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La formidable The Boys y el chiste que es EEUU

Las cosas no suceden por un azar, ya lo comentaba yo en un artículo previo y es algo de lo que hemos hablado unas cuantas veces en Viajeros de la Noche: los creadores participan del mundo que les rodea, y aunque sea de manera inconsciente responden y reaccionan ante él con sus ficciones. Que una serie como The Boys, por más que esté basada en el cómic de Garth Ennis, haya aparecido en 2019, con los últimos coletazos de la administración Trump, no es ninguna casualidad, y es que al final las obras narrativas importantes suceden porque no puede ser de otra manera que así sea.

Menos aún en plena época de efervescencia creativa de las ficciones seriada, que desde hace un cuarto de siglo no ha dejado de crecer, por mucho que algunos llevan un tiempo certificando su defunción y repitiendo a los cuatro vientos, con presencia de ánimo admirable pero estéril, que ya estamos en una decadencia irreversible. La verdad es que «la burbuja de las series», como se ha venido a llamar a mi juicio acertadamente, no tardará mucho en romperse, pero eso no significa que se acabe la genialidad narrativa que estamos encontrando el algunos títulos, sino que afortunadamente se producirán menos series y será un poco más fácil navegar en esta profusión imparable de ficciones seriadas, y quién sabe si tener la oportunidad de rescatar algunos títulos que quedaron injustamente en el olvido. No es el caso de The Boys, por cierto, que ya es serie famosa y que está marcando, junto con un puñado de creaciones, este comienzo de la tercera década del siglo. Era imposible que una ficción como esta no tuviera lugar en los convulsos y desquiciados tiempos en los que vivimos. De hecho es resultado directo de todo ello.

The Boys recoge el testigo de Watchmen en la idea de un mundo con superhéroes no tan heroicos como pudieran parecer y que resultan muy difíciles de dominar y de controlar por el pueblo e incluso los gobernantes, y lo hace con un descaro, un arrojo y un cinismo que es verlo para creerlo. Adaptación de un prestigioso cómic que trajo verdaderos quebraderos de cabeza a sus editores por el salvajismo de su contenido, el showrunner Eric Kripke (que no había destacado hasta ahora en la creación de series, debo decir) ha obtenido libertad total por parte de Amazon para construir un relato que convierte al famoso título de Alan Moore en un cuento para niños. Puede que en un primer vistazo The Boys pueda parecer frívola, ligera y juvenil, pero en cuanto comienzas a rascar en ella te das cuenta de lo tenebrosa que es. Es una serie que podría haber firmado fácilmente Paul Verhoeven, y no me cabe duda de que sus responsables se han visto algunos filmes del maestro neerlandés, porque viéndola te encuentras con sensaciones similares a las de esa gran farsa trágica que fue la magistral Robocop o la aparentemente descerebrada Starship Troopers

Que cuente la historia de una panda de patéticos perdedores que tratan de derribar la tiranía encubierta de los superhéroes, principalmente eliminando al casi todopoderoso Homelander, vengándose de paso de algunas tragedias personales que los cabrones con poderes han causado en sus vidas, es casi lo de menos. Al final lo que se obtiene es un despiadado retrato de la USA de hoy en día, principalmente de la trastornada era Trump, y es que no hay figura, icono o institución que The Boys no ponga en solfa, ridiculice y finalmente destruya sin compasión: la hipocresía de las grandes estrellas de Hollywood, la mojigata moral estaounidense, la religión, los medios de comunicación, la industria del Cine y la televisión, la industria musical de paso, las drogas, las armas, los políticos, el FBI, la CIA… Cuando los narradores estadounidenses quieren y pueden, son despiadados con el chiste en el que su país se ha convertido hace ya demasiadas décadas, de un modo que por ejemplo en España parece vetado.

The Boys no solamente es una serie sagaz y muy inteligentemente escrita, sino que cuenta con la formidable interpretación de Antony Starr como el narcisista, psicópata, niño grande de Homelander, en la que es una de las grandes creaciones televisivas de todos los tiempos. Su composición mezcla patetismo, luctuosidad, con una fascinación por el mal que en ningún momento resulta maniquea y que evita cualquier camino fácil o trillado para llegar a donde quiere. Ya veremos si sucesivas temporadas (van tres, creo que es una serie que podría funcionar muy bien con cinco como máximo) mantienen el nivel, pero lo hagan o no ahí queda este Homelander de Starr para demostrar por enésima vez que un actor que hasta ahora no había brillado en absoluto por mucho que lo intentara con todas sus fuerzas, de pronto encuentra el papel de su vida, sabe aportar a ese carácter algo de sí mismo y consigue la alquimia. Homelander es el superhéroe psicópata que este mundo narcisista se merece, y no me cabe duda que, de existir, le aclamarían de la misma manera que en la serie.

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