ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

Declaración de intenciones

Ya sé que soy un rancio, cada día lo tengo más claro. Soy tan rancio que soy capaz de repetir hasta la náusea que ahora mismo no se escribe Literatura, en casi ningún lugar del mundo, salvo escasas excepciones que siguen intentando practicarla, o mantenerla viva. Tan rancio que sigo pensando en cuestiones de Cine igual que pensaba hace cuatro o cinco años (aunque muy diferente de hace diez o quince), y en cuestiones de videojuegos estoy cada día más convencido de que va a ser muy difícil que una artesanía que crea dioramas en tres dimensiones pueda ser un arte, o siquiera narrativa, o incluso una ficción.

Soy un grandísimo rancio, pero las cosas que pienso las pienso por un buen motivo y no por casualidad, y tampoco quiero tener razón. Quiero tener mis razones, y me gusta dar mis argumentos siempre que puedo (y pocas veces se puede), sobre todo cuando encuentro que los demás no me las dan o no me las quieren dar o no las tienen. Pero llega un momento en tu vida creativa en que da lo mismo lo que piensen de ti siempre que tú pienses de ti mismo que lo que sostienes, lo que defiendes y lo que escribes en ensayos, en artículos, en tu blog, y en donde sea, lo dices por algo y para algo. Por eso lo repito y lo voy a volver a repetir aquí.

En cuestiones de arte o llegas o no llegas. No vale llegar a medias. No vale ser un buen pintor, o un buen músico. Hace falta algo más. Me jode, la verdad, porque yo no sé (quizá nunca sepa) si tengo algo más, pero sí sé que ese algo más es la fina y complicada línea que separa lo correcto, lo artesanal, lo eficaz incluso, de lo magnífico y lo formidable. Y digo fina línea cuando en realidad son varias galaxias lo que separan una cosa de la otra, y el inopinado músico o pintor o poeta que lea estas líneas mías estoy convencido de que estará de acuerdo conmigo. Tengo tan clara esa línea que particularmente encuentro lamentable cuando tanta gente inteligente o preparada defiende, alaba e incluso glorifica títulos, u obras, o aspirantes cuyo trabajo no pasa del meramente solvente. Y en algunos casos no llega ni al nivel de interesante. O llegas o no llegas. Es una mierda, pero es así.

Y hay algo incluso más jodido: cuando te enamoras de esas obras que llegan, todo lo demás te parece insípido, glacial. Si la construcción narrativa, o la visión del artista, traspasa ese umbral, entonces sí: te pones de rodillas, te callas la boca y aceptas lo que hay, aunque esa persona, ese artista, te caiga fatal. Pero si no traspasa ese umbral te parece una soberana memez que salga todo el mundo a celebrar esa absurda victoria que nada aporta al arte. Y digo que es jodido porque a veces te impide disfrutar de cosas disfrutables (valga por una vez la redundancia), hasta que te reseteas por dentro y te obligas a darte cuenta de que no todo puede ser genial…

…pero algunas cosas lo son. Otras no, por mucho que digan bobadas sonrojantes sobre ellas, pero algunas sí. Y escuchar y leer a gente sobre Cine o Literatura o Música, anteponiendo a figuras normalitas o mediocres, frente a gigantes, da puta vergüenza ajena. Cada uno debería tener un panteón, y defenderlo como buenamente se pueda, o bien tenerlo tan bien configurado, que no haya que defenderlo, porque se defiende solo, aunque siempre habrá que salir a la palestra a insistir con él.

En Cine, la cosa la tengo tan clara que podría canturrear la docena del fraile. Nacidos en EEUU no hay nadie que haga sombra a estos:

Orson Welles
Francis Ford Coppola
Terrence Malick
David Lynch
Martin Scorsese

Y Europa tiene sus propios gigantes:

Luis Buñuel
Ingmar Bergman
Robert Bresson
Michelangelo Antonioni
Andrei Tarkovski
Lars Von Trier
Theo Angelopoulos
Béla Tarr
Carl Theodor Dreyer

En Asia tienen unos cuantos también:

Akira Kurosawa
Kenji Mizoguchi
Yasujirō Ozu
Hayao Miyazaki
Mikio Naruse
Wong Kar-Wai
Zhang Yimou

Y hay muchos estupendos, realmente buenos, que han conseguido hacer algo más que filmes correctos, bien hechos o eficaces. Puede que cientos. Pero compararlos con estos gigantes me parece un insulto a la inteligencia. Y lo mismo pasa en Literatura.

Por ingenio e intelecto, por vastedad conceptual, por la influencia abrumadora en todo el mundo, existe un único Dios que es Cervantes. Todos los demás, salvo escasísimas excepciones, están tan por debajo de él que resulta hasta doloroso tener que explicarlo. Solamente Dante, en poesía narrativa, y Quevedo, en lírica, pueden acompañarle en los últimos cuatrocientos años, que se dice pronto. Cervantes inventó la Literatura tal y como la conocemos. Claro, antes también la había, y no solamente en Dante, también en los romanos, y en los griegos. Pero después de él, me he leído a decenas y decenas de escritores supuestamente geniales. Y no veo tal genialidad salvo en títulos aislados: Moby Dick, La montaña mágica, La muerte de Virgilio, las novelas de Faulkner de su década prodigiosa (1929-1939), Pedro Páramo, La saga/fuga de JB, Meridiano de sangre, Guerra & Paz, Los hermanos Karamazov, Ulysses… Haberlas las hay, esas y algunas más, pero todas esas construcciones a la sombra del gran árbol de la sabiduría, del libro de libros, que es El Quijote. Ninguna literatura, en todo el mundo, posee algo de esta enormidad.

El Quijote es el libro de los libros. En él Cervantes inventa el relato moderno, incluye poesía y teatro moderno, recoge y reinventa las novelas de caballerías, la bizantina, la morisca, la italiana, la picaresca, la novela polifónica, la novela epistolar, la biográfica, la fantástica… el ensayo… la crítica literaria. Y no es la única obra maestra de Cervantes. El Persiles es una genialidad que se lee como si se hubiera escrito ayer. La Galatea es una maravilla de principio a fin. Sus Novelas Ejemplares, sus Entremeses, su Viaje del Parnaso… son todos trabajos extraordinarios, sublimes. Este tipo, que tuvo una vida durísima, es el Mozart, el Miguel Ángel de la Literatura mundial, y la gente ni lo lee…

Y luego se supone que gente como Molière, Shakespeare, Stendhal, Dickens, Austen, Borges, Hemingway, Proust, Beckett, Flaubert, Woolf, Cortázar, Hugo, y muchos otros, algunos quizá con obras magníficas, pueden competir con él. Todos ellos no tienen ni una milésima parte del ingenio arrollador del escritor más inteligente y cabrón de todos los tiempos. Ninguno de ellos ha parido una obra de la centésima parte de importancia que El Quijote, pero les nombran como sus pares. Todos ellos, y todos los demás, juegan al juego que inventó Cervantes. Punto final.

¿Y en series? Está clarísimo cuáles son las catedrales y las genialidades:

Twin Peaks
The Sopranos
The Wire
Deadwood
House M.D.
The Walking Dead
True Detective

Y podríamos (deberíamos) añadir otras como Vikings, Sons of Anarchy o Dekalog. Nombrar a cosas como Gámbito de dama, o Antidisturbios, como obras sobresalientes o series el año, o de las mejores que se han hecho, es otro insulto a la inteligencia.

Esto no es cuestión de gustos. Es cuestión de llegar o no llegar. Y esta es mi declaración de intenciones para todo lo que escriba, sea ensayo o ficción.

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13 comentarios en “Declaración de intenciones

  1. Recuerdo que hace unos años te leí un artículo donde decías que el «torneo» para elegir la mejor serie de televisión que estaba haciendo el periódico El país te parecía absurdo y carente de toda credibilidad. La final fue The Simpsons contra Game of thrones y ganó The Simpsons, según creo. Y si piensas «¿cómo una serie en decadencia durante dos tercios de la misma va a ser la mejor?», bueno, ¿está toda True detective entre lo mejor o solo un tercio de la misma? Y van a hacer otra temporada…

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  2. Pingback: En busca del arte perdido | Adrián Massanet

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