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Harry Potter no hace nada en toda la saga

Harry Potter es la culminación de lo anglosajón, no solamente en sus componentes culturales, sobre todo en sus componentes narrativos. Por una parte, es un elogio de una forma de vida, de una forma de entender el mundo. Por otra, es el parque de atracciones definitivo, no solamente en su estructura y en su construcción (que son cosas diferentes), sino también en sus mismos componentes temáticos.

Para la Rowling, la magia es cuestión frívola. Muy elaborada, con muchos recovecos conceptuales –tal como les gusta en la esfera anglosajona, que finalmente, por desgracia, se ha convertido en la nuestra, invadiendo la esfera hispana–, con ideas laberínticas sobre varitas, hechizos, secretos, objetos mágicos, libros especiales, personajes rocambolescos, o enigmáticos, o retorcidos, mundos siniestros, incluido el colegio al que van a estudiar los niños, pasadizos, bosques neblinosos, castillos, etc… En este mundo basta tener una varita, agitarle de determinada manera, pronunciar unas palabras concretas, y ya haces magia. Te dan una escoba y vuelas, te dan unas branquialgas y respiras bajo el agua, te dan una capa de invisibilidad y nadie te ve. Magia para niños, por muy compleja y enrevesada que sea. Magia simple, sin sentido de la maravilla, sin profundidad conceptual, sin verdadera grandeza narrativa.

Pero el mayor problema de la saga Harry Potter es el propio Harry Potter. Ya en los libros la Rowling se muestra incapaz de construir un personaje que ha de ser al mismo tiempo tan normal como cualquier niño y tan especial como un elegido que ha de salvar el mundo (otra vez la figura del «elegido», un poco cansino ya…), porque para ello Rowling, que no es en absoluto una mala escritora, que posee una sorprendente fuerza narrativa, habría necesitado una figura a la que poder dotar de carisma, de grandeza, de vida, pero Potter es un recipiente opaco, un carácter al que resulta imposible dotar de vida, porque es un sujeto pasivo en todo momento. No hace nada en toda la saga.

Nada de nada. Todo le es dado. Todo le es preparado de antemano. Ni siquiera toma decisiones, decisiones importantes. Es un fallo garrafal de la Rowling pretender hacer esto y querer crear un personaje memorable.

Pero en las películas la cosa es todavía peor, porque al problema del Harry Potter literario se añade la imagen del Harry Potter fílmico, encarnado con pasmosa incompetencia por un chiquillo llamado Daniel Radcliffe, quien jamás en su vida será actor (y esta vez creo que estoy más cerca de la verdad que cuando dije lo mismo de Ana de Armas), y al que simplemente le tocó la suerte, en la primera película, de dar vida a un personaje que ya era un fenómeno mundial, y que cuando eres un chaval muy pequeño nadie va a pedirte nada especial. Pero, claro, hablamos de ocho películas, a través de once años. El pequeño crece y el mundo entero es testigo de todo lo que no tiene que hacer alguien delante de una pantalla. De modo que al nulo carisma del Potter literario se une el nulo carisma y la incompetencia del Potter cinematográfico.

Resulta patético, siento decirlo así, ver a este chico intentando interpretar una escena. No te lo crees absolutamente nunca, ni siquiera en la maravillosa tercera película (de lejos la mejor de todas). No está creíble, en escena, viviendo el momento, ni aún en aquellos segmentos más fáciles, de conversaciones más irrelevantes, no digamos ya en los momentos culminantes, en aquellos en los que se necesita tener a un actor de verdad, no quizá a uno genial, pero sí a uno solvente, que cumpla con lo que se necesita. Duele y pasma ver a muchos defendiendo apasionadamente, con presencia de ánimo voluntariosa pero estéril, la elección de este desastre de no-actor.

Por el mero hecho de que el malo maloso de la película, Voldemort (por cierto, un personaje cien mil veces más interesante que él), al intentar matarlo muriese a su vez, o fuera temporalmente destruido antes de su regreso, porque el hechizo salió rebotado (por un contra-hechizo de amor de su madre….), ya hace de Potter una celebridad (en lugar de medalla lleva el dichoso rayo en la frente), y que todo el mundo, profesores, el director de Hogwarts, magos por aquí y por allá, le trate con una distinción, con una deferencia, casi con una condescendencia, increíbles. Es un héroe por no haber hecho absolutamente nada. Y eso no es lo peor. Lo peor es que en las ocho películas y los siete libros no hace nada de nada. Cuando te ayudan en tus misiones no solamente los artefactos más poderosos del mundo (al final es él quien, por su cara bonita, utiliza las reliquias de la muerte: la capa de invisibilidad, la varita de sahúco, la piedra filosofal), sino los magos más poderosos del mundo, que te arropan y te echan una mano en todo momento, casi sirviéndote en bandeja las soluciones, no tienes que hacer otra cosa que correr, aceptar las cosas como son y dar gracias de la inmensa suerte que tienes. Y se supone que esto es un gran personaje.

Hermione es un millón de veces mejor maga que él, y un personaje mucho mejor construido, y supuestamente Voldemort es el mago más poderoso de la historia, y Severus le cuida desde el principio de los tiempos. Pero Hermione es simplemente su ayudante, por así decirlo, Voldemort por muy poderoso que sea es incapaz de llegar y simplemente matarle, y al final no se da cuenta de que la dichosa varita no va a ayudarle a matar a su acérrimo enemigo, sino que le va a destruir a él. ¡No me extraña la cara de estupefacción de Voldemort al morir! ¡Si es que era imposible matar a Potter porque a la Rowling no le daba la gana y punto!

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