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En defensa del soporte físico

Puede que con los años uno se vuelva un rancio… o puede que no. Hay cosas que creo que no te hacen más antiguo o añejo, sino quizá más consecuente con lo que piensas.

En las últimas décadas, con la proliferación y asentamiento de las plataformas digitales, con la cada vez mayor oferta de soporte on-line, de películas y series en streaming, que se suman a los libros digitales como una realidad a la que acostumbrarse, creo que es necesario sumarse a los que proclaman una defensa de lo físico como pervivencia de cierto estilo a la hora de enfrentarse a esta droga dura que es el Cine, la Televisión, la Literatura, la Música y otras artes narrativas, abstractas o figurativas. Y esto no por una única razón, sino por múltiples.

Cuando somos unos chavales y experimentamos una conexión intensa con una obra narrativa, sentimos casi que esa obra es nuestra y de nadie más. Me parece un sentimiento positivo, por muy infantil que pueda ser. Es un buen comienzo para ser un día un buen lector, un buen cinéfilo, un buen melómano, o todo a la vez. Sentir las obras como si estuvieran vivas, establecer una dialéctica íntima con ellas. Llega el momento en que nos gastamos las primeras monedas o los primeros billetes en adquirir un disco, una película o un libro. Ahora es tuyo. Sabes, intuyes, que otros muchos tienen el mismo objeto, pero esa verdad te resbala. Ese es el único, lo has impregnado de tí mismo. Es un objeto que va a acompañarte durante años y que probablemente sea más fiel y de te más que algunas novias y algunos amigos. Y con el paso del tiempo vas adquiriendo otros: libros, dvd’s, blu-rays, discos de música… Te gastas el poco dinero que tienes, te lo quitas de otras cosas, porque deseas tener algunas obras con tanta fuerza que es irresistible para ti. Tenerlo, poseerlo como si fuera una amante…

Así, sin darte cuenta, vas acumulando bastante material. Yo no sabía lo que tenía en casa hasta que no me puse a hacer un inventario. Y desde entonces me hecho con tres o cuatro veces más. No es afán coleccionista, ni mucho menos. No es algo tan vulgar como eso. Es mero deseo de tener obras maestras, obras geniales, obras únicas, inclasificables, obras que necesitas ver a menudo, obras importantes u olvidadas, obras que te hacen creer que la vida vale la pena cuando todo está oscuro, tener todo eso cerca de ti. No esperar a que la plataforma de turno, por mucho que sea tu predilecta, decida colgarla en streaming. No esperar a que algún día la pongan en televisión o la reestrenen en la filmoteca. Llega un punto en que no esperas a ver qué echan en la tele. Eres tú el que te pones la serie o la película que deseas en ese momento poner, que necesitas poner. Las programaciones y las modas valen para otros, pero no para ti, que desde que tienes ocho o nueve años te haces con casetes, con discos en vinilo, con revistas, con cómics, y luego con libros, con películas, con series… Para que sean tuyas.

Desde luego las plataformas de streaming se agradecen de cuando en cuando, porque cada vez es más complicado encontrar según qué cosas en formato físico, y deseas suplir alguna carencia, ver ese título que no pudiste en su momento, leer ese libro que no hay dios que encuentre por ninguna parte, o cosas por el estilo. Pero ninguna de ellas va a sustituir la energía incansable de todo buen cinéfilo, de todo buen lector o melómano. Además, una casa es mucho más bonita, más interesante, cuando el dueño exhibe (porque no se puede encontrar una palabra mejor para expresarlo) su material. Es como mostrar una parte de sí mismo, de su aprendizaje, de su bagaje intelectual. Ni uno de nosotros somos millonarios (y los que lo son no escriben artículos como este ni los leen) y no podemos tener todo lo que nos gustaría, pero tenemos algunas joyas en nuestras bibliotecas, en nuestros cajones secretos. Joyas con las que esperamos resistir hasta el final, cuando ya todo parezca perdido… Qué tristes esas casas sin un solo libro, sin una sola película o disco musical… salvo quizá alguno que encontraron en alguna parte y que desde luego no tiene nada que ver con los moradores de la casa.

Y qué agradable es el tacto de un blu-ray recién comprado, qué maravilla colocarlo en la bandeja para verlo por primera vez, aunque sea de segunda mano… ya es tuyo para siempre. Qué maravilla el olor de un libro nuevo, de un cómic que nunca ha sido abierto. Qué bien suena cuando lo colocas en la estantería, casi como un ser vivo al que mandas a dormir hasta que le toque madrugar de nuevo. Y qué frío verlo todo en el puto móvil, leerse libros maravillosos en el puto móvil, constreñir películas o series extraordinarias en el puto móvil. Eso solamente vale (yo también lo hago) cuando no tienes tiempo para nada más durante algunas semanas imposibles, y necesitas tu dosis diaria de ver algo que te haga sentir que hay algunas cosas por las que merece la pena vivir y seguir luchando. Pero en cuanto tienes un poco de tiempo te lo pones en el televisor más grande que encuentras, o reúnes unos euros para ir al cine, o buscas un rincón en el que poder disfrutarlo como se merece. Porque para eso vamos a trabajar todos los días, y para eso hacemos que pasen las horas.

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