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7 Excelentes razones para considerar a Francis Ford Coppola el mejor director de la historia del cine USA

Yo intento dar siempre razones, argumentos, refutaciones. No me gusta cuando la gente se pone a dar opiniones sin más, a salto de mata, y se supone que tienen que valer tanto como cuando te llega alguien más sereno y empieza a explicarte las cosas con mucha mayor autoridad. Las cosas son las que son, no las que se quiere que sean, nunca o casi nunca lo son.

Y como no dejo de dar la tabarra a todo el mundo con Francis Ford Coppola, me obligo a mí mismo a argumentar siempre, a dar razones siempre. He aquí las siete razones más importantes para considerar a Coppola no solamente un genio del cine, sino el más grande creador cinematográfico que ha dado su país, siendo consciente de que tal idea puede resultar excesiva o equivocada para muchos, y es el tipo de ideas que a no pocas personas les ha convencido de que Adrián Massanet está como una regadera.

¿Y por qué siete y no cuatro o treinta nueve? Porque siete quedan muy pintonas:

1

Coppola es el único director de Estados Unidos que no posee un estilo, sino varios estilos, tantos como películas tiene. Su colega Martin Scorsese, otro gran director, posee un estilo muy definido que marca a casi todas sus películas… con variaciones, con lógicas disparidades temáticas o narrativas, pero siempre con ese sentido del montaje tan acusado, con esa forma de ver el mundo. Coppola no es así. Cada película nos encontramos a un Coppola distinto. No es el mismo el que dirige Peggy Sue que One from the Heart, por ejemplo, o el que dirige Tucker que el de The Conversation. Con una sola y obvia excepción: la trilogía The Godfather, que pese a los dieciséis años de hiato entre la segunda y la tercera, posee una asombrosa unidad de estilo. ¿Qué significa esto? Angel Fdez-Santos decía que parecía que Coppola redescubría incesantemente el cine. Parece cierto. Es un director en el que, al contrario de lo que hacen los supuestamente grandes, encontramos muchos directores diferentes. Es un suicidio, pero al mismo tiempo algo sorprendente y fascinante, que me sorprende que no se haya comentado más.

2

A partir de este hecho de que en su cine caben tantos directores, casi, como películas, que en cierto modo niega la teoría del autor, nos topamos con otro que tiene mucho que ver con ese: Coppola, lo dicen todos sus colaboradores e intérpretes, deja a todo el mundo libertad total… o por mejor decir «libertad controlada», a partir de la cual él ya va uniendo las piezas. Es decir que los actores reescriben y crean su papel (como en el teatro), los montadores tienen cierta libertad (a veces más a veces menos) para construir grandes trozos del filme, los directores de fotografía reciben ligeras indicaciones. Supuestamente todo, porque ahí está el genio detrás para unir las piezas nadie sabe muy bien cómo, haciendo sentir a todo el mundo que ellos son los creadores, pero luego demostrando quién es el verdadero creador. Y esto lo hace Coppola asumiendo cada proyecto, como algo único, en el que cada colaborador e intérprete aporta también algo único, de ahí también (y de su cinefilia) la disparidad de estilos.

3

Y a partir de este segundo hecho, otro más: pocos directores tan cinéfilos y tan lectores como Coppola. En una palabra: tan cultos. La enorme cultura de este hombre, en todos los ámbitos, le acercan a un hombre del Renacimiento, una especie de genio loco que de todo sabe y en todo curiosea, sin ser realmente un experto en más que tres o cuatro campos, pero siendo capaz de encontrar conexiones referenciales, conceptuales, en todos los campos del arte. Suya es la frase (que en cierta forma suscribo) de que el cine es una forma maravillosa de literatura. Él es el creador total, que funde Literatura y Música, pintura y artes escénicas, para hacer de sus más grandes filmes una experiencia poética insuperable, inalcanzable para los llamados maestros del «cine clásico», de los que no hay ninguno que pueda acercarse a sus cuatro obras maestras de los años setenta: los dos padrinos, The Conversation y Apocalypse Now.

4

Sigamos con su lado visionario: Coppola es uno de los directores que más han investigado y más han apostado por la tecnología en el cine, más allá de los efectos visuales en los que se centran otros como George Lucas, él fue el pionero del llamado cine electrónico, el que más ha indagado en la necesidad de profundizar en los límites y las posibilidades del sonido en el cine, y el que ha cogido el testigo de otros como Meliés o Welles, para los que el cine era un inmenso mecano a partir del cual crear grandes obras de arte. Pero aún más: es el director para el que el tiempo no es solamente un concepto filosófico, sino uno material, en realidad el concepto clave que puede estudiarse con el cine. El tiempo es la base primordial, tanto temática como sobre todo narrativa, de todos sus filmes, como un elemento maleable, como una herramienta de los dioses a patir de la cual indagar en la naturaleza humana.

5

Fue el primer cineasta estadounidense (después de él ha habido unos pocos más) que ha sabido aunar cine comercial con cine personal, o más exactamente que ha acatado las leyes del cine digamos popular y que aún así ha sido capaz de crear un mundo propio. Por supuesto con The Godfather y con Apocalypse Now, pero también con Bram Stoker’s Dracula, todas ellas enormes éxitos de taquilla, pero al fin y a la postre la visión genuina y muy crítica (con la sociedad, con la naturaleza humana) de un artista incapaz de comprometer su visión.

6

Al igual que sucedía con Bergman o Tarkovski, y otros grandes cineastas europeos o asiáticos, y a diferencia de tanto director de cine clásico, para Coppola Cine y Vida son la misma cosa, indivisible, inseparable. Ver la filmografía de Coppola no es solamente observar su evolución, su ascenso y caída, sus rasgos como cineasta, es asistir en directo a una confesión artística a través de sus películas, de todas ellas. Y lo hace así porque no puede evitarlo, porque para él es el modo de hacer arte: construir una autobiografía. Él es Michael Coerleone, su verdadero alter-ego, pero también Harry Caul, y el conde Drácula, y Tucker, y el joven de The Rainmaker, y a partir de esos caracteres conocemos su vida, sus fracasos, sus miserias, sus búsquedas personales, su vida íntima en defintiiva. Si el arte ha de contar la verdad ningún cineasta estadounidense lo ha hecho como este director.

7

Si a su búsqueda del sonido como un elemento clave en la narración fílmica y en la búsqueda de la verdad, a su excelente dirección de actores (entre las más concienzudas de la historia), su capacidad para sacar de sus colaboradores –en ese estilo de «libertad controlada»– lo máximo posible, a su enorme cultura, a su lucha por convertir el cine en algo parecido a la literatura, a su desprecio por las leyes del mercado o su obsesión por hacer del cine su vid a y de su vida su cine añadimos que todos sus filmes son realmente música filmada, obtenemos el cuadro completo. De familia de músicos, para Coppola la puesta en escena y el montaje son en realidad ensamblajes para hacer del cine sobre todo música, tiempo narrado en clave sonora. Ese es el salto verdadero que dieron sus filmes a partir de los años setenta: que el cine se volviera adulto no añadiendo música para hacerlo más atractivo, sino volviéndolo música para poder elevarlo a una de las bellas artes.

Han sido siete epígrafes… pero yo creo que han sido bastante más que siete razones…

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