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La belleza de ‘True Detective I’ y ‘Euphoria’

Cada vez que salta una noticia sobre la nueva revelación del año, ya sea una serie internacional o un cineasta español –todos los años parece que hay decenas… yo este año la única revelación española que he visto ha sido Alcarrás, el resto de debuts me parecen mediocres en el mejor de los casos…– lo comparo con lo más grande de la pasada década o de los últimos quince años. Debo ser de los pocos que hacen tal ejercicio, que resultará tremendamente aburrido a aquellos para los que «la actualidad» son los últimos tres meses, pero para mí la actualidad son los últimos veinte años, porque de lo contrario estamos haciendo el ridículo. Lo comparo y me digo: pero vamos a ver, ¿qué me estáis contando? ¿Qué memoria cinéfila tenéis?

Centrándonos en las series, resulta que cada año nos asaltan cuatro o cinco obras maestras, puede que más, de una «exquisita puesta en escena», o que quizá sean las mejores de la historia. Luego las pones al lado de lo verdaderamente grande y es como poner una vivienda prefabricada al lado de la Catedral de Toledo. O haciendo un símil culinario –mis preferidos en esto de la narrativa–: como poner una hamburguesa del McDonalds al lado de un arroz abanda bien hecho. Es decir, que se disuelven como un azucarillo, por mucho que tantos las defiendan y las alaben, y es que para mí está meridianamente claro lo que en términos visuales y sonoros, en términos de mera narrativa, en términos de Cine, está muy por encima de casi todo lo demás.

Mi definición predilecta de belleza nada tiene que ver con la «hermosura», ni con esa idea bastante falaz de que tenga que ser algo placentero de percibir. Lo hermoso sí resulta placentero, pero en arte y en narrativa lo placentero se debe dejar en un cuarto o quinto nivel. La belleza es ese objeto o visión pleno de significado, que resulta hipnótico porque en sí mismo encierra también lo terrible. Es una idea absoluta, que no puede ser divida en partes, por muy profunda o magnífica que resulte. Lo bello es esférico y está en movimiento, tanto dialéctico (la confrontación filosófica entre sus partes) como material. No cabe una visión ideológica o moral de lo bello, porque lo bello es por definición amoral y sólo responde a sus propias leyes. Por encima de The Sopranos, The Wire y The Walking Dead yo creo que no hay nada –si bien la truncada Deadwood y la procedimental House se acercan bastante– pero sí creo que en el Canon que he escrito hay dos series cuya apabullante belleza visual, narrativa y conceptual –sobre todo visual– no tiene rival. Y cada vez que me nombran una nueva serie que es muy rompedora y muy audaz, la rompo yo contra estas dos rocas tan recientes como son True Detective y Euphoria, que a un nivel llanamente narrativo, insisto, son insuperables.

O lo que es lo mismo: Cary Joji Fukunaga y Sam Levinson, sus máximos responsables. Porque aunque en el caso de True Detective es el guionista Nic Pizzolatto el que figura como «Showrunner», fue Fukunaga el que dio la visión global a su escritura literaria, dándole una escritura fílmica definitiva y arrasadora. Ambas, por supuesto de la arcadia HBO, representan una conquista visual y sonora (porque no hay imágenes valiosas sin los sonidos que les dan vida, esto es cine no pintura en movimiento…) a las que es obligado situar en lo más alto de los últimos quince años –cerca, muy cerca, de las otras cinco mencionadas y de alguna más– y ambas sirven de listón, de cima a la que todas las series, o películas, que quieran ser muy transgresoras y rompedoras y todas las «-ora» que se quieran poner, porque en ambas tanto Fukunaga como Levinson han creado unas imágenes y una narración hipnóticas, abrumadoramente bellas. En el caso de True Detective con momentos que recuerdan y lidian con Terrence Malick, y en el caso de Euphoria con un empleo del claroscuro, de la luminosidad, el color y el movimiento de cámara que dejan en evidencia incluso a Martin Scorsese. Esto es la cima y lo demás son modas, aunque en esto tienen mucho que ver los directores de fotografía Adam Arkapaw y Marcell Rév, respectivamente.

El futuro del Cine y de las series, creo yo, poco o nada tiene que ver con la caligrafía a la que tantos parecen tan entregados a la hora de descifrar en sus cuentas de Twitter, y más en la profundidad y pertinencia de la imagen en un mundo cada vez más cambiante y desquiciado, más siniestro y desesperanzador. Es responsabilidad de estos soportes narrativos, al igual que de la cada vez más depauperada Literatura, ser testigo de su tiempo y cogerle la temperatura a la vida contemporánea, si es que quiere perdurar. En el caso de estas dos series, cuya oscura belleza invita a todo menos al optimismo, sus imágenes y sus sonidos, perfectamente entrelazados, dan una exacta visión del ser humano en el siglo XXI, de sus miserias y de sus aspiraciones para ser algo más, en palabras del propio House, que una bestia que se arrastra por el mundo:

Ni Rue ni Rust son precisamente figuras modélicas de nuestra sociedad, pero conforman las figuras, los modelos, en los que más puede herirnos que nos sintamos reflejados, y toda la estrategia narrativa, todas las imágenes y sonidos que se construyen alrededor de ellos, están al servicio de que nos introduzcamos en su interior y de alguna extraña manera salgamos ganando, salgamos sintiéndonos un poco más libres a la hora de enfrentarnos a nuestros miedos. Son estas ficciones, las de de Fukunaga y Levinson, las que entre no muchas más han de servir de faro para las que aspiran, muchas veces sin la capacidad de hacerlo, a ser algo en los próximos años, o quizá décadas. Fukunaga y Levinson son dos de los talentos visuales (entendiendo lo visual en su acepción narrativa, visual y sonora) más colosales que hemos visto en mucho tiempo, y aunque sus posteriores o anteriores películas no han deslumbrado tanto les bastan estas dos ficciones para pasar a la historia y para dar una idea del auténtico nivel de tantas producciones infladas y mediocres como aparecen todos los meses.

Esto es belleza que duele, no hermosura placentera. Esto es narrativa que deja una herida duradera, y que por tanto va a perdurar.

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