ARTÍCULOS, CINE

Directores enamorados de sí mismos

Otro día debería hablar de novelistas, que hay unos cuantos (aunque pocos tan enamorados de sí mismos como Arturo Pérez-Reverte), pero hoy hablaré de los directores.

Lo cierto es que mucha gente no sabe lo que hace un director. Más o menos tienen claro que en un rodaje es el que manda, que es el que dice «¡acción!» y «¡corten!», y que es el que siempre está enfadado de un lado para otro dando órdenes y haciéndose el importante. Tampoco es objeto de este artículo contar a los profanos qué diablos hace un director de Cine o cuál es su función (creo que alguna vez he escrito sobre algo de eso, por cierto), algo que pueden averiguar viendo no pocos documentales o leyendo no pocos libros. Hoy voy a hablar de algo de lo que nadie escribe en ninguna parte, que yo sepa. Hoy voy a hablar de algo que al mismo tiempo me hace mucha gracia y me causa cierta vergüenza ajena. Hoy voy a hablar de esos divos que creen que cada vez que dicen «¡acción!» y «¡corten!» se creen, y quieren hacer creer, que son algo así como la reencarnación de Miguel Ángel Buonarroti o de Gian Lorenzo Bernini… cineastas que se aman a sí mismos más allá de toda medida, que se miran al espejo y se dicen: «¡Eh, tú! ¡pero qué bueno eres, joder!». Que si pudieran verían solamente sus propias películas desnudos y haciéndose una… Bueno, creo que el lector empieza a hacerse una idea de lo que hablo.

De alguno que otro he hablado ya, pero hoy quiero referirme especialmente a cuatro de los que, de cuando en cuando, algunos hablan casi como si cada cosa que hicieran fuera un culto sagrado: los españoles Albert Serra y Julio Medem, el estadounidense Darren Aronofsky y el italiano Paolo Sorrentino. Estos cuatro directores, que casi parecen primos-hermanos en sus poses y hasta en el estilo (si estilo se le puede llamar) de sus películas, son el epítome de esa clase de cineasta que parece ensimismado de sí mismo, al que no le es tan importante contar la verdad de sus personajes, o incluso contar la verdad de su propia mirada o de su propio mundo, como destacar. Demostrar en cada película, en cada secuencia, en cada plano, lo genios que son. Que el mundo entero les adore (y por mundo entero nos referimos a los cinéfilos y los puristas menos exigentes), eso es lo que quieren como un Homelander cualquiera. Les importa una mierda el Cine, el Arte, el espectador, sus actores, incluso sus películas. Ellos se importan a sí mismos, la farándula, el famoseo, el ser eso que se llama unos enfant terrible, que en las redes les pongan a parir, que en los medios les saquen fotos así como muy molonas y muy cool, y que cada vez que abren la boca suba el pan.

Y no tengo nada en contra del ego. El ego es necesario tanto si quieres crear como si quieres ser un crítico medianamente interesante. Crees que lo que haces vale la pena, o crees que lo que dices está cargado de razón. En caso contrario ni lo harías ni lo dirías. El mundo es lo bastante jodido como para encima andarte tú con muchos remilgos. Recuerdo perfectamente a Paul Thomas Anderson diciendo en los contenidos adicionales que el guion de la magnífica Magnolia era uno de los cuatro o cinco mejores de la historia. Eso es ser un creído, pero para Anderson sus personajes, sus ficciones, son más importantes que él mismo. Ha tardado dos décadas en encontrar su propia voz, y eso no sucedió hasta su excepcional obra maestra The Master, un filme que pocos recuerdan hoy día. Ya lo decía Luis Buñuel: sin lucha no hay conquista. ¿Qué clase de lucha llevan a cabo estos directorcitos que «saben» perfectamente que su nueva película es una genialidad? Directores que jamás evolucionan, que nunca crecen, que jamás presionan sobre sus límites porque saben que cada filme suyo es la cima. Albert Serra ha repetido tanto que él es único y fantástico. Ya no es el personaje que él ha creado para llamar la atención. Él es ya ese personaje desde que se levanta de la cama. Julio Medem poco más o menos. Sorrentino se cree que poniendo una cámara y embelleciendo la luz ya tiene una película y a Aronofsky tanto le da hacer una superproducción comercial que un filme «indie», que él sabe también que es único y que cuanto más arrogante sea su cine de más festivales le llamarán y puede que acabe ganando algún premio de una vez.

Eso es como Umbral, que hasta que no ganó el Premio Nacional de las Letras Españolas no se quedó a gusto y dijo que ahora sí que era un premio con solera, o como tantos otros engendros, de este país o de cualquier otro, que se pasan décadas llamando la atención con poses, con frases grandilocuentes, con películas o novelas muy cuestionables. El ego está muy bien, pero hay que sostenerlo. Paul Thomas Anderson tiene un ego gigantesco, pero ha dirigido The Master (y otras…), James Cameron se creerá el rey del mundo y lo que tú quieras, pero ha hecho The Terminator, Aliens, The Abyss, Terminator 2 y Titanic, por ejemplo. Francis Ford Coppola tiene un ego del tamaño de Marte y Júpiter juntos, pero ha hecho la trilogía The Godfather y Apocalypse Now. ¿Qué ha hecho Serra? Liberté. ¿Qué ha hecho Medem? Caótica Ana. ¿Qué ha hecho Aronofsky? Black Swann. ¿Qué ha hecho Sorrentino? La grande belleza.

Pues eso. ¿Hace falta decir más?

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