirigir consiste en eso: en trabajar con el actor, en montar situaciones interesantes, en golpear al espectador de la manera más noble y más duradera posible. Valorar una película ignorando todo eso es quedarse con lo ornamental, y no con lo nuclear. Desde el principio de los tiempos la dirección de actores ha luchado por desgajarse de la dirección teatral, y ha costado décadas lograrlo. Hoy en día una interpretación tipo Bogart en Casablanca o incluso Bette Davis en La Loba, no tendrían el menor sentido. No serían creíbles. Sin embargo sí lo son todas las interpretaciones en El cuarto mandamiento o en Fresas salvajes, porque tanto Welles como Bergman, dos de los más grandes directores de actores y directores en general de la historia, entendieron que la dirección de actores en Cine era otra cosa, y que si querían perdurar deberían encontrar esa otra cosa. Ya los actores no «actúan», sino que viven la secuencia. Ya no interpretan tal personaje, sino que son ese personaje. Y eso es una evolución en las formas cinematográficas mucho más trascendental que el uso del color. Así de claro.

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Viajeros de la noche – Capítulo decimocuarto: Géneros I – La Fantasía

Ya no queda mucho para el cierre de temporada, de modo que nos hemos planteado hacerlo para todo lo alto, y para dos chiquillos como @srpurpura y Carlos Eguren, eso significa hacerlo con un género bastante denostado pero también apasionante, que ofrece múltiples lecturas y que alberga muchísimos subgéneros y creaciones: la Fantasía.

Este es el primer programa, por tanto, que Juanjo me recomendó hacer sobre los ocho géneros sobre los que escribí en mi Teoría de los Géneros (que serían, una vez más: el Noir, el Western, la Sci-Fi, la Fantasía, el Bélico, el Histórico, el Musical y la Comedia), para indagar en ellos con toda la vehemencia (y el poco espacio que da un programa, realmente) que podamos reunir, y también es el primero de una trilogía de pocast, tal como lo ha definido Carlos, sobre la fantasía, pues el penúltimo episodio de esta temporada, y el último, van a ser dedicados a dos iconos de este género que en las próximas semanas van a dar aún más que hablar que de costumbre.

Nos hemos preguntado qué es la fantasía, cuáles son sus límites y sus reglas, sus posibilidades y sus carencias, pero también nos hemos lanzado a dar nombres de grandes creadores, de ilustradores, escritores, creadores de videojuegos, cineastas, autores de series y algunas cosas más, y lo hemos hecho no con afán meticuloso, sino con ganas de compartir con nuestros oyentes lo que más nos interesa de este género tan complejo, y al mismo tiempo con ganas de que nos aporten otros nombres y obras que pueden (y deben) haberse quedado en el tintero. Yo creo que nos ha quedado un programa muy completo y muy bonito, con música de Arcane, de Cristal Oscuro y de Harry Potter, con Carlos desatado lanzando cien nombres por minuto, con Juanjo lanzando sus certeras preguntas, y conmigo mismo tratando de poner un poco de orden entre tanto dragón, espada, brujo y mundo alternativo. ¿Se puede pedir más? Ah, sí: que es gratis, y que garantizamos que no te aburres ni un minuto.

Así que dale al play aquí en Ivoox:

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Y en espotifai, como siempre:

¡Muchas gracias a todos por escucharnos y ayudarnos a crecer!

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El cañón del revólver XXI

Andamos en medio de la disputa de ver quién es el mejor tenista de todos los tiempos, en base (claro está) a quién tiene más Grand Slams o más títulos en global en su carrera: si Roger Federer, Novak Djokovic o Rafael Nadal. Y la cosa está ajustada, aunque el suizo empieza a quedarse descolgado después de varios años desaparecido, y Nadal parece a punto de claudicar, a la espera de lo que suceda en el US Open y de cómo se desarrolle el año que viene, pero de momento Nadal gana la pelea con 22 GS, nada menos, y le sigue muy cerca el serbio con 21… A mí Nadal me caía bien cuando era un chavalín con greñas que les zurraba a los grandes a base de corazón, piernas y hambre. Ahora es un multimillonario que cena con el rey y pide que se vuelva a votar cuando sale el PSOE… Por otro lado, anda comparando a Djokovic, en su lucha contra las vacunas, nada menos que con Muhammad Ali, como si fuera la misma cosa negarse ir a la guerra de Vietnam y estar tres años sin poder competir. Ahora mismo es casi imposible que ningún deportista de élite te caiga bien, no solamente porque el dinero que ganan es obsceno, sino por sus simpatías políticas y sus caprichos de estrellita disparatada.

En medio de una crisis alimentaria galopante, andan los ucranianos minando el puerto de Odessa. Yo no sé qué le pasa por la cabeza a esta gente, pero están jugando a la ruleta rusa con el pan de cientos de millones de personas, en Europa y en África. Y a la OTAN se la suda. De hecho ha pedido a los países pobres que no compren el grano de Rusia. Es para troncharse de risa. ¡Seguro que los países pobres dicen amén jesús, vamos a comprar el grano de EEUU, mucho más caro! El descaro, la desvergüenza, la bajeza moral de los EEUU y de la OTAN, su desfachatez histórica criminal, es algo que ya excede cualquier calificativo. EEUU y sus aliados son, además de la mayor amenaza para la paz mundial, el mayor causante de hambre en el mundo. Y la gente todavía poniéndose de su lado. Es alucinante.

Sigamos con cosas maravillosas: en una ola de calor de las que hacen historia, el maravilloso alcalde de Madrid decide cerrar varios parques, entre ellos el más grande, el Retiro, porque hay peligro de desprendimiento de ramas y de árboles. Como cuando hay una nevada, vaya. Digo yo que si no podemos ir a refrescarnos a los parques más frondosos de Madrid cuando no se puede ni respirar por la calle, que den otra solución que no sea irse a un centro comercial a ver tiendas y a gastar dinero, o que retiren antes del verano los árboles viejos y moribundos, o que pongan muchos más árboles en Madrid, o que hagan un bono para que la gente pueda ponerse aire acondicionado en casa y pueda usarlo por poco dinero, o lo que sea, antes de obligar a la gente a achicharrarse a cuarenta grados con un viento que parece que has abierto la puerta del horno después de media hora precalentando a todo trapo.

Estoy un poco cansado de eso que los cristofascistas vienen llamando, desde hace décadas, LA RECONCILIACIÓN. Se refieren, claro, a la transición, a hacer las paces entre los dos bandos y a construir juntos una nueva sociedad y bla, bla, bla, aunque en realidad lo que quieren decir es que se respeten las amnistías, no se investigue el pasado, no haya ley de memoria histórica, y un largo etcétera. Pero a mí lo que me da especialmente por culo es la expresión. Reconciliación. Reconciliación de qué. ¿Con los fascistas, con los ultras que acabaron con las libertades en España, que impusieron una dictadura después de un golpe de estado, que asesinaron a decenas de miles de civiles para tirarlos en zanjas, tenemos que reconciliarnos? ¿Por qué? ¿A santo de qué? ¿Quién ha dicho tal cosa? Ellos, los fascistas, tienen que reconciliarse con su dios y con el juez que los mande a prisión, a los que torturaron y asesinaron, y a los que les defienden. Los rojos no tenemos que reconciliarnos con nadie.

Qué manía tienen algunos en tuiter de dejar tres o cuatro planos de una película, o una secuencia, y creer que con eso vale para establecer un argumento y para decidir que tal o cual título es nada menos que una obra maestra. Otros por lo menos plantean hilos más o menos elaborados. Pero la mayoría pasan de eso. Se creen que por ser un «tuit star» y saber algo de Cine, la gente va a aprender cosas, cuando suelen salir igual de ignorantes de sus tuits que cuando entraron. Me encantaría ver a tanto supuesto experto en Cine elaborar sus teorías en un texto largo, en un blog como este o en un libro, y entonces ya veríamos si tienen algo que aportar o bien dicen las mismas cosas que otros han repetido desde hace siete décadas. Me da más bien que va a ser lo segundo.

Último disparo de este revólver: no sé qué es más ridículo ni más absurdo, si ver al Papa Francisco con un penacho de plumas en plan nativo americano, o ver a tanta buena gente ayudando a refugiados ucranianos a quedarse en su casa. No veo a esa buena gente ayudando a los rusos que en el Donbas han sido masacrados desde 2014 por la artillería ucraniana, ni ayudando a los migrantes subsaharianos. Tampoco veo al Papa disfrazándose de drag queen para defender los derechos de algunos colectivos. La gente, sea poderosa o humilde, siempre ayudando a aquellos a los que queda bien ayudar. Todo para aparentar. Todo para salir en la foto y parecer mejor persona de lo que uno es. Recuerdo en estos casos las últimas palabras de Sean Penn en The Thin Red Line, que cierran la película:» todo es una mentira».

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La revolución animal

No falla… Te pones a buscar imágenes de animales con las que coronar tu texto, y te salen decenas, cientos, miles de fotografías de gatitos adorables, de crías de cualquier otro animal tan monas que te dan ganas de adoptarlas al instante, de imágenes retocadas en las que chicas muy guapas y escasas de ropa dan besitos a animalitos (no insistáis que no voy a deciros de dónde saco las impresionantes fotografías con las que decoro mi blog…) y en definitiva lo de siempre. Pero todo eso no vale para nada si se quiere decir lo que voy a decir ahora.

Los animales no son adorables. Los animales no son angelicales ni maravillosos. Solamente son nuestros amigos en algunos casos (no los llaméis «mascotas» por favor, tened un poco de respeto) pero si nos portamos mal con ellos descubriremos lo rápido que dejan de serlo. Los animales no viven en un paraíso adánico ni nada por el estilo.

Son peligrosos, fieros, indomables, imprevisibles, dan miedo…
Son incontrolables, a menudo letales, terribles, no se puede razonar con ellos, no se les puede encerrar sin hacerles perder su esencia…
Y sin embargo es imprescindible que les respetemos y les dejemos vivir en libertad.

La mayoría son un coñazo. Y cuando digo eso me refiero a los insectos sobre todo, que además son mayoría. Si los animales por lo general me dan miedo, los insectos me ponen muy nervioso. No me dan especialmente asco ni me provocan repulsión. Me ponen de los putos nervios. Pero si les extermináramos, algo que sería el sueño de muchos, no duraríamos ni cuatro días. Porque las plantas y los animales que dependen de ellos, tampoco durarían ni cuatro días. Y eso es algo que nos cuesta entender a muchos. Creemos como especie, por lo visto, que los animales están ahí para alimentarnos, para divertirnos, para acompañarnos o para maravillarnos, pero me da la sensación de que en general no terminamos de entenderlos ni de respetarlos. La única forma en que los animales puedan existir es en plena libertad, y eso está cada vez más difícil.

Por eso cada vez que se dice esa (por otra parte gran verdad) de que la revolución será feminista o no será, a mí (y a muchos) me parece que habría añadir: y también animalista o no será. No podemos existir más tiempo de espaldas a la naturaleza, pero no por un motivo sentimental o cursi, sino porque dependemos de ella de manera estricta. No podrían llegar a existir planetas enteros que sólo fueran ciudades, como sucede en tantas ficciones futuristas o Space Operas, no pueden desaparecer todas las plantas o este planeta se convertirá en un horno en el que nuestra extinción estará asegurada. Algo tan elemental como eso y todavía muchos, sobre todo las élites, no han caído del guindo.

Me gusta mucho la idea (que también resulta inquietante, desde luego) de que estamos en una nave espacial, la Tierra, dando vueltas alrededor del centro de la galaxia. Pero a esa idea hay que sumar otra, igual de cierta y de inquietante: estamos en el interior de una máquina perfecta, de nuevo la Tierra, que se corrige y se limpia y se reestructura a sí misma, no sabemos muy bien cómo ni por qué. Y somos una parte de ese engranaje, lo queramos o no. Pero en lugar de aceptar que somos parte de esa estructura, lo que hacemos es convertirnos en una plaga, que todo lo coloniza, todo lo invade, lo destruye y lo reseca. Tal como dice Rust Cohle en True Detective, somos una entidad separada de la naturaleza que quizá nunca debió existir. Porque sin nosotros los ecosistemas sobreviven, y con nosotros, con nuestra desaforado derroche de recursos, los ecosistemas lo llevan crudo.

Quien no entiende que los animales merecen un respeto y vivir en libertad, es que nunca ha estado en contacto estrecho con animales. No entienden todo lo que pueden dar y todo lo que se puede aprender de ellos simplemente interactuando con ellos o teniéndoles cerca. Así de sencillo. Si lo hicieran, dejarían de verles como mercancía, o como objetos. Vaya a donde vaya la especie humana, no va sola, para bien o para mal. Va acompañada de miles de especies que también se han ganado el derecho a sobrevivir, que también sufren y luchan por prevalecer día a día. Si nosotros caemos ellos perdurarán, y si ellos caen nosotros desapareceremos. Tan fácil como eso. Y para que ellos existan han de existir sus ecosistemas. No basta con almacenar su ADN o con fotografiarles. Es imprescindible evitar desastres como el que está ocurriendo en Doñana o en el Mar Menor, porque con ellos desaparecen las criaturas que en ellos viven o de ellos se alimentan. Cada vez que hay una guerra como la de Ucrania, en la que se contabilizan los muertos, o incendios como los que están asolando España, deberían también contabilizarse los animales masacrados, y que tal cifra saliese en los telediarios, para empezar a visibilizarlos, ya que somos incapaces por el momento de dejarles en paz.

Cada vez que veo a un animal aterrado o malherido por la acción del ser humano, pienso que a diferencia de nosotros ellos no se lo han buscado, estaban tranquilos y a sus cosas hasta que les ha sobrevenido el desastre. Así que dejémonos de buenismos y de cursiladas, de fotografías super bonitas con animalitos, y empecemos a aceptar la cruda realidad, que pasa por dejar a los animales en paz ya que por el momento somos incapaz de vivir con ellos sin masacrarles.

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Los líderes del mundo son unos tarados mentales

No tiene ni puto sentido. Cada vez que enciendo la televisión y me pongo a mirar dos o tres canales es como si la especie humana se negara a sí misma, a todo lo que lleva aprendiendo durante los últimos tres mil años, y siguiera empeñada en las mismas tareas absurdas: exterminarse a sí mismo y destruir todo lo que le rodea con tal de ganar riqueza.

Desde el pasado febrero, cuando comenzó el conflicto de Rusia y Ucrania (aunque en realidad había empezado mucho antes, desde 2014, o puede que más atrás), los líderes mundiales europeos, estadounidenses y alguno asiático y africano, está decidido a conseguir el premio al mayor tarado de la Tierra. Se supone que los líderes están ahí para guiarnos, para llevar a cabo, más o menos, la voluntad del pueblo, o por lo menos de los que les han votado a ellos. Pero dudo mucho que la voluntad del pueblo, de ningún pueblo sobre la faz de este desgraciado planeta, sea inmolarse por una causa bastante difusa y poco adecuada a la realidad, con el oscuro objetivo de que unas élites ganen un poder que de poco les va a servir cuando por encima de sus cabezas, en gran parte del globo, una nube radioactiva les impida ver la luz del Sol. Pero esto viene de mucho más atrás, claro. Para quien no quiera enterarse, y me temo que hay muchos que no quieren enterarse, después de la II Guerra Mundial está teniendo lugar otra a mucha mayor escala y de manera mucho más subrepticia. No se puede denominar III Guerra Mundial de manera taxativa, pero si alguien lo hiciera tampoco podríamos oponernos del todo.

Lo que está teniendo lugar desde que EEUU, un estado criminal que ya muchos empiezan a tener claro que es el mayor peligro para la paz mundial, se autoproclamó única superpotencia (lo hizo por dos veces, después de la II Guerra Mundial y después del advenimiento de la caída de la URSS) es una lucha despiadada por la dominación global (económica, de recursos, sociopolítica, ideológica) en la que los estadounidenses, con la inestimable ayuda de Reino Unido, socavan democracias, destruyen sociedades, imponen dictadores, empobrecen generaciones de ciudadanos de muchos países del mundo, con la meta final de imponerse a Rusia y China, quizá incluso llegando a valorar la opción de borrarles del mapa con bombas nucleares. El que no se entere de esto es que o bien vive con la cabeza debajo de la tierra o bien no se quiere enterar. Lo más probable es que sea la segunda opción. Las guerras ya no se libran enfrentando a grandes ejércitos contra otros, sobre todo porque EEUU tiene las de perder en los números contra tantos enemigos que tiene, sino en los despachos, en las noticias, en la mente de los ciudadanos que votan, que consienten, que miran hacia otro lado, que se resignan a que las cosas sean como son. Y no se ganan a tiros o con tanques o submarinos, sino con drones, misiles tácticos, chantajes, amenazas y llamadas telefónicas. Y esto no es paranoia. Si el lector lo cree le exhorto a informarse de lo que está sucediendo las últimas cinco décadas…

Y Europa… los líderes europeos haciendo el idiota, el subnormal, armándose contra un enemigo muy superior, empleando miles de millones de euros que bien vendrían para sanidad y para paliar las enormes necesidades de muchas personas que están pasándolas canutas. Esto es lo que está pasando aquí abajo. Y mientras tanto allá arriba…

Nos llegan imágenes increíbles del James Webb, el observatorio espacial más potente jamás construido. La imagen que corona este artículo no es de un grupo de estrellas, sino de un grupo de galaxias, cada una de ellas con cientos de miles de millones de estrellas, y cada estrella probablemente con varios planetas a su alrededor, quién sabe si habitables, quién sabe si algunos de ellos tan lleno de vida como el propio planeta Tierra. Mientras aquí abajo estamos peleándonos por estupideces en lugar de aprender a vivir respetándonos y sin querer acaparar recursos, allí fuera existen recursos ilimitados, existe todo un universo por explorar, al que no llegaremos jamás, porque seguramente nos mataremos de hambre, o a base de misiles tácticos, antes siquiera de rozarlo. Pero ese debería ser nuestro objetivo, ese y dejar de cargarnos animales. Empezar a comprender que somos mortales, que sólo tenemos un planeta, que el sufrimiento es universal y que hay recursos para todos. Pero me temo que la especie humana es demasiado idiota para entender que los líderes que nos desgobiernan no tienen ningún interés en nada de todo eso, sino en seguir perteneciendo a una élite a la que no le importaría reinar sobre un montón de cenizas, o sobre una montaña de calaveras, mientras pueda disponer de un último puro y una última copa de vino a quinientos euros la botella.

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CINE

Vocabulario cinematográfico corregido

Me pone enfermo escuchar siempre los mismos lugares comunes, las mismas mamarrachadas sobre Cine, por parte de los aficionados menos exigentes y también por parte de los supuestos intelectuales que no tienen nada que aportar al tema.

Nos pasamos la vida hablando y escribiendo sobre Cine, vete tú a saber por qué, y repetimos las mismas cansinas estupideces una y otra vez. Así que me planto. Voy a proponer un nuevo vocabulario cinematográfico, bien corregido, con el que sustituir las mismas bobadas de siempre. Empecemos:

*Actualizado a 21 de julio

Crítica por Gusto personal

Porque no hay quien encuentre a un crítico que posea una teoría poético-narrativa del Cine, sólo dicen lo que a ellos les gusta y lo que no.

Aficionado medio por Fascista en el armario

Porque no puedes darle un argumento en contra de sus «gustos», o te atacará, insultará, incluso te acosará e iniciará una campaña contra ti.

Temporada de premios por Temporada de Marketing

Porque eso, y no otra cosa, son los premios cinematográficos

Antesala de los Óscares por Globos de humo

Porque a nadie le interesan los Globos de Oro… y en realidad el premio Óscar ya no posee prestigio alguno

Histrionismo (interpretación) por Actor al límite

Porque aunque los puristas no se quieran enterar, ni el Cine es teatro, ni todos los personajes son igualmente contenidos, elegantes y sobrios.

Obra de culto por Filme sobrevalorado por sus seguidores

Que no pueden aceptar las cosas como son y tienen que inventarse eso, un culto.

Filme aburrido por «necesito adrenalina absurda cada puta secuencia»

Porque ya se sabe lo que quiere el espectador medio.

Fans por Gente sin personalidad

Que necesita adorar un título, un creador o un actor, para que su identidad no colapse.

Genio del Cine por Director de moda
Blockbuster por Producto de masas sin exigencia
Cine americano por Cine estadounidense
Películas aclamadas por la crítica por Películas que su distribuidora necesita vender
Cinéfilo purista por Listillo que por conocer cuatro o cinco avances narrativos se cree alguien
Nostalgia por Negarse a crecer
Gustos personales por Manías, filias y fobias personales
Debate cinematográfico por Ver quién mea más lejos
Película de risa por Película para adolescentes sin nada mejor que hacer
Mejor serie del año por Serie de moda
Obra Maestra por Película que a alguien le gusta mucho
Preciosa fotografía por No me ha interesado el argumento
Película de aventuras por Película para niños de ocho años
Película con mensaje por Película tendenciosa
Película durísima por Tragedia
Saber de Cine por Haber visto un par de miles de películas sin criterio
Semántica por Buscarle tres pies al gato
Metáfora por Me invento lo que quiere decir el director
Montaje brillante por Montaje picado y febril
Gran interpretación por Actores disfrazados o emotivos
Preciosa película por Cursilada insufrible
Gran dirección de fotografía por Paisajes muy bonitos
Buena adaptación por Estructura calcada del libro
Banda sonora por Música cinematográfica
Sonido del filme por Banda sonora
Para los muy puristas: Un genio incomprendido por Un cineasta que no es para tanto
Para los poco exigentes: Un gran cineasta por Un realizador sin verdadera grandeza artística
Un peliculón por Qué bien me lo he pasado
Un bodrio por No estoy a la altura
Director visionario por Director que a la compañía le interesa promocionar
Cine clásico por Cine Académico
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ARTÍCULOS, CINE

Colgado de una pantalla I: La revelación

He visto (muchos hemos visto) infinidad de películas de todo tipo, la mayoría de ellas una porquería infame que no hay por donde cogerla. Pero también he tenido la suerte de ver muchas grandes películas, algunas de ellas de casualidad, otras por cabezonería, otras por simple morbo. He visto obras maestras absolutas cuando me esperaba nada y he visto maravillas que sabía, intuía, que iban a serlo… y después han sido muy parecidas a como me imaginaba. La mayoría de estas películas extraordinarias las he visto una y otra vez, siempre que podía, como un ritual. Pero todo ello comenzó, más o menos, a principios de los años noventa.

Ya conté un poco por encima lo que 1991 significó para mí, pero hablar de una época tan importante en la vida de cualquiera es algo casi imposible. Sólo se pueden hacer trazos, bosquejos, y poco más. Yo ya había visto cosas como Lawrence de Arabia (1962) o Doctor Zhivago (1965) y por supuesto no me había enterado de nada. También había visto El halcón maltés (1941), El sueño eterno (1946) o Johnny Guitar (1954), y otras como Ben-Hur (1959) o The Ten Commandments (1956), que en aquel momento me parecía lo más de lo más. Creo que había visto algún pedazo de El padrino (1972) y por supuesto muchas películas de dibujos animados, algunas realmente buenas, pero ya hablaré de esa época en otro capítulo de esta serie. Nací en 1979 por lo que a principios de los noventa yo tendría once o doce años cuando empecé a ver cosas que no me correspondían por mi edad. Ya conocía los westerns, ya había visto Alien (1979), ya sabía lo que era un bélico, ya sabía o creía intuir lo que hacían los guionistas, ya me había estremecido con Robocop (1987) o Aliens (1986). Pero en pocos meses vi Corazón salvaje (1990), Barton Fink (1991), Cyrano de Bergerac (1990) o Basic Instinct (1992), y fue cuando mi cabeza explotó. Creo que nunca ha vuelto a hacerlo de semejante manera, aunque en años posteriores he conocido momentos que se hayan acercado a ese.

Puede que hubiera más títulos (de hecho, seguro que los hay y ahora mismo no me acuerdo), pero con estos descubrí por primera vez lo que el cine, en cierta manera, era capaz de hacer, y que no había hecho con algunas de las películas que yo había venerado hasta entonces. Cyrano fue una de las primeras películas europeas que vi (junto con las películas de Kieslowski o de Polanski que echaban en la tele de cuando en cuando) que me hicieron entender que el cine europeo no tenía que parecerse en nada al estadounidense (mal llamado americano por muchos…). Basic Instinct fue la primera que me convenció de que en un thriller no hay límites, no puede haberlos, a la hora de mostrar la violencia y el sexo más salvajes… además de que no hay nadie filmado ambas cosas como cierto director holandés. Y con los filmes de Lynch y de los Coen (quizá el mejor de los Coen), entendí, antes incluso que muchas otras cosas que debiera haber entendido a esa edad y que no entendí hasta bastante después… que el Cine (como la Literatura) debe ser absolutamente libre… sobre todo a la hora de hacer sentir mal al espectador consigo mismo. De pronto me enfrentaba a dos películas que no me gustaba ver, pero que seguía viendo una y otra vez. Recuerdo que el filme de Lynch me parecía que en algunas partes estaba mal hecho a propósito, que los personajes no me gustaban, que era de una turbiedad casi insoportable. Recuerdo que el de los Coen me hacía sentir mal conmigo mismo por mis pretensiones de querer escribir cuentos o incluso de comprender lo que era el Cine. Ya había visto Miller’s Crossing y me había maravillado. Pero… ¿qué podía hacer con aquella historia de un autor de teatro metido a guionista de películas de lucha libre, tan acomplejado y antisocial? ¿Por qué aquella música, parecida a una nana, con la que comenzaba el filme, y aquella imagen de un papel de pared, me conmovían, me perturbaban y me fascinaban? No entendía nada ni podía entenderlo. ¿Quién era aquel escritor con el que se encontraba Barton y que tanto me atraía a pesar de su alcoholismo suicida? ¿Qué demonios me querían decir los Coen? Algunos años después, ya en cualquiera de las dos escuelas (la oficial y el Instituto de Cine) a los que fui, yo intentaba en mis prácticas repetir aquellas sensaciones pero ni siquiera lo sabía. Quería crear en mí mismo y en el espectador de mis cortos una sensación parecida a la Wild at Heart o Barton Fink, pero ni siquiera me daba cuenta, porque incluso me había olvidado de lo que habían significado para mí. Ahora, por suerte, puedo recordarlo.

Pero la cosa no paró, porque aquellos fueron años extraordinarios. Comencé a ir al cine yo solo con catorce, quince o dieciséis años porque las películas que a mí me interesaban ver casi nadie quería verlas. En 1994 vi Pulp Fiction y ya entonces creo que percibí que Tarantino quería hacer algo parecido a lo de Lynch, sin conseguirlo, a pesar de toda su frescura y descaro. Vi también, por suerte, Ed Wood, The Shawshank Redemption, Bullets Over Broadway, Rojo… yo en aquellos años era un chaval muy inseguro, y tardé mucho tiempo en dejar de serlo. Algunas películas me daban miedo, porque pensé que no sería capaz de entenderlas, que quién me creía yo para ir a verlas sin más, que iban a proponerme algo que yo no iba a poder soportar o que no iba a poder gestionar. Pero recuerdo que con trece años, entre tanto estreno extraordinario, me vi por primera vez entera, desde el principio hasta el final, Apocalypse Now (1979. Además la vi de madrugada, a escondidas de mis padres, antes de ir al instituto. Eso daría para otra entrada. La cascada de emociones, de ideas, de pensamientos, que me provocó aquel visionado era como sublimar todavía más lo que había experimentado con Wild at Heart y con Barton Fink. Era una película que al mismo tiempo me aplastaba sin conmiseración y me hacía sentir una euforia única. Y además… me daba vergüenza haberla visto, porque sabía que ese filme todavía no era para mí, que ninguno de mis amigos querría verla o le interesaría, y que me quedaba muy grande. Desde entonces la he vuelto a ver incansablemente, con la esperanza de estar a su altura algún día… Pero estaba con las películas nuevas de los noventa. En 1996 fui al Cine a ver, no recuerdo bien por qué, un filme que se titulaba Breaking the Waves. Su visionado me recordó bastante al de Apocalypse, porque me destruyó. También vi Fargo, que me gustó mucho pero cuyo visionado no me impactó tanto como el de Barton Fink y recuerdo que me sorprendió mucho que se llevara el Oscar a mejor guion original o incluso tantos parabienes estando en su filmografía la otra película. Cuando eres un chaval cinco años de diferencia te parecen un abismo.

Finalmente en aquella década maravillosa, en la que yo me sentía muy solo, muy abrumado por todo, incapaz de creer en mí mismo (y aún tardaría décadas en hacerlo), vi The Thin Red Line, y no me gustó verla. Tardé seis meses, por lo menos en entender lo que había visto. Y luego esperé con paciencia a poder volver a verla. Cuando lo hice me di cuenta de estaba viendo algo muy similar a Apocalypse Now y que era normal, lógico, que un ignorante como yo no hubiese entendido nada al primer visionado. Vi muchas más películas por supuesto, algunas de ellas tan extraordinarias como la que he nombrado, otras muchas (muchísimas) nefastas, que aún así me gustaban, me hacían sentir bien conmigo mismo, me daban lo que yo creía que necesitaba en aquel momento, o lo que esperaba que el Cine pudiera darme. Pero las nombradas, y algunas más, me habían dejado una huella cuyo alcance he tardado mucho tiempo en comprender, y que por muchos años, años oscuros y terribles y llenos de pequeñas tragedias y pérdidas y desamparos personales, había olvidado. Pero fueron los años de la revelación, y no voy a volver a olvidarlos mientras viva.

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CRÍTICA, LITERATURA

Cervantes, de Santiago Muñoz Machado: creyendo las mentiras del mayor de los mentirosos

Sigue llamándome la atención que algunos se lancen a aventuras quizá muy por encima de sus habilidades o posibilidades, en algunos casos, o que se propongan empeños imposibles a los que ellos vuelven aún más imposibles con su ceguera y academicismo. Ocurre en todos los ámbitos, tanto en Literatura como Cine y Televisión. Me pregunto dónde están las mentes verdaderamente inteligentes y profundas. No escribiendo libros, muchas veces, sino seguramente ocupados en otras cuestiones de mayor remuneración…

Viene todo esto a colación porque acabo de leerme este libro:

Está escrito nada menos que por Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española de la lengua, y trata de ser la biografía definitiva de Cervantes y el estudio más completo hasta la fecha de su obra magna, Don Quijote. 1037 páginas contiene nada menos, el volumen, y podríamos decir que tiene una primera parte dedicada a la vida del autor, una segunda a la creación del Quijote, una tercera a la figura de Cervantes como creador, una cuarta a la búsqueda del significado profundo de la obra maestra, una quinta y una sexta dedicadas a las fuentes literarias cervantinas, y otras cinco partes en las que da buena cuenta de su intensa investigación sobre la época y la lengua cervantinas. Se trata, por tanto, de un inmenso esfuerzo por convertir este volumen en el trabajo definitivo sobre el que probablemente sea el escritor más genial de todos los tiempos (con permiso de Dante…). El tal Muñoz Machado, del que yo desconocía su existencia hasta haber leído este volumen, por mucho que sea director de la RAE, seguramente ha tardado muchos años en completarlo y tiene mucha fe en él. Ahora bien, se trata a todas luces de un volumen fallido.

Rastrear y dar forma a la vida de una figura tan huidiza como Cervantes, desde luego es muy complicado. Antes se dejaba muy poco rastro del paso por el mundo, y mucho más si eras una persona humilde. Todavía es muy posible que Shakespeare nunca existiera, o que no escribiera él solo muchas de sus (escasas) obras, y que otras figuras nunca sepamos qué hicieron o no hicieron. Pero si eso es muy complicado, construir una teoría sobre la vida de Cervantes, y una teoría sobre su creación literaria, basándose sobre todo, tal como hace Muñoz Machado, en lo que dijo el propio Cervantes en sus prólogos, o en sus cartas, o en las veces en las que habla en primera persona en sus novelas, es directamente un suicidio, porque Miguel de Cervantes era muchas cosas, pero sobre todo era un mentiroso compulsivo del que no hay que fiarse en ningún momento, porque se ríe de ti a cada paso y te hace imposible que puedas tomarle en serio. Y sorprende que un tipo tan preparado como todo un director de la RAE no sepa verlo y que caiga en la trampa en su voluminoso libro… del que por cierto más de 250 páginas son bibliografía… sin ningún orden ni concierto. A unos diez títulos por página estamos hablando quizá de ¡2500 libros o artículos consultados para componer este ensayo! Si de verdad los ha leído y consultado todos, que lo dudo, desde luego no ha sacado nada en limpio.

Hay algo irreprochable: la investigación documental que ha llevado a cabo el autor de ese ensayo para situarnos en un contexto histórico. Como se le presupone, es un erudito que ha sabido enmarcar a la perfección su trabajo. Del lienzo ahora hablaremos, pero el marco es yo diría perfecto. Se dedica páginas y páginas a dejar claro que lo sabe todo sobre aquella época, sobre costumbres, sobre géneros literarios, personalidades de la época, costumbres, objetos, vestuario, enclaves… de todo. La primera parte, la de lo que se sabe de la vida de Cervantes, es por ello la más sólida y defendible. Lástima que la segunda y la cuarta, que son aquellas en las que el autor trata de darle un significado definitivo al Quijote, sean tan desastrosas. Muñoz Machado toma la muy torpe decisión de explicarnos El Quijote desde dentro, desde la lógica cervantina, como si el autor pudiera explicarnos, a través de sus textos, cuáles son sus razones a cada paso literario que da. El problema es que Cervantes, de cada cinco cosas que decía o dejaba por escrito, diez eran mentira, eran un juego laberíntico en el que los más ingenuos, y Muñoz Machado lo es, se perdieran en un concierto de palos de ciego.

Pero donde Muñoz Machado acaba perdiendo definitivamente el norte es cuando decide otorgar el mismo carácter a Cervantes que al narrador del Quijote, desconociendo, por lo que parece, que escritor y narrador son dos figuras literarias diferentes, complementarias, pero que deben ser estudiadas de manera paralela, no idéntica. Obviamente, el que escribe la novela es Cervantes, pero el narrador es un personaje literario (como en toda novela que se precie de serlo) muy distinto al propio Cervantes, que se convierte en su más firme y poderoso valedor, porque es el que mejor miente y el que más toma el pelo al espectador (creando ese concepto de narrador no fiable…), y Muñoz Machado ¡decide creerle en todo cuanto dice, cuenta y narra! Resulta hasta entrañable observar de qué manera en las 750 páginas reales que dura este ensayo el autor se deja llevar de la mano por un tipo tan cínico y tan inteligente como Cervantes, que como se suele decir «se las da con queso» a todo un director de la RAE porque es muchísimo más inteligente que él.

Para terminar, un aviso: no se trata de ensalzar ni de encumbrar la obra literaria de Cervantes. Para eso, las obras maestras del escritor se valen solas. Se trata de elevarnos a nosotros para ponernos a su altura.

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ARTÍCULOS, CINE

Los rasgos de una obra maestra

Obra Maestra u obra magistral son dos expresiones que, como ya he comentado en otras ocasiones, a la gente le encanta utilizar para reivindicar sus filmes o novelas favoritos, o para darse más importancia, muchas veces sin haber reflexionado lo suficiente acerca de esa obra ni acerca de lo que debería ser, en efecto, una pieza maestra. También he hablado del verdadero significado de una expresión manoseada hasta el infinito. Voy a hablar ahora de los que a mi juicio son los rasgos que deberían conformar una de ellas.

A la hora de valorar un filme (y una novela, se sobreentiende), hay muchísimos aspectos a considerar. Claro, la mayoría de las veces leemos una reseña, o como mucho una crítica, quien sabe si incluso un análisis en profundidad, de una obra en cuestión, generalmente porque no hay tiempo ni espacio para nada más, y pareciera que con eso está todo dicho. Con las grandes obras no es así, y ni mucho menos con las obras maestras. Podría decirse que si un filme, por centrarnos ahora en el cine, es pobre o desastroso, hay pocas cosas de las que hablar, salvo constatar que sus pilares narrativos son paupérrimos, que carece de solidez o de profundidad en ninguna de sus partes. Pero cuanto más grande y perfecto y magistral es un filme más cosas hay que hablar de él, más cuestiones entran en consideración.

Se lleva mucho ahora, en twitter sobre todo, por parte de los «analistas estrella» que por allí se mueven, que solamente escriben para parecer más listos y que dejan al lector tan ignorante como cuando empezó, lo de hablar de dos o tres planos de la película en cuestión, de una idea visual como una sombra que corta una cabeza y que da la idea de decapitación, o de un reflejo o un espejo roto que quiere decir otra cosa, y luego se infiere, como por arte de magia, que tal filme es una obra maestra o un filme importantísimo y genial porque inventó determinado movimiento de cámara… Todo eso no sirve para nada y ni mucho menos para considerar un filme una obra maestra. Si de verdad tales «cronistas» de la semántica quisieran tomar en serio a sus lectores (me refiero por supuesto a Bracero y a todos, la legión, que son como él) deberían hacer algo más que escribir en una red social. Porque valorar un plano y de ahí extraer cosas mayores es como coger una novela y valorar su totalidad por una frase o un párrafo realmente brillantes, o valorar la genialidad de una catedral comentando solamente una de sus gárgolas. Un sinsentido total.

Realmente las obras maestras de la narrativa (fílmica, literaria, de la televisión…) son catedrales, y para «certificar» una como obra maestra hay que hablar de mucho más que de una parte mínima de ellas, por suerte o por desgracia. ¿Pero cuáles serían los rasgos de una Obra Maestra del Cine, por ejemplo?

–Ateniéndonos a la definición de arte de Tolstoi, el arte ha de ser humano, es decir no es un conjunto de códigos visuales o conceptuales, sino que es un juicio sobre la naturaleza humana. No existe obra de arte, ni obra maestra, que no sea una crítica feroz y sin límites al carácter del ser dominante del planeta Tierra.

–Ateniéndonos ahora a la definición de Wilde del arte más elevado, no ha de percibirse ni la menor nota falsa en sus partes. Esto es, no ha de percibirse su tramoya, su trampantojo, sino que ha de experimentarse como un suceso real, como una segunda realidad, levantada con bulto y consistencia delante de los ojos del espectador.

Ambos serían los dos rasgos a alcanzar por toda obra maestra, pero para ello hacen falta unos cuantos más:

–Los personajes han de estar vivos, no pueden ser clichés, sino poseer una encarnadura que, para que no se note el trampantojo, ha de rivalizar con la de una persona real. Para lograrlo deben ayudarle el resto de elementos y herramientas del filme.

–El montaje, la fotografía, el sonido, todo lo demás que conforma una película, por centrarnos en el cine, debe ir acorde a una dirección (la del director, valga la redundancia), formar un todo casi indivisible, en el que no se debe perseguir la belleza fotografía en sí misma, por ejemplo, o la perfección del sonido, sino que esos elementos también sean actores, por así decirlo, también sean partícipes de la visión del director y se erijan en elementos narrativo-conceptuales del filme.

–El argumento no es tan importante (aunque por supuesto todo es importante) como el tono y el punto de vista del director o creador, que ha de emitir un juicio poético, es decir ha de crear un estilo con su mirada, a la que se le exige la misma expresividad y pertinencia que a la pintura, la escultura, la arquitectura o cualquier otra de las bellas artes.

–Y aquí llega uno de los elementos clave: el artista no puede repetir lo que han hecho otros, lo que significa que ha de innovar, ser original en su puesta en escena. Y eso no significa descubrir «trucos narrativos», algo que está muy de moda señalar en Twitter, sino que es algo mucho más complicado que eso: consiste nada más y nada menos que en crear un sistema narrativo propio.

–Porque cada obra, cada película o novela, es un juego con sus propias reglas, y han de ser únicas para ese juego, y no han de romperse nunca. Por eso no puede ponerse por encima una pieza dramática de una aventurera o cómica. Cada una de ellas tiene sus propias reglas, y es necesario valorar si las cumple hasta el final o si se hace (como muchas supuestas grandes obras) trampas al solitario.

Y claro, para valorar todo esto hace falta mucho más que una frase en una red social, o que un comentario acerca de un plano o una secuencia. Una obra maestra es esférica: todas sus partes tienen que ver unas con otras, y ni una sola de ellas puede poseer una disonancia o alteración expresiva. Nada debe fallar en su estrategia poético-narrativo. Es un todo del que hay que analizar el todo en la suma de sus partes. ¿Y qué se valora por lo general? Lo atractivo del argumento, el acabamiento técnico, el originalismo como signo inequívoco de genialidad o por lo menos de diferencia respecto a la masa de creadores. En realidad, incluso los más puristas, no se adentran en la catedral, simplemente la miran de lejos o como mucho estudian su planta, pero nada más. Hace falta introducirse de verdad, y comprobar la fortaleza de los arbotantes y los contrafuertes, la verdadera altura de los chapiteles, la creatividad estructural y decorativa del transepto y en definitiva la relación y la armonía de todas sus partes. Y empiezo a pensar que existen no demasiadas personas interesadas en hacer todo eso.

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PODCAST

Viajeros de la noche – Capítulo decimotercero: Las secuelas de Star Wars… y todo lo demás

¿Lo hemos conseguido? Sí, yo creo que lo hemos conseguido, y sin matarnos en el intento, porque hay que dejar claro que yo no soy tan fan ni tan enamorado de estas películas ni de este universo como lo son Juanjo y Carlos. A mí solamente me gustan las buenas películas… y resulta que en Star Wars hay más de una, y por eso, y porque sé lo mucho que han disfrutado en el proceso mis dos amigos, pues ha merecido sobradamente la pena,

Concluimos aquí diez horas de especial dividido en tres programas (trilogía original, precuelas, secuelas), y en esta ocasión no solamente hablando de las tres películas que cierran la saga oficial, sino de otros filmes, series, cómics, libros, videojuegos. Nos ha dado tiempo a todo, no sé cómo, pero casi no nos ha faltado de nada. Si el lector quiere averiguar todo lo que hemos comentado que le de al play a cualquier de los dos links de más abajo (…o que vaya al listado que hemos preparado aquí…), porque creo que nos ha quedado muy entretenido. Casi tres horas con las que puedes amenizar ese viaje a la playa que estabas deseando hacer pero cuyo trayecto en carretera se te hace muy largo, o para que tus horas finales de curro se pasen más amenas, por ejemplo.

Y además completamente gratis, y si das al play y de paso nos comentas y compartes en redes, nos ayudas muchísimo a seguir creciendo, de modo que no tienes ninguna excusa:

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