ARTÍCULOS, CINE

Steven Spielberg no tiene nada que hacer con James Cameron

En una conversación medianamente civilizada y sensata, la cosa estaría clara en diez segundos: Steven Spielberg nunca ha hecho nada tan original y exquisito como ‘The Terminator’, ni tan grandioso y verdadero como ‘Titanic’. Fin de la conversación. No hay más preguntas, señoría.

Pero supongo que si quiero publicar un texto en mi página, tengo que ofrecer algo más a quien se haya puesto a leerlo. Porque se compara bastante a ambos autores y se establece, casi por unanimidad, que Spielberg es, digamos, el más grande director de cierto tipo de cine y que Cameron, en teoría, le va muy a la zaga, tanto en número de títulos como en importancia y aclamación popular. Pero me parece que las cosas no son tan fáciles ni se pueden pintar de ese modo, si se tiene en cuenta que el número de títulos no establece ninguna superioridad en ningún caso, y que Cameron, aunque comparte con Spielberg ese «estigma» de director comercial, mundialmente famoso, multi-premiado y por tanto cuestionado y atacado hasta la médula por esos puristas defensores del auténtico cine, sea eso lo que se quiera que sea, es un tipo que se toma mucho más en serio su trabajo y su labor de cineasta que Steven Spielberg, mal que le pese a su legión de incondicionales, que considera cada obra suya casi la perfección hecha película, en línea con otros autores como Clint Eastwood o Jean-Luc Godard.

Pero antes, para aligerar un poco el tono y prepararnos para el combate, un par de vídeos recopilatorios de las imágenes de ambos cineastas:

Spielberg, Cameron. Cameron, Spielberg. Ambos representan, cada uno a su estilo, ese tipo de cine despreciado por los que exigen un cine más «artístico», si esa es la palabra que se puede usar aquí. Son, junto con Lucas, Jackson, Nolan y alguno más, la clase de directores que un «cinéfilo de pata negra» jamás elegiría. Porque el cine de masas, o como se le quiera llamar, está reñido con el cine poético… en teoría. Que mucha gente vaya a ver una película es sinónimo de que esa película es de mala calidad, hecha para chavales, cuando no para niños, con escasa o nula exigencia autoral.

Casi siempre, claro.

Pero hay ocasiones en que esa novela que se ha leído todo el mundo, o esa película que todo el mundo ha ido ver… que ese director que archi-famoso y rico y multi-premiado, es un gigante de lo suyo, por profundidad conceptual, por grandiosidad compositiva, por dificultad estructural y material. Por todo. Y en este caso no estamos hablando de Spielberg, precisamente, sino del otro, el segundo al que me estoy refiriendo en este texto. Spielberg ha hecho todo lo que ha estado en su mano para ser, de los dos, o de los cinco, o de los que sean, el verdadero genio, el gigante, intentando dejar su huella en prácticamente todos los géneros o marcos temáticos, tratando de compaginar comercialidad con exigencia artística. Y en un par de ocasiones casi lo ha conseguido. Pero por desgracia ha fiscalizado gran parte de su carrera con proyectos muy discutibles, incluida la temerariamente encumbrada ‘Schindler’s List’, que para muchos es la cumbre de su carrera y de su talento, y que para otros, entre los que me hallo, la constatación de que si la gente viera más cine tendría a Spielberg en menor estima.

La diferencia fundamental entre estos dos famosísimos directores es que cuanto más cine menos se aprecia a Spielberg y más se aprecia a Cameron, porque con Spielberg se descubre que filmes como ‘Schindler’s List’ deben muchísimo a otros como ‘Alemania, año cero’, de Rossellini, y otros se parecen demasiado a Ford, Walsh o Capra, pero sin construir un estilo propio, o sin trascender esas enormes deudas y fundirlas en una mirada única. Pero al cine de Cameron hay que ir aprendido, porque bajo su capa de cine sencillo o transparente, se erige una mirada del mundo mucho más incisiva, personal y vasta que la de su colega. Incluso si analizamos las imágenes de uno y de otro, sin entrar a valorar sus argumentos, sirviéndonos de los vídeos de más arriba propiedad de canal ‘The Beauty Of’, ya percibimos que la belleza de las imágenes de Spielberg, que existe y es latente en muchos de sus filmes, es pura cáscara, puro ornamento que coquetea peligrosamente con lo epatante, con lo escasamente narrativo, mientras que las de Cameron exudan un cariz de fusión completa con aquello que muestran y narran, convirtiendo al qué y al cómo en la misma cosa.

Los dos filmes más laureados de uno y de otro sirven de ejemplo perfecto para definir sus estilos y su forma de entender el cine, lo poético y lo narrativo. Mientras Spielberg, cuyo estilo quizá sea inexistente si lo analizamos película a película, coge la historia de Oskar Schindler y del Holocausto y lo convierte en un melodrama con el que ensalzar su figura como realizador, un melodrama que desdibuja, por su misma naturaleza, aquello que está mostrando; Cameron, por su parte, dirige una historia para la que en gran medida parecía pre-destinado a llevar al cine, por su conocimiento de los océanos y su obsesión por el pecio más famoso de la historia. Pero Cameron «desaparece» en ‘Titanic’, sin perder las constantes de un estilo en constante evolución, y se entrega sin fisuras a una historia que no se concede dramatismos, sino que es una tragedia, la tragedia que debió haber sido en filme de Spielberg. Cameron supera a Spielberg, una vez más, en todo: en la representación de un suceso histórico terrible, cuyo protagonista no es el personaje femenino ni la pareja de enamorados, sino el pasaje, los mil quinientos hombres, mujeres y niños que allí perecieron, todo ello mostrado sin paños calientes, sin exageraciones y sobre todo sin ese preciosismo fotográfico que paradójicamente tanto ensucia la propuesta de Spielberg.

Un artista es tan grande como original consigue que sea su trabajo. No existe ningún autor capaz de copiar o emular a Cameron, y él no posee antecedentes nítidos. Spielberg, por contra, casi nunca ha conseguido, pese a su larga y prolífica carrera, alcanzar una originalidad en su estilo, en su mirada, en su voz como artista. Esta es la diferencia definitiva y crucial que acaba separando a ambos directores y colocando a cada cual en su sitio.

Ahora sí que no hay más preguntas, señoría.

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ARTÍCULOS, CRÍTICA, LITERATURA

El ninguneo sistemático a Cervantes, el más grande de los creadores literarios

Me encontré el otro día, rebuscando en una librería de Madrid a ver si encontraba algo bueno que echarme a la boca, con un volumen cuya contraportada me recordó ciertos demonios. Se trata de ‘El Persiles descodificado, o la Divina comedia de Cervantes’, un libro publicado por Hiperión en 2005 y escrito por Michael Nerlich. En él, se describe la odisea por la que tuvo que pasar la última novela escrita por Cervantes, que ha sido objeto de menosprecio y hasta de burlas («indigno de el autor del Quijote y propio de la senilidad») durante siglos. Me pregunto yo cómo es posible que sea propio de la senilidad un texto rematado (porque empezó a escribirlo bastante antes) justo después de la publicación de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo. Pero no es nada nuevo, porque en mi –por otra parte magnífica– edición del Persiles de Cátedra, el autor de la introducción, Carlos Romero Muñoz, no se cansa de aludir a los supuestos errores, imprecisiones o fallos del texto, como si fuera un peaje obligatorio que pagar para acceder a esta novela.

Ya lo he comentado más veces en esta página: en general, pareciera que tenemos que pedir perdón por existir como Literatura, y que nuestro mayor exponente como mucho puede presumir de haber escrito la muy influyente El Quijote (¡que para muchos también está llena de errores!), y que otras obras suyas están lejos de esa «excelencia» porque a fin de cuentas el pobre Cervantes bastante tuvo con lo suyo. Tal es el caso que casi nadie nombra a Cervantes entre los más grandes novelistas de la historia, aunque sí nombran El Quijote, habitualmente, como la más grande o la primera o entre las más importantes. Semejante despropósito me temo que no tiene pinta de extinguirse, y pasarán cien y doscientos años más y seguiremos igual. ¿Por qué sucede esto? No tiene explicación para mí, más allá de la Leyenda Negra española que todo lo pudre y todo lo distorsiona, y de la ceguera tanto de los lectores más mentalmente provectos y la crítica más acobardada del mundo. Así las cosas, se ha aceptado ya que el más grande escritor de todos los tiempos, incluso en prosa –¡aunque jamás escribió nada en prosa!–, a Shakespeare, y quizá algunos, incluido el archifamoso y recalcitrante Harold Bloom, pudieran aceptar, casi como de regalo, que Cervantes se acercó a esa grandeza con su Quijote y Dante con su ‘Divina Comedia’.

Pero tal desatino se cura de una forma muy fácil: leyendo. Leyendo primero, si se quiere, las tragedias, comedias y dramas históricos de Shakespeare, así como sus sonetos. Y luego leyendo las novelas, los relatos (pues eso son realmente sus ‘Novelas Ejemplares’), la poesía y las obras de teatro de Cervantes, todas ellas, desde sus tragedias, hasta las comedias y entremeses que han llegado hasta nuestros días. Y con eso debería bastar, si uno posee una mente lo bastante crítica, despierta y valiente, para dejar claro que las cosas son muy diferentes a como habitualmente se han querido contar. Que Shakespeare, siendo un dramaturgo con algunos aspectos interesantes, es un dramaturgo mediocre y un poeta aceptable sin más, y que sus treinta y tantos dramas, y sus ciento cincuenta y cuatro sonetos no pueden parangonarse, bajo ningún concepto, con la creación literaria del hombre que cambió para siempre la Literatura en occidente. Situar al lado del Quijote una tragedia brillante pero epidérmica, grandilocuente pero vacía, como Hamlet, debería estar penado por ley. Es como situar a un pigmeo al lado de un gigante. Shakespeare ni siquiera puede compararse con Lope de Vega, cuyas mayores obras le pasan por encima. De hecho jamás escribió algo tan genial como ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca, cuyos monólogos son mucho más bellos, están mucho mejor escritos, poseen una mayor envergadura literaria, conceptual y narrativa que los tan trillados y manoseados del príncipe de Dinamarca. Basta con tener ojos para ver.

A Cervantes le bastaría con sus relatos largos, o novelas cortas, como el diálogo entre Cipión y Berganza en ‘El coloquio de los perros’ para merecer un lugar de honor en la historia de la literatura, porque esos lugares no se alcanzan con palabrería o manipulaciones sociológicas, sino con ingenio, grandeza compositiva, influencia universal. Hasta cuando un autor quiere ser shakesperiano acaba siendo, mal que le pese, cervantino. Que se lo pregunten a Kurt Sutter por su ‘Sons of Anarchy’. Nos hemos tragado el cuento de que la literatura británica es la más grande de la historia y que su teatro es el más profundo, grandioso y memorable, y que sus autores son el faro de occidente. Y es una mentira como una catedral. A poco que rasque uno se da cuenta de que el 99% de la literatura occidental, tal y como la conocemos, la inventó Cervantes, no Shakespeare. Las reglas del juego, en teatro, novela y relato, las puso él y el resto le han seguido porque no tenían opción de hacer otra cosa. Es como en música con Mozart: una vez llegó él, todo quedó obsoleto, y las reglas cambiaron. Pero Mozart posee aclamación universal, y Cervantes «sólo» tiene su Quijote.

Y tal como ha pasado en Literatura ha ocurrido en Cine, porque los anglos tienen la lección bien aprendida, y saben que la propaganda cultural es la mayor de la armas de conquista. John Ford y Alfred Hitchcock son considerados los más grandes cineastas no de su país, sino de todos los tiempos, en todo el mundo. Algo enormemente cuestionable. Basta ver el grueso de su enorme producción –que fue posible únicamente por la enorme capacidad industrial de Hollywood–, y poner al lado a autores europeos como Bergman, Antonioni, Bresson, Buñuel o Tarvkoski, para descubrir no solamente las oquedades de un cine brillante y ampuloso, pero también falsario y superficial, sino la enorme mentira que representan sus ficciones, la extensión del «sueño americano», la propagación de la idea del Cine como máquina de sueños, en lugar de como una herramienta en la búsqueda del conocimiento y la verdad del hombre. Son epígonos perfectos de Shakespeare y representantes absolutos de la certeza de que en general los anglos no saben qué hacer con la ficción, se la toman demasiado en serio, cuando debería ser el juego definitivo, el espejo a partir del cual entender la realidad, no una mentira tan grande como nuestra realidad.

Eso es lo malo. Lo bueno es que las obras de Cervantes están ahí, son de dominio público, no hace falta ni siquiera gastarse diez o quince euros en una edición de sus novelas, o de sus relatos o de sus obras de teatro. Basta leerlas para comprender la inmensa suerte que tenemos de que el más grande escritor que jamás se puso a componer ficciones fue español, y que aunque seguirá esperando a que las cosas caigan por su propio peso, podemos acelerar ese advenimiento, y poner las cosas en su justo lugar de una vez y para siempre. Pero la gente no lee a Cervantes. Dicen leerlo y es mentira. La mayoría de los españoles creen, de hecho, que solamente escribió esa obra, y sin embargo pueden citar (aunque tampoco se las hayan leído…) los títulos de varias piezas de Shakespeare. Realmente lo han conseguido, los anglos. Me quito el sombrero porque han logrado situar a un dramaturgo sobrevalorado por encima del mayor genio universal de las letras. Bravo.

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Viajeros de la noche – Vigésimo capítulo: Barton Fink y el infierno del escritor

Tendría yo unos doce o trece años cuando vi ‘Barton Fink’, de los hermanos Coen, por primera vez. En efecto: por alguna razón en mi niñez vi unas cuantas películas que no me correspondían por mi edad. Pero sea como fuere, su visionado me impactó muchísimo. Nunca había visto un filme tan siniestro, tan metafísico o incluso feísta, La extraña epopeya de este dramaturgo que decide irse a Hollywood a escribir guiones de películas se me quedó grabada en la mente, y volví a verla algunas veces más con el paso de los años, siempre con la misma sensación de hallarme ante algo muy original a lo que, como es lógico, he ido extrayendo mayores profundidades conforme me hacía mayor y descubría de qué va esto del Cine.

Nos ha parecido, al equipo de Viajeros de la Noche, una excusa estupenda ponernos a hablar de ella, para ya de paso expandir la conversación a las múltiples aristas argumentales y filosóficas que se desprenden de ella, sobre todo en lo que tiene que ver con ese extraño acto que consiste en sentarse delante de una máquina de escribir o (más habitualmente) delante de la pantalla de un ordenador, para ponerte a dar teclazos, y no precisamente para hacer un informe en el trabajo, sino para escribir algo creativo. La cinta de los Coen da para eso y para mucho más, y tenemos la suerte de que además de mí, que trato de escribir mis ficciones lo mejor que puedo, también Carlos ha escrito novelas y otras ficciones, o sea que en la mesa somos dos los que podemos aportar nuestro punto de vista sobre este espinoso asunto, siempre con las certeras y a veces cabronas preguntas de JJ, que no se corta un pelo a la hora de indagar en todo ello.

Como resultado nos ha quedado un debate muy enriquecedor de poco más de dos horas y cuarto que estoy muy seguro de que nuestros oyentes habituales –y los nuevos que esperamos puedan llegar– apreciarán, tanto si quieren profundizar en lo que significan las imágenes de la cuarta realización de los Coen, como si quieren escuchar a los tres compañeros discutir sobre las peculiaridades de escribir y luchar por terminar una obra creativa. Creo que nos ha quedado un debate no solamente ameno e interesante, sino realmente valioso. No todos los días nos ponemos a hablar de cómo nos enfrentamos a la creación de nuestras novelas y relatos …y quién sabe, quizá algún día a Juanjo le de también por escribir alguna ficción.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El artista crea la vida, no la imita

En esta suerte de teoría sobre el Arte en general, y sobre la Narrativa en particular, que me estoy construyendo día a día en mi página (y en todo lo que escribo), subyace una idea o necesidad principal: contestar a la eterna pregunta de qué es el arte y para qué sirve, quimera a la que tantas mentes se han enfrentado a lo largo de la historia y a la que sólo unas pocas han encontrado cierto sentido en cada una de las épocas. Y aunque se encuentren algunas respuestas, siempre serán más poderosas e insondables las preguntas…

Sea como fuere, seguimos en ello. Yo, particularmente, tengo en más estima a unos pensadores que a otros, y así prefiero quedarme con Andrei Tarkovski, con Longino, con Cervantes o con Tolstoi (pues todos ellos, siquiera someramente a través de sus obras de ficción, dejaron por escrito sus ideas) antes que pensadores anglosajones (aunque algunos valiosos hay). Pero eso son afinidades electivas. Lo importante es aportar algo personal, algo que de verdad te distinga del marasmo de ideas y de conceptos que hoy en día puedes encontrar nada más entrar en una librería o de abrir las redes sociales y leer al personal.

Creo, sinceramente, que tanto la pintura, como la escultura, así como las artes más eminentemente narrativas, participan de un mismo concepto unificador: el de crear la vida, y a partir de ella dar una idea de verdad. Como mi especialidad son las artes narrativas, y más concretamente el Cine y la Literatura, sin olvidarnos de ese epígono del cinematógrafo que es la televisión, debo centrarme en ellas, pero las tres parten de la pintura y la escultura de manera inequívoca, a pesar de que podríamos decir que en la consideración de las bellas artes, el cine viaja un poco como polizón. Pero como durante siglos, empezando por los griegos, se han dicho tantas cosas sobre el Arte, y se siguen repitiendo ideas obsoletas como que el arte imita la vida, deberíamos poner ya una pequeña piedra que zanje algunos aspectos de una vez y para siempre.

Cuando Michelangelo Buonarrotti dio su último golpe de martillo y cincel a su obra maestra El Moisés, esa colosal escultura de mármol blanco que hoy día se puede ver en la Basílica de San Pedro Encadenado, en Roma, originalmente concebida para la tumba del papa Julio II, dicen que el artista gritó: «¡Habla!». Yo creo que por ahí van los tiros, y esos tiros son muy diferentes a los que promulgan todos esos que dicen que el arte imita la vida. También decían los aristotélicos que el Arte queda separado de la naturaleza por su misma esencia, como si algo creado por el hombre, que es parte de la naturaleza, pudiera estar separado de ella realmente… El Arte, en gran medida, existió como una prolongación del poder de los estados y para glorificar una idea religiosa o espiritual. Sin embargo, resulta paradójico que la misma actividad artística nos ponga en una situación muy cerca a dios o los dioses que puedan existir, pues el artista, en última instancia, se convierte en creador absoluto, en la entidad que insufla de vida, la obra que firma, como si fuera uno de sus hijos, y de paso poniéndose en igualdad de condiciones que las deidades que se quería glorificar.

El Arte, para ser tal, ha de crear la vida dentro de los márgenes de la ficción. Cuando Michelangelo creó el Moisés, o el David, se valió de las coartadas pictóricas de su tiempo para extraer la figura de un marco de ficción que bien podría ser un cuadro. En otras palabras: le dotan de existencia operatoria fuera de una obra pictórica sin dejar de emplear las mismas leyes. Y cuando sirviéndose de la tecnología actual, un cineasta pone en movimiento esa figura escultórica dentro de unos márgenes de ficción re-definidos, puede crear arte en el cine. Pero para ello, creo yo, no ha de perder de vista que para el espectador/receptor la «conditio sine qua non» es que resulte imposible ver, percibir, la mano del creador. En otras palabras: que aquello que ven o contemplan bajo ningún concepto albergue una nota falsa o algo que no sea verdadero dentro de su sistema narrativo. Si consigues tal cosa, has llevado a cabo una Obra de Arte, y sino (como tantísimas películas y novelas) sólo me has contado un hatajo de mentiras a lo mejor muy bien perpetradas.

Cuando miramos el Moisés nos parece increíble, casi imposible, que un ser humano lo haya creado valiéndose de unas herramientas técnicas, igual que cuando contemplamos Las meninas o vemos ‘Ran’, de Akira Kurosawa. Otros pueden quedarse con lo mucho o lo poco que les gusta la historia que les cuentan, o el trasfondo, o el contexto conceptual que le presentan. La labor del crítico no es valorar una historia, algo por otra parte bastante fútil (¿valoramos acaso las astracanadas religiosas que dan lugar a las imágenes de los santos?), sino la técnica, el estilo, del autor, y cómo ha sido posible, qué viento creativo le ha movido a hacer tal cosa, y para qué. Da igual Escultura, Pintura, Literatura o Cine (si es que el Cine es un Arte, que muchas veces lo dudo mucho). El máximo objetivo del artista es crear la vida con aquellas herramientas y dentro de la disciplina que le haya elegido. No la vida real, por cierto, no un remedo de lo que tenemos en nuestra realidad. Sino una vida según sus propias reglas. Si el Moisés se levantara y hablara no sería una persona como las demás, sino una de tres metros, hecha de mármol, según las leyes creadas para él por el escultor que le dio la vida.

Lo dice Tarkovski al final de su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’: con el arte se demuestra que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios… por lo menos del Dios que nosotros mismos hemos creado. El Arte es algo vivo que se ha creado sin que puedas descubrir sus mimbres, las cuerdas que mueven sus criaturas. Se enmascara a sí mismo, a la técnica, de tal forma que se separa de la artesanía. Y a eso pueden acceder algunos medios, y otros por desgracia. Pero el artista lo que quiere es crear la vida, una vida muy diferente a la que conoce, según las reglas que él impone. Otros lo que quieren es epatar al espectador/receptor o ganar dinero con cuentos de indios.

Estas son mis ideas más sinceras sobre el tema.

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ARTÍCULOS, CINE

Será como aquella canción de los años 80…

Venga, hoy voy a ejercer un poco de abogado del diablo, cosa que no suelo hacer casi nunca, haciendo un repaso a la por muchos tan romantizada década de los ochenta, que para un gran número de espectadores fue la época que les llevó al cine por primera vez, y a la que recuerdan con una gran nostalgia… que seguramente lo tiñe todo de colores engañosos.

Yo no soy un nostálgico, pero también crecí en esa época y tengo en el recuerdo un par de cientos de películas que vi antes de cumplir los diez años, y muchas de ellas en cine, por lo que quizá estoy muy autorizado a decir según qué cosas. Pero es indudable que los 80 no tienen nada que hacer con los esplendorosos 70, en los que el cine americano, no tanto el europeo (que lo había hecho dos décadas antes) alcanzó por fin la mayoría de edad. Los 80 significaron un retroceso notable, con la desaparición de los estudios y la infantilización de los temas y de los tonos de las películas venidas del otro lado del atlántico. Y pese a todo, hubo títulos míticos y obras maestras en el cine USA, en aquella época en la que sobre todo proliferaron los filmes de acción descerebrada de tipos cachas y los viajes en el tiempo.

La nómina de directores europeos que estaban en activo seguía siendo imponente: Ingmar Bergman, Michelangelo Antonioni, Robert Bresson, Andrei Tarkovski… Y mientras Europa quería hacer arte cinematográfico, EEUU quería hacer negocio. Y hubo toneladas de películas nefastas, algunas de ellas fascistoides, plenamente incrustadas en la «era Reagan». Pero por suerte para una cinematografía siempre viva, siempre dispuesta a grandes relatos y a grandes logros, hubo algunos títulos extraordinarios que voy a puntuar con estrellitas para darle un poco más de contexto al asunto (y siempre considerando que los 80 van de 1981 a 1990, no me sean…):

Blow Out, Brian De Palma, 1981 ✩✩✩✩
Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981 ✩✩✩✩
The Thing, John Carpenter, 1982 ✩✩✩✩✩
One from the Heart, Francis Ford Coppola, 1982 ✩✩✩✩
First Blood, Ted Kotcheff, 1982 ✩✩✩✩
The King of Comedy, Martin Scorsese, 1982 ✩✩✩✩
The Outsiders, Francis Ford Coppola, 1983 ✩✩✩✩
Rumble Fish, Francis Ford Coppola, 1983 ✩✩✩✩
Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984 ✩✩✩✩
The Cotton Club, Francis Ford Coppola, 1984 ✩✩✩✩
The Terminator, James Cameron, 1984 ✩✩✩✩✩
Body Double, Brian De Palma, 1984 ✩✩✩✩
After Hours, Martin Scorsese, 1985 ✩✩✩✩
Witness, Peter Weir, 1985 ✩✩✩✩
The Fly, David Cronenberg, 1986 ✩✩✩✩
Aliens, James Cameron, 1986 ✩✩✩✩✩
The Color of Money, Martin Scorsese, 1986 ✩✩✩✩
Blue Velvet, David Lynch, 1986 ✩✩✩✩
Near Dark, Kathryn Bigelow, 1987 ✩✩✩✩
Prince of Darkness, John Carpenter, 1987 ✩✩✩✩✩
Robocop, Paul Verhoven, 1987 ✩✩✩✩✩
Tucker, Francis Ford Coppola, 1988 ✩✩✩✩
They Live, John Carpenter, 1988 ✩✩✩✩✩
Die Hard, John McTiernan, 1988 ✩✩✩✩✩
Who Framed Roger Rabbit, Robert Zemeckis, 1988 ✩✩✩✩
Indiana Jones and the Last Crusade, Steven Spielberg, 1989 ✩✩✩✩
Back to the Future III, Robert Zemeckis, 1990 ✩✩✩✩
Wild at Heart, David Lynch, 1990 ✩✩✩✩
Goodfellas, Martin Scorsese, 1990 ✩✩✩✩✩
The Godfather, Part III, Francis Ford Coppola, 1990 ✩✩✩✩✩

Y yo creo que no me dejo ninguna. Fue una cosecha escasa para toda una década, sobre todo viniendo de la anterior, pero algunas cosas buenas sí que tuvo.

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ARTÍCULOS, CINE, MÚSICA

La música curativa

Y dirá el perspicaz lector de estas líneas: «¿este tío para qué pone una imagen arriba del todo de Die Hard, la obra maestra de John McTiernan de 1988 (de la que por cierto hicimos un estupendísimo programa especial en nuestro podcast, Viajeros de la Noche)?» Pues ahora lo voy a explicar, un poco de paciencia…

Y otros quizá digan: «ya está el Massanet con sus locuras de que si la Música puede hacer esto y la Literatura puede hacer aquello, cuando está meridianamente claro que el arte no sirve absolutamente para nada». Y yo diré: ¿seguro que no vale para nada? ¿nada más que para que pasarlo bien y soltar una lagrimilla o una carcajada o un grito de miedo de cuando en cuando? Pues os responderé: me parece que tenéis en muy poca estima a las novelas, a las composiciones musicales y a las películas.

Hoy, sin que sirva de precedente, porque en esta página no hablo de mí mismo, voy a hablar un poco de mí y de mi relación con un tema musical que pertenece a dos películas muy distintas, por una de esas ironías del destino. Se trata de este tema:

Claro, pertenece «oficialmente» a otra obra maestra, esta de James Cameron, titulada Aliens, de 1986. Pero también pertenece a Die Hard, a pesar de que Horner no aparece acreditado en los títulos de crédito del filme de aventuras protagonizado por Bruce Willis. Se oye al final de la cinta, en este momento maravilloso:

Las razones por las que un corte perteneciente a la música de un filme dos años anterior acaba en otra película muy distinta y con otro músico sólo las saben los productores. Lo cierto es que la primera parte de este corte –la más triunfal, la que se oye en Die Hard– fue descartada para Aliens. La segunda parte, a partir del minuto 1:23 aproximadamente, sí se oye en el filme de James Cameron, cuando terminada la pesadilla, Ripley y su ahora hija Newt se van a dormir el hiper-sueño de vuelta a casa. Es una zona del corte muy diferente al enérgico y vitalista comienzo, pues ahora entramos en un sonido apacible, de paz, casi de felicidad, de que todo está bien y podemos dormir. Hasta hace unos años yo no sabía que dos de mis películas favoritas, que se encuentran entre las que más veces he visto en mi vida, estaban conectadas de este extraño modo.

Descubrí todo esto, paradójicamente, en una etapa muy triste de mi vida, hace algunos años. A veces cuando todo viene de cara es muy difícil levantarse por la mañana, pero también es muy difícil dormir, sobre todo dormir sin pesadillas, sin ansiedad. Algunas noches tenía tanta ansiedad que en lugar de dormir me pasaba horas sentado en la cama, sin poder moverme, porque cualquier alteración podía causarme mucha más ansiedad. No podía moverme… pero sí podía escuchar música. Es lo bueno de los auriculares. Yo soy, además, uno de esos tipos que se pasa el día con la música en todas partes, y si no me la pongo en el trabajo es porque no me dejan, porque en caso contrario lo haría, y a todo volumen. Ahora bien, existe una dificultad: lo que te ayuda también te puede hacer daño. Otras etapas de mi vida tuve que dejar de escuchar música de manera radical porque me afectaba demasiado. Pero esa vez no quise hacerlo, por mucho que evocase ciertas cosas.

Y di con este corte de casualidad. Spotify, cuando has terminado con tu lista, te sigue entregando canciones afines a ella, de manera ininterrumpida. Una de esas noches de ansiedad infernal, en la que me encontraba entre el sueño y la vigilia, entró este tema. Y yo sabía a qué película pertenecía… pero había algo extraño en él. No era un tema sólo de Aliens, sino que recordaba haberlo escuchado en otra parte, en otro lugar importante de mi pasado, uno en el que yo me había encontrado bien, había sido casi feliz. Tardé casi toda la noche en dar con ello. Claro… ¡era el final de Die Hard! Como no es un corte al que yo hubiera prestado atención, solía pasarlo por alto cada vez que me caía en gracia. Pero esta vez no, porque en tan solo ochenta o noventa segundos, y gracias a mi descascarillada imaginación, estaba pasando, una y otra vez, de una de mis películas favoritas a otra. Y aún más importante, estaba enlazando dos momentos extraordinarios perfectamente fundidos en mi cabeza: el final de Die Hard y el final de Aliens. Y lo mejor de todo es que la parte más suave del corte era de una dulzura y de una calma que me ayudaron a sentirme mejor… en realidad mucho mejor. Es música para echarse a dormir en paz, como Newt y Ripley al final de su pesadilla.

Lo estuve escuchando una temporada, antes de dormirme, y lo cierto es que fue una de las razones (no la única, por cierto) que me ayudó a salir del agujero en el que estaba metido. Gracias a la música conecté con un momento de mi infancia en el que fui feliz en el cine y con dos personajes a los que conocía bien que por fin podían dormir.

La Literatura, el Cine y la Música se hacen para algo, aunque muchas veces quienes lo hacen no sean conscientes del todo de lo que están haciendo ni para qué, aunque cada cual encuentre sus propias conexiones con las obras que más laten en su interior. Y hasta aquí esta pequeña historia.

Otro día quizá me arranque con otra bien diferente, y que también tiene que ver con Aliens y con su música… o no, porque si Die Hard tenía música de ella, Aliens también tiene música de la primera película de la franquicia, algo también bastante extraño, concretamente aquí:

Cuando la reina alien asoma por la esquina es un corte del filme de Ridley Scott. Pero insisto que eso tiene que ver con otra historia.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Sobre anti-literatura y narrativa atroz, mezcladas

Hablemos un poco de Literatura. La gente no habla de Literatura, habla de libros de moda. Es un aburrimiento absoluto, pero siempre se puede ignorar el aburrimiento y hablar de cosas mucho más interesantes.

Algunos distinguimos (no soy el único ni me invento nada, salvo cuando doy mis propias teorías) entre Literatura y Narrativa, si bien en la una puede haber la otra. Pero para entendernos, existen o han existido –me inclino más por lo segundo, en esta deprimente actualidad– escritores que intentaban hacer Literatura, y existen escritores que intentan otra cosa, no necesariamente Literatura, sino más bien Narrativa, quizá con algunos ribetes, algunos rastros de Literatura, pero sobre todo Narrativa. Soy de la opinión de que la verdadera, la gran Literatura tiene poco de Narrativa, y de que quizá la Narrativa tiene poco, aunque algo más, de Literatura. Pero para valorar una novela o un conjunto de relatos, hay que tener claro este punto: ¿qué andaba buscando el autor? Como dijo una vez Jose María Guelbenzu en una de sus críticas: «Toda novela ha de recibir la crítica que merece y la idea de merecimiento está indisolublemente unida a la intención que le dio vida, es decir, a la ambición con que se inició y se concluyó».

A partir de este punto, es muy fácil valorar las obras, por llamarlas de alguna manera, que habitualmente se publican y que se leen y que se venden, tanto en España como en cualquier otro lugar del mundo. Y así establecemos que el 99,99% de los escritores pretenden hacer Narrativa, y que el 0,01% quizá intenten hacer Literatura. Es como en el Cine, pero hablemos de Letras en esta ocasión. El problema reside, claro, cuando de ese 99,99% de escritores que intentan, es un decir, hacer Narrativa, con la excepción de Stephen King –que a veces tampoco está fino– y algunos parecidos, no consiguen hacer algo medianamente solvente, medianamente decente, pero aún así consiguen colarnos goles con la inapreciable ayuda de los medios de comunicación y una crítica literaria que quizá pasará a la historia como la más venal, vendida e incapaz de los últimos doscientos años.

Centrémonos en autores españoles, para no tener que irnos muy lejos, pero lo que se aplica a ellos también se aplica a todos los Ken Follett del ancho mundo, que harían cualquier por vender un millón de ejemplares excepto construir un relato sólido y narrativamente aceptable. Que haya lectores –¡e incluso críticos!– que digan y escriban en medios importantes que gente como Ildefonso Falcones, Carlos Ruiz Zafón, Juan José Millás, Eduardo Mendoza, Rosa Montero, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo o Almudena Grandes son excelentes narradores es algo asombroso, porque a pesar de que no todo lo que han escrito es detestable, su sentido de la narrativa, sus narraciones construidas son muy pobres, y esto no es una opinión, es un hecho. Basta conocer un poco de Literatura y un poco de Narrativa para comprender que ni uno de ellos (salvo quizá Marías) ha intentado hacer lo primero en toda su vida, y en cuanto a lo segundo han alcanzado niveles paupérrimos e incluso ridículos en algunas de sus novelas (que también estaría bien analizar si de verdad son novelas y no relatos de trescientas páginas). Y yo creo que esto sucede, sobre todo, porque no tienen ni idea de Narrativa y de lo que esta supone para un escritor y para un lector.

Cuando se comparan las novelitas de toda esta panda tan elogiada en algunos medios con una novela de Ken Follett o de Stephen King, por poner dos ejemplos harto conocidos, se ven las lagunas en la construcción de los personajes, de los eventos, del entramado y de la narración en sí que todos estos periodistas venidos a escritores, en la mayoría de los casos, lucen en sus trabajos. Hacer Narrativa es algo muy serio, pero estos señores y estas señoras intentan hacerla como si fuera Literatura, y esto como si fuera Narrativa, creyendo que amontonar detalles o contar trivialidades es ser realista y racional, cuando es una forma anquilosada de costumbrismo. Aunque ya les gustaría ser costumbristas. Tomemos por ejemplo a Almudena Grandes.

Tras su muerte su figura se ha visto agrandada por unos cuantos medios. Ahora mismo pareciera que fuera la gran dama de las letras españolas, pero la mejor de sus novelas, la primera de todas, no pasa de erotismo chusco y de creación de caracteres y situaciones muy elemental, a partir de lo cual no se puede extraer casi nada de Narrativa. Claro, comparada con Juan Gómez-Jurado o Arturo Pérez-Reverte, casi parece una buena escritora, pero su estilo es atroz, esto es, muy poco narrativo, carente de fuerza expresiva, de imágenes, de vida en definitiva.

En su lado opuesto está Javier Marías, considerado casi un genio por gente tan poco cabal como Alberto Olmos o el mismo Pérez-Reverte. Él, como el propio P-R, creía que hacía Literatura, pero lo que hacía era una suerte de Narrativa sincopada, de argumentos que pretendían ir de profundos e intelectuales, con una prosa enrevesada, recargada y hasta barroca, pero que como Grandes era un narrador atroz.

Lo peor de todo, es que la gran mayoría de la gente no lee ni a Grandes ni a Marías, sólo una pequeña parte de la gente que compra libros. La mayor parte de la gente que compra libros a autores españoles lo hace a Pérez-Reverte o a Gómez-Jurado. Lo divertido es que tanto uno como otro, que escriben una narrativa nefasta, plagada de clichés, de ideas de parvulario, con construcciones dramáticas muy deficientes, con una carencia de estilo y de recursos narrativos abrumadora, que nos cuentan películas en lugar de novelar, se creen que hacen Literatura. Ambos. Creen que los libros que ellos escriben son Literatura, quizá en una forma más comercial pero Literatura al fin y al cabo. Pero lo que estos dos señores y otros muchos como ellos consiguen hacer con cada uno de sus relatos de 700 páginas es Anti-Literatura, y es por eso por lo que la gente les lee. Si hicieran Literatura no les leería nadie.

La Literatura va de la mano con la Música y la Pintura. A ese tren se subió el Cine, hace ya ciento veinte años, un poco como polizón, pues el Cine no puede competir con ninguna de las tres. Ahora quieren subir a los videojuegos al mismo vagón, que no es que vaya de polizón, es que directamente no es Narrativa ni arte de ninguna clase. Estos individuos nombrados, y mcuhos más, lo que deberían hacer es escribir videojuegos, que es para lo único que valen, y venderían quizá tanto o más, y serían igual de ricos y famosos y felices, pero por lo menos no estaríamos escuchándoles cada pocos meses diciendo que hacen Literatura, ni siquiera Narrativa, y no estarían destrozando el gusto y la creatividad de los incautos lectores que como masa aborregada y manipulada se creen que lo que tienen entre manos con uno de sus libros es una gran novela.

Así de claro.

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CINE

Sobre ‘Athena’ y la soberbia de algunos

Desde que empecé a escribir sobre cine, hace unos dieciocho años, se me ha reprochado unas cien veces que puedo ser muy tajante, muy soberbio y altivo en mis apreciaciones, que debería ser un poco más humilde, más tolerante con las ideas ajenas y menos demoledor. Yo prometo que he hecho lo posible al respecto, y he procurado, porque escucho a los demás, atemperar mi forma de expresarme, y ya que algunos fuegos nunca se pueden apagar del todo, me he preocupado de argumentar a fondo todas mis opiniones, para que al menos si resultan tajantes que estén bien armadas. Supongo que no se me creerá, ni tienen por qué creerme, cuando diga que lo he pasado mal con este tema, porque una cosa que odio es ser un presuntuoso, en cualquier área de la vida.

Ahora bien… durante estos años además de escribir, también he leído. Y mucho. Es posible, y aquí me da igual cómo suene, que sea una de las personas de las que se dedica a escribir todos los días que más críticas cinematográficas o literarias haya leído. Leo todo lo que encuentro, y cuando se acaba lo que hay busco más. He leído cientos de libros de cine, y miles de reseñas en revistas, periódicos y sitios web, sobre todo para comparar mi trabajo con el de los demás y para ver cómo está el panorama. Y resulta que mi supuesta soberbia, mi tono tajante y contundente que tanto tengo que atemperar, no es nada comparado con el de otros/as, que parece que van perdonando la vida por ahí a todo bicho viviente. Así que por una parte hace ya un tiempo que he decidido que no voy a preocuparme ya por resultar demasiado contundente, sin dejar de ser argumentativo y reflexivo en todo lo posible; y por otra parte no voy a tener consideración intelectual ninguna con tanto «pseudo-crítico» que vete tú a saber por qué ejerce de tal, y con tanto «pseudo-comentarista» que no tiene nada que hacer en sus ratos libres más que meterse en Filmaffinity o en IMDb a escribir estupideces sobre grandes películas o grandes series.

Viene esto un poco a cuento porque tras quedar seriamente golpeado por el visionado de la magnífica Athena (Romain Gavras, 2022), me he puesto a leer, como es mi costumbre (y prometo que algún día abandonaré este nefasto hábito… aunque no sé cómo) todo lo que he podido sobre este filme, en todas las webs, periódicos y revistas que he encontrado, y pese a que algunos coinciden en que se trata de un ejercicio de cine absolutamente portentoso, muchos no están tan de acuerdo. Y no se trata de dilapidar a los que no estén de acuerdo con lo que uno piensa, sino de glosar las chorradas en las que tantos abundan. En este caso no pocos «pseudo-comentaristas» que se creen que por haber visto muchas películas tienen alguna noción sobre guion, puesta en escena y montaje. Y resulta que muchísimos espectadores, tanto en IMDb como en Filmaffinity, se han puesto a decir que el guion de Athena poco menos que es una porquería, y que se trata por ello de una película muy pobre, con muchos fuegos artificiales y poco más. Y yo, que al igual que en lo referente a mi trabajo también escucho siempre a los demás con mucha atención y respeto por si me hacen cambiar de opinión, he llegado a la conclusión de que a algunos no se les puede tener respeto en sus ideas. De verdad: ¿qué esperaba esta gente de este filme? ¿Que albergara escenas de diálogo «shakesperiano» como se suele decir? ¿Que se pusiera a mostrar cosas de forma convencional para que se sintieran más a gusto con lo que estaban viendo? Es deprimente leer lo que escribe la gente sobre las películas…

Este caso me recuerda al de Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015), en el que tantos echaron pestes de ella porque decían que tenía un guion muy simple, o que «no tenía guion». Y me recuerda porque en ambos casos se trata de experiencias extremas, que en ningún momento se sostienen por una dramaturgia convencional, sino que proponen una aventura survival de primera magnitud en la que no caben componendas teatrales. Esto, y no otra cosa, es el cine del futuro: cine vivo, candente, vehemente, que se deje de coartadas literarias para que el espectador obtenga directamente en vena una vivencia que no obtendría de otro modo. Tanto el filme de Miller como el de Gavras son una absoluta maravilla visual, un trabajo de cámara prodigioso en el que cada secuencia es un inmenso esfuerzo narrativo y en el que toda su estructura es una puesta en abismo que muchos críticos puristas y muchos espectadores ensoberbecidos sencillamente no están preparados para apreciar, y todo ello no de forma «gratuita», sino para zambullirnos en historias apasionantes y durísimas sobre el destino de la sociedad, sobre los demonios que nos devoran desde dentro, sobre personajes al límite que no se resignan a ser corderos de un sistema envilecido y fascista. El plano secuencia inicial de Athena, que dura diez minutos, es sencillamente uno de los planos secuencia más extraordinarios de la historia del cine, que habría admirado el mismo Welles o el mismo Scorsese, y no he leído ni una sola crítica profesional que lo analice, siquiera que lo nombre o lo certifique. En cambio, muchos no tienen otra que hacer que dejar su mala baba y su complejo de inferioridad en las redes, mientras alaban filmes, series o novelas que no es que estén caducos, es que directamente nacen muertos.

Pero oye, que algunos que hemos estudiado cine durante años y hemos escrito críticas y libros con rigurosidad y esmero, tenemos que tener mucho ojito con nuestras palabras, porque a menudo somos demasiado contundentes y demasiado tajantes, y eso no puede ser porque puede haber algunos que se ofendan o que te tachen de soberbio.

Lo dicho, una pena.

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PODCAST

Viajeros de la noche – Capítulo decimonoveno: Debate, ¿cuál es el verdadero alcance de los videojuegos?

Los debates, sobre todo los que albergan un componente teórico, parecen proscritos de todos los medios. En su lugar proliferan las discusiones y los enfrentamientos que se quieren hacer pasar por debate, pero que desde luego son otra cosa, más parecida a constatar quién sabe más, quien tiene peor mala hostia o quién se la coge con papel de fumar.

Pero algunos seguimos creyendo en la pertinencia y el alcance de un buen debate, en el que cada uno de los ponentes disponga de su tiempo para desarrollar sus presupuestos, no con el objetivo de convencer a nadie de la mesa, necesariamente, sino quizá con el de proveer al oyente de las herramientas necesarias para construir su propio criterio, incluso porque los argumentos que le proponen sean lo opuesto a lo que él intuye que es la verdad.

Ese ha sido el objetivo principal de este debate sobre el verdadero alcance de los videojuegos, en el que además de mis buenos amigos Juanjo y Carlos ha participado un viejo conocido mío, que es un especialista en videojuegos, y que ha tenido a bien enriquecerlo con su propia experiencia y su visión de ellos. De tal modo que he quedado, porque yo mismo me lo he buscado, en franca desventaja, ya que yo tengo muy claro –pese a que respeto la posición de Juanjo y Jose María Villalobos- que las cosas son las que son, y no como se quiere que sean.

Esto es:

–Que los videojuegos, por su propia naturaleza, no pueden ser ni narrativa, ni desde luego arte, ya que para ser narrativa deberían poseer un narrador y un estilo, y están a otras cosas, y para ser arte deberían trascender de una forma poética y filosófica, conceptual y estética, y no tienen el menor interés en ello.

–Que ni siquiera son ficción, porque para erigirse en una fábula, deberían construir un mundo con unas reglas cerradas en sí mismas, cosa que los videojuegos tampoco pueden hacer.

–Que o bien son películas interactivas o bien son juegos burdos sin el menor interés.

–Que aunque algunos poseen cualidades narrativas inherentes, y son valiosos en algún sentido, siguen siendo un producto de entretenimiento que jamás podría ponerse al lado de la Literatura o el Cine.

Pero Jose María y Juanjo piensan muy diferente, y logran convencer a Carlos. La próxima vez prepararé mejor el terreno. Hasta entonces aquí dejo este estupendo capítulo nuestro que espero sea el primero de muchos debates interesantes que tendrán lugar en cuanto encontremos un motivo para ello.

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ARTÍCULOS

Noticia de última hora: ES FICCIÓN, NO LA VIDA REAL, ALMA DE CÁNTARO

Ya he escrito alguna que otra vez sobre la dualidad Realidad & Ficción, pero a menudo me sigue sorprendiendo, porque debe ser que sigo siendo fácil de sorprender pese a todo, leer algunas declaraciones, o algunas críticas, en las que ciertas personas se ponen a despotricar sobre una serie, una película o una novela, sobre todo en lo que tiene que ver con sus componentes temáticos, o con su nula base real.

Me van a decir que estoy como una regadera o que soy un varas, pero sigo pensando que en lo referente a la crítica cinematográfica y literaria queda mucho por hacer.

La gente no sabe a qué atenerse con la ficción en demasiadas ocasiones. Y no hablo de personas no cualificadas en Cine o Literatura, no hablo de individuos/as sin preparación específica. No. Hablo de escritores, médicos, abogados, y esa extraña fauna que nos ha tocado que se hacen llamar críticos, sin serlo, y que más bien deberían dedicarse a otra cosa, porque no tienen nada que aportar, ni una sola idea valiosa o comentario interesante, y que se han convertido, sin saberlo, en una suerte de censores de la moral. Dicen que estamos en un mundo cada vez más reaccionario y que eso es culpa de los dirigentes y de las élites. No lo tengo tan claro cuando los que deberían oponerse a ello, los auto-erigidos intelectuales, piensan cada vez más como monjas gregorianas.

Ya comenté, hace algo más de seis meses, aquel deleznable texto de Alberto Olmos sobre Euphoria, en el que el «crítico» y «novelista» oriundo de Segovia tachaba de «putrefacta, enfermiza y repugnante» la serie de Sam Levinson, adjetivos como que muy negativos, para luego decir que no se la había visto entera porque no soportaba tanta sordidez y no le pagan tanto como para hacerlo, ya que la serie naufraga demostrando lo guay que es drogarse (¿qué serie habrá visto este buen hombre? la cuestión es llamar la atención, como un «influencer millenial» cualquiera). Luego le ponía dos estrellas de cinco. Todo muy coherente. Habría que decir(le) a este respecto que en cierto sentido son adjetivos que le cuadran a Euphoria a la perfección, para a continuación ponerle cinco estrellas.

¿De verdad seguimos valorando, desde periódicos, suplementos y hasta libros, las ficciones desde un punto de vista moral acerca de sus componentes temáticos?

¿De verdad somos tan catetos como para tirar por tierra una ficción por el hecho de que cuente el punto de vista de un drogadicto, o porque contenga elementos que no podrían darse de esa forma en la vida real?

La situación es muchísimo peor de lo que yo me pensaba.

Hace más de medio siglo se lió parda con la publicación en París de la obra maestra de Nabokov Lolita. Muchos intelectuales, escritores, filósofos y demás, se llevaron las manos a la cabeza porque una novela con toda la pinta de tener un éxito editorial fulgurante (que finalmente obtuvo) «defendía» y «justificaba» a un pederasta infecto como Humbert Humbert. Se podría aducir que, bueno, que estábamos en otra época, mucho más pacata, hipócrita y tradicional que la de ahora. Pero han pasado setenta y cinco años y seguimos haciendo y escribiendo las mismas gilipolleces. Cuando escuchas a un abogado decir que Lo que el viento se llevó es un filme racista te preguntas si el cociente intelectual de la gente ha descendido dramáticamente. Puedo entender que una persona negra vea esa película y le parezca terrible lo que allí ve, pero que pongan rótulos previos para explicar que no se defienden ciertos valores mostrados en un filme es de juzgado de guardia.

Y la cosa llega al paroxismo de la tontunez cuando algunos echan por tierra una maravilla como Vikings porque no solamente posee inexactitudes históricas, sino que aparecen dioses y otras visiones místicas que nada tienen que ver con la realidad, o cuando un sindicato de médicos italianos exige (EXIGE) el cierre de House M.D. porque da una visión inexacta del trabajo de los médicos. Yo propongo lo siguiente: que ciertas personas dejen de ver ficción, entre ellas el 95% de la «profesión crítica». Sé que es imposible, pero también es imposible pretender decir y escribir estupideces por tierra, mar y aire, inocular ideas y argumentos absurdos en los espectadores que les leen y les escuchan, y no renegar de la crítica literaria y cinematográfica de una vez y para siempre

La ficción puede, y debe, mostrarlo todo. Si nos arrebatan esa condición esencial de la ficción no existirá ya ni una parcela de libertad personal y creativa, y entonces sí que estaremos en un mundo en el que no merece la pena vivir.

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